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Fecha: noviembre, 2013
Geografía del abandono
Luis Arias Argüelles-Meres 27-11-2013 | 11:21 | 0

El caciquismo viene de abajo arriba. Es un arrecife de coral.”. (Azaña)

Imagine el lector del centro de Asturias un viaje para iniciarse en el conocimiento del occidente de esta tierra. Pongamos que se sitúa en Grao (sin la “d” intervocálica) y que se encamina, como en su momento hizo Jovellanos, a Belmonte de Miranda. Se encontrará muy cerca de la villa con una placa que testimonia el paso del ilustrado. Estoy por asegurar que se sorprenderá al percatarse de que el viaje no es tan largo como pensaba. Y no me cabe ninguna duda de que le invadirá una fuerte melancolía al comprobar tanto el desaprovechamiento de estas vegas como el deprimente aspecto que presentan las obras paralizadas del tramo de autovía entre Doriga y Cornellana. Pilastras que nada sostienen y que, a medida que el tiempo avance, se irán deteriorando.
Demos un paso más allá y planteemos la hipótesis de que ese viajero, tras la agridulce experiencia del viaje, agria por el abandono, dulce por la belleza y fertilidad de estos parajes, decide interesarse por la casuística que llevó a esta geografía del abandono.
Dos fuentes de investigación elementales: hablar con la gente e introducirse en las hemerotecas. De la primera de ellas, obtendrá, como es de todo punto previsible, interpretaciones encontradas, en este caso, entre la resignación ante el abandono y las promesas incumplidas, hasta la desesperación creciente ante lo que viene sucediendo. De la segunda, saldrá indignado al comprobar la cantidad de mentiras que se vinieron diciendo: asegurar que la autovía de la Espina estaría concluida “en el horizonte de 2009” y que el Monasterio de Cornellana se encontraría totalmente rehabilitado en el presente 2013. Acerca de lo primero, Pepiño Blanco paralizó esa autovía en el verano de 2010 y suspendió las obras de la segunda calzada entre Salas y la Espina. Lo único que se hizo desde entonces fue poner en marcha la primera calzada entre Salas y la Espina. Y, con respecto al Monasterio de Cornellana, para mayor baldón, no sólo están las promesas incumplidas, sino también el dato de que las partidas presupuestarias habían sido aprobadas, aunque no se haya movido ni una sola teja.
Otro añadido nada baladí: si lo que se prometió desde afuera fue una continua sucesión de falacias, la política que se vino haciendo puertas adentro, con Alcaldes en la mayor parte de los casos perpetuados en el poder, haciendo del paternalismo caciquil la política nuestra de cada día, no es menos lesiva y deprimente.
Adéntrese en el occidente astur, para bañarse de melancolía e indignación, para encontrar el escenario pintiparado de lo que pudo haber sido y no fue, para comprobar las consecuencias del aislamiento exterior e interior. Y para llegar a la conclusión de que urge llevar a cabo la madre de todas las reconversiones, esto es, la de la mal llamada clase política.

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El día en el que el Café Dindurra dijo su adiós
Luis Arias Argüelles-Meres 26-11-2013 | 12:01 | 1

No tardó en cubrir mi frente una nube de melancolía, pero de aquellas melancolías de que sólo un liberal español en estas circunstancias pueda formar una idea aproximada» (Larra).

 

Entre Trubia y Oviedo, a la salida de un túnel de la inconclusa autovía de la Espina, el arco iris compareció instantáneamente, efímera alegría en una jornada plúmbea. Tarde fría y lluviosa, la del día en que se cerró el Café Dindurra. Al llegar a Gijón, ¿cómo no recordar a Jovellanos que tantas veces habrá sentido en su frente la nube de melancolía de la que habló Larra, adelantándose a los liberales que durante casi todo el siglo XIX y primeras décadas del XX hicieron de su vida un insobornable e irrenunciable empeño por un país más justo y menos desigual, más culto y menos fragmentado socialmente? Empeño que nada tiene que ver con algunos de los que ahora se proclaman liberales y que, sin embargo, son herederos del absolutismo y las cadenas.
Confieso que me invadió la melancolía, vivencia agridulce recordando lo mucho que disfruté en el viejo Café. Allí, la imaginación se ponía en marcha, pues el marco y el cuadro resultaban pintiparados para ello. No pude dejar de preguntarme si ese cierre era un mensaje más que daba cuenta del fin de una época en la que establecimientos del empaque del Dindurra tuvieron un protagonismo en la vida social y literaria que iba mucho más del ocio, o, en todo caso, que allí el ocio, como en la Grecia clásica, tuvo una fecundidad asombrosa. Es insoslayable que en la intrahistoria contemporánea de Gijón el Dindurra ocupa un lugar privilegiado.
No deja de ser llamativo que tan infortunado lance hubiese tenido lugar en uno de esos frecuentes días en los que el clima convierte el paisaje astur, tanto urbano como rural, en escenario de ensimismamiento y melancolía, cuando la tristeza nos busca huyendo acaso de su tremenda soledad.
Por su parte, la vida pública asturiana tampoco imprimía mayor velocidad a las nubes viajeras para que dejasen espacio a claridades y certezas. Rotas, al menos, de momento, las negociaciones sobre el presupuesto para 2014 entre el Gobierno autonómico y uno de sus aliados, nos encontramos ante una encrucijada en la que no es fácil atisbar salida.
Y es en semejantes situaciones cuando necesitamos tocar algo firme para no perdernos en ingravideces melancólicas. Cerramos los ojos y no podemos no imaginarnos a Jovellanos frente a su mar Cantábrico y también frente al mar que tenía en su confinamiento en Bellver, implorando las luces de la clarividencia.
De regreso a Lanio, ya de anochecida, persistente lluvia y el verde del paisaje se volvía grisáceo y fantasmagórico. ¿Saludaba la tristeza a la tarde, o la tarde a la tristeza? Tersa, pasajera y silente tristeza que, sin embargo, nunca silenciará el bullicio que hubo en el Café Dindurra. Allí, como en el inolvidable verso de Blas de Otero, siempre quedará la palabra, la luminosa palabra que a menudo acierta y da esplendor.

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