El Comercio
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Retorno a Oslo
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Adrián Ausín | 01-06-2017 | 17:07

(Doce días en Noruega 9)

o1En el vuelo de regreso desde Kirkenes a Oslo; o sea, desde el más allá hasta el más acá, de la última población de Noruega, tocando ya el Polo Norte, a la capital; piensas: si se cae el avión, no es mal sitio para espichar. De todas formas, mejor que no caiga. Pero claro, al mirar por la ventanilla en el despegue, ver un paisaje blanco intercalado de pequeños lagos, fronterizo con Rusia y Finlandia a un lado y el Mar de Bering al otro, pues no puedes evitar pensar en la placidez del lugar, la paz celestial, el aire puro, la ausencia de ruido, la distancia respecto a los peores instintos del hombre ‘civilizado’, el hielo… Y todo eso, sumado a la experiencia inicial de Oslo durante tres días, el tren a Bergen y la semana embarcado en el ‘Polarlys’ de Hurtigruten, con el remate del centollo de Kirkenes, donde debería haberse rodado ‘Doctor en Alaska’… Pues la suma da como resultado una sensación de hasta aquí hemos llegado. Pero como el avión, felizmente, no cae, queda planificar dos días de propina en Oslo, origen y final de este inolvidable viaje.

o2o3oo1Una vez tomado posesión en un céntrico y apañau hotel, Scandic Karl Johan, son más de las tres de la tarde y, con toda la ristra de museos de mayor interés ventilada en los primeros días, toca poner rumbo a las afueras de Oslo. Este día, sábado santo, la prioridad es Ekeberg, el parque de oo4oo3esculturas existente a la izquierda de la ciudad mirando al fiordo que tiene ante sí. Un bus tomado en la calle lateral de la estación central te deja arriba del monte en la parada llamada ‘Camping’ y tras pasar una barrera, llegas a un mupi con el mapa del parque y el reparto de las esculturas por el mismo. Resulta práctico hacerle una foto. Hay más de treinta. Y los autores son de primer nivel: Rodin,Renoir, Dalí, Marina Abramovic, Botero… Las q7esculturas se esconden por el parque en lugares de lo más originales. Una cuelga de un pinar. Otra emite sonidos. Otra hace pis cada poco. Hay un cierto nexo común de modernidad y, en ocasiones, trasgresión. Una ‘Marylin’ plateada, una figura amarilla tumbada con una pirula enorme. Ekeberg es rompedor. Como lugar emblemático, figura el mirador donde Munch tuvo un ataque de ansiedad, contemplando Oslo, en el curso del cual concibió ‘El grito’, su oo5obra más famosa (pero no la mejor). En hora y media recorres todo el parque. Hay cero grados, todo un incentivo para caminar con ímpetu. Ekeberg es original y resulta un éxito. Al día siguiente, Vigeland hará el contrapunto. Las tropecientas esculturas del escultor que le da el nombre a este afamado parque resultan facilonas, académicas, repetitivas, simples. Algo así como la errática apuesta escultórica ovetense, que tal parece de muñecos más que de obras de arte. Inmerecida fama la de Vigeland, aunque darle un voltio media hora tampoco te hará mala sangre.

El sábado a media tarde quedarás con un estudiante Erasmus, gijonés y pariente al que llevabas tropecientos años sin ver. Jaime, además de ser un encanto y lucir una mente privilegiada impropia de los 23 años, se revela como un excepcional guía de la ciudad donde no se conforma con pasar dos cursos de su carrera en la Complutense. Quiere más. Un máster y, después, lo que sea, pues Oslo le ha fascinado en mil aspectos: en la organización perfecta en todos los órdenes, en los medios de la Universidad, en la resolución inmediata de los problemas que se le plantean, en el nivel de vida, en la ausencia de picaresca… En todo. Con él toca dar un paseo en barco por el fiordo pasando un frío importante mientras la conversación fluye en mil direcciones; luego una cena, en la que pruebas el reno, bueno pero no para tirar voladores; y al día siguiente, último, en una visita guiada al espectacular ayuntamiento, construido en 1950 y con unos habitáculos inmensos, desnudos, con peculiares lienzos y grandes ventanales mirando al mar. En la sala principal se entrega cada año el Nobel de la Paz-  


q4La última visita pendiente, en la mañana del domingo, es la del Salto, el llamado Holmenkollen, o sea, ese megatrampolín desde donde se realizan las clásicas pruebas de salto de esquí en las olimpiadas. Se va en metro hasta allí y la entrada incluye un interesante museo del esquí, además de encaramarte, subiendo en ascensor, en el mismo lugar desde donde se lanzan los esquiadores. En este momento del año, sin nieve, rentabilizan esta imponente atalaya ofertando a la parroquia un descenso en tirolina por 75 euros. Como que no. Ir colgado a esa altura da un yuyu considerable. Desde ahí arriba ves todo Oslo y a su espalda unos guapos montes seminevados.

q6El lunes abandonas Noruega con la firme idea de volver. En doce días han quedado asignaturas pendientes: los dos fiordos más famosos (el Púlpito y el Geirangerfjord), el parque nacional de Jotunheimen y esa aurora boreal que se resistió. ¿Cómo vas a ver un país entero en menos de dos semanas? Sin embargo, la experiencia ha cundido. Noruega se ha grabado a fuego en tu ADN. Mil paisajes, una forma de vida diferente, ciudades y pueblos totalmente vivibles, un tren entre montes, un barco rebosante de buenas vibraciones, un trineo tirado por huskys, un centollo de época… Noruega es mucha Noruega. Y, salvo sus precios, resulta recomendable al cien por cien. Hasta su bandera es guapina. Cuesta abandonarla. Despegar de este magnífico país para aterrizar en otro tan corrupto y defectuoso como el nuestro (por otro lado más alegre) es una auténtica bofetada en la cara. Noruega, en su pureza, aturde a una mente tan contaminada y la deja pensando en un sinfín de cosas fácilmente mejorables. 

FIN

 

 

 

 

 

Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.