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Juan Höfer

Viviendo entre pingüinos

Día 1: Dos bofetadas

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El día antes de partir hacia aquí uno siempre está ansioso. Más o menos en función de cada uno, pero la expectación se adivina en los rostros de todos los que viajan. Da igual que seas un novato o alguien que ha pasado aquí más de 10 ¨veranos¨. Todo comienza con el ritual del día previo:

– Proveerse de ropa de trabajo adecuada
– Charla de inducción donde nos explican cómo nos debemos comportar mientras estemos allí
– Recibir los permisos de trabajo/muestreo que sean han solicitado con meses de antelación
– Embalar y enviar los equipos sensibles que van a viajar con los científicos

Y todo termina con la liturgia del viaje. ¨Por favor, tengan sus teléfonos operativos todo el tiempo ya que se les puede avisar en cualquier momento del día o la noche y dispondrán sólo de dos horas para prepararse¨. Oír esa frase le hace entrar a uno en una especie de reposo antes de la batalla. Uno descansa sin descansar, esperando la llamada o el mensaje que anuncie el tan ansiado viaje. Para muchos de nosotros este viaje comenzó hace más de medio año o incluso más; diseñando experimentos/muestreos, haciendo inventario, previsiones de insumos, comprando todos los materiales, solicitando los permisos, etc. Son muchas horas de esfuerzo y planificación, y finalmente uno lo siente al alcance de la mano. Sólo hay que estirarse para alcanzarlo. Por fin el tan ansiado momento ha llegado; es hora de que todo empiece, es la hora de la verdad, es hora de ver si los cálculos están bien hechos, es hora de jugarse el todo por el todo y que los últimos meses no hayan sido en vano.

Otro ritual antes del viaje es la última cena en Punta Arenas. En alguno de los buenos restaurantes de la ciudad, sin importar demasiado el precio, uno se toma una buena cena, que generalmente consiste en verduras y frutas frescas. Un vano intento de saciar por adelantado un antojo que luego sólo ira en aumento a medida que pasen los días.

Luego uno recibe el esperado mensaje. Este año hemos sido afortunados y el vuelo desde Punta Arenas a Isla Rey Jorge (Islas Shetland del Sur) sale a media mañana sin mayores problemas ni cancelaciones por condiciones meteorológicas en la isla. En el avión, la expectación crece por momentos mientras uno presencia el último de los rituales antárticos, el pase de modelos primavera-verano 2018. Y es que la mayoría de la gente, sobre todo los veteranos, comienzan a añadir capas de ropa, gafas de sol, guantes y pasamontañas o gorros justo antes de que el vuelo comience su descenso.

Una vez se abre la puerta del avión uno sale a una pista de tierra y rocas, dónde un viento helado te recibe dándote tu primera bofetada. Ese frío intenso y la nevada que lo acompañaba este año es tu primer contacto. Por fin has llagado, ya estás aquí, en la Antártida o Antártica, como dicen los chilenos. Luego comienzas a caminar para dirigirte al que será tu hogar durante el siguiente mes y es entonces cuando te asalta la segunda bofetada. Aquí el ser humano no es bienvenido. Aquí no hay nada que a uno le recuerde a su casa, esté donde esté eso. En este paraje lunar no existe el verde, lo que se ve son una sucesión de blancos, marrones y grises. Este maravilloso lugar es inhóspito como pocos, pero te regalará experiencias increíbles si uno tiene el privilegio de vivir en él, aunque sea por unas semanas y de prestado. Ya has llegado a la Antártida y en pocos minutos sabrás si has caído presa de su embrujo.

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Sobre el autor

Mi nombre es Juan Höfer, y como otros muchos soy un ¨refugiado¨ económico-científico que tuvo que abandonar la tierrina en busca de oportunidades. Nacido en Gijón y doctor en Biología por la Universidad de Oviedo, ahora tengo la fortuna de ejercer como investigador dentro del centro de Investigación Dinámica de Ecosistemas marinos de Altas Latitudes (IDEAL), el mayor proyecto de investigación antártica jamás desarrollado en Chile. País, que me ha acogido con los brazos abiertos brindándome la posibilidad de cumplir uno de mis sueños de infancia. Viajar a la Antártida. El centro IDEAL investiga el funcionamiento de los ecosistemas marinos antárticos y sub-antárticos, así como los efectos que el cambio global tendrá sobre ellos. Por ello pasó muchos meses al año en terreno, bien embarcado bien en las bases chilenas, disfrutando de los increíbles paisajes helados de la Patagonia más austral o la península antártica. Y ahora, durante los próximos dos meses voy a intentar transmitir en ¨tiempo real¨ la experiencia que supone pasar un verano en el continente blanco. Pónganse su mejor polar, y a ¡disfrutar!

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