El Comercio
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Categoría: Gijonadas EN PAPEL
Se vos diz, se vos endiz

Concesionario de coches. Un vendedor advierte a los hijos de los potenciales compradores de que tengan cuidado, pues llevan un rato enredando demasiado, sin control alguno de sus padres, entre los relucientes vehículos expuestos. Así hasta que, ¡zas!, rompen un retrovisor. El vendedor estalla y arremete contra los guajes: «Se vos diz. Se vos endiz. Se vos vuelve a endecir. Y vais y jodéis el retrovisor».

plataforma contra cooficialidad asturiano

plataforma contra cooficialidad asturiano UCHA

 

Esta versión asturiana del verbo decir es un maravilloso ejemplo (real) de las mil variantes del antes llamado bable, ahora conocido como llingua y enseguida, a la vuelta de la esquina, erigido a efectos prácticos en idioma. La cooficialidad está, salvo arranque de lucidez, a tiro de elecciones y quizá sea momento de preguntarnos qué hablamos los gijoneses. ¿Hablamos en Gijón un idioma diferente al castellano? El mero enunciado de la pregunta

concentracion llingua frente a la junta general del principado oviedo 25 02 16 foto alex piña

concentracion llingua frente a la junta general del principado
oviedo 25 02 16
foto PIÑA

produce sonrojo. ¿Conocemos a alguien en nuestro trabajo, en nuestro portal, en nuestro círculo de amigos o en nuestra playa de San Lorenzo que se exprese hasta el punto de que uno de Valladolid no le entienda? ¿Es un pecado mortal en el siglo XXI utilizar la palabra dialecto? ¿Conseguiría la cacareada cooficialidad algo diferente a colocar a unos cuantos artificiosos del asturiano plástico, enmarañar la burocracia y tirar a la alcantarilla otro buen puñado de millones de euros en una decisión, por cierto, sin retorno? Las respuestas a todas estas cuestiones son obvias. Pero a los promotores de la irracionalidad poco les importa. Queda muy progre eso de defender «lo nuestro», aunque los argumentos precisos y concretos brillen por su ausencia.

El asturiano tiene términos y giros que cada propio utiliza de una forma natural según su cuna y sus costumbres. Un amante de las aves hablará de paxarinos, raitanes, ferres o ñerbatus. Al playu hecho a sí mismo no le faltarán el «vas decime tú a mí», el «qué ye ho» o el «yo pa mí que». El de Cudillero dirá «dijili». El de Oriente acabará «tou» en u. Unos usan solo el «ye» y el «ho». Otros abundan en el «vos». Hay tantas variantes que cuando le quieren poner un uniforme a este hablar nuestro lo único que consiguen es desnaturalizarlo (y de paso cobrar un sueldín, como siempre). Pero ya se sabe. Carmen Moriyón, Fernando Couto y Montserrat Moro ya pedían la cooficialidad desde la cuna; como bien se palpa en sus hablares y en ese programa electoral fantasma con el que ganaron las elecciones en Gijón. Antecedentes tuvieron. Otro político gijonés que llegó a consejero, persona inteligente por cierto y ya en la reserva, pasó de un día para otro, literalmente, de expresarse como Miguel de Cervantes a poner un contestador automático en casa donde decía algo así como «tas hablando nel tres cincu unu cuatru…» y a utilizar en la Junta General ese modo ‘llingua-académico’ que hiere los oídos. Depender de políticos de tercera que hablan asturiano en la intimidad ye lo que tien, fíos. Les perres vuelen a la más absoluta improductividad mientras Asturias se empobrece y se despuebla. «Ta llueu».

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 17 de noviembre de 2017)

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Hacer sidra

Estos días se les distingue perfectamente por la calle. Van hinchados como pavos, llevan gesto decidido y una sonrisa con denominación de origen. En noviembre, Asturias huele a sidra. Yla zona rural gijonesa también. La cosechona de 2017 tiene a mil por hora a los grandes y a los pequeños llagares. Los primeros cifran su producción en toneladas (bajo la denuncia pública de los productores de incluir en ella manzana checa, francesa o no se sabe muy bien de dónde). Los segundos, los hacedores de sidra casera, esos que sonríen por la calle, tiran de su propia pomarada y hacen cien, doscientos o seiscientos litros para consumo propio. Esta segunda sidra, con el nombre y apellidos de su fabricante, sin aditivos, con menos alcohol que la comercial, es un producto único y exclusivo. No hay dos iguales. Ni las habrá. Cada año habrá un factor diferente que modificará el resultado: los manzanos producirán en diferente cantidad, habrá más frío o más calor, se mayará (y/o embotellará) en menguante o no, habrá incidentes o no… Todos estos condicionantes arrancan en noviembre, cuando la manzana se paña, lava, seca, tritura y prensa para, una vez obtenido el líquido, dejarla reposar en el tonel. Ahí dormirá unos meses hasta la hora de corchar.

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El Campo Valdés

Tiene Gijón, como cualquier otra ciudad, unas señas de identidad específicas que la hacen diferente. En nuestro caso, podrían cambiar por completo muchas calles sin alterar la ‘esencia’, que viene definida en buena medida por toda nuestra arquitectura litoral. Gijón mira a la playa de San Lorenzo y al Muelle y en esa entente con el mar que desfila desde ‘La Lloca’ hasta El Musel se encuentran buena parte de nuestras esculturas más queridas y, también, de los edificios más señeros.

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Si el puente del Piles y la propia barandilla del Muro son ‘esencia’ de ciudad, el rincón que va desde el edificio del Varsovia hasta San Pedro acumula el mayor poso de belleza arquitectónica que poseemos. Entre ambos, reluce con especial tronío el edificio de la Antigua Pescadería, donde reza curiosamente el año de su inicio, 1928, y no el de su apertura como plaza del pescado, 1930. Le acompañan nuestro bonito Consistorio, con su plaza Mayor, algo recogida la Casa Natal Jovellanos, las Termas Romanas en el subsuelo del Campo Valdés y, completando la escena, el torreón y las almenas del Colegio Santo Ángel. Este rincón, visto desde el mar (donde aún está bueno el baño) o desde el paseo, es el que acumula mayor señorío de toda la ciudad. Así lo considera desde su pedestal Octavio Augusto, quien no deja de recordar, a quien quiera escucharle, que aquí ya había un importante trajín allá por el siglo I, cuando los romanos se habían acomodado en aquel pueblo de pescadores llamado Gigia. Entonces las olas pasaban sin inmutarse desde San Lorenzo hasta el Muelle dejando que Cimavilla se dibujase en el horizonte marino como si de un castillo escocés se tratase.

Aún no teníamos Teatro Jovellanos, ni Café Dindurra, ni estadio de El Molinón, ni los edificios Modernistas de principios del siglo XX ni el Antiguo Instituto o Empresariales. Ni tampoco todo el batiburrillo de ese callejero caótico que hoy (también) nos caracteriza. Es precisamente en el Campo Valdés, y en el Muelle, donde empezó todo tras mudarnos de la Campa Torres. Yese inicio lejano, sumado al acierto de obras posteriores, como nuestra profanada Plaza del Pescado, dejaron su impronta en el rincón más agraciado de cuantos tenemos. Gaspar Melchor de Jovellanos quizá estuviera de acuerdo.

PD.-la foto tiene otra lectura, la referida a cómo caminamos habitualmente por la calle con ‘orejeras’ sin detener la vista en el paisaje aéreo que nos rodea. Desde la arena de la playa, en el rincón del Campo Valdés, se produjo este marco como por arte de magia, con dos gaviotas coronando la Antigua Pescadería y un perro en la balaustrada de piedra. Así visto, Gijón bien podría ser un fragmento de Roma.

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 3 de noviembre de 2017)

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Sidra Gravitacional

Cuentan que el británico Isaac Newton concibió sus leyes gravitacionales en 1666 al ver caer una manzana. ¿Bebería sidra? Si tenía buen gusto, seguramente sí. ¿Asociaría teoría y práctica patentando una marca ad hoc? No lo parece. La ciencia, normalmente, da pasos cortos; hasta que llega un genio y ¡zas! Pero siempre queda un tramo de gloria para el siguiente. Así, casi tres siglos después llegó un tal Albert Einstein para destaparse con su teoría de la relatividad y, de paso, reformular los asuntos gravitatorios de Newton. Y ahora, otros cien años más tarde, unos señores llamados Rainer Weiss, Kip Thorne y Barry Barish y una entidad denominada LIGO han podido demostrar la existencia de las ondas gravitacionales que ya había intuido, pero no demostrado, Einstein. Ahí es nada.

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Susi, Josefa y Londres

Vivimos en una ciudad engañosa. Si nos asomamos al mar, uno de los grandes días de sol de octubre, la playa ofrece una estampa idílica, de paraíso natural en estado puro, con gente aún bañándose, como Luis, y gente paseando feliz por la orilla, como Susi y Josefa. Ahora bien, ese mismo día plácido, a solo tres kilómetros, la zona Oeste deja patente la cara oculta de Gijón. Basta con preguntarle a la nariz para olfatear, con desagrado, la city más contaminada de Europa. Quienes viven mirando a Arcelor bien lo saben. Los malos olores, el tráfico y, lo peor de todo, el aire contaminado son la moneda corriente de La Calzada, Jove, El Natahoyo… Ahora bien, el resto, seamos sinceros, no acabamos de ser plenamente conscientes de la magnitud del problema. Lo fuimos el lunes, el día que no amaneció en Gijón, esa mañana naranja con el aire quieto, sucio y quemado. Hubo entonces quienes fueron a la farmacia a comprar mascarillas y hubo quien se acordó de la ‘Niebla de Londres’ de 1952. Aquel año, del 5 al 9 de diciembre, una densa niebla que no permitía ver a un metro se adueñó de la ciudad y acabó provocando hasta 12.000 muertos y 100.000 enfermos. Unos por accidentes de tren, tranvía o coche. Yotros por enfermedades respiratorias. Los hogares de Londres se calentaban con carbón de baja calidad, rico en azufre, y la contaminación se disparó aquellos días hasta provocar todas aquellas muertes, una situación extrema que casi le cuesta el puesto a un ya senil Winston Churchill.

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Tercer grado a un torero

La última faena de Fernando Fernández-Guerra fue publicar, en agosto, una biografía de Jorge Ilegal, amigo de la infancia. Pero Guerra fue torero antes que fraile. En su briosa juventud, este ingenioso gijonés de 61 años llegó a ser conocido en las plazas como Fernando Guerra ‘El harenero’ (por el harén de mujeres que llevó a apoyarle a Oviedo en una ocasión). Aunque recuerda con pasión aquella etapa, hoy comenta irónico que «estaba más por el aire que en el suelo», de ahí aquella frase profética de su madre cuando le dijo solemne: «Ay hijo, cuánto vas a ganar con los toros cuando lo dejes». Y según cuenta entre risas, así fue.

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.