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Un mundo pendiente del doble check azul

Es extremadamente llamativo el revuelo que se ha armado entre los usuarios de teléfonos móviles por la última aportación de Whatsapp a su aplicación de mensajería: el ya ultrafamoso doble check azul. Una “herramienta” que permite que quien envíe un mensaje pueda saber cuándo éste ha sido leído por el receptor. Algo que puede ser visto como una intromisión en la privacidad del usuario. De ahí que las críticas hayan sido feroces a nivel mundial, obligando a los responsables de la aplicación a ofrecer –extraoficialmente- una solución: en la próxima actualización permitirán que el usuario sea quien decida si quiere utilizar el doble check azul o no.

Este episodio es uno más de los múltiples que vivimos a diario en los que se pone en riesgo nuestra privacidad e intimidad. Las redes sociales son el escaparate de nuestras vidas y cada vez dejan menos a la imaginación. Algunas, de hecho, no dejan absolutamente nada a la imaginación, si entienden a lo que me refiero. Somos presa de compañías que fagocitan nuestros datos como Apple nuestra huella dactilar a cambio de desbloquear el iPhone. Somos cifras, objetos de estudio con los que se hacen gráficas y se interpretan tendencias de mercado. Se lo dice alguien que vive del mundo de la publicidad, en la que ya nada de lo que ocurre es casualidad. Si usted está visitando una página web  y todo lo que aparece alrededor son viajes al Caribe, probablemente sea porque hace uno o dos días los estuvo buscando. Nosotros lo sabemos. Lo sabemos todo.  Y le seguimos. Al menos, hasta que compre el producto.

Unos años atrás el cine sorprendió al mundo con una película futurista protagonizada por Tom Cruise y titulada “Minority Report”. En ella se veía como la privacidad del ser humano había llegado a su extinción y las personas vivían rodeadas de hologramas publicitarios que, personalizados, saludaban a los transeúntes ofreciéndoles un producto que sin duda necesitaban en ese momento. La publicidad del futuro. Nosotros sabremos, sin lugar a error, si a usted le apetece una Coca-Cola. De hecho, haremos previsiones matemáticas, estudiaremos su comportamiento. Y sabremos que tiene sed antes que usted.

Ese tiempo ya ha llegado. Hoy en día existen aplicaciones que permiten entrar a una tienda, que un sensor reconozca nuestra presencia, nos recomiende las prendas de ropa más adecuadas, saque nuestra talla, la embolse y nos cobre al salir por la puerta. Todo en conexión con nuestro teléfono móvil. El mismo del que ahora nos quejamos amargamente por el doble check azul.

El avance de la tecnología es imparable, y parece que debemos aceptar que eso conlleva directamente una pérdida de nuestra intimidad. Yo, mientras reflexiono sobre ello, subiré esta columna a mi blog y la twittearé para que un montón de desconocidos me sigan, vean mi perfil, me juzguen por mi foto, sepan aquello que me gusta y a lo que me dedico. Y después quizá, solamente quizá, decidan leerla. Entonces será cuando me salga el doble check azul. Leído.

@rodriguezcaveda

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Adán y Eva o el culmen de la bajeza televisiva

La nueva apuesta de Cuatro “Adán y Eva” va camino de convertirse, por méritos propios, en el espacio más denigrante y vergonzoso que ha ocupado la parrilla televisiva española. Algo nada fácil teniendo en cuenta que hablamos del mismo país en el que “Sálvame” sigue siendo uno de los programas de mayor audiencia de la televisión. Y el mismo en el que triunfa “Gran Hermano” o se han emitido realities de dudosísimo gusto como “Confianza ciega”, por ejemplo.

Ya no es que los concursantes vayan vestidos o desnudos. No es que en un único plano se pueda contemplar -al mismo tiempo- una combinación de músculos, tatuajes, penes y pezones alrededor de una mesa en la que, mientras se come con las manos, se intenta seducir al contrario mediante técnicas más propias de un neardental (solamente falta la garrota y la cueva donde llevar a la pareja, tirando por el pelo al modo cavernícola). Es que, además de volver a lo más primitivo del ser humano (adulterado por supuesto por las cámaras), los participantes se desnudan también por dentro. Y, la verdad sea dicha, escucharles duele aún más que contemplarles.

Desde confundir la Alhambra con una alambrada o situarla en Córdoba en lugar de en Granada, hasta confundir el río Manzanares con una fruta o desconocer qué significa que una persona sea “polivalente”. El límite está allí donde lo queramos imaginar. Cualquier tema de conversación es susceptible de ser brutalmente destruido mientras nos muestran las nalgas de los protagonistas en primer plano. Toda una experiencia para vivir desde el sofá de casa. Pero mejor si tenemos el baño cerca, por eso de las arcadas.

La Asociación de Telespectadores y Radioyentes (ATR) ya se ha pronunciado, tildando el espacio de “degradante” por utilizar el desnudo y el sexo para ganar audiencia. Pero más degradante es que casi tres millones de espectadores estén dispuestos a verlo cada semana. Si al final van a tener razón los que dicen que tenemos la televisión que nos merecemos…

@rodriguezcaveda
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El ébola como ataque al Gobierno

Mucho se ha dicho sobre el ébola en los últimos días en España. Y poco se ha sacado en claro. En gran parte por una mala gestión comunicativa del Ministerio de Sanidad, que ha permitido que salte la alarma ciudadana sin motivos reales para ello. El tema se le ha ido de las manos por no informar ni bien ni a tiempo. Un problema que se repite con la figura de Ana Mato como última responsable.

Malo es cuando un periodista tiene que ponerse a buscar en Internet explicaciones a aquello que su Gobierno no le ha contado bien. Imagínense si somos 46 millones de periodistas los que vamos en busca de información. Así hemos pasado la semana los españoles. Buscando respuestas a preguntas clave, como saber si nos podemos contagiar, cómo se identifican los síntomas o cómo es posible que todos los altos cargos del Estado estén tan tranquilos si estamos todos claramente a punto de morir.

La desinformación ha permitido que el contagio de la auxiliar de enfermería Teresa Romero haya sido utilizado como arma arrojadiza contra la ministra Mato e incluso contra el presidente del Gobierno Mariano Rajoy. El virus, más allá del conocido contagio, ha sido utilizado como ataque político. No tanto por los grandes partidos, en los que se pedía calma antes de reclamar responsabilidades políticas. Pero sí por los ciudadanos de a pie, que han circulado imágenes, vídeos y mensajes reenviados de móvil a móvil para exigir dimisiones y azuzar a las masas contra el Ejecutivo.

La realidad es que las posibilidades de contraer el ébola son más que mínimas. Romero se contagió por exposición directa y porque al parecer se tocó la cara desnuda con los mismos guantes con los que atendía al misionero infectado Manuel García Viejo. Para un ciudadano de a pie esto no debería ser nunca un problema, puesto que el virus se propaga por contacto directo con la sangre, secreciones, órganos u otros líquidos segregados por el cuerpo de la persona infectada. Es decir: es virtualmente imposible que el brote pase a mayores.

Lo peor no es que hayamos traído el ébola a España –que ya nos vale- y que una persona se haya contagiado por primera vez fuera de África precisamente en nuestro país. Lo verdaderamente lamentable es que no se haya informado debidamente a los ciudadanos, que tienen derecho a conocer los peligros de tal actuación o, en su defecto, recibir las explicaciones de por qué no hay tal peligro. Una vez más, lo que le ha fallado principalmente al Gobierno no ha sido la ejecución. Ha sido -otra vez- la forma de contarla.

@rodriguezcaveda
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Los resultados económicos dan armas a Rajoy

El vendaval que ha causado Pedro Sánchez en las últimas semanas gracias a su política de “cercanía con el pueblo” -apariciones en El Hormiguero y Sálvame incluidas- tiene ya su posible réplica del lado del Gobierno. Mariano Rajoy, cuya estrategia mediática es siempre cautelosa y en ocasiones excesivamente timorata, tiene ahora un arma muy esperada por él y que le ha llevado varios años conseguir: la de los resultados económicos favorables.

Tras años de dura crisis, llegaron los de las no menos dolorosas reformas. Rajoy fue señalado por seguir órdenes de Europa en detrimento de las necesidades del pueblo español con el fin de obtener la aprobación de Merkel y el resto de líderes continentales. Fueron años de duras medidas, de aumento de paro y de cifras en negativo. Años con poca esperanza en el horizonte. Hasta ahora.

Si bien la situación tardará mucho en volver al punto de partida, el punto de inflexión tan prometido por el Gobierno por fin ha llegado. Ha tardado, pero está aquí. Un tiempo atrás –no tan lejano- se dudaba sobre la posible necesidad de un rescate de la economía española. Ahora España es considerada un modelo de éxito en la superación de la crisis. ¡Cómo ha cambiado el panorama! Esto se percibe también en el ánimo, en la esperanza. Hay luz al final del túnel. Y ahora sí (porque antes desde luego no) se pueden vislumbrar los famosos brotes verdes.

El gobernador del Banco de España, Luis María Linde, afirmaba el miércoles durante su comparecencia ante la comisión de Presupuestos del Congreso que las perspectivas de la economía española son “más favorables que las de hace un año”, y que la tasa de variación interanual del PIB español se aproximará al 2% en el último trimestre de 2014. Una tasa que también podría ser la de la media de crecimiento de la economía en 2015. Una noticia muy positiva para todos los sectores de la población.

Rajoy, cifras en mano –que es lo que mejor sabe manejar- puede ahora plantar cara a la estrategia del PSOE y otros partidos que hacen de los medios de comunicación su caballo de batalla. Pero no debe olvidarse de una cosa: sin ese caballo, nadie conocerá esas cifras. Tiene que aplicarse.

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Un país de estrellas y estrellados

Debo reconocer que desde hace años he sido un crítico gastronómico frustrado. Me encantaría poder ejercer como mi amigo y gran profesor Carlos Maribona, por ejemplo. El suyo es un trabajo precioso y reservado solamente a unos pocos. Es por ello que, cuando la actualidad me concede la oportunidad de hablar sobre restaurantes, recetas, estilos y fogones, no dejo que se me escape.

Hace apenas dos meses, la Guía Michelín reconocía al primer restaurante de Madrid con tres estrellas desde 1995. David Muñoz (o como a él le gusta escribirlo, Dabiz) y su establecimiento DiverXo se alzaban con tan deseado y prestigioso reconocimiento, siendo así únicos en la capital de España. Una ciudad que necesitaba un premio de este tipo que hiciera justicia a la gran variedad y alta calidad de su oferta gastronómica.

Barcelona fue una de las ciudades donde, a pesar de contar con 19 establecimientos con una estrella, se echó de menos un reconocimiento como el de DiverXo. Y este hecho ha sido clave para que mediáticos cocineros como el masterchefiano Jordi Cruz se hayan pronunciado diciendo que el premio a Muñoz se debe a “factores políticos”. Otros personajes públicos, como el periodista Salvador Sostres, han concluido que la Guía Michelín “desprecia a Barcelona” y que el sistema por el que ha sido premiado DiverXo es “una farsa” y su restaurador “intrascendente”. El primero, al menos, se disculpó unos días después por sus comentarios.

Quiero dar por hecho que los citados “opinadores” han tenido oportunidad de visitar DiverXo. Si lo han hecho, sin duda han debido disfrutar del concepto radical, sinfónico, caóticamente ordenado y artísticamente estudiado de la cocina de Dabiz Muñoz. No se parece a nada que haya probado uno antes. Es una sorpresa tras otra. Una “montaña rusa” como lo califican algunos. Yo prefiero el apelativo del Cirque du Soleil de la cocina moderna.

Es de entender la frustración de Cruz al no obtener la tercera estrella para su restaurante Ábac. La de Sostres no se entiende tanto, pero como él mismo dice, “escribir es meterse en problemas”. En cualquier caso, lo que no tiene sentido es que cuando un país recibe un premio de este calibre, que le pone en las portadas de medio mundo, los regionalismos se metan en el camino de celebrarlo como lo que es: un reconocimiento del que todos debemos estar orgullosos. Por si sirve de algo, yo lo estoy.

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Incinerando a Hanna Montana

​La trayectoria de Miley Cyrus en los últimos meses ha acabado definitivamente con la imagen que cultivó durante los años en los que interpretó para Disney al personaje de Miley Stewart en la afamada serie infantil Hanna Montana. Poco queda ya de esa sonrisa dulce e inocente en la cantante de 20 años, que no deja de ser noticia y objeto de comentario en las redes sociales debido a sus numerosos escándalos.

​Tras su lamentable espectáculo pseudo-pornográfico en los Video Music Awards que entrega la cadena televisiva MTV, las críticas le llegaron desde todos los ángulos. Cyrus logró hacer que la práctica totalidad del público, en el auditorio y en sus casas, sintiera irremediablemente una sensación de verdadera vergüenza ajena. Las redes sociales se incendiaron contra ella. Y además le costó la cancelación de la portada que tenía pactada con la revista Vogue para diciembre, ya que dicha publicación no desea verse relacionada con ese perfil de imagen.

​Por si fuera poco, lejos de rectificar o disculparse, la otrora angelical artista ha declarado que no se arrepiente de nada de lo hecho, porque en su opinión estaba “haciendo historia” sobre el escenario. Y, apenas dos semanas después del citado incidente, ha salido a la luz su nuevo videoclip. En él aparece completamente desnuda sobre una bola de demolición, sin nada más encima que unas botas, mirando de forma lasciva a la cámara y lamiendo desde cadenas de obra hasta martillos de gran calibre. De todo menos sutil.

​Cyrus parece haberse decidido por apostar por su capacidad de provocación sexual olvidándose de hacerlo por su música o por su voz. Algunos la defienden diciendo que también otras históricas como Madonna fueron criticadas en su época, sin embago la Ambición Rubia sabía dominar muy bien los tiempos y los límites. A Miley le queda mucho por aprender.

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