HISPANOAMÉRICA, UTOPÍA Y HÉROES

Paseando por el Gijonés muelle de Oriente diviso a lo lejos el superpuerto de El Musel y de inmediato me viene a la memoria tanta gente que salió por aquel puerto a la aventura, a la emigración o al exilio político. Y es precisamente el pensamiento sobre los motivos que impulsan a las personas a desterrarse voluntariamente las que me hacen hilar pensamientos sobre los destinos americanos. Cuantas utopías crearon mentes febriles siempre deseosas de ver realizados en la tierra los paraísos ideados o imaginados.

 

Y precisamente es América, para los hombres europeos del siglo XVI, uno de esos lugares que, tal vez, por alejados de sus tierras originarias, tal vez por los relatos desmesurados de cronistas y conquistadores, pusieron en América las mismas esperanzas que en un pasado debieron representar feraces Arcadias de felices pelasgos, o quiméricas Atlántidas de superiores atlantes.

 

Es ese mundo alternativo que queremos proyectar fuera de nosotros para corregir las imperfecciones como imagen crítica del mundo realmente existente. Una sociedad idealizada que ya había sido sugerida por Platón en su “República” y San Agustín en “La ciudad de Dios” pero que llega a su máxima relevancia durante el Renacimiento al ser incentivadas estas ideas por los relatos de Américo Vespuccio sobre la recientemente descubierta isla de Fernando de Noronha.

 

Pero será Tomás Moro quien, a través de su libro “Utopía” de 1515, marque un hito en las creaciones de mundos imaginados. “Utopía” se divide en dos partes: en la primera critica a la sociedad de su época, y en la segunda se dedica a describir una isla localizada en ninguna parte. En esta isla sus habitantes han logrado constituir una sociedad justa y, por tanto, feliz.

 

 

Tomás Moro en 1527

Óleo de Hans Holbein el joven

 

El secreto de la Utopía está basado en una organización política fundada en la preeminencia de la racionalidad, en la que aparece, una vez más en la constitución de algunas sociedades ideales, la abolición de la propiedad privada, causa que se considera  de todos los males e injusticias sociales. La ausencia de propiedad privada hace que prevalezca el interés del común frente a los deseos y los intereses personales que rigen en las sociedades reales. En Utopía, además, las personas se organizan jerárquicamente en la asignación de puestos y oficios, a los que se accede por méritos propios y por capacidades innatas. La  organización estratificada es, sin embargo, completamente compatible con la total igualdad económica y social de los habitantes de Utopía, pues todos acceden a los mismos bienes comunes, al margen de su posición y de su oficio en la sociedad.

 

Estas ideas darían paso, posteriormente, a las ideas socialistas de Saint Simón, de Charles Fourier con sus falansterios (comunidades rurales autosuficientes) y a las ideas de Owen con su “Nueva Armonía”, que en estadios superiores desembocarían en las ideas marxistas e incluso anarquistas.

 

 

Charles Fourier

 (Besanzon 1772- Paris1837)

Para indicar de alguna manera que esto era poco menos que irrealizable se ubicaban estas sociedades en lugares remotos y a partir de estas ideas del siglo XVI en adelante, la sociedad occidental no ha dejado de construir islas artificiales como Utopía.

 

 

Perspectiva de un Falansterio

 

 

Cuenta Mario Vargas Llosa, en su brillante ensayo “Sueño y realidad de América Latina” que, en el siglo XVII, el castellano Antonio León Pinelo escribió un libro titulado “El paraíso en el nuevo mundo” y que a través de dos prolijos libros llenos de citas bíblicas, mitológicas e históricas, demostraba que el Paraíso terrenal había estado ubicado en la Amazonía peruana, concretamente en la región de Iquitos. Casi se puede decir que este autor y su obra marcan la partida de una cantidad de relatos y de ficciones que hicieron de América el lugar preferido para construir las nuevas leyendas, las nuevas quimeras, las nuevas mitologías de la cultura occidental.

 

Para ello no solo contribuyó Antonio León Pinelo. Los relatos de Cristóbal Colón, aún sin saber de la novedad del mundo descubierto, están llenos de cosas maravillosas y sobrenaturales. Estos relatos deslumbraban las mentes de la época y aunados con las posibilidades de riquezas grandes y prontas y aventuras sin fin hacían que América fuese un destino, además de posible, deseado.

 

Este mismo Antonio León Pinelo, “Oydor de la Contratación de Seuilla y Cronista Mayor de las Indias” escribió además del citado libro sobre el paraíso en el nuevo mundo, tratados tan singulares como “Qvestion moral Si el chocolate quebranta el ayuno Eclesiástico”

 

 

Antonio León Pinelo

“Qvestion Moral” 1636

O un curioso tratado sobre “Velos antiguos y modernos en los rostros de los mujeres. Ilustración de la Real Pragmática de las tapadas”

América es colonizada en un principio por hombres sin mayores ideas de la labor que hacían, no los empujaba ningún sentimiento de construcción imperial ni de colonización idiomática, fundamentalmente era el afán de aventuras y el deseo del lucro y tal vez, si acaso, un sentimiento general de evangelización cristiana, que no fue tanto como se dice ni tan importante. Recordemos que en su primer viaje, Cristóbal Colón no lleva entre todos sus hombres ni a un solo clérigo, lo que contradice toda la imaginería romántica plasmada en cuadros sobre la llegada de Colón a tierras americanas acompañado de clérigos.

 

Y como muy bien dice el gran hispanista Salvador de Madariaga y Rojo en su libro “La cruz y la bandera; y las tres carabelas” (Buenos Aires 1966):

 

“Los hombres no pueden tomar posesión de la tierra sin que la tierra tome posesión de los hombres”

 

Las tierras americanas subyugaron a los conquistadores castellanos mucho antes de que ellos poseyeran las tierras americanas. Y no solo los subyugaron a ellos, subyugaron a todos cuantos leyeron los relatos maravillosos y deslumbrantes de las nuevas tierras, creando en los imaginarios de enfebrecidos lectores hispanos mitos y leyendas.

 

Y sobraban leyendas, las famosas Amazonas que Fray Gaspar de Carvajal dijo que había visto Francisco de Orellana. Bernal Díaz del Castillo nos dice que en México Hernán Cortés aseguraba que las cosas que vio eran propias del Amadís de Gaula. El mito del Dorado embelesó a un hermano de Santa Teresa, Agustín de Ahumada, que fue tras su búsqueda al igual que más tarde lo haría el tirano Aguirre y Gonzalo Pizarro que salió en busca del Dorado y del País de la canela, por tierras del actual Ecuador, en compañía de Francisco de Orellana en 1541.

 

 

 

Ruta de Francisco de Orellana

 

El Dorado había sido una leyenda de los indios muisca del altiplano llevada a Quito por Sebastián de Benalcazar. En ella el sumo sacerdote, en sus ritos, estaba cubierto por completo de polvo de oro. La búsqueda de esta mítica y dorada ciudad se extendió hasta nuestros días.

 

 

 

Francisco de Orellana

(Trujillo 1511-Amazonía 1546)

 

 

 

Sebastián de Benalcazar

(Belalcázar 1480-Cartagena de Indias 1551)

 

Todos estos relatos eran recibidos en Europa con mentes entusiasmadas con las fantasías descritas y las imaginadas y servirá de acicate para que Europa transfiera a América las utopías no realizadas en sus propias tierras y culturas. Y encontrará terreno abonado para ubicar en ellas todas las ideas que por revolucionarias o perseguidas en Europa, podían ser instaladas en América.

 

Y esto no ha cesado desde el siglo XVI hasta el presente. Sesudos pensadores políticos de la actualidad quieren imponer ideas en América que serían incapaces de recomendar para sus propios países de origen porque las saben inaplicables o porque saben que sus sociedades de origen no admitirían semejantes experimentos sociales. Cuanta política no ha sido escrita en cafés parisinos mientras América ponía los miles de muertos de sus consecuencias prácticas.

 

En nuestro siglo XX y XXI los muchísimos libros escritos por innumerables defensores de estas ideas extremas, irrealizables en Europa, pero que nos pretenden imponer en America, llevan firmas tan insignes como Louis Althusser, Jean  Paul Sartre, Josep Conrad, Regis Debray, Gunter Grass o Malcom Lowry.

 

Uno de los primeros movimientos libertarios en América fue promovido por Elisabeth Nietzsche, hermana de Friederich Nietzsche, quien fundó una colonia libertaria en el Paraguay. Pero la suma de todos los afanes se dio en la Cuba de la revolución castrista, donde todos los intelectuales europeos, encabezados por Debray y Sartre vieron la realización de la utopía socialista, que no se había logrado del todo en Europa, ser posible en Cuba. Y otras utopías más como las que se derivan de la Teología de la Liberación, que si bien sanas en sus conceptos basales, en sus aplicaciones han teñido de sangre toda nuestra América en el bendito nombre de una utopía social y religiosa.

 

Y esto no es más que la aplicación actual de las utopías que desde Platón excitan la mente y la fantasía de hombres y de pueblos. Utopías irrealizables experimentadas en las pobres sociedades de gentes y naciones que pagan las consecuencias.

 

Dos teóricos del culto revolucionario fueron Thomas Carlyle y Karl Marx coincidiendo ambos en que los movimientos revolucionarios son siempre promovidos por aquellos que se creen “Grandes Hombres” o “Héroes predestinados”  y en esa letal mezcla de Héroe con visiones revolucionarias nacerán lo que un lúcido escritor mexicano, Enrique Krauze, ha llamado “Los Redentores” en un esclarecedor artículo recientemente publicado y titulado “Tierra de redentores”.

 

E Hispanoamérica ha sido tierra fértil para generar estos monstruos históricos que protagonizaron las revoluciones mexicanas o las brasileñas e incluso las cubanas de los siglos XIX y XX. Los “Grandes Hombres” sobraban, nuestra historia los ha parido a montones, siempre empuñando las armas. Las ideologías fanáticas hicieron el resto. Llámense así el peruano José Carlos Mariátegui, o el mexicano José Vasconcelos o el cubano José Martí o el uruguayo José Enrique Rodó o un más moderno mexicano Octavio Paz e incluso, reuniéndolos a todos, un desaforado peruano como Abimael Guzmán.

 

 

 

Thomas Carlyle

(Ecclefechan-Escocia 1795-Londres 1881)

 

Cita Enrique Krauze en su artículo que:

 

“…Marx creía que  la apoteosis de la Revolución se concentraba en un solo protagonista colectivo: el proletariado, las masas. Y ese culto, con el tiempo, “equivalió” también a una nueva religión. El siglo XX probó que las simpatías entre Marx y Carlyle eran mayores que sus diferencias: solo se requería la aparición de un “héroe” carlyleano que asumiera la Sagrada Escritura de Marx. Ese personaje fue Lenin y tras él irrumpieron en la escena varios otros: “El Dios trascendente de los teólogos”, escribió Octavio Paz, “baja a la tierra y se vuelve ‘proceso histórico’; a su vez el ´proceso histórico´ encarna en este o aquel líder: Stalin, Mao, Fidel”

 

Los Redentores de Krauze han sido los que se han creído poseídos por el “thymos” propio para ejecutar las Utopías que el hombre insistentemente ha venido concibiendo desde el umbral de la humanidad. Tal vez nuestras democracias hispanoamericanas no sean más que la perenne búsqueda de la ejecutoria que una vez pensó el lúcido Thomas Carlyle:

 

“La democracia es la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan”

 

Patético pensamiento que parece que, en nuestra América, es una constante, la búsqueda y aplicación de Utopías y la creación de Héroes, magnificado todo desde las emancipaciones de comienzos del siglo XIX.

 

Lo que nos toca ver en estos lamentables tiempos históricos lo escribió Marx y también lo cita Krauze en su artículo:

 

“Todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces: una vez como tragedia y la otra como farsa”

 

En Venezuela la Emancipación se vivió como la época de la tragedia y ahora vivimos en tiempos de la farsa. Los Héroes están destruyendo las Utopías pero en modo de farsa y sin ninguna credibilidad inherente.

 

 

 

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