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LAS COSAS DEL QUERER

El centro de I+D de Avilés y la acería LD III, claves para que ArcelorMittal no toque a Asturias en las desinversiones que tiene que hacer para la compra de la italiana Ilva

 
En mayo de 2017 esta sección dominical desveló que Lakshmi Mittal, el magnate indio propietario del grupo líder mundial de la siderurgia, había dedicado buena parte de su discurso de presentación de resultados ante los directores generales de ArcelorMittal a destacar que buena parte del futuro de la compañía pasará por todo lo que se está investigando y planteando entre las paredes del Centro de Desarrollo Tecnológico de Avilés que dirige Nicolás de Abajo.

Hoy, casi un año después, la compañía, la familia Mittal, acaba de redoblar esa apuesta por Asturias al dejarla al margen del proceso de desinversión a la que le ha obligado la Dirección General de la Competencia de la Unión Europea para que pueda llevar a cabo la compra de la planta integral italiana de Ilva (Taranto, con sede en Milán). Una exigencia que obliga al gigante siderúrgico a deshacerse antes del 23 de mayo próximo de nada menos que de seis factorías europeas para evitar así una posición dominante en el mercado. (Ver en LA VOZ DE AVILÉS-EL COMERCIO del miércoles 18, página 37, la información de Susana Baquedano).

Para tratar de hacer una aproximación al valor real de esta decisión no queda más remedio que recordar algunos datos que son los que nos van a dar la medida exacta y el significado de esa nueva apuesta por Asturias.

Edificio del Centro de DesarrolloTecnológico con el Niemeyer al fondo. Foto Marieta

Edificio del Centro de DesarrolloTecnológico con el Niemeyer al fondo. Foto Marieta

Cuando el 25 de junio de 2006 Mittal compra Arcelor por 27.000 millones de euros, los analistas españoles –y hasta los directivos de la siderúrgica nacional– coincidieron en que España había tenido mala suerte en todo el proceso de privatización de la antigua Ensidesa. Tras la gravísima crisis del inicio de los 90, la compra por parte de Arbed había supuesto un inimaginable «estado de bienestar» de la siderurgia española, que se complementaba a la perfección con su nuevo «propietario», sin hacerse la competencia (productos planos para España, largos para Luxemburgo). Pero ya dice el refrán que la alegría dura poco en la casa del pobre, y cuando en febrero de 2001 se anunció por este periódico, en exclusiva mundial, la gran fusión siderúrgica entre Arbed, el mastodóntico francés Usinor y Aceralia las perspectivas de futuro para el más débil, en este caso España, hizo que todo el mundo entrara en depresión en nuestro país. Nadie nos ha contado las enormes dificultades que hubo para echar a rodar aquella colosal tarea de modernizar una compañía lastrada por el gigantismo de la empresa pública francesa, pero cuando se empezaba a ver la luz llegó la familia Mittal para demostrar que la nueva Arcelor estaba valorada muy por debajo de su verdadero potencial y los iniciales 18.600 millones de euros encima de la mesa sirvieron para provocar el mayor terremoto conocido en la siderurgia mundial.

Ante la nueva perspectiva empresarial, con la familia Mittal como propietaria, España se dio cuenta de que definitivamente era el pariente pobre de aquel nuevo conglomerado. Francia era mucha Francia –la eterna ‘grandeur’ gala– y a nadie se le ocurriría pensar que iba a salir perjudicada de aquella opa hostil, más tarde aceptada. Luxemburgo se curó en salud y pidió nada menos que la sede social, es decir, la parte financiera. Y a partir de ahí, a España le tocaba esperar.

Hoy, doce años después, ArcelorMittal compra la planta italiana de Ilva y la Dirección General de la Competencia de la Unión Europea provoca una auténtica convulsión cuando obliga a la compañía siderúrgica a desinvertir nada menos que en seis plantas, que a partir del 23 de mayo tendrán que haber cambiado de manos. Un seísmo que pasa de largo por España, por Asturias, que es donde se encuentra el corazón siderúrgico español.

Impensable. Hagamos cuentas. ArcelorMittal se desprende de la única planta que le quedaba ¡a Luxemburgo!, en donde está su sede social. La factoría de Dudelange tendrá en mayo un nuevo propietario, pese a ser uno de los emblemas de la economía del Gran Ducado, tercera empresa del país tras Post Luxembourg, de telecomunicaciones, y CFL, de transporte ferroviario. Y ello pese a que ArcelorMittal construye en este momento una nueva sede social, tras haber vendido en su día la histórica sede de la Avenue de la Liberté y de haber ocupado como inquilino un céntrico inmueble de oficinas. Pero a pesar de todo se desprende de su icono productivo en ese país.

Lo mismo podemos decir de Bélgica, en donde ArcelorMittal prescinde sin ningún miramiento de su planta de Lieja. La misma sorpresa que produce el que haya incluido entre los «descartes» la planta de Ostrava, República Checa, en donde en plena crisis había logrado incrementar su producción en un 40 por ciento. La lista se completa con las instalaciones de Galati (Rumanía), Piombino (Italia) y Skopje (Macedonia).

Y la pregunta sale sola. ¿Y por qué no España? ¿Por qué no se toca a Asturias? Es más, no solamente no se ve afectada por la exigencia de la UE, sino que ArcelorMital asume en este momento en Asturias la inversión más potente de todo el continente. Y ello pese a tener en Madrid el gobierno europeo más débil en la defensa de la siderurgia en general y de la industria en particular –¿habrá que recordar lo que está pasando con el precio de la energía?–, frente a competidores como Francia, Alemania o Italia, que no tienen inconveniente en plantarse ante Bruselas y mostrar su rechazo a que la Dirección General de la Competencia esté invadiendo cada día más lo que son las directrices y objetivos empresariales.

¿Por qué Asturias se salva de esta quema? Hay varias razones: la competitividad de una planta integral Avilés-Gijón, al lado de un puerto como El Musel para la recepción de graneles; instalaciones que han sido modernizadas y que atienden sectores vitales de la economía nacional y europea, como son el automóvil y la construcción, en el que se incluye el carril para proyectos internacionales como el de los trenes de alta velocidad; una cultura industrial en la región y como consecuencia una mano de obra cualificada; unos sindicatos que demostraron históricamente su capacidad para negociar y hasta para plantear soluciones cuando surgieron problemas en algunos sectores concretos (Plan Arco, que salvó los Largos de Gijón, como modelo. Y que seguramente lo harán ahora con la problemática del tren de chapa. Un tema complejo al que le ha salido un competidor dificilísimo precisamente en la italiana Ilva).

Y sobre todo, las dos ‘razones’: la acería LD III de Avilés, posiblemente la más moderna y más competitiva de Europa cuando concluya la segunda fase de inversiones, y el centro de I+D de Avilés, convertido en un referente mundial para la compañía. Con dos nombres propios: Nicolás de Abajo y Gregory Ludkosvki. El primero, el ‘talento’ de la I+D de la siderurgia mundial, el hombre que contagia su entusiasmo, su saber y su afán de superación a los equipos de los cinco continentes. El segundo, vicepresidente de ArcelorMittal, máximo responsable mundial de I+D de la compañía, y definitivamente un enamorado de Avilés, como ha demostrado con creces. Ellos son la clave, con el respaldo inequívoco de la familia Mittal. Y lo mejor es que nos van a seguir dando alegrías. Lo comprobaremos más pronto que tarde.

Publicado en La Voz de Avilés-El Comercio el día 22 de abril de 2018

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Sobre el autor

José María Urbano. Periodista. Jefe de Redacción de La Voz de Avilés-El Comercio. El relato de los hechos y los fundamentos de la opinión sólo pueden tener su base en el poder de los datos. En un mundo en el que imperan los clics, los shares, las notas teledirigidas, las ruedas de prensa sin preguntas y las declaraciones huecas en busca de un titular, hay que reivindicar el periodismo hecho por profesionales. Política, economía, cultura, deportes... la vida en general, tienen cabida en este espacio que pretende ir más allá de la inmediatez, la ficción y el ruido que impera apoyado en las redes sociales. El periodismo es otra cosa.

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