El Comercio
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Noruega desde el mar (las grandes paradas de Hurtigruten)
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Adrián Ausín | 07-05-2017 | 08:54| 0

(Doce días en Noruega, 7)

Alesund es la primera. Cuando lees las historias de cada ‘gran ciudad’ costera noruega (en realidad parecen pueblos grandes) siempre hay un incendio que lo cambió todo. Construir en madera es lo que tiene. En Alesund hubo incendio, por supuesto, en 1904. Y eso motivó una construcción homogénea que acabó por bautizarla como la ciudad del ‘art Nouveau’. Muy coqueta, muy señorial. Tiene 23.000 habitantes, pero aparenta menos, y posee la flota bacaladera mayor de Noruega. En Alesund procede subir unas empinadas escaleras (418) hasta el mirador de Kniven, desde donde se tiene una panorámica espectacular de la ciudad y del entorno marinero y montañoso. Hay dos islas frente a ella y están conectadas por túneles que, pese a su elevado coste, son gratuitos.

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Casas balneario
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Adrián Ausín | 22-05-2017 | 17:30| 0

(Doce días en Noruega 6)

Lo primero que llama la atención en medio del paisaje costero montañoso es la existencia de casas sueltas en todas partes. Entre dos moles rocosas se abre una pequeña llanura verde, o amarilla, frente al mar y ahí se dispersa un ramillete de casas de madera tipo Monopoly. Muy curiosinas. Muy limpinas. Siempre pintadas de colores. Rojo carruaje. Amarillo mostaza. Azul pálido. Negro café. Merengue. Con los prismáticos, en ocasiones no ves ni la carretera por la que se conectan con la civilización. Debe de haberla. Pero tal parece que viven solo mirando al mar y a la pesca. A veces es una casa sola a las faldas de un monte, la cual parece vulnerable a un rugido del Mar de Noruega. Con que se levante una ola encabritada parece, desde el barco, que la engullirá con suma facilidad. Ahí están. Sin estrés. Sin civilización a su alrededor. Como si habitaran en ellas descendientes directos de los vikingos, ya refinados por el paso de los siglos, pero que nunca hayan visto la ciudad. Otro dato curioso es que no hay ruinas. Ninguna. Como si una ruina fuese a contaminar este estado perfecto de pureza nórdica: aire puro, agua helada, monte, pinares, ríos que desembocan el océano y, alguna noche especial, una aurora boreal para completar este cuadro de absoluta irrealidad.

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Hurtigruten, un barco entre fiordos
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Adrián Ausín | 01-05-2017 | 07:10| 0

(Doce días en Noruega, 5)

Sin ninguna afición a los cruceros, la única experiencia de este tipo era la del Nilo, un viaje necesario y fascinante en una embarcación fluvial pequeña. En este caso, Hurtigruten te ofrece barcos de 120 metros (de jueguete respecto a los grandes cruceros) que en su día empezaron a funcionar como el ‘autobús’ de los

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El hombre del momento
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Adrián Ausín | 28-04-2017 | 18:56| 0

No va de broma. Rodrigo Cuevas, ese ovetense rural con bigote de Freddie Mercury y madreñes, es el hombre del momento. Su cotización en Bolsa sube como la espuma y su gira ‘El mundo por montera’ arrasa. La presentó en marzo en la Laboral ante un teatro repleto de fans que casi se viene abajo. Luego tocó en Bilbao, San Sebastián, Mieres y León. Y la próxima semana

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En tren a Bergen
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Adrián Ausín | 27-04-2017 | 08:11| 0

(Doce días en Noruega, 4)

Para llegar a Bergen hay que subirse al tren. Nadie te prohíbe ir por carretera, pero el Oslo-Bergen ferroviario, con NSB, es una de las once recomendaciones que hace Lonely Planet de Noruega y eso es por algo. El viaje dura seis horas y media, por ejemplo, de 8.25 a 14.55. Y se hace corto. El trazado es totalmente montañoso. Montes, lagos, pueblos, una estación de esquí, donde se bajan un montón de capitalinos que van incluso con las botas puestas (ojo, a tres horas y media, mucho para ir solo de sábado a domingo)… Es un viaje relajante. Esa noche, a las 10.30, zarparás en el barco

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Oslo fascinante. Oslo juro
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Adrián Ausín | 25-04-2017 | 08:43| 0

(Doce días en Noruega 3)

El adelanto del capítulo del centollo era necesario, aunque la ingesta tuviera lugar en la fase final del viaje. Los centollos, como les muyeres, siempre por delante. Si es que tienen un andar… Ahora volvemos al inicio. A la llegada a Oslo, al tren de NSB tomado en el aeropuerto tras perder y recuperar la mochila y a ese instante crítico en el que sales de la estación central de trenes y miras al entorno. Lo que ves no deslumbra, pero promete. A unos metros está la catedral y girando a la derecha, la anodina calle Storgata, por la cual llegas directo al hotel Anker, situado al lado de la bonita vereda, y paseo, de un río. Buena pinta. Oslo no es amor a primera vista, pues tiene dispersos (pero cercanos) sus atractivos. Sin embargo, cuando los has recorrido todos en los tres primeros y los dos últimos días de viaje el conjunto es espectacular.

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El centollo más caro del mundo
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Adrián Ausín | 21-04-2017 | 05:38| 2

(Doce días en Noruega 2)

El cilúrnigo de pro tiene el centollo tan impreso en su ADN que solo le falta, para culminar la simbiosis, la segregación de unas protuberancias en su estructura craneal que emulen a nuestro venerado crustáceo. Un gijonés de mediana edad que tome un centollo a la semana habrá almacenado en su organismo más de dos mil a estas alturas de su vida. En general,

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Noruega, el paraíso nevado
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Adrián Ausín | 20-04-2017 | 08:09| 3

(Doce días en Noruega 1)

En Noruega, el agua del grifo sabe a manantial. En este país de nieve, madera y cristal puedes olvidar una mochila llena de objetos de valor en el aeropuerto, junto a una concurrida máquina expendedora de billetes de tren, y encontrártela en el mismo lugar diez minutos después. Puedes olvidarte unos auriculares en ese tren y acudir al día siguiente a la oficina de la compañía, donde te estarán esperando. En Noruega a nadie se le pasa

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La Sala de Pinturas (Laboral)
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Adrián Ausín | 19-04-2017 | 07:47| 0
Ocurren cosas extrañas en esta ciudad. Imaginemos que se ocultase la existencia del Jardín Botánico o del ‘Elogio del Horizonte’ o del Café Dindurra o de la propia playa. Nadie entendería tal cosa. No cabe en ninguna sesera. Hasta hace bien poco tiempo, ocultábamos la Universidad Laboral, pese a su tamaño, por un recelo asociado a su identificación franquista. Eso quedó presuntamente superado hace unos años, cuando el Principado decidió aprovechar el monumento y llenarlo de contenidos: reformar el teatro, darle vida al recinto con universitarios, trasladar allí el Conservatorio, abrir la RTPA en el antiguo convento de las clarisas, inventarse un Centro de Arte y Creación Industrial (mal gestionado desde el inicio), promocionar las subidas a la torre, visitar las antiguas cocinas… Incluso se intentó abrir un hotel de cinco estrellas, del cual llegaron a estrenar una habitación piloto a bombo y platillo; pero esa, ciertamente, es otra historia. 
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Mierda de colores
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Adrián Ausín | 01-04-2017 | 09:40| 0

Cuesta trabajo imaginar a un cafre haciendo una pintada de nueve metros de largo y casi dos de alto entre las escaleras 10 y 11 del Muro sin que nadie se percate de la situación. La gente no quiere líos. Claro está. Y ahí reside el quid de la cuestión. La última pintada de la playa no puede hacerse en menos de un par de horas y esas suculentas multas de las que habla la Policía Nacional (de hasta 3.000 euros) nunca se pondrán si los señores agentes no pillan a nuestros artistas con las manos en la masa. Basta coger el móvil y llamar al 091 para intentar poner freno a esta desesperante ola de mierda que llena las paredes de Gijón. Pero está claro que nadie lo hace.

Tenemos por tanto no uno, sino dos problemas. Uno son los cafres. Esos que escriben Molly, Kowa, Kenke y otras mongoladas a grandes y pequeños trazos por todas las calles de la ciudad, esculturas incluidas, dejando una ‘sensación’ de impunidad y suciedad creciente. Y otro son los ciudadanos que pasan impasibles ante ellos. Da igual que pinten de madrugada. Siempre hay algún caminante en todas partes, en cuya mano está dar el aviso. De todas formas, no seamos ingenuos, la multa no será ninguna panacea, pues el cafre en cuestión será menor de edad e insolvente. Por tanto, no pagará un euro y seguirá comprando pintura para decorarnos papeleras, portales, bancos, garajes, quioscos, esculturas y todo lo que se le ponga por delante.

La solución real, sin olvidar la multa, tiene dos aristas. Una es la de largo recorrido: enviar un policía, un operario de Emulsa e incluso un escultor a cada colegio a dar clases magistrales de civismo. Otra es la verdaderamente efectiva. El cafre pillado in fraganti se pasará tres meses trabajando los fines de semana con una brigada quitapintadas actuando por las calles de Gijón. Ocho horas el sábado y ocho horas el domingo. Si no le pone entusiasmo a la tarea, será discreción del monitor de Emulsa convertir los tres meses en seis y así sucesivamente. Y si no comparece se arbitrará un paquete de medidas drásticas para que no se le pase por la cabeza hacerlo ni a él ni a su familia.

Los trabajos comunitarios son una medida aplicada desde hace largo tiempo en muchos países. Aquí, sin embargo, parece darnos un estúpido rubor implantarlos. Cierto es que el Principado ha anunciado su regulación. Pero, ¿para cuándo? De momento, mientras los políticos se desperezan y toman conciencia de cómo está Gijón (aún no ha hecho ninguno una sola declaración pública al respecto más que para responder, a la defensiva, que las pintadas en los edificios no son cosa suya), es hora de que el ciudadano ponga su granito de arena haciendo una llamada a la Policía.
Dejar el asunto en manos de la inercia, como está ahora mismo, es una catástrofe para la convivencia. En cada calle, en cada pared hay mierda. Porque eso es exactamente una pintada. Mierda de colores.

(publicado en EL COMERCIO el 31 de marzo de 2017)

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Sobre el autor Adrián Ausín
Adrián Ausín (Gijón, 1967) es periodista. Trabaja en el diario EL COMERCIO desde 1995. Antes, se inició en la profesión en Bilbao, Sevilla y Granada. Sus aficiones apuntan en muchas direcciones: naturaleza, bricolaje, viajes, fotografía, cine y literatura. Todo ello con epicentro en Gijón.