El Comercio
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Fecha: abril, 2014
Consideraciones intempestivas sobre el borrador del Estatuto docente
Luis Arias Argüelles-Meres 29-04-2014 | 8:05 | 0

E l ministerio que dirige el señor Wert, en el borrador que maneja sobre el Estatuto docente, plantea que en las oposiciones de Primaria y Secundaria, para cualquier materia, todos los aspirantes tendrán que enfrentarse a una prueba de lengua extranjera con independencia de la asignatura a la que concurran. O sea, que en lugar poner sobre la mesa una inequívoca apuesta por mejorar la enseñanza de los idiomas en España, deficiencia que ya denunció en su momento Clarín, lo que se hace es apuntar mal y disparar peor. ¿Hay algún argumento que se pueda esgrimir para convencer de que se explica mejor la historia o la química dependiendo del nivel que tenga el profesor o profesora de turno de inglés, francés o alemán? Sin duda, cualquier saber suma. Pero, en ese caso, también podría decirse lo mismo acerca de otras materias para que fueran objeto de examen en las referidas oposiciones docentes.

¿Cabe esperar que un Gobierno como éste, tan favorable a la enseñanza privada, negocio de la concertada incluido, vaya a exigir lo mismo a la hora de poder ejercer la profesión al profesorado de la pública que al de la privada?

Y, por encima de cualquier otra consideración, todo el mundo, incluido este Gobierno, dirá que hacen falta buenos docentes. El problema no es sólo la falta de credibilidad de quienes manifiestan tal cosa, sino que es también la obligación de precisar qué entienden estas luminarias por un buen profesor. ¿Acaso el bufón que se pretendía la LOGSE? ¿Acaso el mero transmisor de conocimientos, sin el más mínimo entusiasmo por lo que enseña con independencia del soporte que para ello utilice?.

¿Qué busca este Gobierno con el Estatuto docente y con la LOMCE de Wert? ¿Acaso mejorar la enseñanza en busca de una ciudadanía cualificada y crítica? No me hagan reír, por favor. ¿Y qué se pretende del profesorado en su conjunto? Al igual que los anteriores, aspira a que no sea un colectivo conflictivo ni contestatario.

¿Y qué cabe esperar de los sindicatos de nuestro gremio que cada vez tienen menos afiliados y menor credibilidad? Desde luego, si nunca lo hicieron hasta el momento, no van a preocuparse de nuestras condiciones de trabajo, sino de no volver a pisar un aula. Desde luego, no van a apostar con los hechos por dar empleo a lo más jóvenes, en este caso, a los recién titulados, a los que prácticamente se les veta el ejercicio de la profesión. Desde luego, sería toda una sorpresa que algún sindicato de la tiza plantease que hubiese oposiciones restringidas para el profesorado interino y oposiciones libres para los recién titulados. No, mejor taponar a las nuevas generaciones, sin que les preocupe lo más mínimo la calidad de la enseñanza, sino el clientelismo.

¿Es concebible la ausencia de la meritocracia en la profesión docente? ¿Qué no cuenten prácticamente las publicaciones e investigaciones, sino los años de servicio, fomentándose de este modo un colectivo chusquero? ¿Es concebible que la formación del profesorado dependa en no pequeña parte de organismos dirigidos por personas a las que no se les exige mayores méritos académicos que los que atesoran las personas a las que supuestamente forman? ¿Es de recibo que, dependiendo de la comunidad autónoma donde se ejerza la docencia, se perciba mayor o menor sueldo tratándose de la misma profesión, el mismo horario y la misma oposición?

¿Y con qué criterios se operará a la hora de evaluar al profesorado? ¿Acaso con la presente orgía de informes que se nos piden en los que se puede decir lo que se quiera, en lugar de que los inspectores entren al aula y vean cuál es la realidad de nuestros trabajos y nuestros días?

Ciertamente, se trata de un borrador, que no sólo se sabe cómo va a acabar, sino que además desconocemos si llegará a entrar en vigor. En todo caso, como dije al principio, se apunta mal y se dispara aún peor.

Aquí, por lo que se ve, nadie quiere caer en la cuenta de que, si de verdad se apostase por mejorar la calidad de la enseñanza, habría todo el empeño del mundo en dignificar la profesión docente, en lugar de degradarla como se vino haciendo desde Maravall a esta parte. Y mira que llovió. Y mira que nevó.

Aquí, por lo que se ve, nadie quiere poner el punto de mira en un momento histórico en el que la enseñanza en España vivió su máximo esplendor, momento histórico que se corresponde con los frutos cosechados por algo que se llamó Institución Libre de Enseñanza

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¿Hablamos de Cornellana?
Luis Arias Argüelles-Meres 27-04-2014 | 1:03 | 0

 

El Campanu se abre este año  con polémica. La autovía de la Espina tiene dos tramos paralizados desde 2010. El segundo carril entre Salas y la Espina ni siquiera se sabe si se llevará a término tras haberse gastado un auténtico dineral en él. El Monasterio de San Salvador de Cornellana, a pesar de tratarse de una de las joyas del patrimonio arquitectónico de Asturias, amenaza ruina. Ante ello, el Gobierno español se desentiende, mientras que el Parlamento autonómico acordó una cantidad para la respiración asistida. La fertilidad de las vegas del bajo Narcea desde el Puente de San Martín hasta Pravia, en lugar de ser aprovechada, se encuentra sepultada por un abandono que salta a la vista del visitante más despistado. La despoblación es  alarmante.

Y, a pesar de todo ello, la ilusión resucita cada año con la fiesta del salmón en esta localidad. Bien se sabe que el mágico pez que se adentra río arriba cada vez escasea más. Bien se sabe que el cuidado del río Narcea por parte de las instituciones es manifiestamente mejorable, sin saneamiento en muchos de sus pueblos ribereños, habiendo sufrido filtraciones y/ o vertidos que dieron lugar a sanciones económicas por parte de la Confederación Hidrográfica a la multinacional minera que opera por los concejos de Belmonte y Salas. Bien se sabe que, frente al lugar donde se precintan los salmones, resulta un castigo para la vista el aspecto que presenta una excelente vega en la que se dijo que instalaría un polígono industrial y que lleva años siendo un basurero. Bien se sabe que se construyó una horterada carísima hace pocos años destinada a ser casa del salmón. Así, el conjunto visual produce asco y pena infinitos.

Hablemos de Cornellana, digo, de la pequeña Mesopotamia del centro- occidente de Asturias, de una localidad de paso con vocación de atraer al visitante, destinada a ser parada y fonda. De un enclave con un potencial enorme de naturaleza y arquitectura. De una geografía del abandono que, aun así, se resiste a resignarse.

Hablemos de Cornellana, insisto, porque viene sufriendo injustamente la dejadez de todas las  Administraciones; porque a todo esto se le suma que peligra que se pueda seguir celebrando una fiesta del salmón que es su destino, que es su historia.

Cerca está de llegar el momento en el que se mande parar tanto despropósito, tanta dejadez, tamaña falta de compromiso, tanta nulidad en las actuaciones, tanta hipocresía en las promesas sistemáticamente incumplidas.

Y, a pesar de todo, cuando el campanu entre en Cornellana y suenen los voladores, la magia y la alegría inundarán la fiesta, una fiesta bajo mínimos, pero una fiesta que se quiere seguir dando cita en lo que es la voluntad de una hidrografía, en la hidrografía de una voluntad.

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Lorenzo Cordero, un guerrillero de la columna
Luis Arias Argüelles-Meres 26-04-2014 | 2:34 | 0

Un tiempo socialmente gris y políticamente azul. Un periodista de izquierdas al que nunca le faltó la mordacidad para dar cuenta, a pesar de la censura, de sus trabajos y sus días en la vieja ciudad de provincias que en su momento le sir vió a Clarín de inspiración para modelar una obra maestra del género narrativo. ‘El rojo color de la memoria’, de Lorenzo Cordero es un libro i mprescindible no sólo para adentrarse en la historia de la prensa asturiana durante el franquismo, sino también para conocer la Asturias de la época a través de una serie de artículos que constituyen una excelente crónica de aquel periodo. Y, al mismo tiempo, asombra por su actualidad en la medida en que, mucho antes de que se viviese la presente agonía de esta segunda Restauración borbónica, nuestro columnista, desde la lucidez y el coraje, se percató de que aquel tiempo de esperanzas y miedos que fue l a transición derivaría en una suerte de democracia tutelada con sus tabús y limitaciones. Una izquierda de siglas que cedió y concedió más de lo debido ante intereses y poderes que nunca estuvieron dispuestos a perder sus privilegios.

Por otra parte, tanto en estilo como en los contenidos, nos encontramos con unos textos marcados por la originalidad. Hablamos de un columnista con estilo propio y habl a mos t a mbién de un guerrillero del género. Cordero, ante la máquina de escribir, dando en cada artículo su visión de lo abordado, sin más apoyo que sus convicciones y su facilidad para expresarlas, f r ente a todas las limitaciones a la libertad de expresión que l os tiempos marcaban. Es meritorio haber conseguido saltar los cercados de l a censura, dejando al público lector mensajes marcados por la mordacidad y la ironía.

Hay saltos temporales que nos retrotraen a momentos que explican en no pequeña parte el presente desde el que escribía Cordero. Y lo hace con el suficiente oficio para que el lector no se pierda ni se desoriente.

Hay en este libro episodios que explican a la perfección lo que fue la prensa en una España marcada por la censura, episodios que tuvieron al autor del libro como protagonista. Y es muy significativo que aquí no se incurre en un victimismo llorón que implora martirologios y heroísmos, aquí se cargan las tintas contra las miserias y los miserables que hicieron de la mordaza vocación y profesión. Desde ministros como Arias Salgado o Sánchez Bella hasta personajes de la vida oficial llariega de entonces como el comisario Ramos o como Mateu de Ros.

El pas o del que habl a ba Azorín, que va de las volanderas páginas de los periódicos al libro, no sólo nos rescata artículos que arrojan luz y memoria sobre un tiempo muy reciente, sino que además, pl a s man l a merecida prestancia de un periodista culto y con estilo propio.

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Más sobre política y toros
Luis Arias Argüelles-Meres 22-04-2014 | 9:16 | 3

 

«Si yo fuera dictador de España, suprimiría de una plumada las corridas de toros. Pero, entretanto que las hay, continúo asistiendo. Las suprimiría porque opino que son socialmente un espectáculo nocivo. Continúo asistiendo porque estéticamente son un espectáculo admirable y porque individualmente, para mí, no son nocivas, antes sobremanera provechosas, como texto donde estudiar psicología del pueblo español». Ramón Pérez de Ayala.

No es que doña Esperanza Aguirre tenga su reloj parado desde Dios sabe cuándo, sino que su mundo no es de este tiempo. Que alguien, en el siglo XXI considere que hoy, como hace cien años, la llamada fiesta de los toros constituye un inequívoco signo de españolidad implica un anacronismo en toda regla. Es más, a decir verdad, dudo mucho de que esta buena señora se haya leído a Pérez de Ayala y a otros intelectuales que la consideraban toda una referencia para entender la realidad española de su tiempo.

Declaró doña Esperanza que el rechazo a la fiesta de los toros significa una manifiesta voluntad de dejar de ser español. Ignora, seguro, que, según sus tesis, Jovellanos, Clarín y Eugenio Noel, entre otros muchos personajes de renombre, eran o bien apátridas o bien malos españoles, como parece ser que dijo Franco del bueno de Berlanga.

Lo más asombroso de doña Esperanza, más allá del continuo anecdotario con el que nos entretiene, consiste en que, desde que los madrileños la hicieron lideresa, nos retrotrae a la majeza y ‘La verbena de la Paloma’, pero no desde una actitud crítica al modo de Arniches, sino que parece haber estado siempre dentro de un sainete o de una zarzuela, y, desde luego, se encuentra muy a gusto.

Por otro lado, sirve de entretenimiento patrio a quienes, a falta de esgrimir discursos propios mínimamente elaborados, agotan su capacidad intelectual en criticarla duramente a base de obviedades.

Es ella, doña Esperanza, la que más aporta, a día de hoy, sobre política y toros. Hasta tal extremo llega su inconsciencia, que no parece capaz de darse cuenta de que el texto ayalino que encabeza este artículo, a día de hoy, casi con total seguridad, no se referiría a la llamada fiesta nacional, sino, más bien, a la telebasura o, tal vez, a ese comportamiento, tan recurrente y actual, de peña futbolística a la hora de hablar de política, es decir, hay un partido político pluscuamperfecto, frente a otro nefasto, sin que sea concebible la más mínima fisura en semejante maniqueísmo.

Ya no es la España de ‘Frascuelo’ frente a ‘Lagartijo’, sino la del PP frente al PSOE. Y el espectáculo nacional está marcado por semejante dialéctica, enjundiosa y rica a más no poder.

Por lo demás, señora lideresa, lo que usted pone de relieve, seguramente sin que haya voluntad de semejante cosa por su parte, es el listón tan bajo tierra que tiene a día de hoy la discusión pública en este país al que seguimos llamando España.

Sería muy conveniente que la mal llamada clase política, con sus corifeos mediáticos de tertulianos y plumas de alquiler, leyesen el libro de Pérez de Ayala que precisamente tiene como título ‘Política y toros’. Se trata de un compendio de artículos de prensa publicados en las dos primeras décadas del siglo XX. Quien tenga a bien leerlo se encontrará no sólo con una excelente prosa y admirable agudeza, sino también con la sensación de que muchos de los problemas planteados por Ayala parecen estar refiriéndose al momento presente, especialmente en lo que atañe a la plutocracia de la que se ocupa reiteradamente nuestro gran escritor.

Les puedo asegurar que se asombrarían con la lectura del susodicho libro.

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Ávidos de fantasía (En la muerte de García Márquez)
Luis Arias Argüelles-Meres 20-04-2014 | 2:23 | 1

 

Necrológicas de urgencia, inacabable repertorio de topicazos, cursilerías empalagosas, confesiones pueriles de cercanía y proximidad al genio. ¿Y qué más? Lo cierto es que la obra de García Márquez sigue y seguirá viva, mientras que toda la catarata de escritos de ocasión sobre su figura ya tiene caducidad en el momento mismo de ser publicada. Catarata tan prescindible como inevitable. Sólo cabe a este propósito manifestarse sobre la experiencia lectora y es posible que en algún caso se encuentre complicidad.

Se diría que la inmensa mayoría de los escribidores de ocasión se reclaman sus íntimos. Se diría que sueñan con estrechar ese vínculo mediante algo tan sencillo como soltar topicazos sobre él. Y, en otro caso, lo que es todavía menos digerible, con ponerse estupendos planteando pegas a su obra desde una nadería que, a decir verdad, invita a la conmiseración.

Y, en cualquier caso, junto a la experiencia lectora que puede propiciar la creación de complicidades o apertura de caminos, sólo cabe incidir en su importancia dentro de la historia de la literatura.

Miren, cuando en aquellos años 60, el llamado realismo social de la novela ya producía agotamiento hasta el extremo de que un crítico del género clamó estar ávido de fantasía, llegó el llamado boom de la literatura hispanoamericana y ventiló el panorama literario. Porque una de las muchas grandezas de la obra de García Márquez consistió en que no sólo puso en evidencia que también la voluntad de estilo es revolucionaria cuando se logra, sino que además la fantasía no es menos subversiva que el panfleto a ras de suelo.

Y, a todo esto, hay un importante añadido a consignar: hay autores –y García Márquez es también en esto uno de los grandes– que es tal su ambición narrativa que arrolla al lector de tal modo que lo hace cómplice de sus historias. Fíjense, en una de las obras menos citadas del autor que nos ocupa, en ‘Noticia de un secuestro’, resulta imposible, desde el comienzo, que el lector abandone el interior de ese coche con el que arranca la acción, es tal la fuerza, tan electrizante la forma en que se cuenta, que, cumpliéndose esta vez el tópico, atrapa al que allí se asoma. Al secuestrado de la historia se suman los lectores que allí se adentran. La narración periodística, el reportaje bien entendido es en García Márquez lo que el cuento policial en Borges. No se pierda esto de vista para saber de qué escritor estamos hablando.

Otro aspecto insoslayable de la trayectoria de García Márquez son determinadas ciudades. Diré tres. Aquella Barcelona que descubrió el boom de la literatura hispanoamericana para España y para Europa. Aquella Barcelona literaria que consiguió el milagro de no reparar en que existía Franco. Eso sí que fue un hecho diferencial, admirable e irrepetible. Aquel París en el que una serie de escritores hispanoamericanos, entre ellos García Márquez, estaban esperando la noticia de la caída de sus dictadores, que tanto se parecían entre sí. Desde la suprema gloria literaria, Valle-Inclán los presidía. Y –¿cómo no?– La Habana. No hay duda de que la relación entre García Márquez y Castro da mucho de sí, también literariamente. En todo caso, el destino tenía que unir a un escritor de referencia con un mandatario al que no se le puede negar su protagonismo en el siglo XX así como su atractivo literario, no siempre pintiparado para las hagiografías, pero de una potencialidad extraordinaria.

Por otra parte, ¿cómo no tener en cuenta lo mucho que se le debe a un escritor que, para millones de lectores, les supo mostrar la realidad de lo fantástico en muchas de sus historias, especialmente en la que está considerada su obra maestra? ¿Cómo no preguntarse, en unos tiempos como éstos en los que la literatura está tan sofocada por las etiquetas y tan marcada por el mercado, lo providencial que resultó para muchos adolescentes la lectura del libro al que acabamos de hacer mención? Uno de mis mejores amigos me comentó muy recientemente que a sus 14 años una de las cosas más importantes que hasta entonces había sucedido en su vida fue haber leído ‘Cien años de soledad’.

Y, volviendo a lo que es el periodismo en García Márquez, a muchos nos congratula el recuerdo de la ansiedad con que esperábamos que llegase el miércoles en aquellos años en que escribía su artículo en ‘El País’. ¡Qué lujo supuso disfrutar de aquel escritor de periódico, sin pedanterías, sin moralinas, con admirable oficio! Por algo, se negó a conceder entrevistas precisamente por lo mucho que amaba a aquel subgénero periodístico tan de capa caída en los últimos tiempos. Por algo, se refirió a que las grabadoras hacían perder al entrevistador los pálpitos del entrevistado. Por algo dijo que el término «posicionar» era un palabro que debería estar prohibido. Por algo, advirtió contra los adverbios terminados en «mente», incluso antes de que se prodigara tanto el «absolutamente».

Y apuntemos por último su maestría para los títulos. Desde García Márquez, no sólo es el coronel el que no tiene quien le escriba, no sólo es la suya la crónica de una muerte anunciada, no sólo el amor está en los tiempos de cólera.

No toca sumarse a tantas plañideras corales, sino a la lectura o relectura de un genio al que tanto y tanto le debe la literatura.

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