img
Fecha: marzo, 2014
Reseña en el suplemento “Culturas” de “El Comercio” de la magnífica novela de Johan Brouwer “Los tesoros de Medina- Sidonia”, de
Luis Arias Argüelles-Meres 30-03-2014 | 2:14 | 0

El inagotable filón de la guerra civil española como marco de tantas novelas, algunas, como a la que aquí nos trae, memorables. El siempre inacabado inventario de los mejores hispanistas que en el mundo han sido. Aquel tiempo de héroes que ponían su vida al servicio de la salvación de un Estado, el de la 2ª República española, combatido por el fascismo internacional y por el reaccionarismo patrio. Aquella España tan aislada según el diagnóstico de Ortega y compañía, que en los años treinta se convirtió, sin embargo, en una referencia que conmovió al mundo “España, aparta de ti el totalitarismo y la barbarie”, parecía clamar todo aquel que quería salvaguardar la libertad de esta piel de toro, y, con ella, a sí mismo. Un idioma, el de la utopía, en el que se entendieron todos aquellos que hicieron en este país parada y fonda, forjando leyendas personales y colectivas. La última, acaso la única, guerra romántica, en pleno siglo XX.

Pues bien, la novela que tiene por título Los tesoros de Medina- Sidonia, de Johan Brouwer, que acaba de publicar la editorial Berenice, está a la altura de las más altas expectativas. Vio la luz en 1939, aunque no se tradujo al castellano hasta febrero del presente año.

Brouwer conoció a fondo la literatura mística española en los años en que estuvo en prisión a resultas de un oscuro episodio de juventud que parece imitar al protagonista de Crimen y Castigo, de Dostoievski, a Raskólnikov. Más tarde, sería el traductor de La rebelión de las masas, de Ortega al holandés. Y hay mucho en esta novela de las vivencias del autor en nuestro país durante la guerra civil.

Novela, reportaje, ensoñaciones, juego del presente narrativo que rescata un pasado de leyenda, en el que un tesoro escondido por uno de los hombres de confianza del Duque de Medina- Sidonia durante el reinado de Felipe II, adquiere protagonismo en medio de un escenario de guerra muy siglo XX.

El narrador-protagonista, cuando decide emprender su viaje a España para participar en la defensa de la República, confiesa haberse apeado de la vida, describe esos abismos que se vislumbran con la muerte de cerca, sin temerla, que, al mismo tiempo, inyecta unas energías a la vida que la hacen intensa hasta el vértigo.

Una catedral ardiendo y un hombre muerto. Permanente cascada de imágenes de una plasticidad alucinatoria. Compañeros de viaje que lo son también de guerra. Episodios estremecedores como el de la niña que reparte periódicos por las tabernas madrileñas y busca comida, que recuerdan a los islotes de gigantesca humanidad en medio de los esperpentos valleinclanescos. Incursiones por la leyenda en escenarios como El Escorial. Encuadres costumbristas. Guerra dentro de la guerra. Aquel rincón escondido en el Convento de San Francisco donde el protagonista vive sus trabajos y sus noches. El amor de su vida al que no renuncia  y anhela resucitar.

Imaginación asombrosa, incursiones por lo legendario, que, a mi juicio, no suponen trazos de novela gótica como se apunta en el prólogo, sino más bien plasmaciones oníricas que dan cuenta de una envidiable ambición narrativa de un autor que terminaría sus días combatiendo en Europa en defensa de los mismos ideales que lo trajeron a este país.

Todo un hallazgo.

Ver Post >
Desde la Plaza de el Carbayón
Luis Arias Argüelles-Meres 30-03-2014 | 2:07 | 0

Cuando EL COMERCIO informaba el viernes 28 de marzo acerca de las distintas denominaciones que tuvo la ovetense Plaza del Carbayón, confieso que lo que estaba viendo no era el papel del periódico sino un entrañable repertorio de imágenes estrechamente vinculadas a mi memoria personal. Por ejemplo, el paso del tiempo  manifestándose en las viejas cartas amarillentas que formaban parte del archivo de la correspondencia familiar y que estaban atadas con descoloridas y ajadas cintas. Los remitentes las dirigían a la Plaza del Progreso. Más tarde, a la Plaza de Galicia. Y, desde que cumplí los ocho años, la referencia fue la Plaza del Carbayón. Y, bien pensado, es todo un privilegio la mencionada denominación que se le dio a esta plaza en 1965 en la medida que se hace eco de algo tan esencial en la historia de Oviedo. Tan esencial no sólo porque el legendario árbol fue testigo de un largo periodo de la vida de esta ciudad, sino también porque sus últimos días estuvieron marcados por la polémica tal y como cuenta Juan Antonio Cabezas en su siempre imprescindible biografía sobre Clarín.

Así pues, del progreso a la tradición. ¿No daría mucho de sí para esta dialéctica entre tradición y progreso la proximidad entre el viejo Caserón de Santa Clara y el Teatro Campoamor, teniendo en cuenta lo que ambos, de entrada, significan?

No olvidaré nunca que, desde el mirador de la casa familiar, situada en el número 3 de esta misma plaza, me tocó ver las obras que convirtieron el antiguo Caserón en la Delegación de Hacienda. Ciertamente, en las opiniones encontradas que había sobre aquel proyecto, asomaba también la dialéctica entre progreso y tradición. Aquella plaza, en la que no sólo circulaban coches, sino también carros que transportaban leche, en los años de mi infancia era escenario –y conste que no exagero- de dos siglos, si bien es cierto que los cambios que se observaban no estaban de visita.

Dos siglos, dos mundos que aún convivían. Desde la parte posterior de la casa, se veían edificios de la calle de la Luna. Nunca olvidaré aquellas maderas avejentadas de las galerías, maderas nobles que aún resistían el paso del tiempo en permanente lucha contra los elementos.

A propósito de la Plaza del Carbayón, no puedo no recordar aquel tiempo de inocencia de mi infancia, repartida entre Oviedo y Lanio. Aquel tiempo en el que también el cine contribuyó a diversiones y aventuras. Aquel tiempo en el que el corazón de la vieja Vetusta estaba al alcance de la mano aún más que hoy. Aquel tiempo en el que el sentimiento lúdico de la vida se forjaba a ritmo acelerado. Aquel tiempo en el que esta plaza asumía el testigo de no pequeña parte de la intrahistoria de Oviedo.

A propósito de la Plaza del Carbayón, días de infancia, cine, lectura, atalaya desde la que contemplé, sin poder ser consciente de ello, pasos decisivos en la transformación de una ciudad que propendía a conjugar tradición y progreso.

A propósito de la Plaza del Carbayón, me resulta emotivo que mi infancia esté tan unida a un  escenario en el que se simbolizó con éxito una  referencia de primer orden para datar, ubicar y homenajear las señas de identidad de Oviedo.

Ver Post >
Tiempo de héroes, territorio de leyendas
Luis Arias Argüelles-Meres 30-03-2014 | 2:06 | 0

El inagotable filón de la guerra civil española como marco de tantas novelas, algunas, como a la que aquí nos trae, memorables. El siempre inacabado inventario de los mejores hispanistas que en el mundo han sido. Aquel tiempo de héroes que ponían su vida al servicio de la salvación de un Estado, el de la 2ª República española, combatido por el fascismo internacional y por el reaccionarismo patrio. Aquella España tan aislada según el diagnóstico de Ortega y compañía, que en los años treinta se convirtió, sin embargo, en una referencia que conmovió al mundo “España, aparta de ti el totalitarismo y la barbarie”, parecía clamar todo aquel que quería salvaguardar la libertad de esta piel de toro, y, con ella, a sí mismo. Un idioma, el de la utopía, en el que se entendieron todos aquellos que hicieron en este país parada y fonda, forjando leyendas personales y colectivas. La última, acaso la única, guerra romántica, en pleno siglo XX.

Pues bien, la novela que tiene por título Los tesoros de Medina- Sidonia, de Johan Brouwer, que acaba de publicar la editorial Berenice, está a la altura de las más altas expectativas. Vio la luz en 1939, aunque no se tradujo al castellano hasta febrero del presente año.

Brouwer conoció a fondo la literatura mística española en los años en que estuvo en prisión a resultas de un oscuro episodio de juventud que parece imitar al protagonista de Crimen y Castigo, de Dostoievski, a Raskólnikov. Más tarde, sería el traductor de La rebelión de las masas, de Ortega al holandés. Y hay mucho en esta novela de las vivencias del autor en nuestro país durante la guerra civil.

Novela, reportaje, ensoñaciones, juego del presente narrativo que rescata un pasado de leyenda, en el que un tesoro escondido por uno de los hombres de confianza del Duque de Medina- Sidonia durante el reinado de Felipe II, adquiere protagonismo en medio de un escenario de guerra muy siglo XX.

El narrador-protagonista, cuando decide emprender su viaje a España para participar en la defensa de la República, confiesa haberse apeado de la vida, describe esos abismos que se vislumbran con la muerte de cerca, sin temerla, que, al mismo tiempo, inyecta unas energías a la vida que la hacen intensa hasta el vértigo.

Una catedral ardiendo y un hombre muerto. Permanente cascada de imágenes de una plasticidad alucinatoria. Compañeros de viaje que lo son también de guerra. Episodios estremecedores como el de la niña que reparte periódicos por las tabernas madrileñas y busca comida, que recuerdan a los islotes de gigantesca humanidad en medio de los esperpentos valleinclanescos. Incursiones por la leyenda en escenarios como El Escorial. Encuadres costumbristas. Guerra dentro de la guerra. Aquel rincón escondido en el Convento de San Francisco donde el protagonista vive sus trabajos y sus noches. El amor de su vida al que no renuncia  y anhela resucitar.

Imaginación asombrosa, incursiones por lo legendario, que, a mi juicio, no suponen trazos de novela gótica como se apunta en el prólogo, sino más bien plasmaciones oníricas que dan cuenta de una envidiable ambición narrativa de un autor que terminaría sus días combatiendo en Europa en defensa de los mismos ideales que lo trajeron a este país.

Todo un hallazgo.

Ver Post >
Carta abierta a Joaquín Leguina
Luis Arias Argüelles-Meres 30-03-2014 | 2:04 | 0

“A un Gobierno encabezado por Felipe González se le exigía un proyecto regeneracionista basado en la conciencia cívica, la transparencia democrática, el imperio de la ley y la dignidad de lo público. Este proyecto no se materializó nunca”. (Tom Burns Marañón).

 

Tiempo hace, don Joaquín, que sigo su blog, sus libros y sus declaraciones. Y, verá usted, estando esencialmente de acuerdo en muchas de las críticas que vierte contra todo lo que significó Zapatero, tanto en la política española como en su propio partido, lamento muy de veras llegar a la conclusión de que, frente a sus mordaces críticas contra el político leonés, sea usted tan mudo, tan ciego y tan sordo a la hora de analizar el largo periodo en el que Felipe González gobernó este país. Mire, no quiero cargar las tintas recordando aquello que el venerable don Antonio Machado escribió acerca de las medias verdades, pero convendrá usted conmigo en que en esa etapa del felipismo hubo desmanes, corruptelas y despropósitos que, desde la objetividad, no se pueden soslayar. Comprendo perfectamente, don Joaquín, que, por lo común nos cueste más ser críticos con nuestra propia generación, máxime si se trata de quien lideró el mismo partido. Aun así, sus invectivas contra lo que significó el zapaterismo pierden credibilidad si no van acompañadas de una visión más completa de la historia más reciente de su partido.

No se trataría en ningún caso –perdóneme la perogrullada- de comparar esos periodos, sentenciando cuál fue peor. No, aquí el busilis es muy otro: no desautorizarse uno a sí mismo por pasar como sobre ascuas sobre un periodo que no queremos analizar, porque nos lastimaría negar sus miserias más evidentes.

Pero, fíjese, señor Leguina, hay algo aún mucho más preocupante en sus clamores y en sus silencios. ¿Es que ni a un solo analista político (el término “politólogo” no lo uso más que entrecomillado por tratarse de un palabro que pone de relieve el alto nivel de estulticia de nuestro tiempo) tuvo a bien pararse a pensar que, si no se le hubiese hecho la vida imposible a Borrell, Zapatero no habría alcanzado nunca  la secretaría general del PSOE y, por ende, la Presidencia del Gobierno español?

La cosa se las trae, no me lo negará, don Joaquín. Porque nadie discutirá, ni siquiera el señor Almunia, primero que Borrell hubiera sabido llevar mucho mejor el entendimiento con Cataluña, y, llegado el caso, habría empezado la casa por el tejado, es decir, ir antes a modificar la Constitución que a apoyar un Estatuto que pudiese colisionar con ella. Y no menos indiscutible que, con su formación, habría sabido detectar la crisis económica, afrontándola mucho mejor que el político leonés, de tal manera que el señor Rajoy no hubiese ganado las elecciones de la forma que lo hizo: sobre todo, por la desesperación de las gentes ante los bandazos e incompetencias continuas de Zapatero y sus gentes.

¿No tienen que hacer autocrítica los otrora mandamases del PSOE que se lo pusieron tan difícil a Borrell? ¿No supuso ello una gran oportunidad malograda tanto para España como para su propio partido? ¿Y a usted no le parece que convendría que se manifestase al respecto tan claramente como lo hace cuando de criticar a Zapatero se trata?

Es que, verá, don Joaquín, arremeter contra el efecto, dejando intacta la causa, no es algo ni ponderado ni riguroso. Y, de usted, como persona cultivada y como escritor de prestigio, hay que esperar ambas cosas.

¡Ay, don Joaquín! Nos duele que la izquierda lo sea sólo de siglas. Nos duele que, gobernando el PSOE, la política se haya convertido en una especie de patio de Monipodio. Nos duele que, tras 21 años de gobiernos socialistas, España siga atada a un Concordato que contradice lo que es un Estado laico. Nos suele, en fin, que no se pongan y se dispongan a reivindicar un republicanismo que está en las señas de identidad de su partido. Nos duele que gentes como usted apunten y disparen sólo en una dirección. Nos duele que no reivindiquen la mejor España, esto es, que históricamente no se reivindiquen a sí mismos junto al republicanismo al que nunca debieron renunciar. Nos duele, en fin, que, para ustedes, el felipismo sea intocable tras haber generado tanta frustración y defraudado tantas expectativas.

El franquismo hizo de almirez de esa mejor España triturándola. ¿A qué esperan para reivindicarla y hacerla suya?

Ver Post >
Más sobre Adolfo Suárez
Luis Arias Argüelles-Meres 30-03-2014 | 2:01 | 1

Pasado el momento de los panegíricos y las hagiografías tras la muerte de Adolfo Suárez, llega el momento de las precisiones, así como de los testimonios del propio  ex Presidente. De entrada, una concreción histórica: la transición, propiamente dicha, termina con la victoria de Felipe González en octubre del 82. Es el momento en el que, tras dos convocatorias electorales anteriores y tras la aprobación de la llamada Carta Magna, la izquierda (en este caso, sólo de siglas) volvía a gobernar España. La dialéctica reforma/ ruptura, permanente tras la muerte de Franco, podía haber tenido su punto de inflexión con el mencionado triunfo de González.

Enunciado ello, sigamos hablando de Suárez y de su trayectoria como Presidente del Gobierno desde el 76 hasta el 81. Lo cierto es que llevó a cabo el proyecto que se le había encomendado: convertir España, formalmente hablando, en una democracia, salvaguardando a la Monarquía a la que la izquierda, empezando por el PCE de Carrillo, aceptó.

A la hora de hacer una valoración histórica de la trayectoria de Adolfo Suárez, resulta obligado confrontarla con la de González. Porque, de no hacerlo, se antoja imposible explicarse que, justo en el momento en el que la llamada transición política está más desmitificada que nunca, al fallecer su principal artífice, más allá de las pompas y oropeles de la España oficial, se percibe claramente que la figura de Suárez cobra más fuerza y prestigio que nunca, y ello no obedece sólo al hecho de la tan española santificación de los muertos, sino también a que el legado de la transición, tan lleno de imperfecciones, en lugar de haberse mejorado, se viene malogrando continuamente desde el 82. Felipe González pudo haber terminado con los privilegios que consagró la transición para los partidos y sindicatos. No lo hizo. También Aznar, en 2000 contó con una mayoría absoluta que convirtió en su peor mandato.

El arriba firmante dista mucho de ser un entusiasta de la supuestamente modélica transición, lo que no me impide caer en la cuenta de que no hubo voluntad de mejorarla a lo largo de los 32 años transcurridos desde la victoria de González. Por tanto, no sería en modo alguno justo culpar principalmente a Suárez de los fallos de la transición.

Por otro lado, tampoco se puede obviar que,  en la beatificación civil de Suárez tras su muerte, la hipocresía asoma a raudales. Cuando dimitió en el 81 no sólo no contaba con el apoyo mayoritario de su partido, sino que además le fallaron también algunos de sus principales mentores. Para quien tenga memoria de aquellos tiempos, no será difícil recordar lo manifestado por algunos golpistas a la hora de declarar en el juicio como pretexto el hartazgo en algunas altas esferas del poder con respecto al  político abulense. Algún día se tendrá que explicar que la trama conspirativa previa al 23-F no estuvo sólo en los uniformes, ni tan siquiera en la extrema derecha. ¿Algún día se contará el porqué de aquella cena de Múgica con Armada?

Y, emplazándonos en  la no resuelta vertebración territorial de España, Armas Marcelo da cuenta en su libro “Los años que fuimos Marilyn” de una cena que tuvo lugar en su casa en 1984, a la que asistieron Jorge Edwards, José Hierro, Torrente Ballester, Juan Benet y Rafael Conte, entre otros, donde el invitado estrella era Adolfo Suárez:

“Recuerdo cómo Adolfo Suárez fue explicando, mecanismo a mecanismo, error a error, y pieza a pieza, a un Benet absorto y curioso ante la magia verbal de Suárez (al menos en esa noche la tuvo), las razones de alta política que hicieron necesario ese camino de las autonomías por donde al final se han colado las más excelsas mediocridades de la vida española en la actividad política contemporánea. Los demás comensales seguimos atentos las explicaciones de Suárez, que se extendió en razonamientos cuya argumentación resultaba en esos momentos irrefutable para todos nosotros. Clavero Arévalo no había sido más que un instrumento sintáctico de Suárez para cerrar el puzzle sorprendente de las autonomías y el mapa de la España política de las décadas posteriores. Suárez dijo que los socialistas mantuvieron la teoría contraria de las autonomías antes del año 80. Eran, recuérdese, federalistas y, por tanto, todo lo contrario de lo que fueron después: autonomistas. Dijo que el centralismo español era, como todos sabíamos, el responsable máximo de los desequilibrios constantes entre las regiones y las reivindicaciones históricas de los distintos territorios de España. Dijo que todo se había cerrado mal, que España era una gran cicatriz a la que había que intervenir con una cirugía de guantes de seda. Y dijo que la autonomía en todo caso, era un artefacto que iba a funcionar algunos años, quizá más de lo que pensábamos, pero que tal vez habría que refundar en futuro a España como Estado federal. “Depende de las circunstancias y de cómo vayan funcionando las autonomías, no sólo en la política, sino en la mentalidad de la gente, dijo Suárez”. [1]

 

¿Conocerá el señor Rajoy estas palabras que Armas Marcelo pone en boca de Suárez? ¿Será capaz el PSOE de reconocerse a sí mismo tras los renuncios y las renuncias y los constantes bandazos? ¿Sería descabellado tomar estas palabras como parte del testamento político de Suárez?

Ver Post >