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Pobres cilúrnigos
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Adrián Ausín | 03-03-2017 | 12:38

Quien lleve cierto tiempo sin asomarse a la Campa Torres a hacer una visituca a sus antepasados más remotos no está de más que tome una precaución: hágase con una mascarilla. Seguro que la utiliza y agradece el consejo. En laCampa Torres del siglo XXI el aire está tremendamente viciado. Domina un hedor en el que uno quiere adivinar un cúmulo de sustancias que, consumidas con regularidad, matarían a una ballena. La más identificable tiende a ser gaseosa, algo próximo al güevo podre. Pero hay muchos aditamentos más y el cóctel Molotov resultante le puede hacer llegar a dudar al caminante si está en Chernobyl o en Noega, ese idílico lugar donde empezó todo, la tierra natal de los cilúrnigos.


A vista de pájaro, en sus tiempos, allá por el siglo V AC, podía diferenciarse un promontorio verde rodeado de mar y un asentamiento con unas características casas circulares. Aquellos habitantes, los primeros gijoneses de la historia, eran hábiles caldereros, tenían ganado, usaban los asturcones como medio de transporte, cazaban y pescaban. El tiempo no debía de ser muy bueno, de ahí que acabasen yéndose a Cimavilla; pero el panorama, quién lo puede negar, era absolutamente idílico. Si el mismo ave rapaz (hasta los pájaros tienen nombre asturiano) sobrevolase hoy la Campa, la encontraría sitiada por el progreso: un descomunal puerto industrial a sus pies, una central térmica a la izquierda y un depósito de gas ceñido a su espalda.


La sensación de asfixia es tal que uno no puede dejar de preguntarse: ¿a qué sabría una lechuga plantada hoy día en la Campa Torres? ¿Cómo saldrían los pulmones de un cilúrnigo que nunca probó el tabaco si fuera a hacerse una radiografía al Hospital de Cabueñes? ¿Cuál sería su esperanza de vida? Mejor no enunciar las respuestas.
Si el paseante mira hacia abajo no verá más que camiones. Unas decenas circunvalando las montañas de carbón de la térmica. Otras decenas avanzando por las carreteras de El Musel. Ambas instalaciones, envueltas en polvo, suciedad y dios sabe qué más. Si mira atrás, verá unas descomunales esferas preñadas de gas, las de la factoría de Repsol, a las que los parroquianos culpabilizan de la parte más identificable del olor a güevo podre. Y si mira adelante, eso sí, verá el mar Cantábrico, aunque también contaminado, entre otras cosas, por los detritos de casi trescientos mil gijoneses.


¿Qué pensaría un cilúrnigo de todo esto si se teletransportase del siglo V AC, cuando aún vivían a su bola, sin romanos, a este desolador panorama actual de progreso? Antes de morirse de un cáncer de pulmón, nuestro hombre seguramente tomaría una decisión tan drástica como purificadora. Haría unas danzas tribales encomendándose a aquel pueblo perteneciente a los astures que vivió en paz con la naturaleza durante centurias y, tras tomarse una caja sidra y un par de docenas de oricios, se lanzaría al mar, la única vía de escape del parque arqueológico más contaminado de Europa.

 

(Publicado en EL COMERCIO el 17 de febrero de 2017)

Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.