El Comercio
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Fecha: diciembre, 2015
Michael Jackson que estás en los cielos
Adrián Ausín 31-12-2015 | 8:52 | 2

(Quince días por Utah. 10)

El día que murió Michael Jackson la esposa sufrió de lo lindo. Tú no dabas mucho crédito a aquel disgusto. Sin embargo, acabaste por pasar al consuelo al ver que la cosa iba en serio. Michael Jackson fue su gran héroe de infancia, adolescencia y juventud. Por su baile, por su jeta y por sus

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The Wave, un capricho de la naturaleza
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(Quince días por Utah, 9)

Cuando avanzas por la carretera rumbo a The Wave piensas: si es como dicen será un broche de oro al viaje, pero si te ponen un multón o te pierdes el remate será muy diferente. Estamos en noviembre y, en lógica española, piensas que la vigilancia por fuerza ha de estar relajada. Y lo de perderse: después de las tremendas amenazas de Escalante y la facilidad real de las rutas, esto no puede ser mucho peor. Ahora bien, hay una diferencia. Hasta ahora todo ha estado señalizado, mientras The Wave carece de indicación alguna para preservar en lo posible la virginidad del lugar. Tanto misterio añade interés al asunto. A unos 40 minutos de Page, en dirección hacia Kanab, nada más pasar un puente tienes indicada la desviación a la izquierda a una pista de tierra. Es por ahí. Tras recorrer varias millas y toparte con un ciervo, llegas a un área de aparcamiento. Hay once coches. O sea, los diez permisos con antelación y los otros diez que sortean la víspera en Kanab (unos en pareja y otros solos, supones). En unos grandes carteles se lee la palabra ‘Restringido’ para la ruta hacia The Wave. Pero no están reguladas otras rutas, de modo que (piensas) solo cabría multarte por ir a La Ola si te pillan justo en el destino final; antes puedes estar yendo a cualquier otra parte. 

Accionas Wikiloc y te dejas guiar. Empiezas por el lecho de un río seco. Luego giras a la derecha, subes un montículo, sigues un camino entre hierbas altas y das con el lecho seco de otro río. Toca atravesarlo y atacar una montaña de roca, que coronas en unos diez minutos. Ya estás enfocado. Desde ahí se abre un valle más o menos amplio que da a otro valle más adelante. Sin embargo, la ruta será ‘al fondo a la derecha’. El móvil te va mandando zigzaguear el valle hasta que, llegado a su final, va orientándote a la derecha para meterte en otro valle lateral. Como no conoces tu destino obedeces fielmente las alarmas del cacharro, que pita cada vez que te sales un poco de la senda marcada. Al inicio de este valle has visto a una pareja caminando por delante de ti, pero han tomado otro camino. Cuando entras en el valle de The Wave a tu derecha hay una gran montaña de roca a la que tal parece que le hubiesen pasado un rastrillo por toda ella.¿Sería Neptuno? ¿Será esto The Wave? No. Es el aperitivo. The Wave está enfrente, oculto entre montículos, a una media altura de un cuarto de hora de subida. Si no llevas una guía, imposible de adivinar.

 

 

Cuando llegas, flipas en colores. En el encuentro de tres caídas de rocas ‘rastrilladas’ por el capricho de la naturaleza hay un pequeño charco que hace de contrapunto a estos preciosos relieves, modulados por tonalidades. Es un lugar mágico. Y, por supuesto, hay gente. Cuatro parejas de excursionistas. Unos toman fotos, otros comen el bocata encaramados sobre este rincón. Mientras asimilas la vista, llegan dos vieyas yanquis con espíritu montañero. Van armadas hasta las cachas de equipamiento montuno. El día empezó como todos, a cero grados, pero luce el sol al mediodía y puede haber un pico de 14 grados más o menos. De modo que servidor está con su pantalón corto, camiseta y camisa de manga corta; y la esposa acaba de quitarse el polar. Esto confunde a una de las señoras, que pregunta en inglés: ¿De dónde sois? De España. ¿Y qué tiempo hace en España? Pues depende, variado. Entonces mira las piernas expuestas del gijonés asturcelta, las señala a apenas un metro de diferencia y le espeta a la amiga: “He has fur in his legs”. O sea, pelo en versión animal, casi manta. Tú miras tus piernas. No te parece para tanto. Te tienta soltar una burrada a la vieya. Pero mejor dejarlo así. Con risas.

En The Wave descubres el porqué de las restricciones. Si pisas el suelo con contundencia con una bota de monte puedes romper las estrías que forman esta maravilla. De hecho, aprecias un par de bocados recientes. Tú llevas playeros y avanzas, por si acaso, como si fueras pisando huevos. Te recreas en esta rebuscada originalidad, en este paisaje inédito. Buscas ángulos diferentes. Has tardado poco más de dos horas en llegar. El camino ha sido cada vez más bonito y la llegada, absolutamente espectacular. No hay guardas. Has visto solo un helicóptero y una avioneta. ¿Nos habrán tomado la matrícula? El disfrute es máximo. Pero bueno, mejor no jugársela demasiado. Así que media hora después de coronar este mágico rincón decides regresar. Conocido el camino de ida, la vuelta no ofrece dudas. Ya no hace falta el móvil. Es más, prescindes del zigzagueo del valle intermedio y optas por la montaña que lo preside a media ladera, mucho más recto. Ahí te detienes a comer con unas amplísimas vistas, como todo lo yanqui. Además, no hay ni blas. El aire no puede ser más limpio. Estás en la gloria. La Ola te ha dado un subidón total de adrenalina. Al día siguiente tienes cuatro horas de coche de Page a Las Vegas y una cita final antes de volar a España: el Circo del Sol y su espectáculo-homenaje a Michael Jackson: ‘One’. Tela marinera.

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(Quince días en Utah 6)

El Valle de los Dioses es el primer subidón del día. Esta pista de tierra de 17 millas solo se puede disfrutar de forma presencial. Las fotos apenas dicen nada de la magia del lugar. Hay que disfrutar del recorrido de forma tridimensional, metiéndote en sus tripas en un ambiente solitario (apenas lo compartirás con dos coches), parando cada poco, saliendo al aire a verificar si están a punto de aparecer los indios o se adelantarán cuatro vaqueros con Clint Eastwood a la cabeza. Si hay víboras. Si se oculta Sergio Leone por ahí. Si llega una diligencia con un botín y una dama. O si aparece un árbol con una soga… El recorrido tiene forma de herradura, de modo que lo tomas dejando la carretera asfaltada en un punto y vuelves a la ‘civilización’ poco más adelante tras este recorrido curvo. Valley of the Gods coincide con un programa musical de radio ‘ad hoc’: un poco de blues cadencioso pone la banda sonora perfecta en este decorado marrón al que el sol hace reverberar por momentos. Da pena abandonarlo. Pero el día tiene aún muchos ingredientes por delante.

Cuando sales de la pista de tierra, en apenas diez minutos das con un mirador espectacular: The Gooseneck Point. O sea, Cuello de Ganso. El río San Juan da dos curvas imposibles en sentidos inversos que dejan en medio sendos montículos simétricos de roca negra desnuda. Al momento los bautizas como los llamparones. Es un paisaje lunático con dos monumentales llámparas. Impresionante. Diferente. Agua y roca en caprichosa armonía. Contemplándolo, te comes un bocadillo y unas manzanas. El día se va torciendo. Del sol del Valle de los Dioses ha pasado a un aire gélido y un movimiento de nubes que amenaza lluvia inmediata. Tiras entonces para Mexican Hat, todo un fiasco, pues no es más que un pedrusco con forma de sombrero mexicano. No sabías muy bien qué te ibas a encontrar. Pensabas que habría las clásicas formas rocosas verticales tipo sombrero. Sigues unas millas y entonces sí. Van emergiendo unas grandes moles: Monument Valley. Totémicas. Dominantes. Armoniosas. Incontestables. Un castillo con torreones. Un símbolo de América. Una reserva navaja donde se preserva una ancestral esencia india. La carretera se aproxima con especial belleza, con una larga cuesta abajo sostenida que luego se transforma en recta hacia arriba como si fueras a despegar hacia sus cumbres. Paras el coche para recrearte. Ha empezado a llover, de modo que la tradicional imagen seca del lugar se transforma en otra muy diferente. Pero la lluvia no le resta belleza. Le otorga quizá un embrujo adicional, pues la naturaleza parece establecer ahora un juego entre los elementos: agua, piedra, aire, (color) fuego… Hay algo de apocalipsis en este instante.

 

 

 

 

 

Quizá por todo ello los puestos de madera de los navajos están desiertos. Quizá ahí vendan algo o te inviten a las expediciones a las faldas de la masa rocosa (a precios prohibitivos). No están. Pero no hacen falta. Las vistas son magníficas. Al recuerdo genérico de películas del Oeste se suma el de Forrest Gump, cuando a Tom Hanks le da por empezar a correr por todo el país mientras le va creciendo una prominente barba. Le salen seguidores, le persigue la prensa: ¿Por qué corres Forrest? ¿Por la paz en el mundo? ¿Contra la contaminación? ¿Para poner fin a las guerras? Porque me gussssta, contesta él en pleno corazón de Monument Valley. Entonces te pones dos gorras, a falta de una, y corres como Forrest Gump mientras la esposa te hace unas fotos. Luego vuelves a correr y te graba un vídeo donde reivindicas la presencia de Forrest Ausín en tamaño paraje. Lo pasas bomba. Como un niño grande. Sin importar la lluvia ni el ridículo que puedas estar haciendo. De repente, deja de llover y sale un gran arcoiris. Guau. Pero no vale para la foto pues está al otro lado de los descomunales menhires en esta línea fronteriza entre Arizona y Utah. Cuando arrancas de nuevo ya está lloviendo de nuevo. Las vistas siguen siendo espectaculares desde el otro lado. Vuelves a parar. Vuelves a recrearte. Pero no caben más alardes. Según te han contado, si entras al centro de visitantes te ofrecen unas rutas en unos autobuses polvorientos que se aproximan a las grandes rocas, pero hay que pagar dos veces, una por entrar y otra por hacer el trayecto, sin que cambie mucho la vista que tienes en la propia carretera. Los navajos exprimen bien su prebenda. Pero tú ya vas a caer en sus garras en Page. Así que aquí, animado por la tormenta, decides seguir tu camino. Sales vivo del Salvaje Oeste. Sin heridas de bala ni picaduras de serpiente. La sensación ha sido mágica, tanto en Monument Valley como en The Valley of the Gods. Dos esencias de la Vieja América. Aquella que solo habitaban indios y vaqueros.

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.