El Comercio
img
Bares tienda
img
Adrián Ausín | 27-02-2017 | 19:31

Hace tres años quedaban tres. Hace dos causó baja el de Sotiello (Cenero) por jubilación y la nómina de bares-tienda en el concejo de Gijón quedó circunscrita a Lavandera y Valdornón, que ahora se escribe con uve. Y, a tenor de los lamentos que se escuchan en Casa Rubiera y Casa Camín, este negocio tradicional en el que se aúnan bar, tienda y sede parroquial está pronto a la desaparición. Primero fueron las grandes superficies. Luego, la dispersión vecinal y la caída de la natalidad. Los impuestos y la crisis fueron la estocada final que convierte los bares-tienda «no en un negocio, sino en un desnegocio», como ilustra, gráficamente, José Luis Rubiera desde su atalaya de Valdornón, donde hoy en día, sostiene, hay más jabalíes que vecinos.


El último en darse de baja, Nicasio Álvarez, calificaba Casa Ángel pocos meses antes de cumplir los 65 como «un enfermo terminal». Llegó mayo de 2015 y Nicasio cumplió su amenaza de echar el cierre. Los tiempos de esplendor de Casa Ángel fueron para su padre cuando en Cenero había cinco escuelas (hoy queda una) y en la abadía no paraban de sonar campanas de boda. Él lo heredó ya con el Alcampo abierto y en sus últimos años le resultaba difícil reunir a dos clientes a la vez al otro lado de la barra. Así de lunes a domingo, de enero a diciembre, de nueve y media de la mañana a ocho de la tarde. De modo que la jubilación estaba más que merecida. ¿Cómo le va ahora? Margarita, su mujer, contesta al otro lado del teléfono: «Tenemos finques y anda todo el día limpiándoles. Trabaja más que antes», resume. Demasiados años practicando el ‘sacerdocio’ del bar-tienda como para quedarse tumbado o dedicarse a viajar.

Algo así sigue ocurriendo en los dos que continúan abiertos. Casa Camín, con 104 años de historia a sus espaldas, va por su cuarta generación, Alejandra, con el inestimable respaldo de la tercera, Aurora Canal, quien, ya jubilada, echa una mano a su hija en todo lo que puede. Al negocio le aporta dinamismo la vecindad de Trabanco, pero ni así. «Ayer en todo el día no vendí un euro de la tienda. Apenas quedan dos personas que compran regularmente», refiere. Lo normal es encontrarse el bar vacío o con un cliente charlando con sus anfitrionas. El sugerente aroma de la pota que calienta en la cocina, visible desde la barra, no tiene parroquianos, obreros ni viajeros a los que cautivar. Cuando menos, en Casa Camín sí hay relevo generacional, aunque si el negocio no pita… ¿Cuánto puede durar?

Todas esas reflexiones las hace en voz alta José Luis Rubiera, quien para más inri acaba de perder a su inseparable Loli. Algunos días no saca ni para pagar la luz. Pero ahí sigue, en su casa de siempre, con su rutina. «Ahora los clientes vienen a entretenerme a mí», comenta irónico. José Luis se queja, adicionalmente, del jabalí, que destroza sus fincas, y de la contaminación que llega hasta la misma linde de Gijón con Siero y afecta, asegura, a pomares y cerezos. En Casa Rubiera, que cumple ochenta años en este 2017, llegaron a celebrarse bodas en sus tiempos de esplendor cuando bajaba a diario a la ciudad con su padre a vender leche y comprar provisiones. Pero no habrá relevo, pues sus tres hijos caminan por otros derroteros. No se plantea, sin embargo, el cierre. «Podía irme a Gijón, pero, ¿qué haces allí? Aquí tengo mi libertad», sostiene ante dos vecinos, que asienten vino en mano. Lo dice y pone como ejemplo la posibilidad de asomarse a la terraza de noche para escuchar el silencio de Valdornón. En la parroquia queda un vecino por casa, normalmente septuagenario, un monte infestado de jabalíes; y un bar-tienda con un hombre tenaz tras la barra que, asegura, siempre tendrá su puerta abierta.

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 24 de febrero de 2017)

Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.