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Categoría: Viajes
El centollo más caro del mundo

(Doce días en Noruega 2)

El cilúrnigo de pro tiene el centollo tan impreso en su ADN que solo le falta, para culminar la simbiosis, la segregación de unas protuberancias en su estructura craneal que emulen a nuestro venerado crustáceo. Un gijonés de mediana edad que tome un centollo a la semana habrá almacenado en su organismo más de dos mil a estas alturas de su vida. En general, franceses, con una relación calidad/precio extraordinaria; y, si se lo puede permitir, cantábricos, deliciosos pero menos aptos para el bolsillo. Llegados a estas cotas, siempre hay nuevos retos que asumir, otros horizontes a explorar, como por ejemplo comerse un centollo pasado el Círculo Polar Ártico, en las gélidas aguas del norte de Noruega, país no precisamente barato donde se considera al ‘king crab’ (cangrejo rey) como el fruto de mar más caro y exquisito.
En las marisquerías del muelle de Bergen, por ejemplo, puede degustarse a unos 90 euros el kilo. Sin embargo, metidos en gastos, Noruega oferta algo mucho más tentador para quien se suba en esta ciudad al ferry de la compañía Hurtigruten y recorra en él toda la costa noruega hasta Kirkenes, un enclave fronterizo con Rusia y Finlandia, encaramado en una recóndita ladera y nevado en abril hasta las cachas que mira ensimismado a un mar gélido, con aspecto de lago, cuajado de centollos.

La oferta consiste en ponerse un traje especial para combatir el frío, subirse a una zodiac, asistir en directo a la pesca del centollu y atracar en la otra orilla de Kirkenes para comérselo recién capturado en una apañada cabaña de madera. El precio asusta: 1.990 coronas per cápita (más de doscientos euros). Pero, ¿cómo renuncia un cilúrnigo a este cualitativo salto vital en su bagaje gastronómico? Hay que recortar presupuesto donde sea, salvo en el centollo.

Egil, el espigado maestro de ceremonias, explica además que no se trata de un centollo cualquiera. El ‘king crab’, revela, fue descubierto por Rusia en aguas japonesas y soltado en el mar de Barent, en el Océano Ártico, en los años setenta. Se dio tan bien que se extendió al país vecino y llegaron a pescarse enseguida ejemplares de hasta catorce kilos. Tal fue su éxito, al ser un bocado generoso y exquisito, que en los ochenta y noventa empezó a esquilmarse. Y entonces arbitraron controles, con la obligatoriedad de devolver al mar las hembras pescadas. Hoy no suelen llegar a las tallas del inicio. Pero lo normal es atrapar ejemplares de cuatro a seis kilos.

A las diez de la mañana, cuando parten los siete expedicionarios, hay unos cero grados en el ambiente y dos en este mar de Kirkenes totalmente inmóvil, un remanso de agua negra protegido por los fiordos. Todo el perímetro de la bahía está nevado y en su avance la zodiac quiebra pequeñas láminas de hielo. Solo se escucha el motor de la lancha mientras se siente un aire gélido en la cara.

Llegados a una boya, Egil engancha la cuerda a una minigrúa a motor y comienza el ascenso de la gran nasa depositada a 35 metros de profundidad. Tarda un poco. Al aflorar a la superficie, aparecen seis hermosas víctimas en su interior. Dos son hembras y las tira al mar y el resto, machos. Más adelante, comprueba el botín de otra nasa, quizá para ver si tendrá alimento para la excursión de la una de la tarde. Entonces atraca en un pequeño espigón de madera dispuesto a dar la clase magistral. Coloca los cuatro ‘king crab’ patas arriba y los mata rápidamente de una cuchillada en su parte central, dejando que se desangren. El líquido que sueltan es azul pálido. A continuación les arranca las larguísimas patas llevándose con cada una un pequeño trozo de las cuevas y desecha los carros, pues éstos no son como los nuestros. Tienen un aspecto extraño y, según explica, no son comestibles. Cocer la pieza entera, aclara, daría mal sabor al conjunto.
Egil ya tiene el agua lista para hervir y cuando rompe tira las patas con un puñado de sal. Se abre un compás de espera de 17 minutos. Invita a un te o un café, responde a preguntas y sugiere aumentar el placer comprándole una botella, o media, de vino blanco. Dos gijoneses y dos noruegos se apuntan a la media. Dos belgas y un alemán no. Oferta también pan blanco (un lujo en Noruega) y mantequilla. Y llega el momento cumbre.

Las patas del ‘king crab’ son inmensas y la coraza, muy blanda. Se parten por sus tres articulaciones con una facilidad supina y, a cada corte, asoma lujurioso un largo fragmento de carne jugosa, fresca y totalmente deliciosa. Un bocado de centollo noruego-nipón y un sorbo de vino blanco ofrecen al cilúrnigo un instante de éxtasis que bien merecen los aviones, trenes y barcos utilizados para llegar a este confín del Ártico y sentarse a esta mesa de madera en una gélida mañana de Viernes Santo. Mientras en Gijón procesionan, el mayor centollo del mundo, también el más caro, está sucumbiendo al voraz apetito de dos cilúrnigos y otros cinco agradables europeos. Las exclamaciones no cesan. Así van cayendo una pata y otra y otra. Hay quien para en la tercera. El alemán llega a la quinta. La señora noruega (que debió de ser un bellezón) se rinde en la sexta. Le empata el cilúrnigo varón, que renuncia por miedo a la indigestión a las dos patas que quedan en la fuente.

En el regreso reina un ambiente de alegre resaca de quien ha saboreado la ambrosía centollil. Egil es unánimemente felicitado. Cinco comensales vuelven al barco de Hurtigruten y dos, los astures, se quedan en Kirkenes, donde hay otros singulares atractivos: un hotel de hielo a 15 kilómetros, un búnker de la II Guerra Mundial, una escultura agradeciendo a los rusos su liberación de la tropas nazis, alguna figura de hielo (ya derretida) y un ambiente solitario en cada calle helada como si este confín del mundo hubiese sucumbido a una bomba de neutrones. No hay un ruido en Kirkenes. No se muestran sus habitantes. Y conforme avanzan las horas crece en el cilúrnigo macho un poderoso resentimiento. ¿Cómo pudo dejar dos patas en la fuente?

PD.-¡Cagondioro! Ye ver las fotos y ponerte a salivar como un chucho. ¡Eses pates que quedaron en Kirkenes! ¡¡¡¡Eses patesssss!!!!! ¡Diosssss!

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Noruega, el paraíso nevado

(Doce días en Noruega 1)

En Noruega, el agua del grifo sabe a manantial. En este país de nieve, madera y cristal puedes olvidar una mochila llena de objetos de valor en el aeropuerto, junto a una concurrida máquina expendedora de billetes de tren, y encontrártela en el mismo lugar diez minutos después. Puedes olvidarte unos auriculares en ese tren y acudir al día siguiente a la oficina de la compañía, donde te estarán esperando. En Noruega a nadie se le pasa por la cabeza incumplir una norma, subirse a un tranvía sin pagar o llevarse lo que no es suyo. Pese a nadar en la abundancia, después de descubrir petróleo a raudales, en Noruega no hay corrupción. Hay un fondo de pensiones para dos generaciones de noruegos cuya cifra aumenta sin parar. En Noruega el nivel de vida es estratosférico, los sueldos elevadísimos a ojos de un español y, por tanto, el viaje presenta el hándicap de ir a un lugar donde tendrás que estar en algunos momentos con el freno de mano echado. “Esto es inhumanamente caro”, ilustra un joven Erasmus gijonés, a la sazón pariente. Pero, ¿cómo no ir? Demasiado has tardado en ir a Noruega, en destino diferente, un paisaje diferente, una mentalidad diferente. Y un aire puro, maravilloso, como el agua del grifo, que sitúa el primero de los placeres en algo tan sencillo como respirar y beber agua. Los fiordos, dibujado el contexto, no son más que una anécdota, un capricho de la naturaleza interesante, pero en modo alguno su único atractivo.

Lo primero que haces al llegar a Noruega es perder la mochila y volver a encontrarla. El caso de los auriculares lo cuenta el Erasmus, el cual deja muy claro que hará todo lo posible para no abandonar Oslo en muchos años. Si deja un ordenador portátil en una sala de la Universidad, ahí se lo encuentra horas o días después. Si tiene un problema, manda un mail al departamento correspondiente y recibe la respuesta al instante. Manda otro para dar las gracias, sorprendido por la velocidad, y vuelve a recibir una contestación instantánea agradeciéndole el agradecimiento, “hasta el punto de acabar resultando un diálogo empalagoso”. Entre la Universidad noruega, dotada de todos los medios del mundo, y la Complutense, a la que pertenece este joven, media un abismo, indica, casi imposible de recorrer. Organización. Al agua cristalina, la poderosa naturaleza, los edificios vanguardistas y la nobleza del carácter se suma esta sacrosanta palabra. Los noruegos están maravillosamente organizados. Todo funciona. Todo armoniza. Sin voces, sin gritos, sin prisas. La gente es puntual, los transportes son puntuales y cada cual es totalmente profesional en lo suyo. Si llenan un bosque se costosísimas esculturas, como es Ekeberg, a nadie se le pasa por la cabeza que puede ir un cafre por la noche a meterse una en una furgoneta. La picaresca, literalmente, no existe. Los noruegos están más preocupados por reducir aún más la escasa contaminación existente. En Oslo casi no se notan los coches por la calle. Hay más tranvías y autobuses que turismos. Y pese a ello se plantean cerrar la ciudad en apenas tres años solo para el transporte público y los coches eléctricos. Ahí es nada.

Qué extraño ser así de perfecto quien tiene por antepasado a los sanguinarios vikingos, que reinaron en Europa entre los siglos V y X sin mayor ambición que ir a la guerra y a la cama con sus mujeres. Ese era su paraíso: luchar y yacer. De ahí no los sacaba nadie. Pero como todo lo humano es imperfecto y por tanto vulnerable los noruegos tienen su lado oscuro, como todos, aunque en versión reducida. El lado oscuro es el alcohol y el tabaco. Beben como vikingos. Y lo hacen además de una forma muy poco latina. Digamos, silenciosamente. Beber hasta caer doblado. Hasta el coma etílico. Quizá sea por el frío, por la escasez invernal de luz, que el noruego se dé tanto al drinking. Suponemos que no todos, pero sí un porcentaje tan preocupante como para que el estado haya tomado cartas en el asunto. La bebida está frita a impuestos, hasta el punto que una botella de vino en un restaurante no baja de los sesenta euros, una cerveza anda por los diez y una cajetilla, también por diez. Y así nuestros heroicos nórdicos se van a los duty frees de los aeropuertos y de los ferris a atiborrarse de alcoholes y tabacos varios (no pueden fumar en muchos sitios pero consumen una asquerosidad tipo chicle de nicotina). Está claro que la perfección no existe. Es común en los aviones de Noruega a España cargados de noruegos ávidos de sol que el marido pida a la azafata el surtido completo de botellines de alcohol a precio de chiste para su poder adquisitivo y la mujer añada, cuando la azafata creía que eran para compartir: “Para mí, lo mismo” (caso real). Pero incluso bañados en alcohol los noruegos tienen mucho que enseñarnos, empezando por un país espectacular cuajado de caprichos de la naturaleza en forma de fiordos, montes y lagos salpicados por bonitas casas de madera coloreada que recuerdan a las de Monopoly.

El viaje a Noruega en abril tiene peligro. La nieve será bienvenida. El sol ni te cuento. Pero, ¿y si llueve doce días seguidos? Tres días intensos en Oslo, un tren a Bergen que ofrece seis horas de ensueño, un ferry/crucero desde Bergen hasta Kirkenes, de sur a norte de Noruega durante una semana con la compañía Hurtigruten, un día en Kirkenes, un avión a Oslo de vuelta y dos días de propina en la fascinante capital constituyen el programa de viaje. Al no ser verano, el ferry no se desviará a Geirangerfjord y tampoco es el momento ideal para ir al Púlpito. Te perderás los dos fiordos más famosos de Noruega. Pero navegarás a cambio durante 2.500 kilómetros por un fiordo continuo. Todo en un solo viaje no se puede en este fascinante país de solo cinco millones de habitantes. Así queda algo para volver. Despegamos.

 

FOTOS: en la 1, aunque no se vea, hay una señora mayor haciendo ganchillo dentro del saco de dormir en la popa del barco de Hurtigruten, que sale también en la 3 llegando a un pueblín. En la 2, escultura de Oslo. En la 4, Trondheim.

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(Quince días por Sicilia 3)

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.