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Categoría: Gijonadas EN PAPEL
La Sala de Pinturas (Laboral)

Ocurren cosas extrañas en esta ciudad. Imaginemos que se ocultase la existencia del Jardín Botánico o del ‘Elogio del Horizonte’ o del Café Dindurra o de la propia playa. Nadie entendería tal cosa. No cabe en ninguna sesera. Hasta hace bien poco tiempo, ocultábamos la Universidad Laboral, pese a su tamaño, por un recelo asociado a su identificación franquista. Eso quedó presuntamente superado hace unos años, cuando el Principado decidió aprovechar el monumento y llenarlo de contenidos: reformar el teatro, darle vida al recinto con universitarios, trasladar allí el Conservatorio, abrir la RTPA en el antiguo convento de las clarisas, inventarse un Centro de Arte y Creación Industrial (mal gestionado desde el inicio), promocionar las subidas a la torre, visitar las antiguas cocinas… Incluso se intentó abrir un hotel de cinco estrellas, del cual llegaron a estrenar una habitación piloto a bombo y platillo; pero esa, ciertamente, es otra historia. 

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Mierda de colores

Cuesta trabajo imaginar a un cafre haciendo una pintada de nueve metros de largo y casi dos de alto entre las escaleras 10 y 11 del Muro sin que nadie se percate de la situación. La gente no quiere líos. Claro está. Yahí reside el quid de la cuestión. La última pintada de la playa no puede hacerse en menos de un par de horas y esas suculentas multas de las que habla la Policía Nacional (de hasta 3.000 euros) nunca se pondrán si los señores agentes no pillan a nuestros artistas con las manos en la masa. Basta coger el móvil y llamar al 091 para intentar poner freno a esta desesperante ola de mierda que llena las paredes de Gijón. Pero está claro que nadie lo hace.

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‘Cantábrico’

La escena del cantadero de urogallos quizá sea la más valiosa, pues se corre el peligro de no poder volver a grabarla jamás. Pero hay mil más. La del cortejo del araño a la araña con ‘ramo de flores’ incluido. La del sapo que utiliza un truco para espantar a la serpiente de collar. La del engaño de la mariposa en estado larvario a las hormigas para que la cuiden mientras

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¡¡¡Esti ye Chema!!!

Suena el teléfono móvil. ¿Quién es? «Soy Chema. El del repechín». Toca reír a mandíbula batiente. Chema ha sido obediente y tras leer la llamada del periódico para que se manifieste y desentrañe el misterio del cartel de La Provindencia donde se puede leer ‘El repechín de Chema’ se ha vestido de ciclista y se ha presentado en EL COMERCIO en horario matinal. Al no coincidir con el periodista, llama a primera hora de la tarde y, entre carcajadas, se identifica.

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El repechín de Chema

Un grupo de amigos aficionados a la bicicleta decidió en 2011 homenajear a uno de sus miembros: Chema. El porqué solo lo saben ellos. Puede ser que Chema, tras subir con esfuerzo los repechos que van desde el puente del Piles hasta el alto de La Providencia, soltase en la cima unos sonoros cagamentos para festejar la gesta. Puede ser que Chema siempre ganase la carrera a sus colegas o siempre la perdiese. O sea, o era el peor o era el mejor, pero este lugar no le resultaba indiferente. La cuestión es que dicho año la pandilla tuvo a bien confeccionar, o encargar, un cartel donde se pueden ver nítidamente dos ingredientes: un ciclista dibujado y una leyenda: ‘El repechín de Chema’ escrito en letras mayúsculas. Los colegas, que están en todo, añadieron la fecha y la data: Gijón, 2011.

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Ave, César

En el Campo Valdés, una fresca mañana de marzo, se produce la siguiente conversación entre hombre y estatua:
–Ave, César.
–Ave, playu.
–César, tenéis un ave sobre la testa. ¿Quieres que la avente?
–No. Dejadla. Sus garras masajean mis sienes.
–¿Y si le da por deponer?

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.