El Comercio
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Categoría: Viajes
El encanto de St Andrews y el centollo fallido

(Once días en Escocia y 11)

Queda un último día en Escocia. El viaje ha cundido. El avión despega por la tarde desde Edimburgo y tú despiertas a las afueras de Dundee, donde exhiben orgullosos el famoso barco del explorador Robert Falcon Scott (unos meses atrás, en abril has visto el de Amundsen en Oslo). Dundee tiene 147.000 habitantes y dista unos cien kilómetros costeros de la capital escocesa. Habrá aún tela que cortar. La primera, St. Andrews, la preciosa ciudad universitaria famosa por ser la cuna del golf, tener una singular catedral en ruinas frente al mar y haber acogido a un tiempo al príncipe Guillermo, fíu de Lady Di, y Kate Middleton, que tomaron su primer café en la calle central, frente al complejo universitario. 

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Dunnottar, Glamis y Stone (tres castillos)

(Once días en Escocia 10)

Stonehaven es un acierto. Guarida de Piedra se llama este bonito pueblo situado al sur de Aberdeen. Cuando las autopistas se acercan a las ciudades empiezan a estar llenas de rotondas comunes para ambos sentidos. Un peligro. Y cometes el error de ir primero hacia Aberdeen, meterte en la boca del lobo con mucho tráfico y desviarte luego hacia Stonehaven siguiendo la autopista. Siempre mejor las carreteras secundarias en Escocia, salvo algún tramo concreto. El bed & breakfast es, dicho está, de revista. Todo medido al milímetro. Un casero orgulloso de su casoplón repasándote las excelencias de cada planta con un discurso que parece esté grabando en directo para la BBC. Todo perfecto, cálido, acogedor, con fotos de la feliz pareja y sus hijos adornando las escaleras, con un ventanal mirando al pueblo desde la habitación del ático y un desayuno a la carta de foto al que solo le falta el matrimonio tocando arpa y violinín. El espigado casero, con gafas y perilla, oferta el uso de un gran salón con decantador de güisqui incluido y tras una buena cena en el enésimo pub con encanto en el paseo marítimo (el Ship Inn) no dudarás en pegarle un tiento para rematar oportunamente la ruta del güisqui recorrida durante el día.

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La ruta el güisqui

(Once días en Escocia 9)

En Escocia es obligado visitar una destilería. ¿Cuál? Hombre, ya puestos, mejor en la llamada Ruta del Whisky. Con el güisqui en Escocia no se juega. Siempre te ofrecerán un güisqui puro de malta y el más básico de doce años. Lo que para nosotros el alta calidad para ellos es la base. De doce para arriba. En Oban, por ejemplo, te ponen un dedal de la marca local y te cobran 4 libras. En Portree le has dejado al camarero elegir y el muy capullo te planta un dedal de 10 libras. Luego verás que en el pub tienen ‘carta de güisquis’ con una interminable lista de marcas patrias. Estamos al norte de las Highlands en Inverness y enseguida, al salir de la ciudad rumbo a la derecha para ir cayendo hacia Edimburgo por la costa este te anuncian la Ruta del Whisky, o sea, de las destilerías.h

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Lago Ness, ni brumas ni monstruo

(Once días en Escocia, 8)

La potra a veces tiene también su lado malo. Casi todo el mundo conoce el lago Ness entre brumas, oleajes y misteriosas sombras que alimentan la chorrada marketiniana del monstruo. El tiempo en Escocia es peor que en Asturias y este lago vertical con forma de spaguetti, parecida a la de Chile, vive así: entre tinieblas, lluvias y oscuridades. ¿Con bicho? Va a ser que no. Sin embargo, lo que la muyer ha bautizado como “potra ausiniana”, de la cual ella misma se beneficia, hace que llegues al Loch Ness en un día despejado, radiante, sin apenas nubes ni avernos. Se ve el lago como si de una inocente y bella estampa se tratase y, en ese sentido, pierde su tradicional esencia. Ni anda por ahí un señor con traje de cuadros investigando un misterioso crimen ni tampoco las marabuntas de turistas del verano. Paz, sol y luz. Extraño este lago Ness de noviembre que permite la visita exclusiva a dos gijoneses y unos veinte viajeros más recorriendo su emblemático castillo en ruinas: Urkuhart.

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Diluvio en Escocia

(Once días en Escocia 6)

El objetivo de caminar el martes por Glen Coe enseguida se trunca. Llueve a base de bien. Así que quizá sea lo mejor ir despacio en coche recreándote en los paisajes espectaculares de las Highlands mientras subes desde Oban hasta la famosa Isla de Skye por la costa oeste de Escocia. Será un día duro, de diluvio y elevada tensión al voltante, pero con recompensas. Las carreteras secundarias no tienen arcén y el carril, además, es estrecho. De modo que si quieres evitar empotrarte con los camiones que vienen enfrente debes ceñirte a tu lado y a poco que te escores rozas con el altillo, como de una acera, que delimita el vial en muchos tramos. Si a esto le sumamos ir por la izquierda y tener las marchas a la izquierda, el resultado es de un desgaste cerebral importante. 

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Stirling, la conquista de William Wallace

(Once días en Escocia, 5)

Hay días adversos. Pero incluso en esos días puedes salir triunfante. El lunes 20 de noviembre amaneces con una alarma por incendio que obliga a desalojar el hotel a las 6.50 horas. Coincide la hora con la que habías puesto en el despertador del móvil. De modo que cuando suenan esos tremendos bocinazos lo primero que haces al despertar es dudar si pusiste una melodía equivocada. Lo siguiente es lo típico de un español: pensar que la alarma es un error. Pero toca salir a la calle por si las moscas. Ahí se reúnen unas treinta personas, uno en calzoncillos, otros en pijama, esperando a ver qué pasa de noche, con una frágil lluvia y un frío que pela. Unos dos o tres grados. Llegan los bomberos, supervisan y veinte minutos después permiten volver a la habitación.

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.