El Comercio
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Categoría: Gijonadas EN PAPEL
El sonido de las manzanas

En estas fechas nuestra tierra goza de un atractivo adicional muy poco promocionado: la caída de la manzana. No hablamos de la caída en sí misma, sino de su sonido. Escuchar caer una manzana constituye un ritual tan intrínseco de Asturias, tan auténtico, tan peculiar que no deja de resultar extraño el escaso eco del asunto. Solo es cuestión de tumbarse en una pomarada, relajarse con los aromas, disfrutar con la contemplación de las ramas cuajadas de fruta y esperar. De repente, el oyente percibirá un sonido seco, pero amortiguado, producido por el golpe de la manzana contra el suelo y un pequeño añadido al caminar ésta unos breves centímetros sobre la hierba hasta quedar detenida. «Ahí está. Otra», se dirá. Sin embargo, a estos dos sonidos descritos les antecede otro del que, curiosamente, se es consciente a posteriori. El testigo de la caída de la manzana rebobina en su disco duro y solo entonces podrá escuchar el instante de la quiebra, ese en el que la manzana se separa para siempre del árbol que la ha alimentado durante meses. Unas veces es solo un chasquido; otras éste se acompaña de un roce entre las ramas, según la ubicación de la gran protagonista de ese momento mágico.

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En agosto caen las primeras manzanas, que no valen nada. Las de septiembre empiezan a utilizarse para hacer sidra dulce, mermeladas, compotas u orujos. Ylas de octubre y noviembre son las fetén para la sidra natural. Cada vez pesan más y cada vez caen en mayor número. En una pomarada de andar por casa de veinticinco unidades en las afueras de Gijón, del miércoles al jueves, o sea, en veinticuatro horas, los árboles tiran unas doscientas manzanas. El que más, pues está en un proceso más avanzado, cuarenta;y el que menos, ninguna. Es decir, en total, una cada siete minutos.

redux-2Esa es la expectativa que tiene, avanzado septiembre, el gijonés o el asturiano o el turista que decida tumbarse en un prau a esperar. Si lo segaron la víspera y recogieron antes todo el ‘material’ del suelo, al espectáculo del sonido le acompañará otro nada despreciable. La vista de una pomarada sobre una alfombra verde bien afeitada con unas pocas ‘bolas’ dispersas por el suelo, como si se una mesa de billar se tratase, constituye, sin duda, el antídoto más astur contra el estrés. Solo es cuestión de coger una manta, una silla o, lo mejor, una tumbona y mirar. Las manzanas envolverán el ambiente con una fragancia tal que los ojos del ‘oyente-mirante’ irán bailando pausadamente de una rama a otra, del árbol que lo balancea al vecino, de un mirlo a un raitán, de una fruta a otra, de un resol a otro, así hasta que se empiecen irremisiblemente a entornar.

redux3Es entonces, escuchando ya casi solo su respiración, cuando se produce otro instante mágico. Una manzana se desprende sigilosa de su rama, desafía la gravedad apenas un segundo y golpea el suelo acolchado para deleite del ya casi testigo durmiente, que esboza una mueca de júbilo antes de desvanecerse.

(Pubilcado en EL COMERCIO el viernes 22 de septiembre de 2017)

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Gaviota al acecho

El caso de Mónica ilustra la situación. «El dueño me avisó, pero no me lo creí hasta que me vi dando un salto y gritando como una chiflada. La gaviota se había tirado en picado para cogerme el pincho». El susto de esta gijonesa es moneda corriente este verano en Concepción Arenal, una plácida calle peatonal a la espalda de la iglesia de San Lorenzo con un par de terrazas elegidas por muchos precisamente por estar aislada del mundanal ruido en pleno centro de la ciudad.

img-20170831-wa0004Una gaviota, siempre la misma según los testigos («tiene una pata más gruesa que la otra»), ha venido a quebrar esa paz sin ningún miramiento. Las descripciones no dejan lugar a dudas. «Es agresiva». «Tiene una actitud desafiante». «Camina como si fuera la dueña de la calle». «No se corta un duro». «Está aquí todos los días».

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Juan Pablo II resucita en San Lorenzo

Si Antonio acudiese a trabajar ataviado con la mitra o el solideo, San Lorenzo podría emitir un fervoroso clamor: «¡Habemus Papa!». A Antonio, un polaco de 47 años cuya localidad natal dista apenas setenta kilómetros de la de Karol Wojtyla, mucha gente le saca parecido con el canonizado Juan Pablo II. Sin embargo, él discrepa. «Me lo dicen en la playa y también en la calle. Pero a mí no me lo parece».

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Ataque marciano

En los confines de Gijón, ahí donde lindamos con Villaviciosa, a unos metros de la rotonda de Quintes, se inició la invasión marciana. Era el de 2017 un verano extremadamente cálido, abrasador incluso, los humanos habían empezado a tener comportamientos paranoides, abducidos por una luz inusualmente cegadora y los alienígenas, tras años de minuciosa observación, consideraron llegado el momento de conquistar la Tierra partiendo de una prueba de fuego que espoleara su plan invasor:tomar Gijón, la fortaleza histórica del cilúrnigo, el oriciu y el babayu sabelotodo. Si la misión tenía éxito, maquinaron, lo demás sería pan comido. Así fue cómo depositaron una noche las dos primeras máquinas de guerra. Tres días después, nadie había mirado para ellas: ni los conductores ni los vecinos ni la Guardia Civil, siquiera.

La confusión, pensaron los bichos rojos, jugaba a su favor. Tras la novela de Herbert George Welles (1898), el programa radiofónico de Orson Welles (1936), el cine (1953 y 2005), la música de Jeff Wayne (1978) e incluso los videojuegos (1998) de ‘La guerra de los mundos’ los humanos no se iban a tomar en serio el desembarco de otra vida en la Tierra. Lo considerarían algo asociado a la ‘ciencia ficción’, de modo que cuando quisieran reaccionar ya sería demasiado tarde.

marcianosNi la torre de El Musel ni la del aeropuerto de Santiago del Monte notaron nada raro aquella palpitante noche de julio en la que de una nave giratoria se desprendieron dos artefactos de guerra en la rotonda de Quintes. En los días sucesivos, ya no eran dos, sino cientos, miles;con el grueso del ejército mariano instalado en un páramo llamado ‘Zalia’, vacío, llano y a tiro de las principales ciudades astures.

guerraCuando las máquinas irrumpieron en San Lorenzo aquel domingo de canícula reinó la confusión, tal y como preveían sus satánicas majestades del espacio. Los bañistas empezaron a señalarlas y a preguntarse:¿Esto ye del Festival Aéreo? El primer cañón apuntó, lanzó su rayo y dejó carbonizado, pero vivo, al primer playu que pilló por banda. La parroquia tomó el caso como una exhibición de bronceado instantáneo, un espectáculo extra del verano gijonés que permitía acortar con rapidez la fase de tostado corporal. Cuando los marcianos se quisieron dar cuenta, había una larga cola en el arenal para recibir su descarga. «Apunta bien, gallu», decía el segundo mirando a la sala de mandos. Todo el plan se había ido al garete. Su arma letal resultaba inocua en esta aldea celta poblada por extraños seres ajenos a cualquier manifestación de terror. Un marciano decidió asomarse desde su atalaya a ver si desataba el pánico, pero solo logró una llamada de atención por megafonía:«El roxu esi que vaya al botiquín pa que le echen crema». Si en sus anteriores ataques a la Tierra fueron las bacterias su peor enemigo, esta vez habían dado con un fenómeno imprevisto: el playu. La orden de evacuación fue inmediata.

(Publicado en ELCOMERCIO el viernes 30 de junio de 2017)

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En el reino de Kiker

Adentrarse en la casa de Enrique Benjamín Rodríguez Rodríguez, Kiker, es una experiencia religiosa. Kiker vive desde hace veinte años en un luminoso primer piso cerca de la Puerta de la Villa y en este tiempo su inspiración diaria ha ido llenando todas y cada una de las paredes de su vivienda, convertida en taller y en museo. Lo que para cualquiera sería el salón, alineado a todos los ventanales de la fachada, para él es su estudio, ahí donde espera todos los días del año, mañana ytarde, que las musas le pillen trabajando. Y vaya si lo hacen. A través de mil lenguajes (óleos, esculturas, maniquíes, estuches, monedas, maderas labradas, metacrilatos…) y con la figura humana siempre en el eje de su fascinación.

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Capi, ¿cuándo traes la radio?

Fuma cinco puros al día, utiliza gorras de la Marina o del Ejército y está instalado en el Tostaderu de sol a sol. La adivinanza no puede ser más sencilla. Hablamos de Manuel Diego, ‘El Capi’, quien a sus 79 años se ha convertido, de pleno derecho, en toda una institución en la playa de San Lorenzo.
–Capi. ¿Cuándo traes la radio?
–Enseguida. De hecho, ya la traje un día.

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.