El Comercio
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En el reino de Kiker
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Adrián Ausín | 23-06-2017 | 11:31| 0

Adentrarse en la casa de Enrique Benjamín Rodríguez Rodríguez, Kiker, es una experiencia religiosa. Kiker vive desde hace veinte años en un luminoso primer piso cerca de la Puerta de la Villa y en este tiempo su inspiración diaria ha ido llenando todas y cada una de las paredes de su vivienda, convertida en taller y en museo. Lo que para cualquiera sería el salón, alineado a todos los ventanales de la fachada, para él es su estudio, ahí donde espera todos los días del año, mañana y tarde, que las musas le pillen trabajando. Yvaya si lo hacen. A través de mil lenguajes (óleos, esculturas, maniquíes, estuches, monedas, maderas labradas, metacrilatos…) y con la figura humana siempre en el eje de su fascinación.

k1k2Cuando uno entra a la casa de Kiker busca un método, un patrón, un rincón de trabajo. Sin embargo, enseguida lo advierte, no hay tal. No solo cambia el caballete de sitio, sino que salta, según le dé la ventolera, de la pintura a la escultura y de su casa, demasiado llena de cosas, a su otro estudio gijonés, «el de los ‘cuadros grandes’»;y de éste a su casa y hórreo del Alto Aller, donde le gusta trabajar la madera; y de ésta al precioso estudio habilitado en Cudillero, aunque ahí aún no ha podido asentarse, porque a Kiker –colorista, cubista, multidisciplinar, leonardino– no le dan las horas.

Parido en un hórreo, en Los Corraones, crecido en Moreda, donde fue monaguillo de Don Custodio, Kiker llegó a Gijón a los 14 años. Calzaba unos zapatos de ante fabricados por él mismo. Con 15 vendió su primer cuadro y con 17 se subió a un ‘Alsa’ rumbo al París de 1966. Llevaba cinco mil pesetas y una caja de pinturas. Lo que vino después es sabido. El éxito en estado puro, pero rehuyendo siempre los flashes, sin acudir siquiera a sus exposiciones, centrado solo en crear, idear, indagar. En aquel histórico Arco de 1985 fue portada de ‘Abc’ con su ‘Arte de Water’. El cliente metía unas monedas, sonaba la cisterna, una mujer levantaba la falda y de sus nalgas salía un lienzo de recuerdo. Pasaron por allí desde Miguel Bosé hasta Manolo Escobar. Tras este bombazo, siguieron los premios, las exposiciones y la misma actitud vital socarrona, creativa y provocadora; mil, cien mil veces talentosa.
k2Hoy, en plena madurez, Kiker inicia cada mañana en la playa, donde ha tomado afición a dibujar una pequeña obra de arte sobre la arena para dejar luego que se la lleven las olas. Se da un baño, busca cosas por la orilla para sus collages y se pone a trabajar en casa, donde puede uno visualizar una pata de ñocla convertida en nariz o una cáscara de oriciu formando parte de un rostro humano. No perdona el vermú ni tampoco un alterne diario, casi siempre por sidrerías, tras la sesión de tarde en el estudio.

k4Tuvo Kiker dos mujeres que le dieron dos hijas y luego una tercera. Tres ciclos vitales de doce años, curiosidades de la vida. Ahora está tranquilo. Dice que no quiere líos. Su ilusión artística, asevera, es la de los catorce años, aunque la carrocería dé problemas de chapa y motor. Le gusta dejarse llevar por la idea, influir lo mínimo en el camino marcado por su mano, sorprenderse a sí mismo. Yvaya si lo consigue. Su talento es un manantial inagotable al que se incorporan los objetos más variopintos e inverosímiles; unos hallados en la orilla de San Lorenzo o donde sea, otros adquiridos en el Rastro de Madrid. No tiene Kiker más límites que los marcados por las paredes de una casa donde uno se siente instalado en Florencia. Oen Venecia. Oen la Roma de los Césares. Pues cada cosa que toca la convierte en oro. ¡Larga vida rey Kiker!

 

(Publicado en ELCOMERCIO el viernes 23 de junio de 2017)

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Capi, ¿cuándo traes la radio?
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Adrián Ausín | 16-06-2017 | 09:17| 0

Fuma cinco puros al día, utiliza gorras de la Marina o del Ejército y está instalado en el Tostaderu de sol a sol. La adivinanza no puede ser más sencilla. Hablamos de Manuel Diego, ‘El Capi’, quien a sus 79 años se ha convertido, de pleno derecho, en toda una institución en la playa de San Lorenzo.
–Capi. ¿Cuándo traes la radio?
–Enseguida. De hecho, ya la traje un día.

A Capi se le distingue a distancia por su gorra y sus gafas oscuras. Cuando el tiempo acompaña, enseguida se pone camisa clara, pantalón corto y playeros. Y llegado el verano pasa ya al bañador, pero siempre con su visera. Al acercarse uno a su área de influencia, la rampa del Tostaderu, lo normal, una vez metidos en julio, es empezar a escuchar cumbias, rumbas… Es su radio, que aporta un ambiente hispano, y alegre, a este emblemático rincón desde donde se divisa la playa al completo.
–¿No se queja nadie?
–Solo una vez una señora me dijo que venía a la playa para estar en silencio y aseguró que ya la venía escuchando desde la Escalerona. Yo le dije: ‘Señora, que Santa Lucía le conserve el oído’.

manuel-diego-reduxManuel Diego nació en Madrid. Cuando tenía 18 años se dejó caer unos días por Gijón y aquí se quedó. Se casó, tuvo cuatro hijos y trabajó toda la vida; la mayor parte del tiempo en la construcción y un tiempo en el Club de Regatas. La afición a la playa la tuvo desde el comienzo. Pero llegada la jubilación la convirtió en su casa. Primero se instaló con un grupo de amigos en el pedrero a la altura de la escalera 17. Luego corrigió el disparo y se reubicó en la 16. O sea, en el Tostaderu. Su rutina, más que gijonesa, parece británica. Se levanta a las seis y sale a caminar. Sube de la calle Aguado a los Pericones, baja a la playa, va por el Muro hasta el camping, vuelve y desayuna frente al Tostaderu en el bar/restaurante del mismo nombre. Entonces se instala en su ‘territorio’. Amedia rampa, en el pedreru, en la arena, arriba en el paseo… Siempre de pie y picando de flor en flor. Al Capi no se le escapa nada. Ni nadie. Conoce a todos los habituales, tiene su panda de amigos, pero no queda con nadie en concreto. Así pasa la mañana. A las doce en punto está comiendo en su casa. Luegovuelve. A las seis en punto está haciendo merienda/cena. Y, si el día está bueno, vuelve de nuevo. Antes se bañaba todo el año. Ahora solo lo hace en verano, dos o tres veces al día, a la altura de la caseta de salvamento.

capi-dos-reduxPese a la edad y los puros, Capi está pletórico, además de lucir un bronceado que a estas alturas se parece bastante al esparto. «Ni toso ni tomo un solo medicamento», presume. ¿El secreto?«La playa inspira salud», sentencia. «Yaire puro. Da gusto respirar este aire», añade. También le aporta ciertas sabidurías. De tanto estar, la gente ya le pregunta por el tiempo. Yacierta. Por ejemplo, ilustra, si ves gaviotas volar en círculo sabes que la mar se va a levantar o quizá vaya a llover. Con el Nordeste del miércoles, precisa, está garantizado un día similar el jueves. Se cumple.

Se va una mujer para casa. Capi se gira y, sonriente, proclama:«¡Hasta luego, mi amor!». Da una calada al puro y ríe. En el Tostaderu no se mueve nada fuera de su control. Así sea por muchos años.

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Un ajedrez mirando al mar
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Adrián Ausín | 02-06-2017 | 17:41| 0

Un niño que crezca con el ajedrez como uno de sus juguetes favoritos ejercitará la mente hacia parámetros de innegable interés: estrategia, orden, cálculo, concentración… El Corazón de María lo ha entendido bien y hace dos años incluyó el ajedrez pedagógico dentro de la asignatura Matemáticas para los alumnos de 2º, 3º y 4º de Primaria, a lo que sumará el próximo curso el ‘preajedrez’ en Infantil. Según destaca su profesor de cabecera, el colaborador de EL COMERCIO Enrique Iglesias, es el único colegio asturiano que dedica una hora lectiva a la semana al ajedrez y esto, precisa, constituye «una herramienta muy útil» para el desarrollo mental de los alumnos, a los que pone pruebas, insta a hacer cálculos aplicados a las piezas del tablero y, por supuesto, deja echar partidas rápidas.

54-peon-cuatro-reyNo es necesario abundar en la oportunidad de la medida;más bien cabe preguntarse por qué no la han adoptado aún otros colegios. Quien tiene la fortuna de iniciarse en el ajedrez de niño ya no lo abandonará nunca. Ese cuadrilátero donde cada pieza tiene su función guarda claras equivalencias con la estrategia bélica y la futbolística, o de cualquier otro deporte, solo que en el caso del tablero enmarcada en un halo más pacífico e intelectual. Ojo, salvo cuando una pieza se ‘come’ a la otra, lo cual no deja de tener un componente fagocitador.

En Gijón, con la remodelación del Dindurra los que pasaban las horas sobre un ajedrez emigraron a la cafetería del Alcomar y es allí donde hay ahora un nutrido grupo de aficionados. Otros se desperdigan por la city donde pueden. Destaca especialmente el pequeño grupo que aprovechó un saliente de una roca, en el Cervigón, para incrustarle un tablero, donde uno puede echar la partida mientras contempla las olas batiendo en la bahía gijonesa, un lujo difícilmente superable en esti Xixón en cuestiones ajedrecísticas. Solo es necesario meter las piezas en la mochila junto a la toalla y el bañador.

Cuando los indios crearon el embrión del ajedrez para partidas ‘a cuatro’ quizá no sabían muy bien el juguete que nos estaban regalando. Ahora, mira tú por dónde, nos anuncian viajes de fin de semana a la Luna para dentro de diez años. Pues es un indio, Naveen Jain, quien está detrás del proyecto ‘Moon Express’.

El Codema ha puesto el granito de arena para que mientras unos niños juegan en solitario con su móvil otros se relajen y concentren a partes iguales ante un tablero de ajedrez, donde todo lleva varios siglos exactamente igual, aunque luego no se den nunca dos partidas iguales. Si a alguien le parece un deporte demasiado estático, los indios, una vez más los indios, nos ofertarán enseguida el más difícil todavía. Tras acabar un viernes de verano la partida en el Cervigón, podremos ponernos en órbita para pasar el fin de semana en la Luna contemplando el Universo. Así de fácil. Si ponen la lanzadera en El Rinconín, mejor que mejor.

(Publicado en ELCOMERCIO el viernes 2 de junio de 2017)

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Retorno a Oslo
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Adrián Ausín | 01-06-2017 | 17:07| 0

(Doce días en Noruega 9)

o1En el vuelo de regreso desde Kirkenes a Oslo; o sea, desde el más allá hasta el más acá, de la última población de Noruega, tocando ya el Polo Norte, a la capital; piensas: si se cae el avión, no es mal sitio para espichar. De todas formas, mejor que no caiga. Pero claro, al mirar por la ventanilla en el despegue, ver un paisaje blanco intercalado de pequeños lagos, fronterizo con Rusia y Finlandia a un lado y el Mar de Bering al otro, pues no puedes evitar pensar en la placidez del lugar, la paz celestial, el aire puro, la ausencia de ruido, la distancia respecto a los peores instintos del hombre ‘civilizado’, el hielo… Y todo eso, sumado a la experiencia inicial de Oslo durante tres días, el tren a Bergen y la semana embarcado en el ‘Polarlys’ de Hurtigruten, con el remate del centollo de Kirkenes, donde debería haberse rodado ‘Doctor en Alaska’… Pues la suma da como resultado una sensación de hasta aquí hemos llegado. Pero como el avión, felizmente, no cae, queda planificar dos días de propina en Oslo, origen y final de este inolvidable viaje.

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Ver crecer los tomates
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Adrián Ausín | 31-05-2017 | 16:59| 0

Los soles de mayo están siendo la mejor vitamina para llenar de vida las huertas. Temerosos como estamos siempre de brumas, lluvias y temperaturas fofas, este mes los amantes de los cultivos caseros están (estamos) de enhorabuena. Basta darse una vuelta por las parroquias gijonesas para ver cientos de pequeños cuadriláteros con la tierra bien revuelta y bien cuchada poblados de embriones de lechugas, tomates, calabacines, cebollas, pimientos, perejiles y pepinos. Sanos y tiesos. Brillantes. Desafiando un espacio vertical que irán ganando poco a poco.

53-tomates-rrrEl recuerdo de 2016 es irregular. Aunque no fue digamos un buen año para las huertas, hay frutos que siempre se dan. En el capítulo de los agradecidos ahí están siempre el calabacín, el pepino o las lechugas. Los pimientos y los tomates son otro cantar. Los primeros son tardíos y quieren mucho sol. Si no lo hay, vas jodido. Los segundos son tan delicados que solo falta contratarles asistencia psicológica. Si se mojan, ahí está la botritis o el mildiu. Si les falta calor o nutriente apenas llegan a la cuarta floración y desarrollan unos tomates tamaño pelota de ping-pong. El hombre precavido, a falta de un prau que restalle de sol, mete a ambos a cubierto. 20170525_114722Basta un invernadero contra un muro que tenga una visera y una caída al otro lado. Por los laterales, según recomiendan los que saben, mejor dejarlos respirar para no desarrollar hongos. «Pa que no cuezan», dicen. Ahora bien, si el tomate no creció como debía el pasado año quizá sea que la tierra esté falta de nutriente pues al plantarlos de año en año en el mismo sitio la comida se va agotando. El plan de choque de primeros de mayo fue total. Para tener en cien días un tomate Mariñán de exposición, cada unidad recibió en su círculo vital lo siguiente: dos palas pequeñas de ceniza, otras dos de humus de lombriz y, revuelto en el agua de cada día, triple quince (nitrógeno, fósforo y potasio) y un pelín de cucho fresco (es mejor cuchar en invierno pero cuando no se hicieron los deberes siempre hay remedios de urgencia). El resultado quince días después son unos tomates sanos, hermosos, sin llegar aún a los dos palmos, pero con una pinta que da gusto verlos. Como todo lo demás. No registrar ni una sola baja tras plantar dieciséis tomates mariñanes, dos cherris, doce padrones, cuatro morrones, diez pepinos, catorce lechugas, cuatro calabacines y un tiestín de perejil es toda una proeza no recordada.

Pinta bien 2017. El hombre, en su huerta, es un ser feliz ajeno a todo lo demás. Inclina la jarra del agua sobre un tomate y siente casi en su interior cómo la planta empieza a beber y a espigarse. Se sienta en la tayuela y contempla a su alrededor el ritmo pausado de la naturaleza. Cuando en verano esa huerta le alimente recibirá el premio. Entretanto, quizá sea mayor satisfacción la expectativa. El sol de mayo lo ha llenado todo de alegría.

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Raphael, ¡¡¡yes un gallu!!!
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Adrián Ausín | 22-05-2017 | 17:26| 0

Sale al escenario de riguroso negro, con el pelo lacado, los papitos de antaño y una nariz afilada. Es Raphael. Esa eterna asignatura pendiente que cobra forma en el teatro de la Laboral este viernes de mayo, día 19, a las 9 de la noche. Tiene 74 años. Has esperado mucho para verlo. Pero, ya se sabe, nunca es tarde. Menos aún para nuestro Rapha, con sus posos y poses de divo venido a más con la edad. Una vez colocados sus siete extraordinarios músicos, nuestro hombre se arrima al borde del escenario, mira al coliseo lleno a reventar y sonríe como solo él sabe hacerlo. En su radiante sonrisa de hombre feliz, en sus gestos, en sus giros repentinos está condensada la Historia de España; una parte al menos. Sin Lola, sin Rocío, sin tantos, Raphael es una pieza de museo que está ahí, ante ti, para no defraudar un ápice las expectativas alimentadas.

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Cero fichajes
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Adrián Ausín | 22-05-2017 | 17:28| 0

Cuando has perdido el Norte, no hay nada como volver al punto de partida del éxito. O, cuando menos, intentar desandar hacia lo más aproximado a aquella situación. El Sporting, está requetedicho, logró el ascenso hace dos años gracias a la piña armada por gente de casa, bien comandada por Abelardo. Y eso se produjo por imposición, no lo olvidemos. San Tebas prohibió fichar al Sporting y el castigo se convirtió,

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¿Doctor Zhivago en Noruega?
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Adrián Ausín | 22-05-2017 | 17:29| 0

(Doce días en Noruega 8)

¿A quién no le seduce montarse en un trineo tirado por diez huskys en un paisaje nevado? Lo primero que viene a la mente es ‘Doctor Zhivago’ y esas maravillosas escenas nevadas rodadas por cierto en España. Sin embargo, no usa Omar Sharif exactamente este tipo de transporte, más propio de las expediciones por el Polo Norte o el Polo Sur. La experiencia de montar en trineo te la ofertan en dos paradas del viaje: Tromso y Kirkenes. La decisión inicial es hacerlo al bajarte del barco en la última parada. Pero esto tiene un defecto: el paisaje es mucho menos espectacular. De forma que optas por Tromso, pese a que la experiencia trineo se solapa con el horario que te deja el barco para ver la ciudad. Elegir es renunciar. Te empapas de Tromso desde el barco a medida que avanza por el fiordo y una vez acabada la peripecia con los huskys te quedarán cuarenta minutos para hacer un rápido recorrido por el centro urbano. ¿Y los perros?

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Sancho Panza
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Adrián Ausín | 22-05-2017 | 17:29| 0

Hay en Gijón tres templos: San Pedro, la Iglesiona y Sancho. A los dos primeros se va a rezar. Al tercero, premeditadamente, a pecar. En Sancho se concentran sin excusas todos los pecados capitales. Las lujuriosas mollejas, los soberbios riñones, la gula en forma de chuletón, la avaricia del vino y la pereza de los comensales; que no de sus extraordinarios camareros. La ira y la envidia se quedan en la puerta envenenando la mente de quienes han debido cerrarla por fuera porque el mesón, una vez más, estaba lleno. Tanto en el altillo como en el piso de abajo como en la barra,pues en Sancho los fieles ávidos de saciar sus apetitos han tomado ya por costumbre hacerlo de pie, rozándose unos con otros, realizando unos incómodos escorzos de tenedor y cuchillo antes que quedarse sin comer. Eso nunca, pues entonces alimentarían los malos pensamientos referidos.

51-sancho-panzaEs miércoles, o sea anteayer, y han caído unos chaparrones tremendos, pero el cilúrnigo precavido tiene reserva para cenar. Y además con horario europeo. ¡Las nueve! Lleva una intención rompedora, algo nunca hecho hasta ahora. Son tres a la mesa y piensa proponer tres de mollejas y una ensalada. Pues eso de compartir las mollejas, como siempre ocurre, introduce un perverso elemento de tensión a la hora de deglutir. Es un clásico pedir dos raciones para cuatro antes del chuletón. Pero las mollejas, divinas mollejas, duran demasiado poco. Ytampoco es plan de tomar la delantera a los demás y rebasar con creces la cuota alícuota. Pidiendo tres para tres se acabó la rabia. Sin embargo, esta sabia medida se topa con un dato sorpresa. «Solo nos queda una ración», anota el amable camarero nada más preguntar. «¡Retenla!». La cata pasa entonces a ser variada. Una de mollejas, una de riñones y un chuletón;con una ensalada de contrapunto y tinto para enjugar los excesivos pecados de la carne.

Pese a ser miércoles, pese a reservar a las nueve, cuando los alimentos están en la mesa de esta entrañable covacha que es el Mesón Sancho ya hay gente cenando en la barra. Increíble, pero cierto. Así lleva cuarenta años, cumplidos en febrero, desde que aquel niño llamado José Antonio Aladro bajó de Caleao a Gijón a ver el mar, y a estudiar, y en vez de mesiar en la playa de San Lorenzo, como los niños Juan y Colás de la canción de Víctor Manuel, se curtió en el Imperial, el Auseva y el Rey de Copas hasta que decidió dar a su ciudad de acogida un templo-parrilla pequeño y cavernoso donde los gijoneses pudiesen pecar a gusto. Corría 1977.

Los excesos en Sancho se endulzaron muchos años con una colosal tarta al güisqui (pendiente está la creación de la cofradía de la molleja y la tarta al güisqui por el éxtasis que produce la fusión). La regaban incluso con alcohol recién quemado. Pero falló el proveedor. Murió más bien. Yen Sancho ahora el contrapunto lo aporta el bombón de la Ibense, que tampoco es mala cosa y se fabrica en La Arena.

Al acabar la bacanal queda el dolor de los pecados y el propósito de la enmienda. Pero tras los remordimientos que marca el termómetro del colesterol uno siempre vuelve, pues, además, de esa cocina tamaño llavero también salen unos espectaculares pescados. En dos templos de Gijón te ofrecen la vida eterna. En el otro, en el tercero, hay mollejas con ajo y perejil. Yeso, francamente, eso sí que es vida.

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¿Qué tal? ¿Todo bien?
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Adrián Ausín | 18-05-2017 | 08:28| 0

Encuentro fortuito en pleno centro, en concreto junto a la plaza del Seis de Agosto, entre dos gijoneses que se conocen de forma mediana y hace largo tiempo que no se ven. Él dice: «Ei». Y ella contesta: «¿Qué tal? ¿Todo bien?». Él replica: «Bien. Aquí endulzando el paladar» (pues están a las puertas de una pastelería). Al saludo convencional de ella, le sigue otra pregunta adicional: «Entonces, ¿qué tal? ¿todo bien?». Ha añadido ‘entonces’, pero la pregunta evidentemente es la misma. La repetición descoloca al varón, que no sabe muy bien cómo salir del trance. Balbucea algo inconexo cuando llega, por tercera vez, la misma pregunta con una contracción: «Entonces, ¿todo bien?». El desmoronamiento es total.

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.