El Comercio
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Categoría: Gijonadas EN PAPEL
Se busca verano

Cuando el verano no acaba de entrar por la ventana de casa, procede ponerse el traje de explorador y salir a buscarlo. Pero igual, en tierra autóctona, no logramos dar con él por mucho que lo intentemos. Entonces se puede aplicar el ‘plan b’. O sea, buscar sensaciones aproximativas. Una es ir a cortarse el pelo. Con dos kilos menos de peso en la cabeza, el cerebro funciona mejor. Gana, digamos, dinamismo vacacional. Otra es precisamente esa: irse de vacaciones. Apagar el ordenador un mes es la terapia más veraniega a la que uno puede aspirar, máxime en este junio convulso en el que se apilan acontecimientos sin tregua. España estrena Gobierno con astronauta incluido (¿pidió la Luna?), Asturias se prepara para el barbonismo y el bilingüismo artificial; y Gijón, mientras urde una moción de censura a la española y recibe la visita del lobo hasta la trastienda de Cañamina, se ha vuelto marrón. Hartos del gris cielo, nos ha dado por innovar y lucimos últimamente un ‘caca’ marinero que es el último grito de los telediarios. Tan famosos nos hemos hecho que la ciudadanía ya duda si ir al baño de casa o bajarse los pantalones en el puente del Piles y deponer copiosamente para que el marrón mantenga su brillo y, a falta de soles, garanticemos este año un turismo sin complejos ávido de nuevas experiencias.

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r2r3El miedo a las consecuencias de otra monumental cagada, alinear a Álex Pérez (y a otros seis titulares) en Córdoba, se consumó anoche con la derrota en Valladolid. Perdimos seguridad atrás y frescura; y ocurrió lo previsible. Ahora toca remar a contracorriente en El Molinón. r4Siempre resurgía Preciado con aquello de que mañana saldrá el sol. Pero eso, en este junio de tonos marrones y grises, no sabemos si será mucho decir. Quizá sea mejor practicar con el futbolín, recién pintado y barnizado, donde nadie le impide a uno fabular con un Sporting-Madrid e incluso ganar a los ‘florentino boys’ aunque pite Borrás del Barrio.

Esa ha sido la primera tarea prevacacional: lijar, barnizar y pintar el fubolo. La segunda, tras ensayar el ascenso a pequeña escala, pasa forzosamente por emigrar antes de que la botritis propia de las huertas arraigue en el cerebro. El gijonés pervive con una endémica carencia de vitamina D y en lugar de pasar el verano quejándose lo que debe hacer, sin ninguna duda, son las maletas. De lo contrario, el marrón está asegurado.

(Publicado en EL COMERCIO el 8 de junio de 2018)

 

PD.-Pintar un futbolín no es moco de pavo. ¡Cuatro horas! Pero presta un huevo. Zapatos y pelo en negro; medias y pantalones rojo pitufo, fondo de camiseta blanco y, al final del todo, las rayas rojas que llegaron como una explosión de color. Parecía acabado pero de repente te das cuenta de que los jugadores no tienen ojos. Se gastaron de tanto apuntar y así vuelves al negro y vas colocando sendos puntos en los veintidós hombres de campo. Y de propina, para rematar, te animas con unas patillas, alguna mosca, una perilla aquí, un bigote allá que completan las alineaciones. ¡A jugar!

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Gallinas en la avenida del Llano

Las visitas del raposo en los dos últimos meses han mermado el gallinero de Oliva, que ha sufrido ya seis bajas. La última, hace quince días. A las cinco de la mañana, su perra, Linda, comenzó a ladrar y cuando salió de casa pudo distinguir entre las sombras cómo éste abandonaba la finca a la carrera con una nueva víctima en sus fauces rumbo a la avenida del Llano (a esa hora sin coches), que atravesó hacia los Pericones. En la ocasión anterior, huyó justo en dirección contraria.

gallinas-redux-1Oliva vive con su marido y su hija ahí donde la ciudad pierde su nombre para fusionarse con el campo. El muro de su vivienda linda con la última pradera que dejan los coches a su derecha antes de salir hacia la ronda Sur y son muchos los conductores que han visto ‘pastar’ a sus gallinas por el prao en alguna ocasión. «Antes salían a todas horas. En la tienda me decían: ‘Vaya bien enseñadas las tienes. Llegan hasta el borde de la carretera y dan la vuelta para arriba’. Pero ahora, desde lo del raposo, salen menos», explica. También son menos. Esta mujer, ya jubilada, nacida en Cangas del Narcea llegó a tener docena y media. Pero en este momento la tropa se reduce a un gallo y cuatro gallinas. Esta semana, por ejemplo, han hecho el paseíllo solo por las tardes. Y, como manda la tradición, con pleno respeto a las normas de tráfico:una vuelta por la amplia zona verde, con el gallo siempre al frente, un poco de tertulia ante la marabunta de coches, motos, buses y camiones, con las moles urbanas al fondo, unos picotazos por el suelo y vuelta para casa, donde en la última ocasión se quedaron un par de ellas quizá con el susto aún en el cuerpo por las apariciones del raposo.

gallinas-redux-2A Oliva las gallinas le dan unos sabrosos huevos la mitad del año, «sin comparación» con los de la tienda. Y, también, compañía. Le gusta tanto verlas como escucharlas alrededor de la casa. Tampoco tiene precio, afirma, despertarse al amanecer con el canto del gallo como si estuviera en plena aldea. En su día llegó a criar conejos, pero lo dejó. Demasiado lío. Con las gallinas y con Linda tiene más que suficiente. Tras los ataques del zorro en abril y mayo, está preocupada por la supervivencia del grupo. Espera que alguna gallina se ponga clueca para ampliar la familia rápidamente y muestra incluso inquietud por la diversidad genética del grupo, que controla con esmero. Cuando se da la situación idónea, deja unas cajas de cartón con paja, e incluso huevos, y ellas, agradecidas, se ponen a incubar durante tres semanas.

Si todo se da bien, la alegre imagen de un gallo, varias gallinas y unos polluelos correteando en plena avenida del Llano volverá enseguida a su tradicional rutina. Tan acuñada está la estampa que ha quedado inmortalizada incluso en Google Maps. Desciende el internauta con el ‘señorín’ hasta el prao colindante de la casa de Oliva y ahí están sus gallinas campando a sus anchas en plena ciudad. Qui-qui-ri-quí.

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 1 de junio de 2018)

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Manzaninas

La naturaleza, como la Tierra, no para de girar. Tras la cosechona del año pasado, llegó el invierno durmiente, con los árboles esqueletizados, en esa muerte aparente de la que despiertan siempre, a vuelta de primavera, como por arte de magia. Se corchó la sidra entre abril y mayo, y la nueva materia prima asoma ya entre las ramas. Manzaninas como canicas tras ese gran espectáculo que constituyen los manzanos en flor. ¡Ya quisieran en el Jerte! Mientras los árboles se desperezan, las huertas incipientes constituyen la mejor prueba de que mayo reina en el calendario. «Este año viene todo tardío», comentan en Runza. Bueno, si el verano se prolonga hasta octubre podremos hacer como si diera igual.

manzaninas-reduxEn el campo, desde La Pedrera hasta Deva, pasando por Ruedes, da gusto contemplar tomates, lechugas, pimientos asomando un palmo sobre la tierra. El cilúrnigo no ha podido este año tomar prestado el rotovátor. Pero quién dijo miedo. La huerta, a palote limpio, le deja a uno durante un rato una placentera sensación de increíble Hulk. Brazos duros, barriga apretada y mente despejada.

En los cuatro primeros días de huerta no ha habido una sola baja. El babosil dejó frito un bonito caracol de concha rayada, único parte de guerra hasta el momento. Pero seguro que habrá algún combate de más enjundia. En la última temporada, tras plantar por dos veces una hermosa planta de perejil ésta desapareció como por arte de magia. Quizá un único bocado de un corzo o, quién sabe, una expedición de babosas equipadas con armas químicas. Este año, la experiencia invita a fortificar la nueva planta, que crece rodeada de un ejército de palos formando un fortín a prueba de invasores.

La huerta disciplina al hombre. Le marca las estaciones. Los tiempos. Las rutinas. Y, llegado el momento, ofrece sabroso alimento sin pasar por la tienda. Una ensalada de tomate Mariñán con unas tiras de pimientos vale su precio en oro. Unos calabacines talla pequeña apenas hervidos son bocado de Bergoglio. Coger los pepinos de la trepadora para hacer el gazpacho, aliñar una lechuga recién arrancada de la madre tierra… Son placeres fáciles, básicos, elementales. Pero que hacen los días más felices.

El suegro del cilúrnigo, gachu, dice que no pone huerta. ¿Cómo? Querido suegro, la huerta es vida. Así que después de plantar su terruño el lunes, se planta en su casa el jueves siquiera con ocho tomates mariñanes y ocho pimientos para alegrar su pequeño y rentable invernadero. Desbroza, rotura y se hortiga entero. Pero a las dos de la tarde está listo el huertín de Fontaciera, donde llegado agosto los tomates suelen parecer centollos y los pimientos, gambones. La huerta. Eso sí que es una mariscada.

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 25 de mayo de 2018)

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Sueños febriles

La fiebre le va a los sueños como anillo al dedo. En un estado febril, se produce una cascada de aventuras imparable. Aunque también proliferan como setas esos sueños repetitivos de los que uno, por más que lo intente, no puede huir. Mientras al otro lado de la ventana luce un sol esplendoroso que incita a bajar al Muro, el gijonés febril sueña una y otra vez con unas estúpidas barras desiguales que debe recortar. Abre uno ojo, mira por la ventana, lo cierra y de nuevo las barras. Así una mañana entera.

suenoLa tarde empieza más animada. Pero de nuevo inquieta. La clásica escena de aeropuerto. De repente va salir el avión desde otra terminal y cuando la situación requeriría una carrera brutal va todo lentísimo. Imposible cogerlo. Es un drama perderlo, pues es un vuelo transoceánico. Sin saber muy bien cómo, sube al avión in extremis después de haber buscado a la esposa por todo el aeropuerto. Entonces empieza otro drama: el avión vuela apenas a veinte metros del mar, de noche y con el cielo tormentoso. Una punta de una roca o una ola un poco fuerte podrían tocarlo. De hecho, desde la ventana se aprecia nítidamente el oleaje. Pinta mal la cosa y pasa lo que tenía que pasar. Tras una hora aterradora, el avión se sumerge de repente en el agua sin más. Parece el fin. Pero los sueños sueños son y el gijonés y su esposa aparecen en una gran playa tumbados entre trozos de fuselaje y algunos cuerpos más esparcidos por el arenal. Hay unos cangrejos tremendos recorriendo algunos humanos inertes. El gijonés febril aventa a uno de una patada que estaba a punto de subirse a la cara de la esposa, que despierta en ese momento ofuscada. Mejor despertar, aunque la presunta isla perdida prometa aventuras.

Pero el sueño vence una vez más. Esta vez, la bahía de Gijón es diferente. Por su derecha, un poco más allá de El Rinconín, hay una barrera rocosa y una lengua de arena atravesadas que asoman en las bajamares. Los incautos, como el soñador, y los surfistas van entonces a caminar por este surco milagroso. Pero, claro, luego sube la marea y se forman dos oleajes opuestos; el natural hacia la costa y el que vienen de vuelta contra la barrera de roca y arena, que empieza a desaparecer. De repente, el soñador no sabe muy bien hacia dónde debe nadar para salvarse. Vienen tan altas las olas y en todos los sentidos que apenas puede orientarse. La situación es dramática. Pero a diferencia de los surfistas, que también las están pasando canutas, el protagonista de este episodio guarda un as en su manga. Y despierta.

Nunca pensó que tener fiebre fuese tan entretenido.

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 11 de mayo de 2018)

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Greystoke también fala

La historia de la creación, faltaría más, también debería tener su versión asturiana. Como ‘Rambo’ o ‘El exorcista’. El primer homo sapiens asturis habría sido gestado en los árboles del Monte Deva, tras la unión de dos chimpancés que experimentaron una extraña deriva al combinar accidentalmente la sidra y los oricios. Esi primer playu miró al horizonte, vio la Campa Torres y dijo a los suyos:«Seguidme». Así empezaron los cilúrnigos, aquellos pioneros que al asentarse en la Campa fundaron sin saberlo la nación gijonesa y al decir «ye guapu» mientras contemplaban el horizonte alumbraron ese hablar que llamaron primero bable y lluego llingua.

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La maquinona de Cabueñes

Una nave espacial, en cutreversión de cine sesentero, sufre un ataque. El enemigo le ha disparado un rayo láser que produce una explosión en la popa y sus mecanismos empiezan a fallar y a gritar. En la sala de mandos todas las luces se encienden y se apagan en sintonía con un infernal sonido intermitente, entrecortado por los extraños rugidos del motor de la aeronave, el chirriante destello de una especie de radial, los disparos con que replican los protagonistas y los martillazos de un tripulante negro, y bigotón, para desbloquear la puerta.

Esta jaula de grillos, con la que nos describían el futuro hace cincuenta años, se puede revivir de forma gratuita en pleno 2018 en el Hospital de Cabueñes. Basta con que la traumatóloga pida una resonancia para el paciente. La emoción, por llamarla de alguna forma, está servida. Un modernísimo aparato estrenado este año le someterá al cilúrnigo a veinte minutos de ruidos tan dispares, extraños y galácticos (lo de los martillazos es literal) que no dejará de mirar a uno y otro lado a ver dónde está la cámara oculta. ¿Es una broma? ¿Cómo es posible? ¿A qué viene este escándalo? Tal es la situación que, pese a dejar la cabeza fuera del cilindro torturador, las enfermeras dan unos tapones para los oídos a su sufrido, y último, paciente del día antes de iniciar la sesión. ¿Y la otra máquina, la más antigua, mete más ruido o menos? «Parecido», aclararán sonrientes al final.

resonancia-reduxSi los sonidos se asociasen a las correspondencias asimiladas por nuestro cerebro uno no saldría vivo de esta maquinona. La radial lo habría cortado en pedazos y el martillo pilón lo habría aplastado como una lata de Coca-Cola para ser reciclado a continuación al contenedor de orgánicos, con premio póstumo para la familia por la adecuada separación de residuos. Pero no. Cuando extraen al cilúrnigo del tubo futurista éste sigue entero, con sus calzas, sus calzoncillos y ese batín de Ágata Ruiz de la Prada abierto por detrás con el que más que ‘Star Trek’ le pondrían a rodar seguramente ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’.

Cuando se corra la voz de la banda sonora de la ‘maquinona’ de Cabueñes quizá los pacientes en lista de espera renuncien a la rápida llamada del hospital, que la tiene al ingenio trabajando mañana y tarde (antes de que explote). Y acaso aparezca un nuevo público vestido de R2-D2, C-3PO, Darth Vader y Chewbacca. En vez de los Yelmo, los fans del cine aeroespacial ya pueden llevarse las palomitas al hospital.

(Publicado en EL COMERCIO el sábado 28 de abril de 2018)

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.