El Comercio
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Lago Ness, ni brumas ni monstruo
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Adrián Ausín | 27-12-2017 | 23:56

(Once días en Escocia, 8)

La potra a veces tiene también su lado malo. Casi todo el mundo conoce el lago Ness entre brumas, oleajes y misteriosas sombras que alimentan la chorrada marketiniana del monstruo. El tiempo en Escocia es peor que en Asturias y este lago vertical con forma de spaguetti, parecida a la de Chile, vive así: entre tinieblas, lluvias y oscuridades. ¿Con bicho? Va a ser que no. Sin embargo, lo que la muyer ha bautizado como “potra ausiniana”, de la cual ella misma se beneficia, hace que llegues al Loch Ness en un día despejado, radiante, sin apenas nubes ni avernos. Se ve el lago como si de una inocente y bella estampa se tratase y, en ese sentido, pierde su tradicional esencia. Ni anda por ahí un señor con traje de cuadros investigando un misterioso crimen ni tampoco las marabuntas de turistas del verano. Paz, sol y luz. Extraño este lago Ness de noviembre que permite la visita exclusiva a dos gijoneses y unos veinte viajeros más recorriendo su emblemático castillo en ruinas: Urkuhart.

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Este castillo mil veces saqueado y reconstruido recibió su última sacudida con un certero coletazo del monstruo que le dejó todo el frontal al descubierto. Tal fue la embestida que las piedras saltaron por los aires como si lo hubiesen dinamitado… ¡Era broma! Sin embargo, a tenor de la explotación que se realiza en la zona del bicho es lo único que les falta. Hay hasta centro de interpretación científica sobre la existencia del monstruo al cual por supuesto ni vas, parques temáticos, tiendas de souvenirs… Pese al negocio montado, el lago y su castillo son visita obligada, sobre todo fuera de temporada. Luego l3ocurrirá una cosa curiosa camino de Inverness, donde tienes reservado por el precio más barato del viaje, 65 euros, una noche en un auténtico palacio, el Bunchrew House Hotel, que en temporada alta ronda los 300. El navegador te hace una jugarreta al mandarse salir de la general, cruzar un puente y seguir por una carreteruca, al otro lado del río, por donde solo cabe un coche. l2Una caleya, paralela al río, preciosa, por donde irás unos doce kilómetros absolutamente encantado, envuelto por los árboles y las murias, con el pequeño problema de cruzarte con un par de coches. Así acabarás llegando a palacio, un fincón precioso por el cual, tras varias curvas por un amplio jardín, llegas a pie de mar y del casoplón, separado unos tres kilómetros de la city: Inverness. 

l4El Bunchrew House Hotel te sientes como un pequeño lord. O como un impostor. Toque british, toque antiguo, bar con chimenea crepitante a toda máquina, salón de desayuno imponente con vistas al mar, habitaciones de otra época, pelín antiguas, con el poso de estar en una mansión señorial del siglo XVII… Apetece sacar la gaita y ponerse a tocar “Vengo de subir al puerto” o enfundarse el kilt, sentarse junto a la chimenea y pedir a Benson un güisqui de malta con una piedra de hielo. Tras un plácido reposo en palacio, siguiendo la tónica gastronómica, tomas dirección a Inverness a una antigua casa de postas situada justo antes de entrar a la ciudad reconvertida en restaurante: Clachnaharry Inn. Señorial hamburguesa, cerveza negra, chimenea encendida y vuelta a palacio. Amanece con el jardín blanco. O nevó ligeramente o es una helada del copón bendito.

i5El desayuno será para levitar. Pides huevos benedict y cuando te quieres dar cuenta estás flotando por el salón a media altura viendo a los comensales en otra dimensión, extiendes los brazos y avanzas como si bucearas por el fondo del mar, solo que estás rozando los vetustos techos del  Bunchrew, divisando con secreta complicidad a su ejército de fantasmas, que te guiñan el ojo con sonrisa traviesa. En cada bocado intentas incorporar un poco de todo: de los huevos escalfados, del beicon y el pan crujiente de la base y, por supuesto, de esa misteriosa salsa holandesa que deriva de la mahonesa a un singular elixir. Le dices a la camarera que han estado excelentes y retira el plato con gesto serio y cara de puerro sin contestar. Debe de estar pensando: “Estos gañanes han pagado 65 euros y esto vale un potosí”. Ciertamente, lo vale. Dejas Bunchrew House Hotel con pena. Pero la Ruta del Güisqui te espera rumbo a Stonehaven. Con campos nevados, cero grados y el cielo despejado, el güisqui sabrá a gloria bendita. 

Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.