El Comercio
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Categoría: Gijonadas EN PAPEL
De mayor quiero ser… playu

En aquellos colegios familiares de los años setenta solo había una actividad extraescolar:la fiesta de fin de curso en un merendero. Así era, al menos, en aquel entrañable colegio Eliska de la calle Padilla. Por estas fechas, las profesoras empezaban a decir aquello de «este año nos vamos a Canarias», una promesa que levantaba los bienes y hurras de los niños. Sin embargo, llegado el momento, el festejo se celebraba siempre en Los Maizales, en Santurio. Todos los años igual; de Canarias a Los Maizales, un recorte que suscribiría el mismísimo Montoro. Pero, pese a la merma viajera, era todo un éxito.

reduxEstos días preveraniegos puede verse desfilar por la arena de la playa a grupos de escolares de seis y siete años pertenecientes al colegio San Vicente de Paúl, que traslada la clase de Educación Física a cielo abierto aprovechando su vecindad, el buen tiempo y las bajamares. Comandados por José, los niños recorren el arenal desde el Piles hasta San Pedro recibiendo una clase magistral de gijonismo. Lo primero es la seguridad. Toca hablar de los colores de las banderas, de las funciones de la caseta de salvamento, de la protección solar… Y José intenta que sus alumnos acierten. ¿Qué tiene alguien que necesita a un socorrista? «Flato». ¿Qué suena por megafonía? «Tan, tan, tán…». ¿Cómo os estáis portando hoy? «Maaaal».

La preocupación del profesor es llevar a la tropa agrupada y eso, claro está, con los atractivos de la arena, los pozos y algún que otro tesoro, es misión imposible. A los niños, explica, les viene muy bien espoxigar al aire libre, pues quizá su jornada esté a caballo entre el aula y su casa. Así, mientras el tiempo acompañe y la playa no se masifique, el San Vicente traslada sus clases de gimnasia a pie de mar. Unas veces, para practicar deporte. Y otras, para dar un paseo didáctico que incluye la explicación práctica de la desembocadura de los ríos, el reciclaje de los diferentes tipos de basura o los peligros de las mareas.

Patear San Lorenzo también permite empezar a formar a los futuros playos. Hablarles del Piles, la Escalerona, San Pedro, Cimavilla… En la mente de José está el darles un adiestramiento explícito en este sentido, pero cuando mira a los renacuajos que tiene alrededor se corta un poco. «Quizá sea prematuro». Mejor ir introduciendo conceptos y completar el ADN local cuando estén en Secundaria, etapa en la que la salida a la playa está asimismo incluida en la atractiva ‘oferta’ del San Vicente, una buena cuna para ir formando al playu del mañana.

PD.-Próxima clase a pie de arena: conjugación adecuada de los algoritmos «qué ye ho» y «vas decime tú a mí». Cuanto antes, mejor.

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 20 de abril de 2018)

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Esas pequeñas cosas

Hay errores humanos muy comunes. Como comprarse un objeto caro que utilizaremos acaso una vez al año y descuidar lo cotidiano, aquello a lo que damos un uso diario. Es la diferencia entre tener un reloj de oro en un cajón o un buen cepillo de dientes. Quizá lo mejor sea lo segundo. Ahora mismo, en este aquí y ahora, procedería realizar una encuesta a los usuarios de la playa de San Lorenzo de año completo, varios cientos, y plantearles la siguiente cuestión: ‘Elija usted una de estas tres cosas; metrotrén, ZALIA o dos grifos nuevos para lavar los pies en las escaleras 2 y 15’. Es de prever que el playu entrevistado se quedaría un instante un tanto perplejo ante la disparidad de los ‘objetos’ a elegir. Sin embargo, una vez cotejados mentalmente los presupuestos, la practicidad diaria de cada uno de ellos e, importante, la esperanza de vida del interpelado y, por tanto, de poder disfrutarlos antes de que le llame el barquero, se quedara, sin dudar, con los dos grifos.

redux-1redux-2La sorpresa del playu vendría después cuando le dijeran: «Pues está usted de suerte, querido amigo. Le acaban de tocar… ‘¡estos grifos!’». Así. Sin más. Sin debates políticos ni prórrogas presupuestarias. Sin concurso de ideas ni comisiones informativas. Sin cambios de proyecto. Casi, casi casi, sin dinero. Atendiendo, eso sí, con años y paños de retraso una demanda ciudadana silenciosa, pero recogida numerosas veces por escrito en La Columna de EL COMERCIO.

Unos operarios municipales abrieron el tajo en marzo, enchufaron el agua, echaron un poco de cemento y dejaron en las escaleras 2 y 15 sendos grifos de botón para que el ciudadano pueda lavar sus pies a pie de rampa en ambos casos, un privilegio reservado hasta ahora a nuestra insigne Escalerona fuera de la temporada de baños. La situación era absurda, pues no a todo el mundo le cuadra bien abandonar la playa por El Náutico. Y la solución, tremendamente barata. No hacía falta un máster de esos que rifan en Madrid para resolverla. Pero bien está felicitarse por la buena nueva: poder darse un garbeo por la orilla y, de vuelta a casa, tener un grifo a mano para lavar los pinreles. Sin él, lo de quitar la arena ha sido un suplicio mayúsculo.

Ahora cabe esperar que no se abra un debate político sobre la idoneidad de los grifos, el coste o la ubicación. Déjenlo así, por favor. O instalen más si gustan. Ya pueden seguir llenando ríos de tinta con proyectos faraónicos que acaso vean nuestros biznietos. Nosotros, entretanto, con poder lavarnos los pies vamos que chutamos.

(Publicado en EL COMERCIO el viernes 13 de abril de 2018)

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Aprender a mirar

En la inauguración de ‘La lloca’, allá por 1970, Ramón Muriedas fue el gran ausente. Una inoportuna gripe impidió su asistencia. Sin embargo, la lluvia inmediata de críticas a su ‘Monumento a la madre del emigrante’ desanimó al cántabro siquiera a visitarla. Llegó incluso chapones-reduixa estar en Gijón para su únicaexposición propia en esta ciudad unos años después sin reservar siquiera media hora para contemplar su desgarradora pieza mirando al mar. Jamás se retrató con ella.
Veinte años después, Eduardo Chillida asistió en directo a una nueva crisis artística. En plena puesta de largo de su ‘Elogio’, en 1990, un tal Eusebio propinó un puñetazo al alcalde, Areces, en protesta por los cien millones de pesetas que había costado la hoy emblemática pieza, bautizada enseguida como «el water de King Kong». ¿Qué decir de ‘Sombras de luz’? En 1998, por no haber no hubo ni acto inaugural. Pero sí un azote de críticas y un rápido bautismo: ‘las chaponas’. Al autor, Fernando Alba, no se le pudo retratar con su obra hasta cuatro años después, por iniciativa de este periódico.

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El bautismo de Rufino

Los ciclos vitales también se miden por bares. Cuando el cilúrnigo con complejo de Peter Pan se hunde en los confortables sofás de El Café de La Arena y acaricia con la mano izquierda un gin-tonic de aromas cítricos, magistralmente servido por Rufino en una copa de balón, es consciente de haber atravesado su particular Rubicón. Cuatro amigos recién asomados a la cincuentena acaban de celebrar una de esas cenas nostálgicas de los viernes y en vez de alejarse hasta los ritmos del Savoy, siempre bullicioso, deciden quedarse a dos pasos de la sidrería r1donde han oriciado a placer. ¿Dónde? Uno sugiere, en plena calle Manso, un sitio adonde acude a veces con su madre. Mal empezamos. Desde el exterior se aprecian cortinonas, lámparas de mesa, butacas… Un aspecto que veinte años atrás sería a lo sumo objeto de burla. Sin embargo, apetece hablar, no ligar, y tras una lógica indecisión, estos cuatro carrozas en ciernes deciden franquear la puerta. Ahí está Rufino, atildado, vetusto, suave en las formas y profesional en el trato. «¿Qué desean?». La pregunta en este Gijón chigrero chirría un tanto. Hasta el punto de crearse una cierta confusión en estos clientes que acaban de colgar su juventud en el perchero y se entregan, resignados, al nuevo estatus dictado por el DNI. ¿Dónde quedaron el Tik y el Jardín? ¿La Ruta de los Vinos? ¿El Players y El Parlamento? ¿Y los merenderos de Somió? ¿Dónde está el Escocia? ¿Y el Café Caracol, el Varsovia o r2el Kitch (última víctima del reloj de arena)? Mejor no pensar en las ánimas del pasado. El presente es Rufino. Sus confortables sofás, un jazz amable, dos copazos de gin-tonic y dos irlandeses. Toda la vida bromeando con el Nelson y el Trafalgar, haciendo cábalas de cuándo tocaría franquear esas puertas, y ahí están estos cuatro cincuentones plácidos, risueños y cómodos entregados con gusto a las amables garras de un encorbatado señor con nombre de época. De la una a las cuatro de la mañana pasa el tiempo, como canta Sabina, hora a hora, entre sorbos de ginebra cara, frutos secos, gominolas y carcajadas al más puro estilo de animoso carcamal. Se está a gusto en El Café de La Arena. La música acompaña pero no molesta y en este salón milanés donde no falta detalle las sensaciones se aproximan mucho a las de un balneario alpino.

Asumida la edad, toca intimar un poco con Rufino, que abrió el negocio allá por 1980 y vio pasar por él a un divo conocido como Arturo Fernández, una hermosísima mujer vestida toda de blanco llamada Sara Montiel, con su marido Pepe Tous. O tres futbolistas guipuches –Zamora, Satrústegui y López Ufarte– que al día siguiente, 26 de abril de 1981, iban a ganar la Liga en El Molinón. Paredes con historia las del Café de La Arena. Esta vez, el anfitrión despliega sus buenas artes con cuatro gijoneses nostálgicos de los tiempos del Escocia. Y funciona. El nuevo ciclo vital recibe un exitoso bautismo. No queda otra.

(Publicado en EL COMERCIO el sábado 24 de marzo de 2018)

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Mirando al Cosmos

En el Muro la reflexión cosmológica brinda hitos tales como ver aparecer por la Escalerona al mismísimo Stephen Hawking en su silla de ruedas. Ocurrió en 2005 y hubo playos que intuyeron que algo grande estaba pasando, aunque no atinaron bien el disparo. «¿Esti qué ye el de ‘Harry Potter’?», preguntó una de las muyeres que hacían bulto entre la masa mientras Hawking se asomaba a la incomparable playa de San Lorenzo.

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Aquellas tardes

En los años setenta, hace ya casi medio siglo, los gijoneses tuvimos un privilegio que acaso solo hayamos sabido valorar una vez perdido. Aquel Sporting de entonces era oro puro. Jugaba como los ángeles y goleaba casi con la facilidad que lo hacen hoy el Madrid y el Barça. Castro, el entrañable maizón, era una garantía bajo los palos. Redondo, pura sobriedad; Maceda y Doria

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.