Volcanes

Aunque no se decide a emerger, el volcán submarino de El Hierro ya está estimulando nuestra imaginación. La semana pasada escuché en la radio a varios artistas debatir el asunto y ayer mismo, en el estudio de un buen pintor, hallé varias obras paridas bajo esa encrucijada. La idea de admirar en directo o en la tele el nacimiento de una isla es muy emocionante.

La cosa no es nueva. Hace seis años se celebró en México una vasta exposición inspirada en sus dos grandes emblemas volcánicos, Popocatépetl e Iztaccíhualt, que la literatura del país atribuye a un valiente guerrero mitológico y su amante doncella. Había en aquella muestra más de cuatrocientas obras entre pinturas, esculturas, grabados, fotos, películas y documentos. Por sus cálidas secciones bullían mitos, ritmos musicales, misterios sagrados, metáforas y múltiples sensaciones.

Se mueve el magma y, con él, fluye la fantasía. Acaso El Hierro sirva algún día como referencia de espacios nacientes y sociedades libres que vomiten luz y color. Ojalá la explosión no provoque daños físicos ni materiales, y aquel mar cambie de aspecto haciéndonos olvidar la jodida crisis. Quien sabe; quizás surja una nueva ‘chimenea’, un brillante faro en medio del oceáno como vertical señuelo que, dentro de varios siglos, anime a otros artistas a plasmar sus cimas. Ya ocurrió hace doscientos mil años con el hermoso Strombolicchio, en las islas eólicas. Su vasta terraza mirando al Mediterráneo lo transformaron en un mágico reducto para las bellezas crepusculares de turistas, artistas y poetas. Sólo trescientos metros le separan de Stromboli, su padre putativo, y a varias millas gime sin tregua su abuelo, el fantástico Etna. Ambos siguen hoy activos y escupiendo. Brindemos por el futuro de El Hierro y su independencia, sus lavas, sus días y sus noches.

«La independencia es una isla rocosa, sin playas» (Napoleón I)

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