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El poder del eucalipto
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Adrián Ausín | 16-02-2017 | 22:54

Vas por el Kilometrín orillando el Piles y empiezas a divisar en el suelo ramas de eucalipto. Parece que te estén mirando. Tomas tres bastante frescas y sigues ruta con la idea de darle un toque de menta a la cocina. Al cabo de unos metros la persona con la que te vas a cruzar, de unos sesenta años, te mira con fijación. Parece que va a intervenir y lo hace. «¡Cogilu yo ayer!», espeta satisfecho, sin detener la marcha. Tú sonríes y los dos caminantes se van alejando el uno del otro quizá para no volver a verse nunca más.

Un rato después, a la altura del Codema, ahí donde recibiste en la infancia unas palizas tremendas, otro ciudadano, mayor que el anterior, se pone a hablar contigo de repente como si antecediera una vieja amistad. Irrumpe en paralelo y empieza a platicar sin mencionar explícitamente el asunto en cuestión:«Eso ye lo mejor para los muebles. Mata todos los bichos. Hasta para los colchones. No queda ni un gusano ni nada» (sic). Asientes una vez más y piensas: ¡Joder con el ocalito! Entonces te das cuenta de la gran diferencia socializadora de los humanos según perfiles y situaciones. En la cola de la pescadería la tensión se corta con cuchillo. Nadie dice nada. Y las miradas rozan la animadversión. Cuando cinco personas seguidas piden una merluza y si lo hace también la sexta, con el consiguiente proceso de disección, es como si te hubiese arrancado el hígado de un mordisco. Tampoco somos mucho más simpáticos en la caja del supermercado. Sí nos esforzamos con la cajera, pero a los de la cola que van delante ¡ni agua! Hay un inexplicable desafecto latente en las colas, mientras en campo abierto, en las calles de Gijón, uno puede encontrarse de todo: caras de puerro, vinagre puro o playos con ganas de palique.

Muchas veces imaginas una pregunta inocente respondida como en los musicales. Así, cuando te quieres dar cuenta, todos los paseantes del Muro, por ejemplo, están cantando y bailando sincronizadamente, para después volver cada cual a sus rutinas como si nada hubiera sucedido un instante antes; igual que en el preámbulo de ‘La La Land’ en pleno atasco (parece que la película va a ser muy divertida y luego resulta de lo más angustiosa).

Entonces, ¿somos simpáticos o somos vinagres los gijoneses? Como en botica, hay de todo. Los célebres, los genuinos, los ‘puntus’ gijoneses animan bastante el cotarro, discuten, vocean y dan ambiente allá donde están. Luego están los hoscos, los que no saludan ni en el ascensor, recelosos hasta en el mirar, los que van, en definitiva, a la defensiva. Entre unos y otros hay un mundo pese a vivir bajo el mismo cielo gris y la misma humedad relativa. Parece que el hábitat impone un esfuerzo adicional para sacar cada mañana el pie de casa con una sonrisa. Pero si no sale natural, también se puede ensayar. ¿Cómo? Abra las ventanas mientras hace la comida, ponga un poco de rock duro (o algo con chicha) y si va a querer conversación en la calle hágase con un ramo de ocalito.

 

pd.-La frase relativa al Codema, sin ser primordial en esta historia, ha tenido larga repercusión en la página de Facebook de los Antiguos Alumnos del Codema, con un encendido debate sobre: 1.su oportunidad 2.su veracidad 3.su actualidad. Etc Etc. De la oportunidad es libre todo el mundo de opinar, faltaría más. Es cierto que puede escocer a los padres de alumnos actuales (mis disculpas por ello) pero no es menos cierto que refleja un hecho del pasado con abundante documentación verbal. De la veracidad, no hay dudas. Hemos sido muchos los sufridores. En mi caso de los 10 a los 15 años, de 1977 a 1982. Y de la actualidad, imagino, por supuesto, que no cabe que se reproduzcan hoy día aquellos hechos en los tiempos que corren por la cuenta que les trae. De todo ello, hay abundantes post en este blog en la categoría ‘Infancia’. Los más directos: ‘Cuando los profesores pegaban’, ‘Cuando los profesores pegaban II’, ‘La vara del Calvo’, ‘El grito del padre Bernardo’…. Lo dicho. Si he molestado a algún padre, mis disculpas. Pero esta es una realidad de un tiempo que nadie puede negar y que como sufridor de ella tengo todo el derecho del mundo a comentar donde y cuando considere, pues presuntamente vivimos en un país donde impera la sacrosanta libertad de expresión. No quedé traumatizado, pero sí reconozco que en aquella etapa desarrollé un recelo a la Iglesia al constatar la ‘chifladura’ de muchos de sus representantes. Algo lógico, creo. Eso sí, sin rencor, como alguno ha dicho.

 

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 10 de febrero de 2017)

Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.