El Comercio
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Fecha: enero, 2014
Querida memoria
Luis Arias Argüelles-Meres 31-01-2014 | 1:10 | 0

 

 

Hay días para la memoria, días en los que una noticia, una anécdota o una mera asociación de imágenes hacen que nuestro cinematógrafo interior ponga en marcha, de forma fragmentaria, una parte de la inacabada y caótica película que hemos ido almacenando. Hay días para la evocación de personas con las que hemos perdido el contacto hace tiempo y, desde el hondón de Dios sabe cuántos y qué recordatorios, imploramos que su relato se amplíe a sabiendas de que nunca se completará.

¿Cómo no recordar a aquella legendaria amiga, de familia bien y temerosa de Dios, que los domingos, según me contaba, cuando se emitía el primer telediario, escuchaba en silencio los comentarios píos de su madre y patrióticos de su padre, mientras ella digería de muy distinta manera lo que iban contando aquellos bustos parlantes?

¿Cómo no recordarla, digo? Estudiante de historia que, tan pronto alcanzó la mayoría de edad, se fue de su casa y en aquellas interminables noches de tertulias, copas y confidencias, aludía siempre a lo que le habían transmitido las monjas e impuesto sus progenitores?

¿Cómo no recordarla en aquellos primeros años de la transición cuando aludía a aquellos “actos de afirmación nacional” que guardaban relación con las encendidas arengas de Blas Piñar, personaje muy respetado y mentado en su casa?

¿Afirmación nacional, cuando se le negaba cualquier  derecho a la España peregrina, a la España de los dos exilios, interior y exterior? ¿Afirmación nacional cuando la mejor España, intelectual y científicamente hablando, no había tenido sitio en el franquismo y se le pretendía seguir excluyendo en aquellas vibrantes arengas?.

El jersey de cuello de cisne, la faldita mona, la medalla de no sé qué Virgen, la imagen perfecta de la señorita bien educada y formada en el nacionalcatolicismo más rancio. Así veía el telediario los domingos, mientras  terminaba en familia de dar cuenta de los pasteles que se habían comprado a la salida de misa.

No estaba en el guión replicar nada. Presencia muda y respetuosa la suya, hasta que un buen día dejó todo aquello. Y su vida en libertad dio comienzo.

¿Cómo no recordarla en unas fechas en las que se tiene noticia del fallecimiento de Blas Piñar, personaje tan admirado por su padre? ¿Cómo no recordarla pocos días después de que en un acto solemne en el Senado de homenaje a las víctimas del Holocausto nazi no se honrase la memoria de los republicanos españoles que terminaron sus días en campos de concentración? ¿Cómo olvidar que en su momento Serrano Suñer declaró que los exiliados republicanos no eran españoles? ¿Cómo olvidar lo que se gestionó desde la España franquista con las autoridades alemanas de la Francia ocupada para dar caza a compatriotas exiliados y fusilarlos en el suelo patrio?

¿Cómo no recordar a mi amiga cuando me hablaba de sus impresiones sobre el libro de Clara Campoamor al tiempo que echaba pestes contra aquella educación recibida a base de estampas, beateríos rancios y otras lindezas?

Querida memoria, que no se vuelva nunca “ciega abeja de amargura”, que diría Juan Ramón Jiménez. Querida memoria, que no te distorsione, siguiendo al poeta,  ningún “corazón falaz”,  ninguna “mente indecisa”.

Querida memoria, que me permites, que nos permites, alcanzar con desgarro el recordatorio de aquella machadiana España de la rabia y de la idea, aquella España que, a pesar de todo, sigue viva en los libros y en eso que seguimos llamando historia.

Querida memoria, que me traes aquellos relatos de unas puestas en escena de unos telediarios en los que, desde el silencio, aquella entrañable y heroica amiga tejía y destejía los invisibles cortinones que darían empaque a un marco en el que el día a día enmudecido buscaba voces que lo contasen y ecos que lo hiciesen resonar y perdurar.

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Vida privada
Luis Arias Argüelles-Meres 29-01-2014 | 3:15 | 0

 

Europa, la vieja Europa de los derechos y libertades. Francia, la nación de la grandeza y la revolución. Occidente, donde los ecos de los clamores en pro de una vida más digna y justa reverberaron históricamente más que en ningún otro sitio. ¿Quién nos iba a decir que en pleno siglo XXI episodios y lances la vida privada de la primera autoridad política francesa acaparasen con insultante descaro tanta atención mediática?

¿A quién le importa, más allá de los círculos más próximos en lo familiar y en las amistades, las idas y venidas sentimentales del Presidente francés? ¿A quién le importa en el ámbito de lo público que haya cesado la relación de convivencia sentimental entre dos personas? ¿Cómo es posible que algo así se convierta en escandalera internacional?

Vida privada que cada vez es una mercancía más omnipresente por los bajos fondos de eso que comúnmente se conoce como telebasura. Vida privada que es puesta a la venta por muchos personajes que no tienen otra cosa que ofrecer más que sus chascarrillos y sus vulgaridades. Y la venden –todo hay que decirlo- a quienes no tienen el menor escrúpulo en asomarse a sordideces que en muchos casos alcanzan lo nauseabundo.

Pero, en el caso que aquí nos trae, de lo que se trata es del “producto” que en su momento decidió poner en el mercado mediático una publicación francesa para dar cuenta de la vida amorosa del Presidente de la República.

No seré yo quien entre en divagaciones leguleyas acerca del asunto que nos ocupa. Más allá de lo que esté legislado en el vecino país acerca del derecho a la intimidad de toda la ciudadanía, personajes públicos incluidos, alguien tendría que preguntarse dónde están los límites que la ética y la elegancia periodística no debería traspasar nunca.

En la esfera íntima de cada persona, allí donde sus tareas profesionales se quedaron en el perchero, ¿con que autoridad moral se puede entrar para convertir lo privado en público? Y es que, del mismo modo en que se da por hecho la inviolabilidad del domicilio, de lo que hablamos aquí es de un enclave que no tiene por qué estar delimitado por paredes y techos, sino por lo introspectivo, por el escenario de lo que se siente y se piensa, sea en soledad, sea compartido con alguien.

No estamos hablando del literato que, tras ver a alguien, lo dota de una vida interior ficticia, con independencia del mayor o menor grado de verosimilitud que tenga esa invención, sino que estamos hablando de hechos reales que se cuentan y difunden, en el caso que nos ocupa, sin el consentimiento de quienes lo protagonizan.

Por todo ello, me cuesta mucho trabajo entender que en asuntos de esta índole no se invoque también la famosa igualdad ante la ley de la que tanto se habla, no pocas veces con hipocresía. ¿O es que un personaje público no tiene el mismo derecho a que se respete su intimidad que un ciudadano anónimo?

En el país en que se publicaron “Las Confesiones”, de Rousseau; en el país en que Montaigne inauguró el género ensayo construido con sentimientos y pensamientos íntimos; en el país en que Gide fue mucho más allá de las confesiones más o menos abstractas, cierta prensa entra a saco en la vida privada de su más alto dirigente político, contribuyendo de esta guisa a vulgarizar la vida pública, a agrandar la chabacanería, a elevar el cotilleo más sórdido a noticia de primera página.

Nada tiene que ver esto con el uso público de la razón privada del que se ocupó Kant en su “Fundamentación de la metafísica de las costumbres”. Y lo más triste del caso es que en un país como Francia el amarillismo consigue romper en pedazos el respeto a la vida privada, algo que no logró nunca el puritanismo.

Como mínimo, es frustrante.

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Internacionalismo y “cosmopaletismo” en Asturias.
Luis Arias Argüelles-Meres 26-01-2014 | 4:44 | 4

 

“Asturias piensa bien. Pero padece desde hace muchos años un grave defecto… Asturias es inteligente, pero no es transitiva… Vive recluida en sí misma, absorta en su localismo… Eso es lo que yo considero un defecto”. (Palabras de Ortega y Gasset en el Teatro Campoamor de Oviedo el 10 de abril de 1932).

 

Javier Fernández acaba de referirse en Fitur a que una de las grandes asignaturas pendientes de Asturias sigue siendo la necesidad de internacionalizarse. ¡Qué paradoja, señor Presidente,  qué paradoja! Resulta que, desde el 83 a esta parte, exceptuando la Legislatura en la que estuvo Marqués al frente del Gobierno llariego y el periodo inferior a un año de Cascos, el PSOE fue el partido gobernante por estos lares. Un PSOE, más concretamente, una FSA,  que, salvo muy contadas excepciones, distó mucho de apostar por el asturianismo, y, sin embargo, en todo este periodo, el aislamiento de Asturias, existencialmente hablando, es quizás uno de nuestros  mayores problemas. Por eso, no es fácil comprender cómo es posible que los dirigentes de la FSA no se hayan planteado la pertinencia de preguntarse a qué puede deberse que una autonomía gobernada casi siempre por la federación socialista acaso más centralista de España siga padeciendo una insularidad no sólo geográfica, no sólo en materia de infraestructuras, sino, ante todo y sobre todo, existencial. Miren ustedes por dónde: el rechazo al asturianismo no nos ha hecho más cosmopolitas. Aquí, don Javier, algo falla estrepitosamente.

Miren ustedes: no se forja una mentalidad cosmopolita sobre la base del complejo de inferioridad con respecto a lo nuestro. No se plasma una visión más universal del mundo por decir higuera en lugar de “figal”. No se encuentra fácilmente un sitio cómodo en el mundo por avergonzarse de que nuestros antepasados recientes calaban la boina y calzaban madreñas y se expresaban en asturiano.

Y, no se me entienda mal, no pretendo decir con esto nada en contra de un idioma como el castellano que también es nuestro y que nos sirvió y nos sigue sirviendo para conocer y comprender el  mundo. No se trata de confrontar, sino de no renegar de una forma de designar el mundo que forma parte de nosotros mismos como sociedad y como pueblo. Una forma de designar el mundo en una lengua todo lo minoritaria que se quiera, pero no más ajena a la romanización que el resto de las lenguas peninsulares procedentes del latín. Y, en todo caso, la insularidad existencial que padecemos no se combate desde el antiasturianismo, tal y como los hechos demuestran.

Algún día los dirigentes socialistas asturianos tendrán qué preguntarse seriamente que discurso tienen para esta tierra, más allá de generalidades vagas que hasta don Pero Grullo consideraría demasiado simples. Más o menos, 25 años gobernando la autonomía asturiana, y, a la hora de los fastos oficiales, no salieron del covadonguismo. ¿Es esto lo propio de un partido cuyos fundamentos teóricos de origen están cargados de racionalidad? ¿Es así como se forja una mentalidad cosmopolita y abierta al mundo?

Valdría la pena detenerse en las palabras de Ortega que encabezan este artículo, de un Ortega que entonces no veía con buenos ojos regionalismo alguno, tampoco el asturiano. Porque percibe a una Asturias recluida en sí misma, una Asturias que entonces contaba con unos partidos y sindicatos que sintonizaban con lo que bullía en Europa. Lo preocupante es que la Asturias de hoy, tras esos 25 años de Gobierno socialista, no sólo padece las crisis de todo tipo de las que los hechos dan cuenta continuamente, sino que además, al menos oficialmente, acusa esa reclusión, lo que ciertamente no es un buen reclamo para superar esa asignatura pendiente a la que con tanta solemnidad se refirió don Javier Fernández.

Y, por otra parte, hizo mención también el Presidente llariego a las muchas potencialidades que tiene Asturias para atraer mucho más turismo, un  turismo que no sólo nos ayudaría económicamente, sino que además podría ser un excelente instrumento para internacionalizarnos.

El problema es que el cuidado de nuestras potencialidades es manifiestamente mejorable: desde el estado en que se encuentran las joyas de nuestro patrimonio artístico, hasta el aspecto de un paisaje que, tanto por la despoblación del mundo rural, como también por políticas medioambientales muy laxas si de empresas de envergadura se trata, que merece un cuidado infinitamente mayor.

O sea, que esa asignatura pendiente tiene dos vertientes: nuestra insularidad existencial y la falta de mimo y atención a lo que jalona nuestras mayores potencialidades. ¿No le vendría bien al PSOE un poco de asturianismo? ¿No es hora de preguntárselo ya?

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Fantasmagorías astures
Luis Arias Argüelles-Meres 23-01-2014 | 2:37 | 1

 

En horas 24, que diría Lope de Vega, me llega información de tres asombrosas noticias en el ámbito llariego: 1) El prestigioso arqueólogo Ángel Villa tiene que acudir a la Guardia Civil para acceder  al Chao San Martín, pues, según parece, el primer edil grandalés le veta la entrada. 2) Se difunde la rocambolesca historia acaecida en Cudillero donde el ordenador del Jefe de la policía municipal se convierte en protagonista. En el referido lance, a lo que se lee, tuvo su participación el ex Alcalde depuesto por los tribunales don Ignacio Fernández. 3) La apertura del juicio contra los encausados por sus actuaciones en la Mina de la Camocha. Tan antiguo suena esto último que parece que todo lo relacionado con ello se podría dar por prescrito.

Convendrán conmigo en que lo de Grandas de Salime, más que fantástico, es fantasmagórico. Un Alcalde contra un arqueólogo  que no es la primera vez que se las tiene que ver con cerraduras cambiadas. Y el regidor persevera en su actitud, como mínimo, obsesiva y despótica. Hablamos del mismo primer edil, al que me referí en un artículo reciente, que continúa en pie de guerra contra Pepe el Ferreiro y que, de paso, se ensaña contra un arqueólogo de renombre como Ángel Villa, lo que no le impide, claro está, ser muy generoso con el señor Cuesta, cuyo currículum no parece concitar muchas envidias.

Convendrán conmigo en que la historia del ordenador en Cudillero, más que dadaísmo, parece el guión de un serial carpetovetónico casposo. Ahora sólo faltaba este episodio de las idas y venidas de tan preciado aparato tecnológico  para acercarse más aún a un episodio de Mortadelo y Filemón, con la Tía presidiendo la trama. ¿Y cuál será la próxima buena nueva que nos deparará la vida política pixueta?

 

Convendrán conmigo en que lo de la Mina de la Camocha, más que un paso de la lírica al dramón más chirriante, es descorazonador. ¿Cómo no recordar lo mucho que nos conmovió siempre escuchar a Jerónimo Granda cantando a esta mina? ¿Cómo no estremecernos, al conocer la escandalera que generaron ciertas actuaciones, que a decir verdad no parecen haber estado protagonizadas ni por lo épico ni por lo  lírico? Aquí se pasó de lo que en su intrahistoria pudo formar parte de la novela “Germinal”, de Zola, a una trama con muy poco subsuelo, no demasiado alejada de escenarios de novela picaresca.

Y, miren ustedes,  tengo para mí que el clima de hoy se conjuró para ello. La tarde, a orillas del Narcea, no sólo fue lluviosa, sino que además estuvo marcada por esa espesura de niebla, tan conocida por estos lares, que amotina lo mágico y lo fantasmagórico. Niebla invasora que volvía mortecinas incluso las luces interiores de las casas. Niebla espesa desplomada sobre el Narcea con inequívoca intención de que el río fuese oído y apenas visto. Niebla invasora que se hacía manto en las montañas. Niebla invasora que apagó antes de tiempo la luz del día y que hizo a la oscuridad de la noche acudir con retraso  a su cita. Niebla invasora que convirtió el paisaje en pura fantasía y que todo lo hizo ingrávido.

Todo, menos estas noticias de un cronicón marcado por la chabacanería que pone ante nosotros, con no menor precisión que los espejos cóncavos valleinclanescos del Callejón del Gato, lo esperpéntico de nuestra vida pública llariega, aquí, en este occidente astur, donde la plaga caciquil denunciada en su momento por Arniches, parece ir clonándose concejo a concejo. Y creen que el sillón curul los salvaguarda de todo.

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¿A qué distancia estamos de un estallido social?
Luis Arias Argüelles-Meres 21-01-2014 | 12:35 | 6

Del desapego a la crispación. De ahí, a movilizaciones sociales que se paralizan cuando la instancia de poder de turno da marcha atrás. Hablo, naturalmente, de las continuas manifestaciones que tuvieron lugar en Burgos, apoyadas en otras muchas ciudades con concentraciones importantes. Por fin, el Alcalde mandó parar y se abre un periodo, más que de calma, de reflexión. Porque, más allá de la protesta ciudadana ante un proyecto que parece recordar megalomanías y sobrecostes, que en estos lares no nos son nada ajenos, lo que se dirimió con estas movilizaciones fue el mayor o menor grado de autismo del poder, de un poder que, sin duda, transcendió el ámbito de lo local y se convirtió en un referente para todo un país que cada vez está más harto de una forma de hacer política que ignora los clamores ciudadanos.

A medida que las protestas eran más sonoras y retumbaban en otras latitudes, fuimos teniendo noticia de cómo el Alcalde de la capital castellana se fue desdiciendo hasta que, al fin, cedió.

Tras ello, el alivio por partida doble. De un lado, por parte de todos aquellos que vieron que sus movilizaciones sirvieron de algo. Del otro, de los políticos que estas alturas pueden ser conscientes de que, con independencia del mayor o menor encaje legal de parte de sus decisiones, cada vez puede ser más arriesgado no tener en cuenta el rechazo social que puedan tener las susodichas.

Pero, con todo, lo más inquietante del momento que estamos viviendo es, a mi juicio, la inconsciencia de muchos políticos, que, se diría, que ni tan siquiera llegaron a preguntarse a qué distancia podemos estar de un estallido social. Como si lo que pasa en la calle no fuese con ellos. Como si no existiese más realidad que la que ellos se forjan a base de intrigas, conspiraciones, medros y así un largo etc. ¿Cómo explicarnos, por ejemplo, que, ante el paro masivo, los recortes de todo tipo, los desahucios, etc., la mal llamada clase política no haya sido capaz tan siquiera de renunciar a parte de sus privilegios? No vale seguir haciendo política como si la crisis no existiera, o sólo tuviera que sufrirla la ciudadanía. No vale apostar por proyectos megalómanos como si el dinero público sobrase.

Al margen de las hipótesis y rumores que al respecto se apuntan, es una buena noticia que alguien haya disuadido al Alcalde de Burgos de su empeño contra los clamores ciudadanos, porque eso demuestra que en algunas instancias de poder hay un mínimo de consciencia del sufrimiento de los tiempos que corren con los riesgos que eso implica.

¿Hace falta acaso ser un genio de la sociología para percatarse del dislate que supone que la clase política actual pueda vivir tan ajena a la ciudadanía como aquella aristocracia francesa que perfeccionaba buenos modales y se contemplaba  ante lujosos espejos en vísperas de unos acontecimientos que cambiaron la historia?

Pregúntenle al espejo de su alcoba a qué distancia estamos del estallido social. Los pases de modelos y lencería déjenlos para después, si les queda cuajo.

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