El Comercio
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¿Doctor Zhivago en Noruega?
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Adrián Ausín | 22-05-2017 | 17:29

(Doce días en Noruega 8)

¿A quién no le seduce montarse en un trineo tirado por diez huskys en un paisaje nevado? Lo primero que viene a la mente es ‘Doctor Zhivago’ y esas maravillosas escenas nevadas rodadas por cierto en España. Sin embargo, no usa Omar Sharif exactamente este tipo de transporte, más propio de las expediciones por el Polo Norte o el Polo Sur. La experiencia de montar en trineo te la ofertan en dos paradas del viaje: Tromso y Kirkenes. La decisión inicial es hacerlo al bajarte del barco en la última parada. Pero esto tiene un defecto: el paisaje es mucho menos espectacular. De forma que optas por Tromso, pese a que la experiencia trineo se solapa con el horario que te deja el barco para ver la ciudad. Elegir es renunciar. Te empapas de Tromso desde el barco a medida que avanza por el fiordo y una vez acabada la peripecia con los huskys te quedarán cuarenta minutos para hacer un rápido recorrido por el centro urbano. ¿Y los perros?

La suerte es total. Pese a estar un buen trecho al norte del Círculo Polar Ártico, 400 kilómetros arriba, Tromso te recibe con un manto blanco de nieve recién caída la víspera y un cielo azul radiante. Mejor imposible. Un autobús desplaza a un grupo de pasajeros desde la gran ciudad ártica de Noruega hasta un paisaje montañoso situado a una media hora escasa. Es un valle abierto, flanqueado a media distancia por montañas a un lado y por un amplio lago al otro (que en realidad es el mar). Un entorno perfecto. Al bajarte del bus quedas ante unas casas de madera y al rodearlas se presenta un espectáculo único. Trescientos huskys ladrando. Trescientos perros desplegados sobre un ejército de casetas de madera, a las que permanecen encadenados de dos en dos. Unos alzados sobre ellas para ver mejor el entorno, otros a pie de nieve, otros tumbados. Un caos perruno divertido, alegre y único. Están excitados porque saben que van a salir y el trajín de los monitores les hace ladrar sin parar.

Tocan los preparativos. Unos metros arriba de la ciudad de madera de los huskys, con el nombre de cada perro sobre la puerta de su casa, hay uno por cierto que se llama Orégano, se alienan los trineos. Al escucharte hablar español, el noruego que organiza (el chico tuvo una novia en Barcelona y entiende el español) te asigna a un monitor malagueño, Alejandro. Él será quien guíe el trineo en un relajante paseo circular de unos tres cuartos de hora. Te espanzurras en el trieno, se coloca la esposa delante, sobre ti, y el señor conductor andaluz, de pie, al timón del aparato, da la orden a los diez porteadores de iniciar la marcha. Hay alguna insubordinación, algunos perros en pareja que se pican uno al otro, pero el monitor pone orden enseguida. Un pequeño defecto del viaje es la salida con demasiada apretura de unos trineos con otros lo cual crea a veces un leve atasco si el que va delante sufre un parón por algún debate perruno. Pero en general la cosa fluye por un valle de ensueño.

Nuestro malagueño cobra a dieciocho euros la hora trabajada y tiene un cierto resquemor porque dice que los noruegos cobran más. Pero está contento. Es montañero, vive en un pueblo cercano y ha coronado ya todos los picos que se divisan alrededor. En verano usan a los huskys para una extraña oferta de llevarlos con arneses tirando de la gente monte arriba. En invierno, tanto Alejandro como los noruegos en general no practican apenas el esquí, pues apenas hay estaciones en Noruega. Practican sobre todo el esquí de fondo y el de travesía. Tanta nieve tienen que hacen así deporte desde la puerta de casa. La suerte astur es total, explica, pues iniciado abril podría haber empezado a faltar la nieve y la caída la víspera ha dejando un manto blanco perfecto para el trineo. La sensación es totalmente placentera. ¿Un poco guiri? Quizá un poco, pero quién se resiste a probarlo, aunque sea pagado a precio de oro. Es una estampa para el recuerdo. La velocidad, precisa el sabedor, puede oscilar entre los quince y los treinta y cinco kilómetros por hora. Al finalizar el recorrido, a veces con pequeños gestos del pasaje para esquivar con el cuerpo un matorral que se aparece en el camino, toca acariciar a los perros. Es la forma de agradecerles la carrera.

h6La jornada concluye con un recorrido por sus casetas y un té o café con pastel en una cabaña de madera calentada por un fuego. Una noruega joven y guapina entra a ofrecer más té o más café. Y, curiosamente, apesta. Lleva el olor perruno en su cuerpo desde la cabeza hasta los pies. Trabaja con ellos todo el día. Se supone que es normal. Gajes del oficio de ofertar excursiones en trineo. Cuando te vas a ir de este idílico lugar empiezan a tirar un hueso a cada animal. La hora de la comida. Y se arma de nuevo la de dios. Ladridos. Entusiasmo. Excitación. A la experiencia solo le ha faltado la balalaica de ‘Doctor Zhivago’. Quizá mejor así. Pues a la esposa no le agrada nada la doble vida de Omar Sharif, a quien no perdona nada sus escarceos con Julie Christie. Eterno debate marital. Tú bromeas con que Geraldine Chaplin era una momia aburrida. Pero ese es otro cantar. Esto no es la estepa rusa. Es Noruega y la banda sonora es un maravilloso silencio, bajo un cielo azul, roto solo por los ladridos excitados de los huskys.

Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.