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Fecha: agosto, 2014
LA FARÁNDULA Y “PODEMOS”
Luis Arias Argüelles-Meres 31-08-2014 | 2:14 | 5

 

Ahora resulta que el actor Willy Toledo vuelve a estar en el centro de la polémica por sus arremetidas en las redes sociales contra Podemos. Ahora resulta que el cantante Joaquín Sabina decide arengar a la formación política liderada por Pablo Iglesias invitándolos a que tengan un discurso acorde con los tiempos. Si bien estoy persuadido de que este rifirrafe declarativo no va a generar un debate político que arroje demasiada luz a esa izquierda que no sólo pretende serlo en sus siglas, me parece necesario hacer determinados recordatorios a todos aquellos que, con mucho más paternalismo que autoridad moral y lucidez, comparecen en la vida pública queriendo hacer lo imposible, es decir ser influyentes y decisivos. No son ni pueden ser Zola, el Zola que dio una histórica lección de dignidad y coraje con su admirado y admirable ‘yo acuso’. Eso está muy lejos de los comportamientos ciertamente de casta que tuvieron ciertos dirigentes de la SGAE.

Lo curioso de este debate a tres bandas es que, según puede colegirse, al señor Toledo le parece blando e inconsistente el izquierdismo de Podemos, mientras que a don Joaquín Sabina le resulta trasnochada la ideología de este grupo político.

Con respecto al cantautor, hay un recordatorio obligado. No se entiende muy bien que un personaje tan lúcido y brillante, capaz de un efectismo admirable en las letras de muchas de sus canciones, haya participado en aquel ceremonial de la ceja de los que pedían el voto para Zapatero. Con respecto al actor que inició esta polémica, sería muy de agradecer que se manifestase con claridad con respecto a los derechos humanos y libertades. Puedo compartir –y de hecho comparto– muchas de las críticas que hace a la vida pública que estamos padeciendo en nuestro país. Sin embargo, no vale arremeter contra las injusticias y atropellos que aquí sufrimos si, de otro lado, se consideran modélicos regímenes donde se pisotean los derechos humanos y las libertades.

Y, con respecto a Podemos, sería muy de agradecer que se explicase con la mayor concreción posible su proyecto político más inmediato para las municipales y autonómicas. No vale la ambigüedad para una fuerza política emergente.

Las respuestas que les dio Monedero a ambos personajes tienen mucha lógica. Pero, más allá de lo que es el periodismo declarativo que casi siempre forma parte de lo que tiene de circense la vida pública, a esta formación política le toca seguir convenciendo de que, por un lado, no son, como el PSOE, una izquierda de siglas, y que, por otra parte, su proyecto nada tiene que ver con totalitarismos que tanto horror causaron ni tampoco con izquierdismos caudillistas que atentan gravemente contra la ética y contra la estética.

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Jordi Gracia ante Ortega y Gasset
Luis Arias Argüelles-Meres 30-08-2014 | 1:24 | 1

  • 30 ago. 2014
  • Culturas
  • LUIS ARIAS ARGÜELLES-MERES 

Llama la atención que Jordi Gracia apenas profundice en los escritos literarios del pensador

No es nada fácil escribir una biografía sobre alguien como Ortega que fue un maestro del género no sólo por las trayectorias vitales de las que se ocupó siguiendo sus propias teorías, sino también porque continuamente fue dejando claves con las que intentó explicarse a sí mismo. Y, por otro lado, hay riesgos casi imposibles de evitar cuando se acomete la tarea de contar la trayectoria de un gran escritor. Es muy tentador incurrir en glosar textos a menudo deslumbrantes. O sea, quedarse en l a mera paráfrasis textual. Así las cosas, el autor de la última biografía sobre Ortega, Jordi Gracia, aceptó un reto nada exento de riesgos, lo cual siempre es meritorio.

A la hora de hablar de las fuentes que se manejan, así como de los episodios que se deciden contar, siempre nos preguntamos hasta qué punto deben entrar en una biografía aspectos que pertenecen de lleno a la vida privada del personaje, como aquellas cartas que el autor no decidió publicar, pero que, andando el tiempo, se ponen en mano de algunos investigadores.

Ni es fácil dar una visión de conjunto de alguien que fue a un tiempo un intelectual que participó de lleno en la vida pública de su país, un pensador muy destacado más allá de nuestras fronteras y un escritor que no renunció nunca  a eso que comúnmente se denomina voluntad de estilo. Fue Juan Marichal quien advirtió que, en la totalidad de la obra de Ortega, no ocupaban menos sitio sus escritos políticos que las obras filosóficas propiamente dichas. Esa visión de conjunto obliga no sólo a una estructuración siempre complicada sino también a emplear un  número de páginas importante.

En este sentido, el planteamiento de Jordi Gracia es discutible cuando sugiere en más de un momento que los fracasos políticos de nuestro personaje le llevaron a volcarse en una obra filosófica ciertamente dispersa y discontinua, pero de gran relieve. Inevitablemente discutible el susodicho planteamiento porque, en lo que respecta a su implicación en la vida pública, se trataba, entre otras cosas de una salvación de la circunstancia que al orteguiano modo era insoslayable. Y, por otro lado, sobre la vocación en general y sobre su vocación filosófica en particular Ortega escribió lo suficiente en cantidad, en calidad y, sobre todo, en claridad, para dejar pocas dudas al respecto.

Llama la atención que, siendo Jordi Gracia un afamado historiador de la literatura, apenas profundice en los escritos literarios de Ortega, al tiempo que se aventura en el análisis de su trayectoria filosófica sin conseguir aportar vislumbres que superen a otros estudiosos de Ortega, especialmente Ferrater Mora.

Otro aspecto que me llama mucho la atención de este libro es el que aborda la última etapa de Ortega desde su regreso a España hasta su muerte.  Si en su momento Jordi Gracia había arremetido contra Gregorio Morán por su libro sobre el filósofo, el catedrático de literatura, que con tanta generosidad se ocupó de la obra y circunstancia de Dionisio Ridruejo, descuida el contexto de aquella España oficial de y no se ocupa a fondo de lo más importante del asunto, es decir, de hasta qué punto fue coherente por parte de Ortega regresar a un país que había retrocedido en el tiempo de forma tremenda.

En todo caso, siempre es apasionante volver a Ortega y, por otra parte, se trata de un libro suficientemente documentado que ayuda a acrecentar el interés por una figura irrepetible de nuestro siglo XX

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Hay un largo camino al HUCA
Luis Arias Argüelles-Meres 28-08-2014 | 1:56 | 0

Aquel NO-DO de la TPA cuando se abrió el HUCA está derivando en una especie de serial donde cada episodio viene a ser una función de ópera bufa. Ya no hablo del caos que se originó tras la memorable y triunfal apertura, sino de los percances continuos de los que venimos teniendo noticia. Lo cierto es que la fotografía publicada por EL COMERCIO en el que se ve a un grupo de ciudadanos esperando al bus sin protección alguna bajo el sol representa toda una metáfora de las consecuencias de la larga cadena de despropósitos acontecidos desde que se puso en marcha el proyecto de ‘el hospitalón’. Es decir, exceso de improvisaciones cuyas consecuencias las sufre la sociedad a la que estas buenas y resolutivas gentes dicen representar.

Hay un largo camino al HUCA. Las líneas de autobús tienen que ser modificadas. El malestar en el colectivo de los taxistas es manifiesto. El programa informático causa atascos y problemas. Las tormentas se cuelan por las techumbres. El personal sanitario no está en modo alguno satisfecho en cuanto al funcionamiento en general.

Pero, eso sí, tras Dios sabe cuántas inauguraciones virtuales, que sólo podrían ser explicadas desde un narcisismo y megalomanía seriamente preocupantes, llegó el momento de su puesta en marcha, momento que, como recordamos más arriba, tuvo como música de fondo el NO-DO de la televisión autonómica. Y, acto seguido, el aluvión de deficiencias arroyó todas las informaciones.

En medio de todo ello, las continuas apariciones de la Asturias oficial, esto es, del consejero Faustino Blanco, del señor Rabanal, otrora exconsejero de Hacienda y, excepcionalmente, del presidente llariego. Por supuesto, Asturias va bien. Por supuesto, el HUCA va bien. Por supuesto, estamos en las mejores manos.

Hay un largo camino al HUCA. En una ciudad como Oviedo, con serias carencias a la hora de ser transitada y, sobre todo, circunvalada, desde que se puso en marcha la construcción del nuevo hospital, hubo de todo menos previsiones. Para empezar, ¿cómo es posible que no se haya madurado proyecto alguno para las instalaciones del antiguo hospital? ¿Tal carencia no pone de manifiesto que todos nuestros mandamases no son capaces de plantear propuestas al margen del ladrillo? Porque, claro, los tiempos ya no están para seguir construyendo conjuntos residenciales. Para seguir, ¿no resulta inconcebible que la hoja de ruta hacia el nuevo hospital no estuviese ya bien madurada en el momento mismo en que se inauguró?

Hay, en efecto, un largo camino al HUCA, marcado por los despropósitos y las improvisaciones, pese al NO-DO oficial en distintos formatos

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Julio Cortázar: Lo lúdico y lo trágico
Luis Arias Argüelles-Meres 26-08-2014 | 12:31 | 1

De lo mucho que se está escribiendo acerca de Julio Cortázar por sus efemérides, lo que menos me interesa, por abrumador y repetitivo, son los clichés academicistas, al tiempo que se soslaya la experiencia lectora de muchos de los que se ocupan de su obra desgranando topicazos que, en no pocos casos, no pasan de ser el copia y pega de enciclopedias virtuales. Y es que, si para algo sirve una conmemoración de un gigante de las letras como es el caso, tendría que ser para cursar invitaciones irrechazables a su lectura. A propósito de esto, entre lo mucho que hay de fascinante en la obra de Cortázar, se encuentra el hecho de que estamos hablando de una de las cimas de un género como el relato que, en su caso, incurre en algo tan revolucionario como es romper en no pequeña parte con la tradición del género.

Me explico: rompe esa tradición en tanto en cuanto la mayor parte de los protagonistas de su relatos son personajes que sólo tienen cabida en el mundo contemporáneo, personajes en los que habitan a un tiempo, el desasosiego de Pessoa y, también, esa parte del día (o de la noche) en la que dejan de ser ciudadanos convencionales y comparecen ante el lector mostrando su lado oscuro, su soledad, las sombras que los apoderan. Narrativa de espejo oscuro, de dramática soledad, mosaico de seres vulnerables, a veces, entrañablemente vulnerables. Desarraigo, soledad, angustia, ruptura social. Y todo ello bajo el marco de un juego literario, bajo la arquitectura de un dominio magistral de eso que a lo que llamamos nuevas técnicas narrativas.

Los grandes ismos que en el siglo XX han sido, sobre todo, el existencialismo y el estructuralismo, entrando de lleno en el mundo literario, en el submundo cortazariano que tanto debe a Borges, sin que ello suponga demérito alguno en el autor que nos ocupa.

La literatura es en Cortázar juego y compromiso. De lo primero hizo una obra maestra como es ‘Rayuela’. No olvidemos con respecto a su gran novela, estas palabras del propio Cortázar: «Se trata de expresar en términos de novela lo que otros, los filósofos, se plantean en términos metafísicos. Es decir, las grandes interrogantes». Pero resulta que esas grandes interrogantes se plantean dentro de un juego literario. Así pues, como dirían los cursis actuales, el cambio de formato es notorio y notable. De lo segundo, repitió con acierto a lo largo de su vida que el imperativo irrenunciable de la ficción literaria es la obra bien hecha, puesto que, de buenas intenciones y de moralinas, hay un enorme listado de obras que no alcanzaron la más mínima exigencia estética. Y esto no lo formula un escritor aséptico, sino un literato comprometido con una ideología inequívocamente de izquierdas. Así las cosas, lo lúdico y lo trágico que coexisten y transcienden en una misma obra.

La angustia que nos habita en los protagonistas de ‘Casa tomada’, que lo van perdiendo, simbólica y realmente, todo. Universo narrativo poblado por perdedores que comparecen con su lado oscuro y –¡ay!– también mágico.

Esa irrechazable invitación a la lectura de Cortázar es lo que toca hacer. Todo lo demás son topicazos que colisionan con el talento y la genialidad del autor que nos ocupa

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A propósito de Melquíades Álvarez
Luis Arias Argüelles-Meres 24-08-2014 | 10:17 | 0

 

«En esencia, los reformistas eran socialdemócratas con un matiz fabiano. Siguiendo el espíritu de Costa, hacían hincapié en la reforma agraria, la tolerancia religiosa, la democracia parlamentaria y la educación laica». (Rockwell Gray).

 

El 22 de agosto se cumplieron 78 años del asesinato de Melquiades Álvarez, y, por otro lado, el ex ministro de Franco Fernando Suárez acaba de publicar un libro sobre el gran tribuno gijonés. Aparte de eso, conviene recordar que en el verano de 1914 tuvo lugar la más que fructífera visita a Asturias por parte de Ortega, donde vino, entre otras cosas, a dar publicidad de ‘La Liga de Educación política’, que surgió en el seno del partido melquiadista. Y que su encuentro con Fernando Vela fue decisivo no sólo en la trayectoria de ambos personajes, sino también en la vida cultural del siglo XX en nuestro país.

A propósito de Melquiades Álvarez, me permito insistir en tres conceptos básicos sobre los que escribí repetidas veces.

En primer término, que nace, como Unamuno, en 1864, y que su vida concluye en el mismo año que don Miguel, es decir, en 1936. Pero esto no es sólo una coincidencia cronológica, puesto que, a mi juicio, el líder del partido reformista es la principal figura política de la generación del 98.

En segundo lugar, también en el sentido freudiano, Melquíades Álvarez puede y debe ser considerado como el padre de la República. No olvidemos que, de un lado, su partido es el principal vivero de políticos que forjarían el Estado que se proclamó el 14 de abril de 1931. En su formación política militaron, entre otros, Azaña, Augusto Barcia, Ortega, Pérez de Ayala y Fernando Vela. Y el Partido reformista fue concebido, entre otras cosas, para combatir el régimen canovista y traer a España el imperativo de modernidad a través de un afán pedagógico que marcó a las generaciones del 98 y del 14. Azaña, en este sentido, dejó escrito que don Melquíades pudo haberlo sido todo en la República, si en su momento se hubiese opuesto con mayor ímpetu a la dictadura de Primo de Rivera y, sobre todo, si no se hubiese aliado con las formaciones más conservadoras que combatían al nuevo Estado. Lo trágico del caso es que, con la guerra civil recién iniciada, unos desalmados acabasen con su vida, lo que provocó, entre otras, reacciones como las de Indalecio Prieto que se horrorizó ante aquel crimen.

En tercer lugar, a la hora de acercarse a la figura de Melquíades Álvarez, debe tenerse en cuenta de que no sólo es el sucesor de Clarín en la Cátedra de la Universidad de Oviedo, sino que su partido se fraguó en consonancia con los postulados del liberalismo y del krausismo que presidían la época dorada de nuestra Alma Máter. Es decir, el partido que fue el principal vivero de la República tiene en Clarín todo un precursor intelectualmente hablando

Por otra parte, también quiero insistir una vez más en que Melquíades Álvarez es, después de Jovellanos, quizás el personaje histórico más importante vinculado a la ciudad de Gijón. O, en todo caso, su trascendencia en la España de su tiempo no es lo suficiente conocida y reconocida en su tierra y, al mismo tiempo, refleja la importancia que tuvo Asturias desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX. Estamos hablando de la región española donde Ortega tuvo más discípulos, entre ellos, Fernando Vela, que escribía en el diario melquiadista ‘El Noroeste’ cuando el filósofo visitó nuestra tierra. Entre ellos, también José Gaos que se consideró el discípulo predilecto del autor de ‘La Rebelión de las Masas’.

No se trata de incurrir en hagiografías que ahora se prodigan tanto. No, lo que procede es muy distinta cosa: recuperar a una figura que, con sus luces y sombras, con sus contradicciones que para más de uno fueron decepcionantes, representa un tiempo en el que Asturias vivió una época de esplendor intelectual hasta ahora irrepetible, esplendor intelectual que tuvo su reflejo en una formación política, presidida por un asturiano eminente, movido por un empeño de modernidad que tuvo una influencia decisiva en la vida pública española de entonces.

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