El Comercio
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Fecha: octubre, 2014
No sólo Villa: Montescos y Capuletos astures
Luis Arias Argüelles-Meres 31-10-2014 | 7:29 | 2

Ya me ocupé del ‘caso Villa’ en varios artículos y quienes hayan tenido la generosidad de leerme se habrán percatado fácilmente de que mi opinión sobre el personaje no es precisamente ambigua. Ahora bien, tengo la impresión de que se corre el riesgo de que tanto la opinión pública como la opinión publicada transmitan a la ciudadanía la convicción de que el ex líder sindical es el principal nombre propio a la hora de ocuparse de las irregularidades y caciquismos que enfangan nuestra vida pública llariega. Y ese riesgo, en aras de la objetividad y la decencia, hay que evitarlo a toda costa. Miren ustedes: hay muchas y graves historias de despilfarros y corruptelas en Asturias que nada tienen que ver con Villa.

En estos momentos, sin ir más lejos, pesa una amenaza grave para el futuro de El Musel si al final tienen que devolverse dineros de ayudas europeas. Por otro lado, conviene no olvidar que la última Legislatura de Areces se cerró con el ‘caso Renedo’ y con el ‘caso Riopedre’, los cuales tenían mucho en común, pero, en todo caso, hablamos de dos consejerías implicadas.

No sería justo que Villa fuese el único referente a la hora de hablar de escandaleras e historias que enfangan nuestra vida pública y que producen creciente desafección entre la ciudadanía hacia la política.

Porque, como mínimo, por estos lares hay Montescos y Capuletos, esto es, existen responsabilidades que atañen a más de uno. No parece en principio que Villa tenga nada que ver con lo que sucedió en el Niemeyer, ni tampoco con los sobrecostes de El Musel. Sería un error mayúsculo cargar toda la culpa, toda la ira y todo el malestar en una sola dirección.

La historia política asturiana desde la Transición política a esta parte tiene sus fases, sus equilibrios de poder, sus renuncias y renuncios, sus caciquismos, sus problemas aún irresolutos, y un largo etc. Cierto es que en el congreso de la FSA de 2000 el arecismo salió derrotado. No lo es menos que a, partir de entonces, fue sobreviviendo y que los nuevos responsables de la FSA hicieron sus pactos con el político que presidió el Gobierno de Asturias durante tres legislaturas consecutivas hasta 2011. Y en todo lo que vino sucediendo en ese último periodo no fue Villa el único, ni siquiera el principal responsable político.

Y, por otra parte, en esta dinámica que nos hace recordar una vez más el verso de Lope de Vega que habla de «creer sospechas y negar verdades», hubo actuaciones políticas en el ámbito municipal que no fueron exclusivamente protagonizadas por el PSOE.

No sólo Villa, digo. Si los Montescos caen en desgracia, los Capuletos se frotan las manos, pero, en el caso que nos ocupa, eso no les da a estos últimos superioridad moral alguna. Se trata, en todo caso, de un aprovechamiento alicorto y mezquino de las circunstancias del momento.

La Asturias de hoy no sólo está sufriendo las consecuencias de lo que Villa supuso en nuestra vida pública, sino que también está padeciendo lo que sobreviene a medidas desaprensivas y a políticas de vuelo bajo con su impedimenta de traiciones y excesos, de los que no se libran los Capuletos.

Y, cuando hablo de Montescos y Capuletos no me refiero sólo a familias políticas dentro de un mismo partido. Aquí las ramificaciones son alargadas con otros partidos en liza, claro está.

No nos confundamos, por favor.

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Veinte años de petardazos
Luis Arias Argüelles-Meres 28-10-2014 | 9:11 | 2

«Hemos visto la lucha de intereses y pasiones enardecerse cada día, historias estúpidas, comadreos vergonzosos, los desmentidos más descarados, el simple sentido común abofeteado cada mañana(…) Y hemos terminado por encontrarlo repelente. ¡Cierto! ¿Pero quién quiso que ocurrieran estas cosas, quién les fue dando largas?». Zola.

 

¿Recuerdan ustedes aquellos días en los que el jefe de los guardias, Luis Roldán, se daba a la fuga y el guardián de nuestros dineros, Mariano Rubio, ingresaba en prisión? Pues resulta que tan gloriosos lances tuvieron lugar hace veinte años, en 1994. Aunque los escándalos de corrupción comenzaron antes, concretamente el 7 de enero de 1990, cuando el alcalde de Barbate, en una entrevista que publicó el diario ‘El Mundo’, denunció los comportamientos poco ejemplarizantes del ciudadano Juan Guerra, ‘el hermanísimo’, por aquel entonces. De todos modos, en el año 1994 no sólo empezó a desmoronarse el felipismo, sino que además la sospecha de corrupción generalizada cobró mucha fuerza. Y un 27 de octubre de 2014, nos encontramos con una redada anticorrupción en la que hay medio centenar de detenidos, entre ellos, el presidente de la Diputación leonesa y el político madrileño Francisco Granados, tan estrechamente vinculado a Esperanza Aguirre hasta que se destapó el affaire de sus dineros en Suiza.

Así pues, veinte años de petardazos. Así pues, veinte años desde que la ciudadanía tiene constancia del saqueo de las arcas públicas. Así pues, alguien tendría que componer un tango que hablase de este periodo en nuestra vida pública. Tango, más que arrabalero, desgarrador. Quien lo cantase debería desgañitarse con ira e indignación.

Se nos quedó pequeño el patio de Monipodio. Se nos quedó en bagatela nuestra picaresca. Y, además, da la impresión de que hemos llegado un punto en el que las bombas de achique ya no pueden con todo lo que rebasan y rebosan las alcantarillas de nuestra vida pública.

Se llama la susodicha redada ‘operación Púnica’. A saber quién es aquí Roma y quién Cartago, pero, en todo caso, estamos asistiendo a un proceso en el que el partido gobernante no sólo tiene que luchar contra la crisis y el desempleo, puesto que su batalla más importante la tiene que librar contra esos espectros que regresan de su pasado inmediato, de su pretérito mucho más que imperfecto, de sus casi innumerables covachas. Rajoy habla de corrupción, cosificándola y minimizándola, como hizo en su día con los hilillos de los vertidos del Prestige.

Al PP le están pasando factura las corruptelas que se fraguaron en tiempos del aznarismo; del mismo modo que Felipe González en su última legislatura tuvo que hacer frente a escándalos de años atrás, entre ellos, el GAL.

Veinte años de petardazos en los que este país está, más que nada, noqueado, porque no sabe ya cómo afrontar la corrupción, no sabe de quién fiarse, no ve salida posible. Atónito, sin palabras, sin respuesta. De vez en cuando, balbuceos de indignación, a los que torpemente definen algunos como acciones antisistema.

Vida pública irrespirable. Y las reacciones de la España oficial, en lugar de ir al meollo del asunto, están pensadas para entretener mientras escampa. De lo que no quieren darse cuenta es de que no está muy lejano el momento en el que las turbulencias dejarán de ser pasajeras y anecdóticas.

No sirven las medias tintas. O se escenifica que la regeneración va en serio, voluntad que no se percibe hasta el final, o esto se pudre y revienta.

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La verdad sobre el caso Villa
Luis Arias Argüelles-Meres 27-10-2014 | 8:27 | 7

 

Por mucho que a más de uno se le llene la boca, exigiendo transparencia y declarando que salga a la luz todo lo que se relaciona con el escándalo de la fortuna que ocultó Fernández Villa, unos cuantos tendrían que pedir disculpas públicas no sólo por no haber sospechado siquiera lo que estaba ocurriendo, sino también por haberse dedicado a alabar durante décadas a un personaje del que en este momento nadie quiere saber nada.

La gravedad del asunto es enorme si se tiene en cuenta que estamos hablando de uno de los personajes que atesoró más poder en Asturias desde la transición hasta su retirada definitiva tan reciente. Mal funcionaron no sólo los controles en los organismos públicos, sino también el olfato de los políticos y de una gran mayoría de opinadores más o menos oficiales.

La verdad sobre el ‘caso Villa’ deja maltrecho un periodo histórico muy alargado de la vida pública asturiana. Por eso, sólo a los recién llegados les cabe pronunciarse con un mínimo de credibilidad. Y, en cuanto a la opinión publicada, las hemerotecas pueden sonrojar a unos cuantos que siempre tuvieron el elogio a punto para el mostachudo personaje.

Empezando por su propio partido, he de confesar que siempre me extrañó mucho que casi nadie se hubiese fijado en lo que en su momento manifestó Rafael Fernández sobre el personaje que nos ocupa en un libro que escribió Juan de Lillo sobre el yerno de Belarmino Tomás. Por otro lado, como bien se sabe, las relaciones de Villa con los principales políticos de la derecha asturiana fueron siempre muy cordiales, a veces, llamativamente.

Recuerdo muy bien aquellos años en los que más de una persona me reprochaba mi posición contraria al ex líder somático, al tiempo que intentaban hacerme ver las luces que ellos destacaban y que yo nunca percibí. Pocos fueron ciertamente en la opinión publicada los que mantuvieron una posición crítica con respecto a Villa.

Y, en el actual estado de cosas, nos encontramos con que algo que se vendió como uno de los mayores logros conseguidos por Asturias, es decir, el de los fondos mineros, que, en realidad, fueron la liquidación de un modelo industrial al que no se le encontró una alternativa que evitase la decadencia de Asturias, está bajo sospecha, al menos el uso que se hizo de los susodichos fondos. En esa línea apunta el secretario de USO, José Vía. Lo que sucede, según cabe barruntar, es que no hubo mucho interés por clarificar ese asunto.

En otro orden de cosas, no me resulta menos asombroso que más de uno destape ahora el libro de Gómez Fouz en el que lanza al ex líder sindical gravísimas acusaciones relacionadas con la delación, cuando el susodicho volumen se publicó hace más de una década. Y no tengo constancia de que Villa se haya querellado contra su autor.

¿Sería erróneo sospechar que se pasó sobre todo lo que pudiera dejar a Villa en mal lugar como sobre ascuas, tanto por los dirigentes de su partido, como también por grandes mandamases de la derecha llariega? Sin embargo, tras desatarse el escándalo, casi todo el mundo se hace el sorprendido y el indignado. No se puede negar que la hipocresía abunda por estos andurriales.

La verdad sobre el ‘caso Villa’ no sólo desprestigia irremediablemente al personaje en cuestión, sino también a quienes obviaron sospechas y a quienes adoptaron ante él una actitud servil que tanto sonrojo ajeno vino produciendo.

Y, por último, la verdad sobre el ‘caso Villa’ es un episodio más, en Asturias y en España, de este 2014 en el que están teniendo lugar las pompas fúnebres de la hasta ahora santificada transición.

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Unamuno en el discurso regio
Luis Arias Argüelles-Meres 26-10-2014 | 1:30 | 0

 

«Unamuno, Moisés solitario, Moisés sin multitud que le siga, con los brazos en alto sobre la tierra reseca del desierto. Nos queda el eco de sus palabras ardientes, de sus alaridos sin respuesta, pues, si la hubo, no pudo escucharla». (María Zambrano).

 

El nuevo monarca, como una coda a su discurso, nombró a Unamuno. Como una coda, sobre todo, al planteamiento que hizo acerca de la orfandad que padecemos en cuanto a referentes morales que tanto necesita este país. En la calle, las voces y los ecos de una multitud cada vez más indignada que exige con todo derecho ser tenida en cuenta. Y, por otro lado, los premiados al lado de una representación no pequeña de nuestra mal llamada clase política y otras autoridades. Paradoja que tampoco le hubiese pasado desapercibida a don Miguel.

Unamuno en el discurso regio. No puedo dejar de preguntarme si el actual Rey conoce las malas relaciones de su bisabuelo con el rector salmantino, así como aquel episodio en el que el autor de Vida de don Quijote y Sancho, al ser recibido por Alfonso XIII, no siguió el protocolo de entonces y se mostró con la dignidad de un ciudadano que se niega a servilismos y pleitesías. Aquello sucedió hace casi cien años, en 1916. Gran lección de Unamuno.

Unamuno en el discurso regio. No deja de ser llamativo que el Rey lo haya nombrado, pues estamos hablando del intelectual más incómodo con el poder de nuestra historia contemporánea. Incómodo para la Monarquía Alfonsina. Incómodo para el dictador Primo de Rivera que lo desterró. Incómodo para la República. Incómodo para las dos Españas en guerra. Incómodo para quienes representaban el bando que sería vencedor en aquel episodio en el rectorado salmantino, cuando Unamuno fue valiente y lúcido, advirtiendo que vencer no era convencer.

¡Qué ajeno tiene que resultar a Unamuno a quienes consideran que la gloria es el barniz social! ¡Qué embarazosa tiene que ser su figura para los adalides de lo políticamente correcto, que sólo saben de templar gaitas y que sólo desean soslayar lo que en verdad ocurre! ¡Qué paradójico tiene que sonar su nombre en cualquier escenario de servilismo y sumisión!

Las olas de la historia y de la intrahistoria. La protesta contra todo y contra todos. Los bramidos contra la chabacanería. El desprecio al boato de barniz chillón. Es mucho lo que Unamuno tiene que decir en nuestro aquí y en nuestro ahora. Distinta cosa es que se sepa en verdad de quién estamos hablando. Distinta cosa es que, con sólo nombrarlo, retumbe en conciencias mudas, ciegas y sordas.

Pero, en todo caso, su mera evocación, su somera invocación, su recordatorio al modo cosmético, nos retrotrae –velis nolis- a una figura que habla de la grandeza de un país que en su día regaló a la humanidad personajes de una dignidad tan alta, de un talento tan admirable y de un coraje tan heroico.

Contra todo y contra todos, sí, Pero, al mismo tiempo, con la humanidad y la dignidad. Y es que, en un momento como éste, con saqueos y atropellos, con cinismos e hipocresías, con mediocridades y mezquindades, la orfandad de este país clama a gritos la presencia de alguien como don Miguel, que estaría con los que se reclaman reales, con sus ecos, con la intrahistoria

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De expulsiones y fugas
Luis Arias Argüelles-Meres 25-10-2014 | 10:33 | 1

Conmovedora la puesta en escena del líder de Comisiones Obreras, mostrándose a un tiempo afligido e indignado con los sindicalistas de su organización que hicieron uso alegre y confiado de las famosas tarjetas opacas. Conmovedora, digo, pero no por el semblante que muestra el líder ‘obrerista’, sino porque simboliza un sonrojante fracaso de un sindicalismo desnortado, ineficiente y falaz. Perdón por la perogrullada, pero aquí no fallaron sólo las personas que de tan buen grado aceptaron las prebendas injustificables que suponían las tarjetas de marras, sino que, con ello, se pone de manifiesto la más que preocupante pérdida de rumbo de un sindicalismo que desde hace mucho tiempo no cuenta ni puede contar con la confianza de sus potenciales y teóricos representados. La corrupción que nos atenaza y asfixia afecta tanto al mundo sindical como al político, tal y como vienen mostrando los últimos acontecimientos.

Bien está que se determine expulsar de CC OO a estas buenas gentes. Bien está que el señor Toxo haya pedido disculpas reconociendo la falta de control que hubo en todos estos desmanes. Pero cabría esperar algo más, que sería presentar la dimisión en tanto se reconoce corresponsable de lo sucedido por no haberlo evitado. No sería, ni mucho menos, la primera vez que alguien dimite por haber elegido mal a sus personas de confianza, o por no haber controlado determinadas situaciones.

Así pues, con ser justas y necesarias las anunciadas expulsiones resultan insuficientes para que el sindicalismo recupere un prestigio y una confianza que se quedaron en el camino. No se trata sólo de deshacerse de ciertos garbanzos negros, sino también de mostrar una voluntad y una solvencia moral que, desde luego, en modo alguno se poseen.

Y en cuanto a las fugas, consistentes en este caso en no asumir lo obvio, tanto por parte del señor Blesa como del señor Rato, el espectáculo no puede ser más descorazonador. Es aún más escandaloso alegar que ignoraban que el derroche que ambos hicieron con las susodichas tarjetas fuese irregular. Y, aunque ello no fuese ilegal, lo cual es muy difícil de aceptar, pocas dudas cabe aducir acerca de lo impresentable de sus conductas, cuando hablamos de personas que no sólo tuvieron mucho que ver con desastrosas gestiones que llevaron a la ruina a la entidad bancaria a cuyo frente estuvieron, sino que además les resultaron carísimos a la mencionada entidad. Alegar ignorancia, digo, con una frialdad que produce náuseas. Supuesta ignorancia que, como es bien sabido, no exime de ninguna responsabilidad ni legal ni moral. ¡Qué estomagante resulta que, por lo que parece, las personas que firmaron las llamadas preferentes tiene que pagar por su ignorancia, mientras que Blesa y Rato pretendan utilizar como atenuante, incluso eximente, su supuesto e intragable desconocimiento del asunto!

De expulsiones y fugas, episodios o tratados, de esta tremenda novela picaresca que se viene publicando acerca de los desmanes de un tiempo y un país, arruinado, atropellado y sobrepasado por un malestar tan continuo como indigerible.

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