El Comercio
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En Yuste, entre Julia y Carlos V
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Adrián Ausín | 24-07-2017 | 09:48

Desde Cuacos hasta Yuste la carretera va ascendiendo hacia el pasado. El monasterio jerónimo, ocupado ahora por una orden polaca, se esconde a media ladera, dominando un amplio valle oculto entre robustos árboles. Ahí murió Carlos V el 21 de septiembre de 1558. De no haber sido así, ahora sería una absoluta ruina. Pues Yuste estuvo literalmente en ruinas entre los siglos XIX y XX. Sin embargo, una vez acabada la guerra civil, Franco debió de tener presente el ‘significado’ imperial de este precioso rincón de Cáceres y decidió su restauración integral, acometida entre 1940 y 1958. La extraordinaria serie televisiva ‘Carlos emperador’ refrescó el pasado año la historia del primer monarca español de los Habsburgo tras Felipe El Hermoso y en su capítulo final Yuste cobra un especial protagonismo, pues ahí residió Carlos los últimos diecinueve meses de su vida. Mucho tiempo, pues de sus 41 años de reinado, iniciado en 1517, solo residió siete en España, dada la lentitud de los viajes de entonces y el amplio imperio que debía gestionar.

gerominLa visita guiada a Yuste, una tibia mañana de julio, tiene a Julia por maestra de ceremonias. La guía es una apasionada de todo lo relativo a Carlos V y, como tal, tomó parte activa en el rodaje de la serie televisiva. Primero, dialogando con el director y el equipo de rodaje, aportando datos históricos y advirtiendo de incorrecciones introducidas con el único propósito de conferir dramatismo a la acción. Y después, por invitación del equipo, enfundándose en las ropas de la madrastra de Jeromín cuando el hijo ilegítimo de Carlos, el futuro Juan de Austria (una vez reconocido en su testamento le fue cambiado el nombre), visita por primera vez al emperador ‘jubilado’. Ella avanza hacia la puerta con el marido y el niño. No habla. Pero cuando éste la mira, le hace un gesto de complicidad con el cual le invita a franquear ese umbral que separa su pasado de su futuro. Está soberbia en el trance.

y1Julia se lo pasó muy bien en aquellos días de rodaje. Pero no por ello dejó de ser un ‘chinche’, pues el gran público acuña luego datos falsos tales como que Jeromín visitó varias veces a su padre en Yuste cuando en realidad nunca lo pisó. O que Carlos acudió al monasterio con su confesor, que tampoco lo pisó. Sí estaba allí el famoso relojero Juanelo Turriano, que realizó tanto relojes como ingeniosos juguetes y sistemas de conducción del agua a través del monasterio. También pasó por Yuste, entonces en condición de soldado, el más prestigioso arquitecto del Escorial, Juan de Herrera, quien trabó allí amistad con Turriano, al que consultó más tarde aspectos del monasterio madrileño donde reprodujo a escala, Julia dixit, la disposición de Yuste: una iglesia, unos claustros y un palacio adjuntos. Yuste, insiste Julia, sirvió de modelo.

Otro dato curioso es la disposición de la habitación del monarca respecto al altar de la iglesia, que podía contemplar desde una ventana de arriba a abajo. Hoy están al ras, pero esto obedece a una obra posterior que elevó dicho altar. Carlos V dejó escrito su deseo de ser enterrado en la cripta situada justo bajo este punto con objeto de que el cura oficiase justo sobre su cuerpo yacente. Sin embargo, Felipe II incumplió el deseo de su padre. Yuste no le parecía un monasterio de suficiente empaque como para servir de descanso eterno a quien forjó un imperio. Así, cuando encargó la construcción de El Escorial ya contempló que la cripta real fuera estrenada por su padre. Carlos viajó desde Cáceres e Isabel, su amada Isabel, desde La Alhambra, para reunirse en la eternidad. Tal era la devoción por su esposa, fallecida con 36 años, que Carlos encargó un cuadro donde fuera representado el matrimonio en la vejez, tal cual él era y tal cual ella sería en caso de haber envejecido juntos. El cuadro puede contemplarse en el palacio de Yuste, al igual que la silla adaptada a las condiciones de un gotoso o el ‘capazo’ tirado por cuatro hombres donde era transportado para evitar los dolores que le provocaban los baches en el camino.

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y5La visita a Yuste supone una apasionante inmersión en la Historia de España. En este mes de julio el estanque está en obras. Se contempla desnudo. Sin agua. Un momento histórico, advierte Julia, pues puede apreciarse su construcción. Cuando se reparen las fugas quedará de nuevo cubierto quién sabe si para otros quinientos años. Ahí es nada. Presuntamente, la picadura de un mosquito en ese estanque es la que acabó con la vida del monarca al contraer el paludismo. Luchó todo su reinado por mantener unido el imperio heredado de Felipe El Hermoso y Juana La Loca, y acabó derrotado por un pequeño insecto volador. Ironías de la vida y de la muerte.

 

Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.