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Categoría: Gijonadas EN PAPEL
‘Cantábrico’

La escena del cantadero de urogallos quizá sea la más valiosa, pues se corre el peligro de no poder volver a grabarla jamás. Pero hay mil más. La del cortejo del araño a la araña con ‘ramo de flores’ incluido. La del sapo que utiliza un truco para espantar a la serpiente de collar. La del engaño de la mariposa en estado larvario a las hormigas para que la cuiden mientras engorda. La de los salmones volviendo a casa para desovar y morir. Y, por supuesto, las de las manadas de lobos y las de los oseznos jugando. Si uno sale poco de Gijón, cuando vea ‘Cantábrico’ quedará absorto al contemplar la fauna que le rodea. Cierto es que sin franquear las cuatro paredes de la ciudad ya puede ver jabalís haciendo esprints por la avenida Schulz o, hasta hace bien poco, nutrias asesinas dándose banquetes en Isabel la Católica. En el documental de Joaquín Gutiérrez Acha podrá ver, sin embargo, a todas nuestras especies en su salsa y, además, a lo largo y ancho de las cuatro estaciones. En la nieve, con maravillosas imágenes aéreas de rebecos y venados; en la primavera, cuando todo florece;en el verano hiperactivo o en la otoñada, cuando los bosques están llenos de comida.

El preestreno de ‘Cantábrico’ es una fiesta. No se veía una sala de cine llena en Gijón, amén del FICX, desde ‘Ocho apellidos vascos’. De modo que reventar el teatro de la Laboral, casi 1.400 butacas, con un documental es la mayor obra de ‘ciencia-ficción’ que podamos contemplar. Los efectos especiales comienzan en la cafetería, ese rincón del monumental edificio de Luis Moya donde uno tiene la sensación de adentrarse en Rusia, con su diseño años cincuenta. Los dos camareros no dan abasto. Luego, en el patio, dos grandes colas anticipan el éxito. Y dentro, con el coliseo lleno, el ambiente es tan entusiasta como el día del conciertazo de Rodrigo Cuevas dos semanas atrás. Entonces el público se volcó con lo que Cuevas, el macho alfa del momento, autodenominó como ‘la primera revista asturiana’ al aunar, como profetizó El Presi, folclore, baile y humor. El pasado lunes, el ambiente era montañero, de un asturianismo en verde reivindicante. Gutiérrez Acha se confesó emocionado desde el escenario con los ojos iluminados por el gentío que tenía ante sí. Dos años y medio de excepcional trabajo de rodaje lo justificaban con creces. Sin embargo, lanzó una advertencia: «Cuando se estrene ‘Cantábrico’ el día 31 decid a vuestros amigos y familiares que no lo dejen para más adelante porque igual ya no está». Un documental corre el grave riesgo de durar una semana en la cartelera y es importante darle calor humano en los primeros días para que se prolongue. Es la mejor forma de apoyar nuestro entorno y, de paso, disfrutar imágenes que difícilmente veremos nunca por muy montañeros que seamos. ‘Cantábrico’ es también, avisó Acha, un diagnóstico de cómo está ahora mismo nuestra fauna. Su futuro quizá dependa demasiado de nosotros.

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 24 de marzo de 2017)

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¡¡¡Esti ye Chema!!!

Suena el teléfono móvil. ¿Quién es? «Soy Chema. El del repechín». Toca reír a mandíbula batiente. Chema ha sido obediente y tras leer la llamada del periódico para que se manifieste y desentrañe el misterio del cartel de La Provindencia donde se puede leer ‘El repechín de Chema’ se ha vestido de ciclista y se ha presentado en EL COMERCIO en horario matinal. Al no coincidir con el periodista, llama a primera hora de la tarde y, entre carcajadas, se identifica.

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El repechín de Chema

Un grupo de amigos aficionados a la bicicleta decidió en 2011 homenajear a uno de sus miembros: Chema. El porqué solo lo saben ellos. Puede ser que Chema, tras subir con esfuerzo los repechos que van desde el puente del Piles hasta el alto de La Providencia, soltase en la cima unos sonoros cagamentos para festejar la gesta. Puede ser que Chema siempre ganase la carrera a sus colegas o siempre la perdiese. O sea, o era el peor o era el mejor, pero este lugar no le resultaba indiferente. La cuestión es que dicho año la pandilla tuvo a bien confeccionar, o encargar, un cartel donde se pueden ver nítidamente dos ingredientes: un ciclista dibujado y una leyenda: ‘El repechín de Chema’ escrito en letras mayúsculas. Los colegas, que están en todo, añadieron la fecha y la data: Gijón, 2011.

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Ave, César

En el Campo Valdés, una fresca mañana de marzo, se produce la siguiente conversación entre hombre y estatua:
–Ave, César.
–Ave, playu.
–César, tenéis un ave sobre la testa. ¿Quieres que la avente?
–No. Dejadla. Sus garras masajean mis sienes.
–¿Y si le da por deponer?

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Bares tienda

Hace tres años quedaban tres. Hace dos causó baja el de Sotiello (Cenero) por jubilación y la nómina de bares-tienda en el concejo de Gijón quedó circunscrita a Lavandera y Valdornón, que ahora se escribe con uve. Y, a tenor de los lamentos que se escuchan en Casa Rubiera y Casa Camín, este negocio tradicional en el que se aúnan bar, tienda y sede parroquial está pronto a la desaparición. Primero fueron las grandes superficies. Luego, la dispersión vecinal y la caída de la natalidad. Los impuestos y la crisis fueron la estocada final que convierte los bares-tienda «no en un negocio, sino en un desnegocio», como ilustra, gráficamente, José Luis Rubiera desde su atalaya de Valdornón, donde hoy en día, sostiene, hay más jabalíes que vecinos.

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Pobres cilúrnigos

Quien lleve cierto tiempo sin asomarse a la Campa Torres a hacer una visituca a sus antepasados más remotos no está de más que tome una precaución: hágase con una mascarilla. Seguro que la utiliza y agradece el consejo. En la

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.