Como mínimo, la mudanza de Rosa Aguilar de la alcaldía de Córdoba (Izquierda Unida) a la Consejería de Obras Públicas de la Junta de Andalucía (PSOE), efectuada directamente, así, de golpe, sin anestesia, parece un acto antiestético. Todo el mundo tiene derecho a cambiar de empleo (si puede), de opinión, de partido político, de religión, de marido o de esposa y hasta de equipo de fútbol, (salvo desertar ahora, precisamente ahora, del Sporting), faltaría más, pero digamos que es exigible siempre guardar las formas, algo que no ha hecho la ex alcaldesa de la ciudad de los califas.
Se argüirá que no se trata del primer caso de cambio de sitio político efectuado en el mismo sentido, y es cierto. Ese tipo de operación ha abundado en los últimos 30 años (en los 30 ó 40 anteriores lo frecuente era que se produjera al revés, es decir, por el carril de sentido inverso al utilizado por la tránsfuga andaluza), pero en el ámbito global de la izquierda -en la derecha era otra cosa, recuérdese la masiva metamorfosis de ucedeos en súbditos de Fraga- se guardaban las formas. Quiero decir que antes de saltar la valla ideológica existente entre el origen y los postulados socialdemócratas solía haber una temporada de meritoriaje, a la intemperie política, que para el político vocacional -o profesional- debe de ser francamente incómoda desde el punto de vista práctico. Ahora no, ahora Rosa Aguilar salta de un despacho oficial a otro, de un coche oficial a otro, con toda naturalidad, como si la operación no fuera un alarde de desfachatez.
Porque la señora Aguilar está en su derecho de mirar con desconfianza el porvenir de Izquierda Unida, pero sus votantes de Izquierda Unida, cuyos sufragios la llevaron al confortable despacho de la alcaldía cordobesa, están legitimados para acusarla de malversación de votos, porque no la eligieron para medrar políticamente, para mejorar su currículo con vistas a integrarse en la gran casa común, sino para que cumpliera los cuatro años de mandato en la ejecución de la política de Izquierda Unida, en el cumplimiento de las promesas que ella misma les había hecho en la campaña electoral y dieron pie a que recibiera los votos que la auparon al sillón de alcaldesa.
El caso evidencia que el sistema electoral es perverso, porque permite estas cosas y otras aún peores. Rosa Aguilar ha demostrado tener convicciones poco firmes y ha traicionado a su electorado, pero por hacerlo solo sufre -y le traerá sin cuidado-la reconvención moral del espectador imparcial que contempla el trasiego. Nada más. La perversidad del sistema hace a los parlamentarios o concejales dueños de sus escaños, por eso de que no están sujetos a mandato imperativo, a pesar de que han sido elegidos en una lista cerrada y bloqueada, y en función de su colocación en esa lista, no por los méritos individuales de cada candidato o candidata. De ahí viene el transfuguismo, que es legal y distorsiona los resultados electorales. Quien no pinta nada, una vez cerradas las urnas, es el votante, el ciudadano corriente y confiado, que cree en las promesas de los candidatos, los vota y apuntala el sistema. El contrato no escrito entre elector y elegido lo incumple este al cambiar de siglas políticas y nadie puede exigirle cuentas legalmente. Por eso a gente como Rosa Aguilar no sería recomendable comprarle un coche de segunda mano (porque te vendería una moto, cualquier moto, la de su derecho a cambiar de posición política, por ejemplo.Ya).