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José María Urbano

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BOMBAS DE RELOJERÍA

Las muertes del exiliado cubano Mario Tagle y Babé y del sacerdote José Luis Argüelles nos evocan en Avilés tiempos en los que hubo que pelear por las libertades

 

Con tan sólo cuatro días de diferencia han fallecido dos personas que por diferentes motivos dejaron huella en Avilés. Se trata del sacerdote José Luis Argüelles, el primer párroco del barrio de La Luz, y Mario Alberto Tagle y Babé, un doctor en Derecho cubano que llegó a nuestra ciudad obligado por un exilio indirectamente impuesto por el régimen castrista.

 

 
Tagle y Babé (La Habana, Cuba, 1925) fue compañero de Fidel Castro en la Facultad de Derecho y ocupó alguno de los puestos más importantes del régimen castrista, en concreto en la Fiscalía General, siendo además colaborador directo del Che Guevara. Su paulatino distanciamiento de la Revolución vivió su punto álgido cuando Mario Tagle fue designado abogado defensor del coronel Orlando Castañeda, uno de los acusados en la conocida ‘Causa número 2 de 1989’, que se siguió en agosto de ese año contra el general José Abrantes, ministro del Interior, y demás miembros de la jefatura de ese ministerio, poco después de que cuatro oficiales de las Fuerzas Armadas, entre ellos el general Arnaldo Ochoa, fueran pasados por lar armas por decisión del tribunal militar que los acusó y juzgó por facilitar supuestamente el trasiego de seis toneladas de cocaína del cártel de Medellín.

 

 
Tagle y Babé defendió con el ardor con el que le conocimos aquí años más tarde al coronel Castañeda (hay un vídeo en youtube en donde puede verse su intervención) y tras mostrarse contrariado con la decisión de fusilar al general Arnaldo Ochoa, –«una de las cosas más injustas que yo he visto en mi vida», me llegó a señalar en alguna ocasión–, recibió un «aviso» de amigos suyos de que iban a ir a por él y que su vida corría peligro. Y Mario Tagle lo abandonó todo, su familia, sus amigos, su país, su trabajo, para iniciar una nueva vida que concluyó el pasado domingo en nuestra tierra.

 

 

 

 

 

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El jurista cubano llegó a la Redacción de LA VOZ DE AVILÉS en 1994, entró en mi despacho con la educación que le distinguía y me pidió la publicación de una carta en donde quería hablar del régimen castrista, carta que lógicamente fue publicada por el director. Sería el primero de una larga serie de escritos en los que Mario A. Tagle siempre defendía la legalidad y denunciaba cualquier cosa que no se ajustara a la ley. Pero en aquel primer encuentro ya se mostró dispuesto a relatar su peripecia personal y sus circunstancias como exiliado político. Se quedó con él, nos trajo un montón de fotografías –con Fidel, con el Che Guevara– y una jovencísima Carmen Santos le hizo un extraordinario reportaje a doble página que publicamos un domingo. Desde entonces, Carmen Santos se convirtió en uno de los grandes apoyos que tuvo Mario en Avilés, como recordábamos el pasado martes en el cementerio de Tuña en el funeral en el que ella también quiso estar presente para mostrarle así su cariño.

 

 


Sin pretenderlo, Mario se convirtió en una «bomba de relojería» para los intereses de Cuba y para determinados círculos que en Avilés se encargaban, más antes que ahora, de ‘vender’ los logros de la Revolución. Para el Gobierno de la isla comenzaron a provocar más de un dolor de cabeza los escritos de denuncia del jurista exiliado y además que hubiera un periódico, éste, que los acogiera exactamente igual que se hacía con los de cualquier otra persona.

 

 
Hay una anécdota que lo explica bien. En 1994, en el mes de septiembre u octubre, yo había solicitado a la Embajada de Cuba una visa de periodista para poder viajar a La Habana para cubrir en noviembre el viaje oficial del presidente del Principado, Antonio Trevín, un visado que posteriormente debería tramitar el Consulado de Cuba para Galicia, Asturias y Cantabria, con sede en Santiago de Compostela. Un mes antes, Juan Wes, director de LA VOZ en aquel momento, recibió una llamada para anunciarle que el cónsul de Cuba quería visitar el periódico. Desde luego no era muy habitual una visita así. El cónsul llegó a última hora de la tarde. Se trataba de una persona afable, muy educada, muy ‘diplomática’, que enseguida entró en harina, sin perder la sonrisa en ningún momento. Le extrañaba a él y a su Gobierno que el periódico diera cabida a un personaje como Mario Tagle, aunque el propio Juan Wes, también con la sonrisa puesta, le recordó que estábamos en un país libre, con una prensa libre, y que por lo tanto no veía motivo para rechazar los escritos del exiliado. El cónsul siguió sonriendo pero dejó caer, dirigiéndose a mí, que a lo mejor «podría surgir algún problema» con el visado que se me estaba tramitando en el consulado. No pasó de una anécdota, hubo visado y la estancia en Cuba se desarrolló sin ninguna incidencia, bien al contrario, el trato siempre fue exquisito.

 

 
Tras aquella experiencia, nunca entendimos en el periódico que en Avilés algunas personas criticaran abiertamente a Mario Tagle por su denuncia constante, simplemente porque es difícil asimilar que, por cuestiones ideológicas, impere más la consigna política que la comprensión hacia una persona que lo dejó todo en su país, hasta una posición relevante, para llegar a otra nación desconocida, en donde tuvo que vivir casi en la indigencia, vendiendo periódicos en la calle –’Sin techo’ y ‘Transeúntes’– para poder sobrevivir, junto con la ayuda de algunos amigos, entre los que destacó el empresario José Luis Zapico, que fue el que le procuró un cobijo.

 

 
Cuatro días antes había fallecido en Oviedo el sacerdote José Luis Argüelles (Gijón, 1924), el primer párroco que tuvo el barrio de La Luz, a donde llegó en 1963, y en donde tuvo que partir, no de cero, sino de una situación muy complicada en un barrio nuevo, con miles de personas llegadas de todos los puntos de la geografía nacional y con miles de jóvenes. Y sin nada: la iglesia se mantuvo durante años en los bajos de una de las viviendas de la Plaza de Alvarado, en donde él también tenía su piso. Hablar de enseñanza, sanidad o instalaciones culturales y deportivas era una quimera en aquel momento.

 

 
El sacerdote hizo una labor extraordinaria, simplemente ayudando a estructurar en buena medida un barrio con mucha más mala fama de la que le correspondía. Consiguió la iglesia nueva, creó grupos de trabajo de mayores y de jóvenes, pero siempre tuvo una espina clavada: la imposibilidad de poner en la órbita de la parroquia a los jóvenes del Club Juvenil, otra ‘bomba de relojería’ de 600 miembros que contando con la ayuda inestimable de Fran Lorente como responsable de los servicios sociales de Ensidesa, mantuvo siempre su independencia. Pese a los intentos, en el club no pudieron entrar ni la Iglesia –pese a que llegó a intervenir hasta el Obispado–, ni la Asociación de Cabezas de Familia, ni la OJE, ni ningún organismo que impidiera que aquel club se viera imbuido por un espíritu de libertad en el que la formación y el entretenimiento eran sus grandes objetivos, hasta convertirlo en uno de los clubs juveniles más importantes de Asturias.

 

 
Dos personas, dos muertes recientes, que nos evocan tiempos en los que hubo que defender la libertad. No está mal recordarlo ahora frente a algunos ‘salvadores de no se sabe qué’ que piensan que todo vino regalado y que incluso lo critican.
* jmurbano@lavozdeaviles.es

 

Publicado en La Voz de Avilés-El Comercio el día 18 de febrero de 2018

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Sobre el autor

José María Urbano. Periodista. Jefe de Redacción de La Voz de Avilés-El Comercio. El relato de los hechos y los fundamentos de la opinión sólo pueden tener su base en el poder de los datos. En un mundo en el que imperan los clics, los shares, las notas teledirigidas, las ruedas de prensa sin preguntas y las declaraciones huecas en busca de un titular, hay que reivindicar el periodismo hecho por profesionales. Política, economía, cultura, deportes... la vida en general, tienen cabida en este espacio que pretende ir más allá de la inmediatez, la ficción y el ruido que impera apoyado en las redes sociales. El periodismo es otra cosa.

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