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La sanción a Cristiano es justa
marodriguez 27-01-2010 | 10:24 | 0

El revuelo formado a raíz de la sanción de dos partidos a Cristiano Ronaldo por romperle la nariz al jugador Patrick Jan Mtiliga, defensa del Málaga, es digno de estudio. Hay quienes consideran que la decisión es “injusta y desproporcionada”. Otros incluso se aventuran –insistiendo en sus propias alucinaciones- a hablar de “villarato” y teorías conspiratorias. Y, los de siempre, buscan agravios comparativos con el eterno rival en jugadas que, simplemente, no admiten comparación.

La sanción a Cristiano es justa. Y lo es desde el principio, desde el momento en que el portugués vio la tarjeta roja. El jugador golpea con agresividad a un rival, en un acto de “juego peligroso”. Ahí se justifica la expulsión, que algunos como el otrora lúcido Jorge Valdano han estimado como incorrecta. La sanción posterior responde a un punto bien definido en el Código Disciplinario de la Real Federación Española de Fútbol. El artículo 115 señala que “emplear juego peligroso causando daño que merme las facultades físicas del ofendido se sancionará con suspensión de uno a tres partidos o por tiempo de hasta un mes”. Cristiano le rompe la nariz a Mtiliga. No hay más que decir.

El problema del forofismo es que no permite ver la realidad de forma objetiva. La versión correcta no es la de los periódicos de Madrid –volcados en la defensa del luso- ni tampoco la que están apuntando desde Barcelona, donde se asegura que el castigo se queda corto. Parece una decisión adecuada, y punto. Más aún cuando, después de las apelaciones que presente el Real Madrid, todo quede -más que probablemente- en un único encuentro de suspensión.

El problema de querer comparar en todo a Cristiano y a Messi hace que, en ocasiones, ciertos periodistas y comentaristas deportivos pierdan temporalmente el norte. Igualar una jugada en que un futbolista no sufre lesiones a otra en la que un jugador se retira directo al hospital parece algo periodísticamente censurable y criticable. Ninguno de ellos se atrevería, en un juicio, a pedir la misma pena para un acusado que mató a alguien que para otro que sólo lo hirió. Son cosas distintas porque tienen consecuencias diferentes. Y, por tanto, los efectos y repercusiones también deben ser claramente diferenciados.

Lo que debería preocupar ahora al madridismo no es tanto la sanción, que quedará en el olvido, sino el problemático carácter de CR9 sobre los terrenos de juego. Acaba de estrenarse en la Liga española y ya tiene una colección de tarjetas, varias de ellas rojas. Es reincidente en la agresión a otro futbolista, y sólo lleva en el Madrid unos meses. Alguien debería calmarle un poco y pedirle que se dedique a jugar al fútbol -que es lo que hace muy bien- en lugar de protestar y dar leña. Entonces, sólo entonces, quizá puedan compararle de verdad con Messi.

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Serena y la violencia en el deporte
marodriguez 13-09-2009 | 10:54 | 0

La eliminación de Serena Williams en la semifinal femenina del US Open debería servir de ejemplo para que muchos deportistas de élite reflexionen sobre sus actitudes violentas en los momentos “calientes” que se dan mientras compiten en sus distintas disciplinas. Según la juez de línea que asistía a la juez árbitro durante el encuentro que enfrentaba a la estadounidense con Kim Clijsters, la afroamericana amenazó con “matarla” cuando ésta señaló una falta de pie que significaba dos pelotas de partido para su rival. La consecuencia directa fue la penalización de la vigente campeona y el consiguiente pase a la final de la tenista belga. Una sanción dura -pero efectiva- que puede sentar un importante precedente.

Lamentablemente la salida de tono de Serena no es única. Semana a semana los aficionados al deporte somos testigos de cómo este tipo de comportamientos se produce en cada terreno de juego, en cada pista o en cada cancha. Y lo peor del caso es que, en muchas ocasiones, los protagonistas no reciben sanción alguna por sus acciones simplemente porque no se llega a las manos. Si queremos que el deporte siga teniendo por bandera el “fair play”, hay que sancionar también las agresiones verbales. Y, obviamente, más aún cuando éstas se dirijan a los árbitros.

Ni los máximos responsables de las instituciones deportivas, ni los colegiados, ni los aficionados, debemos aceptar conductas como la de Serena. No basta con sancionar únicamente a aquellos deportistas que emplean la violencia física, como pudo ser el caso de Zidane en su histórico cabezazo a Materazzi, de Mike Tyson cuando le mordió la oreja a Evander Holyfield, de Simeone cuando pisó a Julen Guerrero o de Pepe cuando se ensañó con Casquero y trató de noquear a Albín. La violencia no queda en los golpes, patadas o mordiscos. Está presente en la actitud del futbolista mexicano Héctor Reynoso cuando escupió al chileno Sebastián Penco y le amenazó con contagiarle la gripe A. También en el “nos vemos a la salida” de Cristiano Ronaldo a un jugador de la Juventus en un partido de la pasada Peace Cup. Son lances que pasan desapercibidos porque se consideran parte de la competición. Pero no lo son.

En la actualidad nadie se escandaliza porque un jugador se coma a gritos a un árbitro, le dé una bofetada a un rival o incluso se autolesione a base de raquetazos en la cabeza (esta última genialidad es obra del ruso Mikhail Youzhny durante su partido de octavos de final del Masters Series de Miami ante el español Nicolás Almagro). La violencia envuelve el deporte y se ha convertido año tras año en un virus cada vez más extendido. Una enfermedad que vemos como algo cotidiano, sin darnos cuenta de que va mucho más allá de los recintos deportivos. Sólo cuando llega a nuestras calles y a nuestras casas empezamos, sorprendidos, a preocuparnos por ella. Y entonces -ironías de la vida- nos preguntamos de dónde viene.

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