El Comercio
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Oslo fascinante. Oslo juro
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Adrián Ausín | 25-04-2017 | 08:43| 0

(Doce días en Noruega 3)

El adelanto del capítulo del centollo era necesario, aunque la ingesta tuviera lugar en la fase final del viaje. Los centollos, como les muyeres, siempre por delante. Si es que tienen un andar… Ahora volvemos al inicio. A la llegada a Oslo, al tren de NSB tomado en el aeropuerto tras perder y recuperar la mochila y a ese instante crítico en el que sales de la estación central de trenes y miras al entorno. Lo que ves no deslumbra, pero promete. A unos metros está la catedral y girando a la derecha, la anodina calle Storgata, por la cual llegas directo al hotel Anker, situado al lado de la bonita vereda, y paseo, de un río. Buena pinta. Oslo no es amor a primera vista, pues tiene dispersos (pero cercanos) sus atractivos. Sin embargo, cuando los has recorrido todos en los tres primeros y los dos últimos días de viaje el conjunto es espectacular.

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El centollo más caro del mundo
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Adrián Ausín | 21-04-2017 | 05:38| 2

(Doce días en Noruega 2)

El cilúrnigo de pro tiene el centollo tan impreso en su ADN que solo le falta, para culminar la simbiosis, la segregación de unas protuberancias en su estructura craneal que emulen a nuestro venerado crustáceo. Un gijonés de mediana edad que tome un centollo a la semana habrá almacenado en su organismo más de dos mil a estas alturas de su vida. En general,

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Noruega, el paraíso nevado
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Adrián Ausín | 20-04-2017 | 08:09| 3

(Doce días en Noruega 1)

En Noruega, el agua del grifo sabe a manantial. En este país de nieve, madera y cristal puedes olvidar una mochila llena de objetos de valor en el aeropuerto, junto a una concurrida máquina expendedora de billetes de tren, y encontrártela en el mismo lugar diez minutos después. Puedes olvidarte unos auriculares en ese tren y acudir al día siguiente a la oficina de la compañía, donde te estarán esperando. En Noruega a nadie se le pasa

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La Sala de Pinturas (Laboral)
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Adrián Ausín | 19-04-2017 | 07:47| 0
Ocurren cosas extrañas en esta ciudad. Imaginemos que se ocultase la existencia del Jardín Botánico o del ‘Elogio del Horizonte’ o del Café Dindurra o de la propia playa. Nadie entendería tal cosa. No cabe en ninguna sesera. Hasta hace bien poco tiempo, ocultábamos la Universidad Laboral, pese a su tamaño, por un recelo asociado a su identificación franquista. Eso quedó presuntamente superado hace unos años, cuando el Principado decidió aprovechar el monumento y llenarlo de contenidos: reformar el teatro, darle vida al recinto con universitarios, trasladar allí el Conservatorio, abrir la RTPA en el antiguo convento de las clarisas, inventarse un Centro de Arte y Creación Industrial (mal gestionado desde el inicio), promocionar las subidas a la torre, visitar las antiguas cocinas… Incluso se intentó abrir un hotel de cinco estrellas, del cual llegaron a estrenar una habitación piloto a bombo y platillo; pero esa, ciertamente, es otra historia. 
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Mierda de colores
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Adrián Ausín | 01-04-2017 | 09:40| 0

Cuesta trabajo imaginar a un cafre haciendo una pintada de nueve metros de largo y casi dos de alto entre las escaleras 10 y 11 del Muro sin que nadie se percate de la situación. La gente no quiere líos. Claro está. Y ahí reside el quid de la cuestión. La última pintada de la playa no puede hacerse en menos de un par de horas y esas suculentas multas de las que habla la Policía Nacional (de hasta 3.000 euros) nunca se pondrán si los señores agentes no pillan a nuestros artistas con las manos en la masa. Basta coger el móvil y llamar al 091 para intentar poner freno a esta desesperante ola de mierda que llena las paredes de Gijón. Pero está claro que nadie lo hace.

Tenemos por tanto no uno, sino dos problemas. Uno son los cafres. Esos que escriben Molly, Kowa, Kenke y otras mongoladas a grandes y pequeños trazos por todas las calles de la ciudad, esculturas incluidas, dejando una ‘sensación’ de impunidad y suciedad creciente. Y otro son los ciudadanos que pasan impasibles ante ellos. Da igual que pinten de madrugada. Siempre hay algún caminante en todas partes, en cuya mano está dar el aviso. De todas formas, no seamos ingenuos, la multa no será ninguna panacea, pues el cafre en cuestión será menor de edad e insolvente. Por tanto, no pagará un euro y seguirá comprando pintura para decorarnos papeleras, portales, bancos, garajes, quioscos, esculturas y todo lo que se le ponga por delante.

La solución real, sin olvidar la multa, tiene dos aristas. Una es la de largo recorrido: enviar un policía, un operario de Emulsa e incluso un escultor a cada colegio a dar clases magistrales de civismo. Otra es la verdaderamente efectiva. El cafre pillado in fraganti se pasará tres meses trabajando los fines de semana con una brigada quitapintadas actuando por las calles de Gijón. Ocho horas el sábado y ocho horas el domingo. Si no le pone entusiasmo a la tarea, será discreción del monitor de Emulsa convertir los tres meses en seis y así sucesivamente. Y si no comparece se arbitrará un paquete de medidas drásticas para que no se le pase por la cabeza hacerlo ni a él ni a su familia.

Los trabajos comunitarios son una medida aplicada desde hace largo tiempo en muchos países. Aquí, sin embargo, parece darnos un estúpido rubor implantarlos. Cierto es que el Principado ha anunciado su regulación. Pero, ¿para cuándo? De momento, mientras los políticos se desperezan y toman conciencia de cómo está Gijón (aún no ha hecho ninguno una sola declaración pública al respecto más que para responder, a la defensiva, que las pintadas en los edificios no son cosa suya), es hora de que el ciudadano ponga su granito de arena haciendo una llamada a la Policía.
Dejar el asunto en manos de la inercia, como está ahora mismo, es una catástrofe para la convivencia. En cada calle, en cada pared hay mierda. Porque eso es exactamente una pintada. Mierda de colores.

(publicado en EL COMERCIO el 31 de marzo de 2017)

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'Cantábrico'
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Adrián Ausín | 26-03-2017 | 08:24| 0

La escena del cantadero de urogallos quizá sea la más valiosa, pues se corre el peligro de no poder volver a grabarla jamás. Pero hay mil más. La del cortejo del araño a la araña con ‘ramo de flores’ incluido. La del sapo que utiliza un truco para espantar a la serpiente de collar. La del engaño de la mariposa en estado larvario a las hormigas para que la cuiden mientras engorda. La de los salmones volviendo a casa para desovar y morir. Y, por supuesto, las de las manadas de lobos y las de los oseznos jugando. Si uno sale poco de Gijón, cuando vea ‘Cantábrico’ quedará absorto al contemplar la fauna que le rodea. Cierto es que sin franquear las cuatro paredes de la ciudad ya puede ver jabalís haciendo esprints por la avenida Schulz o, hasta hace bien poco, nutrias asesinas dándose banquetes en Isabel la Católica. En el documental de Joaquín Gutiérrez Acha podrá ver, sin embargo, a todas nuestras especies en su salsa y, además, a lo largo y ancho de las cuatro estaciones. En la nieve, con maravillosas imágenes aéreas de rebecos y venados; en la primavera, cuando todo florece; en el verano hiperactivo o en la otoñada, cuando los bosques están llenos de comida.

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¡¡¡Esti ye Chema!!!
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Adrián Ausín | 17-03-2017 | 22:30| 0

Suena el teléfono móvil. ¿Quién es? «Soy Chema. El del repechín». Toca reír a mandíbula batiente. Chema ha sido obediente y tras leer la llamada del periódico para que se manifieste y desentrañe el misterio del cartel de La Provindencia donde se puede leer ‘El repechín de Chema’ se ha vestido de ciclista y se ha presentado en EL COMERCIO en horario matinal. Al no coincidir con el periodista, llama a primera hora de la tarde y, entre carcajadas, se identifica.

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El repechín de Chema
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Adrián Ausín | 10-03-2017 | 21:48| 0

Un grupo de amigos aficionados a la bicicleta decidió en 2011 homenajear a uno de sus miembros: Chema. El porqué solo lo saben ellos. Puede ser que Chema, tras subir con esfuerzo los repechos que van desde el puente del Piles hasta el alto de La Providencia, soltase en la cima unos sonoros cagamentos para festejar la gesta. Puede ser que Chema siempre ganase la carrera a sus colegas o siempre la perdiese. O sea, o era el peor o era el mejor, pero este lugar no le resultaba indiferente. La cuestión es que dicho año la pandilla tuvo a bien confeccionar, o encargar, un cartel donde se pueden ver nítidamente dos ingredientes: un ciclista dibujado y una leyenda: ‘El repechín de Chema’ escrito en letras mayúsculas. Los colegas, que están en todo, añadieron la fecha y la data: Gijón, 2011.

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A pechu descubiertu (Igor Paskual, Rodrigo Cuevas y El Brujo)
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Adrián Ausín | 06-03-2017 | 10:01| 0

Igor Paskual protagonizó la noche del viernes. Rodrigo Cuevas, la del sábado. Rafael Álvarez, El Brujo, la del domingo. El guitarra de Loquillo, a pecho descubierto. El de les madreñes, a pechu descubiertu. Y el Séneca cordobés, solo en un escenario durante cien minutos sin parar de hablar; o sea, totalmente desnudo ante 700 personas. Cuando dan ciclogénesis y no puedes huir de las Asturias monte a través, quedan los escenarios de los teatros y los garitos como refugio de invierno para buscar la ambrosía: la música, el folclore, la risa y el teatro, falsedad bien ensayada, estudiado simulacro; que dice la canción. Como nunca habías podido citarte ante ninguno de los tres mencionados artistas, el fin de semana, antipático celeste, se rebeló didáctico, divertido e incluso, por momentos, magistral.

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Ave, César
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Adrián Ausín | 04-03-2017 | 17:06| 0

En el Campo Valdés, una fresca mañana de marzo, se produce la siguiente conversación entre hombre y estatua:
–Ave, César.
–Ave, playu.
–César, tenéis un ave sobre la testa. ¿Quieres que la avente?
–No. Dejadla. Sus garras masajean mis sienes.
–¿Y si le da por deponer?

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.