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Fecha: mayo, 2014
Interrogantes sobre el PSOE
Luis Arias Argüelles-Meres 29-05-2014 | 6:53 | 3

 

Los resultados de las elecciones europeas del 25 de mayo pusieron de manifiesto, con respecto al tremendo batacazo sufrido por el PSOE, que se cumple aquello de que no es posible engañar a todos todo el tiempo. Cada vez son menos los ciudadanos que consideran que el Partido Socialista es de izquierdas por el mero hecho de que sus siglas así lo indican. Son muchas las preguntas que no podemos dejar de hacernos. La primera de ellas es si la decisión de Rubalcaba convocando un congreso extraordinario supondrá un verdadero punto de inflexión o si, antes al contrario, será una vez más un cambio lampedusiano. En ese sentido, despejaría muchas incógnitas saber si, para las próximas primarias, la militancia podrá votar a los candidatos o si se tratará de un voto delegado, es decir, de toda una puesta en escena de democracia orgánica. En este momento, hay constancia de que existen candidatos como el señor Madina que ya se han pronunciado al respecto por lo primero. Sería muy deseable para la salud e higiene democráticas que se le hiciese caso.

A partir de ahí, a quien le corresponda tendría que preguntarse si el PSOE debe cambiar o no de discurso en temas clave para un partido que se reclama de izquierdas. Enuncio los que a mí parecer serían puntos básicos.

Primero, ¿seguirá siendo incuestionable para el PSOE la Monarquía, o tocaría ya pronunciarse en favor de la forma republicana de Gobierno? Segundo, siendo de todo punto rechazable la LOMCE del señor Wert, ¿de verdad hay motivos para defender el sistema educativo actual, incluida la presencia de la religión católica en la escuela pública, incluido el apoyo al negocio de la llamada enseñanza concertada, incluidos el arrinconamiento del esfuerzo, así como la renuncia al conocimiento? Tercero, ¿sería de recibo, con el pretexto de lo que supuestamente se dicta desde Bruselas, decantarse por una política económica similar a la del PP, apoyo incluido a los grandes bancos? ¿No habría cosas a replantarse en este sentido, entre ellas, la de la privatización de las cajas de ahorro, que es sarcástico que una medida de este calibre la haya defendido un partido que se dice socialista? Cuarto, a la luz de los resultados electorales en Cataluña, ¿no apremia plantearse una reforma de la Constitución encaminada a un federalismo que habría que negociar, y hacer semejante planteamiento desde la máxima concreción posible, trasladando el debate, como no podría ser de otro modo, a Cataluña? Quinto, la lucha contra los privilegios de la mal llamada clase política tendría que ser tan inequívoca como ejemplar, asumiendo con hechos renunciar a privilegios que son una afrenta contra una ciudadanía que está padeciendo las brutales consecuencias de esta crisis económica.

De verdad, no se trata de que el PSOE deba emplazarse en posiciones extremas, pero parece obligado un mínimo de coherencia en sus propuestas. El PSOE no puede seguir haciendo, a un tiempo, de Sagasta y de Lerroux. De lo primero, seguir asumiendo un papel muy comparable al que ejerció Sagasta en la primera Restauración borbónica. De lo segundo, en lo que toca a escándalos de corrupción que salieron a la luz en la etapa felipista y que continúan en casos como los ERE andaluces, por no hablar también de lo sucedido en Asturias en el periodo arecista, con el ‘caso Renedo y/o Riopedre’.

Los datos no engañan. Si nos detenemos en el incremento de votos que tuvo IU, así como en los obtenidos por Podemos, y los cotejamos con los que perdió el PSOE, la conclusión no deja margen para la duda. Ya no cabe llamarse de izquierdas y hacer políticas de derechas. De nada servirían cambios lamepedusianos no sólo en el procedimiento que se habilite para las elecciones primarias, sino también en lo que toca al discurso que el PSOE debe proponer a la sociedad española. Me temo que esta vez no serviría la estrategia que se adoptó en Suresnes que, según Santos Juliá, fue de esta guisa: «Sus nuevos dirigentes tuvieron la destreza para combinar continuidad simbólica y discontinuidad política con el socialismo del pasado, de refundar el partido bajo la apariencia de una renovación».

No, aquí ya no se salvan los muebles con «la continuidad simbólica» de las siglas y la discontinuidad del legado moral e ideológico de un partido que se concibió para luchar por una sociedad más justa, más libre y más igualitaria. No vale arremeter, como se hizo en la campaña electoral europea, contra la política de recortes de Rajoy, cuando fue Zapatero el primero en aplicarla. La arremetida tendrá que provenir desde la renovación de las personas y los discursos, la única posible para recuperar una credibilidad cuya pérdida se ganaron a pulso los dirigentes socialistas que gobernaron España durante veintiún años tras la muerte de Franco.

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¿Repensar Europa?
Luis Arias Argüelles-Meres 28-05-2014 | 12:21 | 3

“Un país que amar, una propiedad que defender y cierta participación en la promulgación de unas leyes que respetaban tanto por interés como por obligación”.  (Gibbon. “Historia de la decadencia y caída del imperio romano”).

 

“Estamos en la época grave e inquieta, período de gestación de una nueva verdad de la inteligencia humana  y hay, sin embargo, hombres necios y nulos que niegan lo presente y se pudren en el pequeño y nauseabundo charco de su trivialidad” (Zola. “Mis odios”).

 

 

No hablo de lo que llaman “la Europa de los mercaderes”. No hablo de ese constructo al que denominan “gobierno europeo”. No hablo de lo mucho que manda en la UE la señora Merkel. No hablo de ésos que se proclaman “euroescépticos”. No hablo de una Europa que, como la antigua Roma, se siente atrincherada y decadente y que, como en el poema de Kavafis, oye de continuo la amenaza de la venida de los bárbaros. No, no hablo de eso, sino de algo que tiene mucho mayor recorrido y que es necesario repensar y, con ello, rescatar. Hablo de esa vieja Europa que, a pesar de muchos y muy terribles pesares, hizo posible no sólo que se sentaran las bases de la ciencia y el pensamiento en Occidente, sino también su ulterior desarrollo, tantas y tantas veces atacado, tantas y tantas veces combatido.

Hablo de aquella Europa que, décadas atrás, estaba para nosotros tan cercana en la geografía y tan lejana en la historia. Hablo de aquella Europa a la que emigraron tantos españoles en los años de posguerra, de la que siempre venían contando que nos llevaba decenas de años de adelanto. Hablo también de aquella Europa con la que soñaron pensadores y científicos españoles para que nuestro país se pusiera a la orteguiana altura de los tiempos.

Hablo de aquella Europa que supo sobreponerse a los horrores de las horrendas barbaries que se sufrieron en el siglo XX. De aquella Europa que, tras la 2ª Guerra Mundial, fue capaz de recuperarse en lo económico y en lo anímico, dando paso, en la mayor parte de las naciones del Continente, a un Estado del Bienestar que, a día de hoy, está yendo a menos de forma alarmante.

En estos tiempos oscuros y decadentes, la historia tiene que ser, al mismo tiempo, el asidero y la referencia para no perder de vista en ningún momento la potencialidad de la vieja Europa, que es mucho más que una Unión monetaria, la que en su día soñó Napoleón. Que es mucho más que una especie de Gobierno de Gobiernos donde las luchas son poco más que un cicatero reparto del pastel de turno. Que es mucho más que un Parlamento que, en el caso de los representantes españoles, más bien parece un retiro dorado de determinados políticos en lugar de una Cámara legislativa donde se dirimen cosas decisivas para nuestro país. Que, siguiendo con España, pasó de ser la solución que propugnaba Ortega en 1910 a convertirse en el pretexto cuando toca imponer medidas que recortan bienestar y derechos.

Repensar la vieja Europa de la que hablaba Napoleón, por la que hizo un largo recorrido Madame de Staël, huyendo precisamente de aquel emperador en el que Nietzsche quiso ver la reencarnación del mundo clásico. De aquel emperador al que Hegel definió como el espíritu de su tiempo a caballo. Repensarla e invocar su grandeza sin ignorar su miseria. Repensarla y establecer los paralelismos que hay entre el presente europeo y la Roma más decadente, no hallable para el peregrino que la buscase según versificó Quevedo.

Laberinto y encrucijada en el momento presente. Miserias y grandezas en el pasado. Por eso, lo que toca es repensarla y recuperarla, más allá de los politiqueos, con una altura de miras que se niegue a reparar en todos aquellos que desconocen la historia y que sólo tienen anteojeras para sus mezquindades y sordideces.

Porque la historia de Europa es un permanente hallazgo arqueológico a cuyo hondón sólo puede accederse con el bisturí del conocimiento y con la llave de la inteligencia.

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¿Tomará nota la vieja política?
Luis Arias Argüelles-Meres 26-05-2014 | 6:56 | 6

¿Tomará nota la vieja política española y asturiana de los resultados de las elecciones europeas? El partido de Rajoy pierde un importante apoyo electoral. El PSOE tiene que convencerse de que no se puede seguir con siglas de izquierda y con políticas de derechas. IU, a pesar de haber aumentado sus escaños, tendría que percatarse de que el triunfo de Podemos le pisa los talones.

¿Tomará nota la vieja política, a la vista de los resultados en Cataluña, de que ya no vale empecinarse en que la Inmaculada Constitución monárquica del 78 es inalterable e inamovible como los Principios del Movimiento?

Y, centrándonos en Asturias, ¿se podrá sentir satisfecha la FSA del porcentaje de votos alcanzado, dada la enorme abstención, así como su condición de partido gobernante? ¿Se podrá sentir realizada IU, al alcanzar menos votos que Podemos? ¿Y qué dirá doña Mercedes, después de habernos deleitado tanto ella como el señor Garriga con sus topicazos afrentosos hacia la inteligencia de la ciudadanía? Y puede que el señor Cascos termine de convencerse de que su ámbito político no es el europeo ni el español.

Por su lado, la formación magenta se consolida en una franja de votos que, para Asturias, puede ser decisiva.

La principal lección es el fin de la vieja política, no sólo del bipartidismo, sino también el de una Constitución que no es el marco adecuado para resolver la vertebración territorial de España. La sociedad catalana se decanta por el independentismo, lo que sólo se puede afrontar con diálogo y negociación.

Vamos camino de un proceso de agonías. Y, ante todo, si hay una formación política triunfadora es Podemos, cuyos resultados deberían encender las alarmas del PSOE y de toda la clase política en general.

De los primeros, por haber desnaturalizado el legado recibido. Del resto, porque el mensaje de desafección es inequívoco.

En Asturias, si yo fuese el señor Orviz, invitaría a toda la militancia a reinventar esta coalición. La izquierda votante les abandona, don Manuel.

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¿Legislar contra el odio virtualmente expresado?
Luis Arias Argüelles-Meres 23-05-2014 | 7:54 | 7

«Sóbrale al mar de amargura lo que a menudo le falta de firmeza, pereciendo en él todos los que se adentran sin estrella» (Gracián).

 

Una frase corta, un bramido, una blasfemia, una insulto hiriente, una pintada, una amenaza, una maldición. Todo ello y todas ellas caben en pocos caracteres; vienen a ser los espumarajos de un continuo y frenético oleaje empujado desde la vida pública y que se estrellan sobre los muros virtuales, no sé si infinitos, pero sí, desde luego, ilimitados. A menudo, sintaxis alicortada, semántica de brocha gorda, morfología balbuciente, discordancias llamativas. A menudo, la paradoja que supone agarrarse al asidero de la soledad desde donde se escribe y, al mismo tiempo, sentirse envalentonados imaginando la pléyade de receptores de su bufido. No, su casa no está sosegada, como la del poeta místico. Pero el arrebato expresado en tan pocos caracteres sí que está cargado de decibelios.

Más allá de lo que sea posible y plausible legislar al respecto, sin que sufra menoscabo la libertad de expresión, nos encontramos claramente ante un problema de géneros, más de bien se subgéneros. Si, como reza el tan recurrido tópico, se supone que el papel lo aguanta todo, preguntémonos hasta dónde llega la inexpugnable resistencia (también indiferencia) de los muros virtuales.

Más allá de que se legisle contra las injurias, más allá de que se intente exigir que lo que se dice está contrastado, lo que le falta a  esta realidad virtual, cada vez más frecuentada en las redes sociales, es solemnidad.  Es en esa ausencia de solemnidad donde radica la grandeza y la miseria de la incesante catarata de decires en las redes sociales. Grandeza, por la espontaneidad que permite; miseria, por lo poco que importa expresarse sin decoro y sin rigor.

Desde el crimen de León, se diría que las alarmas se han disparado hasta que muy recientemente, a resultas de un partido de baloncesto, hubo inundación de comentarios racistas que, según parece, fueron en muchos casos objeto de denuncia.

El odio y el ingenio, –perdón por la perogrullada- tan omnipresentes en las pintadas y en las redes sociales, se asoman con mucho más pudor en otros ámbitos de expresión, pero, en el mundo virtual, son irrefrenables y, sobre todo, esenciales.

Y no perdamos de vista que, si bien es cierto que las andaduras digitales dejan huella, la realidad virtual se vive, en la mayor parte de los casos, como un ámbito anónimo. El insulto no es cara a cara. La amenaza no se manifiesta en presencia física. El alarido racista, machista, clasista, (y todos los “istas” que se quieran) se lanza desde la covacha de la soledad. Distinta cosa es que esa covacha pueda ser, llegado el caso, localizada y rastreada. Pero, desde ella se actúa como si se estuviese en un atrincheramiento infranqueable.

Legislar contra el odio virtual, además de generar debates que forman parte del entretenimiento público, viene a ser –mutatis mutandis- como la lucha contra las pintadas más o menos irreverentes, más o menos insultantes, más o menos ingeniosas, más o menos cobardes, pero siempre inevitables. Y, hecha la necesaria selección que impone el paso del tiempo, necesarias como testigos de los afanes de un tiempo y un territorio, necesarias como muestras de un derroche de ingenio que, por fortuna, nunca cesa.

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La desfachatez del bipartidismo astur
Luis Arias Argüelles-Meres 20-05-2014 | 5:50 | 2

¿Desconocen los asesores del PP y del PSOE que existe un incómodo testigo de la memoria que se llama hemeroteca? ¿Cómo pueden tener la desfachatez de discutir ahora si la autovía de la Espina tiene que llegar a Ponferrada? Miren, en la campaña de las elecciones municipales y autonómicas de 2007, se dirimía si llevarla hasta Ponferrada o alargarla nada menos que hasta Portugal. Siete años después, la autovía de marras no llega ni a Cornellana. En 2010, Pepiño Blanco, acompañado de la plana mayor de la FSA, cuando inauguró el tramo Grao-Doriga, paralizó las obras de esta autovía. Un mes después, se dio un parón definitivo a la segunda calzada entre Salas y La Espina. Ni Areces ni Javier Fernández se pronunciaron al respecto. Ante todo, la disciplina de partido. Por otro lado, desde la victoria de Rajoy en 2011, los susodichos tramos siguen paralizados

Ya puestos a hacer memoria de tantas patrañas, recordemos también que los estudios geológicos fallaron, pues la salida de la autovía que estaba prevista en Doriga, hubo que habilitarla por otro recorrido. Y ahí nos dejaron, además de despilfarros, un destrozo paisajístico importante. Y no olvidemos que las autoridades socialistas insistieron mucho «en el horizonte de 2009» como conclusión de las obras. Cinco años después, no se otea horizonte alguno. Les debemos gratitud infinita.

Por su lado, el PP, que tanto criticó los retrasos en esta autovía, mantiene un mutismo total ante la falta de voluntad del Gobierno de Rajoy de reanudar las obras que paralizó el PSOE.

Ante un panorama tan desolador, ¿cómo tienen la desfachatez los canovistas y los sagastinos (léase peperos y socialistas) de reabrir esta discusión? ¿Con qué credibilidad pueden hacerlo? ¿No cuentan con otros planteamientos más apropiados que éstos con vistas a unas elecciones al Parlamento Europeo?

El sistema bipartidista que languidece y agoniza, está utilizando su último recurso: el circo de aparentes rifirrafes que son pura falacia, pues se saben igualados en incumplimientos electorales. Como no tienen temas de fondo sobre los que discutir, porque son mucho más los acuerdos que las verdaderas desavenencias, convergen en el circo de las descalificaciones mutuas.

Es grande, muy grande, la desfachatez del bipartidismo astur. Es grande, muy grande, más que el sucursalismo, el señoritismo en el que incurren con respecto a sus dirigentes estatales, cuyos dedos quitan y ponen cargos y prebendas.

Y sólo hay un modo que está a nuestro alcance a la hora de combatir tamaña desfachatez que consiste en negarles el voto, no ya por el mayor o menor acuerdo que tengamos con sus postulados, sino por sus continuas falacias.

Desde la memoria que atestiguan las hemerotecas, hay que decir que valió, valió, valió.

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