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Cuando los árbitros cambian la historia
Miguel Ángel Rodríguez Caveda 10-04-2013 | 6:34 | 0

Dicen que las finales no están para jugarlas sino para ganarlas. Y el partido del Málaga este martes frente al Borussia era toda una final. Una final que, lamentablemente para el fútbol español, no se ganó. Pero no por deméritos de sus jugadores, sino por un desastroso error arbitral. Una vez más, la incompetencia de un colegiado se elevaba sobre los méritos deportivos para inclinar la balanza a favor de uno de los contendientes.

No se trata de ir de víctimas, ya que la historia futbolística de cada club siempre tiene en su haber errores a favor y en contra. Y derrotas y victorias en el último minuto. Sean más o menos “justas” o “injustas”. Esta vez al Málaga, que hizo un partidazo, le tocó la de arena. Pero seguro que, con esta forma de trabajar, pronto recibirá la de cal.

El problema no es ese. Ni siquiera que pueda existir una persecución contra los clubes pequeños, como dicen algunos, o que se cometan errores a propósito a favor de los poderosos. No, el problema es simplemente que los árbitros no tienen el nivel que deben tener. Y que, además, no se hace nada para mejorarlo o, al menos, para enmendar sus errores.

Los mejores futbolistas del mundo no pueden ser arbitrados por mediocres. A los colegiados no les puede superar la presión, al igual que no les supera a los futbolistas a los que arbitran. Se les paga para hacer bien su trabajo, y no se puede dar por aceptado que haya errores en casi todos los partidos, de mayor o menor influencia en el marcador final. Simplemente, no es de recibo. ¿Cuántas profesiones existen en las que, antes de empezar la labor diaria, se acepte de forma generalizada el hecho de que se pueda hacer mal? ¿Acaso alguno en nuestro puesto de trabajo tenemos la opción de equivocarnos todos los días y seguir manteniendo nuestro empleo? ¿No se deshacen los clubes de aquellos jugadores que no dan el nivel esperado? Entonces, ¿por qué los que les vigilan en el campo sí pueden ser unos completos incompetentes?

Decía esta semana López Nieto, ex árbitro internacional, que el problema real es la falta de calidad de los trencillas, “en consecuencia de la mala planificación del estamento arbitral de la UEFA”. Eso es lo que, en pleno año 2013, es inconcebible.

Deportes de gran seguimiento, como lo son el baloncesto o el fútbol americano cuentan con árbitros de excelente nivel. Y, por si fallan (que en estos casos –a diferencia del fútbol- no se da por hecho que deban hacerlo) cuentan con tecnología para arreglarlo. Pero en el  fútbol no. En el fútbol, en lugar de poner un láser para ver si el balón ha entrado o permitir repeticiones para las jugadas dudosas, la UEFA prefiere poner a dos jueces de área que no sirven absolutamente para nada. Y así, se siguen sucediendo los errores, y aumenta el número de “injusticias” deportivas. Pero a nadie parece importarle. Desde luego, al menos no a Platini. Por algo será.

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Una justicia de castañuelas
Miguel Ángel Rodríguez Caveda 20-04-2009 | 5:21 | 0

Es triste pensarlo. Pero peor es comprobarlo. La justicia española parece empeñada en demostrarnos que su incapacidad para ser realmente “justa” es cada día más escandalosa. Y, hasta el momento, no hay una reforma judicial seria a la vista.

No es sólo que se deje en libertad a los carteristas y ladrones apenas unas horas después de ser arrestados, lo cual ya es indignante. Ni siquiera que los responsables –en parte- de la crisis de la industria musical y cinematográfica (los del “top manta”) ejerzan el comercio ilegal de piratería, a plena luz del día, en las principales calles de nuestras ciudades sin otro temor que el de tener que correr de vez en cuando para evitar que se les incaute el material destinado a la venta. Ni tan siquiera el hecho de que asesinos y violadores reduzcan sus condenas por “buen comportamiento”, que nadie pueda cumplir más de 30 años a la sombra sea por el delito que sea, o que los terroristas salgan a la calle a una edad con la que todavía son muy capaces de matar. Hay más. Mucho más.

En apenas unos días hemos sido testigos de dos casos especialmente llamativos. Tanto por los delitos imputados, como por su amplísima cobertura mediática.

La vuelta a España de José Pérez Díaz, más conocido como Pepe el del Popular, es una auténtica burla a nuestro sistema penal y judicial. De hecho, es un desplante a todos los españoles. Hace 18 años a este sujeto se le acusó de idear un fraude de 36 millones de euros aprovechando su cargo como encargado de una sucursal del Banco Popular en Santander. Cuando se descubrió el desfalco, Pérez huyó a América, donde fue descubierto el mes pasado por las autoridades migratorias. Lo curioso del caso es que, de momento, saldrá indemne, ya que un juez cántabro ha declarado prescritos los delitos que se le imputaban por apropiación indebida y falsedad documental. Es decir: en España, si sabes esconderte después, puedes robar tanto como quieras. Qué mensaje tan desesperanzador. Qué paraíso para los delincuentes.

A primeras horas del lunes nos sorprendía otra noticia: el ‘sheriff’ de Coslada salía en libertad después de pagar nueve mil euros de fianza. Un individuo que aprovechaba su cargo de comisario de policía para quebrantar la ley en lugar de hacerla cumplir. El principal imputado en una trama de corrupción policial que incluye delitos de prevaricación, cohecho, tenencia y depósito de armas, amenazas, extorsión y blanqueo de capitales. El suyo se conoció como el ‘caso Coslada’, en el que se detuvo a 26 agentes locales, de los cuales once ingresaron en prisión. Ginés Jiménez ha pasado menos de un año en la cárcel. Y ahora vuelve a estar en las calles. Las mismas en las que, hasta hace poco, extorsionaba a comerciantes y prostitutas.

Nuestros gobernantes deben llevar a cabo una profunda remodelación de la justicia española. No podemos permitir que desde fuera se vea nuestra patria como un lugar ideal para los maleantes, algo que ha ocurrido en los últimos años. Es conocido que en muchos lugares seguimos dando la imagen de ser un país de castañuelas. Al menos, no permitamos que nuestra justicia también lo sea.

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