Salgo, sudoroso y agotado, de una mesa redonda sobre anfibología. Mientras medito, gintonic mediante, sobre el futuro del arte, me convenzo de que volamos hacia la indeterminación total. Toda la vida estudiando, veinte años escribiendo sobre estas cosas y ahora, en apenas tres horas, aprendo lo crucial. Resulta que, para soportar nuestro destino, debemos dominar la política de la subversión y ejercitar un constante elogio a la ambigüedad. Para ello, lo mejor es practicar este fácil recurso: citar, con energía y énfasis, en todos y cada uno de nuestros debates y/o conferencias y/o artículos, a algún artista imprescindible y/o algún teórico indiscutible. Con ello siempre seremos política y culturalmente correctos.
Segundo gintonic. Continúo con mis reflexiones. Entiendo que esa ambigüedad creciente del mundo mundial (moral, ética, creativa, sexual…) afectará a todos los espíritus creativos de una manera (¡Adorno, Benjamin, Duchamp, Foucault!) directamente proporcional a sus esfuerzos. Y que cualquier alma que pretenda (¡Kant, Picasso, Hegel, Derrida!) aportar algo a la actualidad estética, debe tener muy clara esa evidencia. Me he convencido de que habitamos (¡Addison, Kant, Warhol, Heidegger!) un momento histórico donde (¡Klee, Wittgenstein, Schelling, Argan!) la trama acelerada podrá con todos nosotros, provocando dobles y triples sentidos (¡Dufrenne, Lyotard, Beuys, Tatarkiewicz!) en cada instante.
Tercer gintonic. Creo que las manifestaciones culturales son el reflejo de cada época y que, por tanto, las nostalgias (¡Kierkegaard, Plotino, Kandinsky, Danto!) no deben ser excesivas, porque enajenan el buen juicio. Concluyo (¡San Agustín, Nietzsche, Da Vinci, Hobbes!) que la crítica de arte no debe sentar cátedra. Tan sólo, servir de puente hacia el espectador. O sucumbir en el intento.
«Lo que ha de suceder, sucederá» (Virgilio)

