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Spain is different. Episodio 2: Comer en un lugar turístico

Las diferencias de España con el resto del mundo son evidentes desde que se llega al aeropuerto de destino, pero también en cuanto salimos a la calle. Digamos que ya hemos pasado el trámite migratorio, hemos dejado las cosas en el hotel y nos disponemos a comer algo. A ser posible, en un lugar típico.

Si eso nos ocurre en Londres o Nueva York, por ejemplo, no hay problema alguno. Podemos degustar aquello que más nos apetezca pidiéndolo en nuestro propio idioma, porque la inmensa mayoría de restaurantes tienen personal que se defiende en francés, inglés, alemán y español. En Roma o Milán nos traerán una carta en 3 o 4 lenguas distintas para asegurarse de que entendemos lo que vamos a comer. En las principales ciudades de Portugal, mientras probamos el pan caliente con mantequilla o con un poco de queso nos ofrecerán al menos dos opciones de idioma en la carta (generalmente inglés y portugués), y en cualquier caso se harán entender en su particular “portuñol”.

Pero si vamos a Madrid… la cosa cambia.

Es curioso ver cómo a pesar de ser uno de los puntos más turísticos del país, los restaurantes del centro de la capital parecen inmunes a la llegada de los visitantes. No evolucionan. No se adaptan.

En la Cava Baja, famosa por su tapeo, pocos son los que se atreven con palabras en inglés. Ni habladas, ni escritas. Por lo que si un turista lee en una pizarra que el pincho del día es “revuelto de morcilla con pimientos del piquillo”, a ver quién le explica lo que está a punto de pedir.

En la Plaza Mayor, por no movernos de la capital, es verdaderamente llamativo ver a camareros que llevan 20 años trabajando en el mismo local haciendo el gesto universal de comer -llevándose la mano a la boca- para preguntar a una familia nórdica si quieren sentarse en su terraza. Todos los extranjeros que se sientan a tomar algo acaban bebiendo cerveza, que es la primera palabra española que aprenden para que les entiendan en los bares y restaurantes. Y sus elecciones culinarias se basan en menús de platos combinados con fotografías descoloridas con las que, al menos, pueden saber qué es lo que están pidiendo.

Distinto es por ejemplo ir a Mallorca, donde podemos encontrarnos lugares en la Playa del Arenal en los que los establecimientos pecan de todo lo contrario: no hay carta en español, solamente en alemán o inglés. Increíble. Pero cierto.

Este tipo de prácticas no pueden dejar de llamarnos la atención. Y deberían también preocuparnos. Sobre todo porque estamos en un país conocido mundialmente por sus destinos turísticos. Nuestro PIB depende en gran medida de ese sector. Y sin embargo somos incapaces de optimizarlo. Está como estaba dos décadas atrás.

Hace 5 años explotó la burbuja inmobiliaria porque pensábamos que era eterna. Hoy también lo pensamos del turismo. Esperemos que éste no explote. Porque si lo hace, entonces sí que estamos apañados.

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“Spain is different”. Episodio 1: Inmigración

Ésta era una idea que me rondaba por la cabeza desde hace ya algún tiempo. Y, después de haber tenido la oportunidad de viajar al extranjero en las recientes fiestas navideñas, me he decidido a llevarla a cabo: preparar una pequeña serie de artículos sobre las principales diferencias que, a simple vista, se detectan entre España y el resto del mundo y que hacen que nuestro país sea, en efecto… diferente.

En primer lugar, nada más llegar al aeropuerto de destino, tenemos el primer episodio diferencial: el trámite de pasar el control de inmigración. Todo un clásico.

Aquellos que hayan tenido la oportunidad de viajar a países fuera de Europa (incluso a muchos de dentro de la Unión) habrán visto cómo después de esperar una abultada cola, su pasaporte es escaneado o, en su defecto, pasado por una ranura de lectura electrónica para su verificación. Posteriormente se toman las huellas dactilares, se comprueban los antecedentes e incluso se hace una foto del individuo en cuestión. Cómo no, se pregunta el motivo del viaje, los días que la persona va a estar en el país y la dirección durante su estancia. Luego se comprueba de nuevo manualmente el pasaporte y se revisan adecuadamente los sellos de entrada y salida. Si todo está en orden, es en ese momento cuando se puede recibir la autorización de acceso, el sello de entrada con la fecha correspondiente y el paso a la siguiente prueba de esa gincana que es la llegada a cualquier aeropuerto internacional: la aduana. Pero esa historia es para otro artículo.

¿Qué pasa, sin embargo, si uno llega a España? Pues que todo cambia. Spain is different. Se lo decía un buen hombre estadounidense a sus hijos hace apenas unos días, tras desembarcar nuestro vuelo en la T4 procedentes de Nueva York. Al pasar el control de inmigración, los chicos no cabían en su asombro… ¡pasaron en menos de cinco minutos! ¡Todo un récord!

Y es que aquí no usamos lectores electrónicos, ni escáneres. Tampoco hacemos fotografías ni tomamos huellas, ni repasamos el historial por si acaso hay rastros delictivos. Nosotros, en lugar de esta tecnología, ubicamos a un agente de la autoridad para que, armado únicamente con su vista perfectamente entrenada, determine si el pasaporte es auténtico, si la persona es realmente la señalada en el documento, si su acceso supone algún riesgo para el país o si tiene intenciones de quedarse más tiempo del que le permite su visado o el acuerdo con su país de origen.

Es fantástico. Lo que los americanos hacen con 4 o 5 máquinas de última tecnología y una base de datos de tamaño abrumador, nosotros lo hacemos con un policía de Albacete. O de Murcia. O de donde se tercie. Con que sea español, suficiente. Si es que otra cosa no, pero diferentes, sí que somos. (continuará)

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Otra bofetada al independentismo catalán

Las “elecciones” (necesariamente entrecomilladas) del pasado fin de semana en Barcelona y una veintena de municipios catalanes sobre la independencia de Cataluña han vuelto a dejar de manifiesto –por enésima vez- que el movimiento independentista no cuenta con los apoyos necesarios para ser siquiera una alternativa real. A pesar de que incluso el President Artur Mas ha votado a favor de una hipotética separación del Estado Español, la abstención del 80% de los llamados a las urnas habla por sí sola.

Ya decía Josep Antoni Durán Lleida antes del simulacro de comicios que la consulta tenía poco peso ya que la independencia no es algo viable hoy por hoy. Lo dijo a la par que algunos reconocidos políticos catalanes acudían a las urnas a depositar el “no”. Eso sí, sin cámaras, de modo que se ahorrasen su particular bochorno personal.

Algunos periodistas de prestigio, como Pedro J.Ramírez (El Mundo), han tildado esta iniciativa de auténtico “timo”. Otros, como Àngels Pinyol (El País) han destacado que, mientras el President y sus amigos votan que sí a la consulta soberanista –que por cierto no tiene validez alguna, a ningún nivel- este miércoles los diputados nacionalistas se abstendrán cuando se discuta en el Parlamento catalán la declaración de independencia promovida por Solidaritat Catalana. Un cúmulo de paripés y despropósitos que para lo único que sirven es para salir a pasear en domingo aprovechando el buen tiempo de las últimas fechas.

Lo que más llama la atención es la indiferencia del Ejecutivo socialista ante estos movimientos. Al PSOE no le importa que parte de su población esté votando por la escisión, mientras al mismo tiempo el propio Estado se las ve y se las desea para colocar miles de millones de euros en deuda pública en los mercados internacionales. Esos mercados que deben creer en la unidad y fortaleza de España. Los mismos.

Llega un momento en que ya no sabe uno que pensar. Está claro que las urnas han reflejado una clara bofetada al independentismo catalán. Pero mayor es la bofetada que nos espera a todos los españoles como en Europa se percaten de nuestros particulares jueguecitos y en consecuencia nadie se decida a comprar nuestra deuda. A ver si entonces Zapatero decide vendérsela a Mas, o los dos se la juegan al mus. O, mejor aún, a un juego de cartas típico catalán: la butifarra.

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El momento que esperaba Mariano

Poco podía imaginarse Rajoy hace unos meses que iba a tener un panorama tan favorable para él y su partido a pocas fechas de las elecciones municipales. El de Santiago tiene ante sí a un partido en el poder totalmente roto en Andalucía -donde mayor es su influencia- con su mayor exponente electoral dañado por las negociaciones con ETA y sin un líder claro después del anuncio del presidente Zapatero de que no repetirá como candidato en las generales de 2012. El PSOE es un pelele esperando recibir el golpe de gracia antes de que los españoles acudan a las urnas. Ahora queda ver si Mariano y los suyos serán capaces de dárselo o, por el contrario, les dejarán deambular por el ring hasta que, inevitablemente, caigan por su propio pie.

Lo cierto es que el PSOE está demostrando ser un partido deformado, viciado, sin presente ni futuro, y con una necesidad urgente de reformas internas. Lo más llamativo del caso es que con este panorama el PP no demuestra estar mucho mejor. En lugar de aprovechar para rematar la faena, los populares siguen criticando al Gobierno sin proponer nada y continúan ganando en intención de voto gracias a las desgracias ajenas en lugar de hacerlo por méritos propios.

De momento Rajoy parece incapaz de noquear a su rival. Ni elecciones anticipadas, ni dimisiones, ni consecuencias de trascendencia. No ha conseguido nada. Eso sí, puede agradecer al PSOE su incompetencia sin parangón, que salvo remontada histórica le llevará a la Moncloa a la tercera, que siempre dicen que va la vencida.

Lo primero que debe hacer el PP en este momento es mostrarse como una alternativa real para los españoles. Un partido capaz de dar un golpe de timón, con ideas propias, con objetivos claros y con una hoja de ruta pública, que no permita las improvisaciones por las que tanto han criticado a ZP en estos años. De momento, esas alternativas siguen siendo una incógnita.

El momento que esperaba Mariano ha llegado. A ver si es capaz de aprovecharlo.

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La gran farsa de los Ruiz Mateos

Durante muchos años he admirado la figura de José María Ruiz Mateos. Me parecía una persona inteligente que había sufrido en sus carnes una injusticia muchos años atrás. Un revés de esos que, probablemente, afectan a una persona de por vida.

Cuando me enteré de la creación de la Nueva Rumasa y de su emisión de pagarés a intereses muy por encima de la media del mercado, llegué a plantearme comprar. Suponía un esfuerzo, pero pensaba que valdría la pena. Y lo pensaba porque creo firmemente que las personas que superan los golpes de la vida aprenden de ellos y se hacen más fuertes. Y creía que, en este caso, Ruiz-Mateos iba a liderar un proyecto ganador. Benditos mi padre y mi abogado, que me dijeron que si me metía en eso estaba tirando el dinero a la basura. Con lo que cuesta ganarlo. Gracias a los dos, por cierto.

Ruiz Mateos y su familia han engañado públicamente a los españoles. A todos. No sólo a sus inversores, sus empleados o incluso a sus futbolistas del Rayo Vallecano. Sino a cualquiera que tuviera un ápice de esperanza en ellos. Yo me siento engañado sin haber invertido en Nueva Rumasa. Y millones de personas comparten este sentimiento.

No voy a entrar a valorar el carácter personal de la familia. De hecho, es curioso que me caen bastante bien. Pienso que son personas buenas, pero quizá demasiado soñadoras. De esos que mucho abarcan y poco aprietan. Gente que aboga, por ejemplo, por no despedir empleados, algo que está muy bien. Pero que por su tozudez acaban no pudiendo pagar a ninguno de ellos, ni los que tenían que irse ni los que deberían quedarse. Mala solución esa: tener a todos tus empleados con trabajo, pero sin sueldo.

El penúltimo episodio de esta gran farsa ha sido el parte médico que han presentado los abogados del gran patriarca para justificar su ausencia en los juzgados de Madrid. A José María Ruiz-Mateos se le acusa de nada menos que tres delitos fiscales contra el Rayo Vallecano. Pero no ha ido a declarar por una supuesta lumbalgia. Más esperpento para una historia que tiene toda la pinta de acabar muy mal para la familia. Alguno, tarde o temprano, tendrá que rendir cuentas entre rejas. Al tiempo.

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La locura de Gadafi

La situación en Libia es verdaderamente preocupante. Si bien los medios de comunicación prestaron en principio mucha más atención a las recientes revueltas en Egipto -por su cercanía a Europa y por su mayor repercusión internacional como país- lo cierto es que las que se están viviendo en la actualidad son mucho más sangrientas, y sus consecuencias pueden ser holocáusticas.

El loco Muamar el Gadafi lo ha dejado claro: piensa limpiar su país de las “ratas que siembran la revolución” aunque tenga que hacerlo “casas por casa”. En una amenaza directa contra quienes piden que se retire del poder, ha animado a sus partidarios a salir a la calle para enfrentarse con los manifestantes y a ponerse un brazalete verde como identificación. Una afirmación que implica la posibilidad de distinguir entre “amigos” y “enemigos” cuando llegue su anunciada hora de abrir fuego contra la población.

El ejército va a jugar un importante papel en la revuelta, pues son los soldados quienes tendrán la complicada decisión de apoyar finalmente a uno u otro bando. Si bien en Egipto la comandancia militar acordó desde el principio no abrir fuego contra los civiles, esta declaración no se ha producido en Libia, donde los más pesimistas prevén un baño de sangre difícil de evitar. Con un dictador totalmente enajenado que justifica las revueltas como “grupos de jóvenes que toman drogas” y un pueblo volcado a la lucha contra un gobierno absolutista y cruel, las consecuencias del conflicto dependerán en gran medida de la actuación de las fuerzas de seguridad. Hasta el momento, éstas parecen fieles a su desequilibrado líder.

Gadafi ha advertido sin tapujos que a partir del miércoles el Ejército tomará las calles y los opositores serán “ejecutados sin piedad”. Esperemos que los militares tengan la cordura que le falta a su líder y den un paso adelante para evitar una auténtica masacre de consecuencias históricas.

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