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John (apetece llevalu pa casa) Mayall
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Adrián Ausín | 20-02-2017 | 05:49

Debe de estar harto John Mayall de que le hablen siempre de la edad, como a Robert Redford. “Yo me encuentro bien”, declaraba hace unos días en una entrevista digital. ¿Bien? Queridísimo John, estás que te sales. Basta ver un concierto tuyo para querer llevarte para casa a vivir. Ese toque pasota, ese look british alargado, esa armónica que se desliza a los lados entre la fauces mayallianas y el micrófono, único e inconfundible a los teclados, sobre los que se desliza dando a veces pequeños impulsos, el virtuosismo a la guitarra, los abalorios que le cuelgan del pecho, las bromas, las tablas sobre el escenario y, por supuesto, por encima de todo, su música. Por algo le llaman el padre blanco del blues. Tenías miedo, en tu tercer concierto de John Mayall, que hubiera poca gente en la Laboral y este dios de la historia de la música moderna se llevase un chasco. Pero al ver el aparcamiento lleno respiraste aliviado. La gente sigue sabiendo de lo bueno. Como cuando apenas fueron quinientos a ver a Eric Burdon al Niemeyer en un concierto memorable. Pero pese a los 83 años y a venir solo un trío -Mayall, un bajo y un batería- el público apostó por la veteranía. Y acertó. Vaya si acertó.

Del concierto te quedas con todo. Pero puestos a elegir, con el primer tema y con el último (sientes no haberte aprendido nunca los títulos de la mayoría de sus canciones). Empezó magistral. Y remató con la clásica prolongación experimental de una canción en la que va dando protagonismo a cada instrumento, alcanzándose el delirio en la Laboral. Difrutó el público de lo lindo y disfrutó Mayall. Se le vio a gusto, como a los incomensurables Jay Davenport (batería) y Greg Rzab (bajo). Qué pena que ya no esté Budy  Whittington, aquel guitarra que elevó a los altares el concierto de Oviedo de 2008. El de Avilés de 2013 fue más sencillín. Y éste dejó un extraordinario sabor de boca. Con su voz de ardilla. Sus gestos de colibrí. La solidez de su música. Todo un regalo para los sentidos por el ridículo precio de veinticinco euros. Cobra tan barato John Mayall que antes y después del concierto hace caja con sus discos. Así, por tercera vez, te acercaste a él para comprarle un disco firmado por él en vivo y en directo. Se parapeta tras una mesa y unas cintas para que nadie intente agarrarlo en la clásica foto de fan pesado. No quiere fricción física. Tú metiste la pata en Avilés al intentar arrimarte y él se echó atrás de un salto. Y ayer ocurrió lo mismo con los últimos que llegaron a la cola. El chaval tiene sus años y debe de tener miedo de que le rompan. AL terminar el concierto ya no solo firmaba él. También lo hacían Davenport y Rzob, merecedores también del tributo del público.

Estos días has leído mil cosas de Mayall. Que veraneó en Salinas cuando era chaval. Que cuando se trasladó de Inglaterra a California al poco se le quemó la casa en Laurel Canyon y lo perdió todo (incluidas la extraordinaria colección de jazz de su padre y una colección de pornografía suya), que tiene seis hijos y seis nietos, que se casó dos veces, que hace gimnasia cuando se levanta, que no es vegetariano como muchos dicen, que siempre rechazó las drogas y que no se siente una estrella. En España, en su gira Livin’ & Loving, hace un curioso recorrido Madrid, San Sebastián, Coruña, Vigo, Gijón, Zaragoza, Bilbao y Barcelona. Lo imaginas durmiendo en la clásica caravana mientras avanzan de una ciudad a otra. Pero no lo sabes. Le pega parar en un camping y hacer un aquelarre en torno a una hoguera. Lo ves feliz consigo mismo. Con su blues. Con sus músicos. Te encantaría que John Mayall fuera tu abuelo, aunque ya tienes edad de que sea tu padre. Un abuelo músico, pasota, talentoso y progre. Larga vida a John Mayall. Que venga a Asturias diez veces más. Hasta que cumplidos los 105 años decida retirarse a una reserva india. O poner copas en el camping de Deva.

 

(aportaciones fotográficas de Javi, Lucía y Alicia. ¡Gracias!)

Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.