El Comercio
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Categoría: Viajes
En Yuste, entre Julia y Carlos V

Desde Cuacos hasta Yuste la carretera va ascendiendo hacia el pasado. El monasterio jerónimo, ocupado ahora por una orden polaca, se esconde a media ladera, dominando un amplio valle oculto entre robustos árboles. Ahí murió Carlos V el 21 de septiembre de 1558. De no haber sido así, ahora sería una absoluta ruina. Pues Yuste estuvo literalmente en ruinas entre los siglos XIX y XX. Sin embargo, una vez acabada la guerra civil, Franco debió de tener presente el ‘significado’ imperial de este precioso rincón de Cáceres y decidió su restauración integral, acometida entre 1940 y 1958. La extraordinaria serie televisiva ‘Carlos emperador’ refrescó el pasado año la historia del primer monarca español de los Habsburgo tras Felipe El Hermoso y en su capítulo final Yuste cobra un especial protagonismo, pues ahí residió Carlos los últimos diecinueve meses de su vida. Mucho tiempo, pues de sus 41 años de reinado, iniciado en 1517, solo residió siete en España, dada la lentitud de los viajes de entonces y el amplio imperio que debía gestionar.

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Retorno a Oslo

(Doce días en Noruega 9)

o1En el vuelo de regreso desde Kirkenes a Oslo; o sea, desde el más allá hasta el más acá, de la última población de Noruega, tocando ya el Polo Norte, a la capital; piensas: si se cae el avión, no es mal sitio para espichar. De todas formas, mejor que no caiga. Pero claro, al mirar por la ventanilla en el despegue, ver un paisaje blanco intercalado de pequeños lagos, fronterizo con Rusia y Finlandia a un lado y el Mar de Bering al otro, pues no puedes evitar pensar en la placidez del lugar, la paz celestial, el aire puro, la ausencia de ruido, la distancia respecto a los peores instintos del hombre ‘civilizado’, el hielo… Y todo eso, sumado a la experiencia inicial de Oslo durante tres días, el tren a Bergen y la semana embarcado en el ‘Polarlys’ de Hurtigruten, con el remate del centollo de Kirkenes, donde debería haberse rodado ‘Doctor en Alaska’… Pues la suma da como resultado una sensación de hasta aquí hemos llegado. Pero como el avión, felizmente, no cae, queda planificar dos días de propina en Oslo, origen y final de este inolvidable viaje.

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¿Doctor Zhivago en Noruega?

(Doce días en Noruega 8)

¿A quién no le seduce montarse en un trineo tirado por diez huskys en un paisaje nevado? Lo primero que viene a la mente es ‘Doctor Zhivago’ y esas maravillosas escenas nevadas rodadas por cierto en España. Sin embargo, no usa Omar Sharif exactamente este tipo de transporte, más propio de las expediciones por el Polo Norte o el Polo Sur. La experiencia de montar en trineo te la ofertan en dos paradas del viaje: Tromso y Kirkenes. La decisión inicial es hacerlo al bajarte del barco en la última parada. Pero esto tiene un defecto: el paisaje es mucho menos espectacular. De forma que optas por Tromso, pese a que la experiencia trineo se solapa con el horario que te deja el barco para ver la ciudad. Elegir es renunciar. Te empapas de Tromso desde el barco a medida que avanza por el fiordo y una vez acabada la peripecia con los huskys te quedarán cuarenta minutos para hacer un rápido recorrido por el centro urbano. ¿Y los perros?

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Noruega desde el mar (las grandes paradas de Hurtigruten)

(Doce días en Noruega, 7)

Alesund es la primera. Cuando lees las historias de cada ‘gran ciudad’ costera noruega (en realidad parecen pueblos grandes) siempre hay un incendio que lo cambió todo. Construir en madera es lo que tiene. En Alesund hubo incendio, por supuesto, en 1904. Y eso motivó una construcción homogénea que acabó por bautizarla como la ciudad del ‘art Nouveau’. Muy coqueta, muy señorial. Tiene 23.000 habitantes, pero aparenta menos, y posee la flota bacaladera mayor de Noruega. En Alesund procede subir unas empinadas escaleras (418) hasta el mirador de Kniven, desde donde se tiene una panorámica espectacular de la ciudad y del entorno marinero y montañoso. Hay dos islas frente a ella y están conectadas por túneles que, pese a su elevado coste, son gratuitos.

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Casas balneario

(Doce días en Noruega 6)

Lo primero que llama la atención en medio del paisaje costero montañoso es la existencia de casas sueltas en todas partes. Entre dos moles rocosas se abre una pequeña llanura verde, o amarilla, frente al mar y ahí se dispersa un ramillete de casas de madera tipo Monopoly. Muy curiosinas. Muy limpinas. Siempre pintadas de colores. Rojo carruaje. Amarillo mostaza. Azul pálido. Negro café. Merengue. Con los prismáticos, en ocasiones no ves ni la carretera por la que se conectan con la civilización. Debe de haberla. Pero tal parece que viven solo mirando al mar y a la pesca. A veces es una casa sola a las faldas de un monte, la cual parece vulnerable a un rugido del Mar de Noruega. Con que se levante una ola encabritada parece, desde el barco, que la engullirá con suma facilidad. Ahí están. Sin estrés. Sin civilización a su alrededor. Como si habitaran en ellas descendientes directos de los vikingos, ya refinados por el paso de los siglos, pero que nunca hayan visto la ciudad. Otro dato curioso es que no hay ruinas. Ninguna. Como si una ruina fuese a contaminar este estado perfecto de pureza nórdica: aire puro, agua helada, monte, pinares, ríos que desembocan el océano y, alguna noche especial, una aurora boreal para completar este cuadro de absoluta irrealidad.

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Hurtigruten, un barco entre fiordos

(Doce días en Noruega, 5)

Sin ninguna afición a los cruceros, la única experiencia de este tipo era la del Nilo, un viaje necesario y fascinante en una embarcación fluvial pequeña. En este caso, Hurtigruten te ofrece barcos de 120 metros (de jueguete respecto a los grandes cruceros) que en su día empezaron a funcionar como el ‘autobús’ de los

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.