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Fecha: noviembre, 2014
¿Quién para todo esto?
Luis Arias Argüelles-Meres 30-11-2014 | 1:29 | 3

A doña Mercè Pigem, vocal del CGPJ, la invitan a presentar su dimisión a resultas del dinero que llevaba en su coche tras un viaje por tierras andorranas. Hay que reconocer que CIU no parece tener mucho ojo a la hora de proponer vocales para tan insigne organismo. Porque, si la memoria no me falla, aquel ejemplar ciudadano que fumaba puros, el señor Estevill, formó parte del Consejo General de Poder Judicial a propuesta de la formación catalanista. Por su lado, al levantarse el secreto del Sumario sobre el caso llamado ‘Enredadera’ instruido por la juez Alaya, se descubren prácticas corruptas por parte de conocidos ediles andaluces. Seguimos: el presidente extremeño continua con su caótica y surrealista huida hacia adelante tras conocerse sus viajes a Canarias costeados con dinero público. Y, para que nada falte, por nuestros andurriales llariegos, en el ‘caso Aquagest’, la lista de imputados se incrementa con ocho políticos de estos parajes astures, y nada tendría de extraño que se fuesen añadiendo más nombres.

¿Quién para todo esto? ¿Qué se puede estar preguntando la ciudadanía cuando, a poco que se asome a los aconteceres de la vida pública, comprobará fácilmente que la corrupción no sólo lo mancha todo, sino que además tiene presencia en la mayor parte de las páginas de información política?

¿Por qué no se levanta una sola voz que vaya un poco más de los topicazos y plantee que si falla tanto la ejemplaridad pública, de la que se ocupa con brillantez y precisión el ensayista Javier Gomá, tal cosa pone también de manifiesto que no sólo no funcionan los sistemas de selección, sino que además hay una clara voluntad de que siga habiendo aquella ausencia de los mejores al frente de las instituciones que es un mal endémico en la historia de nuestro país? ¿Por qué no nos sacudimos las legañas y admitimos lo obvio, es decir, que también es corrupción el nepotismo y clientelismo con el que muchos ayuntamientos contrataron en los últimos años a empleados sin sacar en muchos caso las plazas a concurso, valiéndose, simplemente, del dedazo? Invito a que se tomen unos cuantos ayuntamientos de Asturias como muestra, analizando el aumento del número de empleados al tiempo que la población no hizo más que descender. Hágase la cuenta y véase el alto porcentaje de personas contratadas sin haber pasado por un concurso-oposición. ¿Se puede negar que eso es corrupción?

Y vayamos a una de las cuestiones más peliagudas del asunto. ¿Se puede negar que existió siempre un porcentaje no pequeño de personas que, aun teniendo sospechas de corrupciones y nepotismos, votaban a determinadas listas, bien fuese mirando para otro lado, bien fuese tapándose la nariz? No hay que olvidar algo que escribió al respecto Azaña y que cité en más de una ocasión: «El caciquismo viene de abajo arriba. Es un arrecife de coral».

Y, por otra parte, no podemos no preguntarnos cómo y cuándo se puede poner freno a tantos desmanes y saqueos. Es un disparate para la higiene pública que los partidos tengan la potestad de nombrar a personas para las instituciones y organismos públicos más importantes. Primero, las personas designadas difícilmente pueden no sentirse condicionadas por sus valedores. Segundo, tal y como están las cosas, desdichadamente, no es inapropiado preguntarse a cambio de qué se nombran, al menos, en la intención.

Arrecife de coral, mal endémico enquistado en la sociedad. ¿Quién para todo esto?

No sólo es picaresca, es también un delirante y desquiciante mundo al revés. Y, en todo caso, si es un mal que viene de abajo arriba, habrá que agarrarse al asidero de pensar que sólo puede ser parado todo esto de abajo arriba, o sea, desde una ciudadanía que no puede sentirse cómoda cuando ese espacio al que llamamos vida pública es una auténtica escombrera

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Sin pulso ante la corrupción
Luis Arias Argüelles-Meres 29-11-2014 | 1:09 | 1

Un Parlamento sin pulso en el que comparece un Mariano Rajoy que aún no fue capaz de darse cuenta de que, ante la corrupción, viene haciendo un recorrido paralelo al que llevó a cabo, en su momento, Zapatero frente a la crisis. Primero, negarla. Y, más tarde, en cerca del tramo final de su mandato, reconocerla sin rotundidad y con desgana. Pero, eso sí, es un lastre que tira de él y lo zarandea. Y, por su lado, tampoco la inmensa mayoría de los opinantes de oficio son capaces de percatarse de un síntoma tan claro. En la tribuna de oradores del Congreso, hemos visto y oído a un Rajoy que desgranó una serie de recetas contra la corrupción, desde una credibilidad perdida y, también, con la actitud de un incompetente desbordado por un mal ante el que sólo es capaz de sugerir parches que, se sabe, que no resolverán el problema.

Como principal antagonista, don Pedro Sánchez, el descafeinado. Desde un partido que perdió, como el PP, la credibilidad y, también, desde un discurso que, en el mejor de los casos, está en reconstrucción tras un desmoronamiento que, para combatirlo, haría falta algo más que consignas facilonas.

Un Rajoy que llegó al Gobierno como una especie de salvador ante la crisis, pero que ignoró que estaba activada la bomba de la corrupción no sólo en el país, en general, que también, sino además en su propio partido. Un Rajoy que, tras tres años de Gobierno, ni siquiera fue capaz de mostrar consternación y dolor por el alto precio que está pagando la ciudadanía ante la crisis. Un Rajoy para quien el aparato del partido está por encima de todo.

Una vez más, el cuento, don Mariano, es muy sencillo: a la ciudadanía le consta que usted no ha acabado con la corrupción en el seno de su propio partido. Por tanto, no va a poder convencer a la sociedad española de que va a ser capaz de acabar con ella en un ámbito mucho más genérico. En estos tres años, don Mariano, usted no ha tenido ni pulso ni nervio ante el órdago política en Cataluña ni ante la corrupción. Ante lo primero, optó por inhibirse, mostrando así una falta de talla política desoladora. Ante lo segundo, se instaló, hasta hace nada, en la negación.

A veces, don Mariano, hay que mostrar arrojo, contundencia, energía, voluntad, sobre todo, cuando no se tiene talento para hacer de Hamlet exhibiendo una brillantez digna de admiración.

 

A veces, don Mariano, hay que mostrar arrojo, contundencia, energía, voluntad, sobre todo, cuando no se tiene talento para hacer de Hamlet exhibiendo una brillantez digna de admiración.

Y sus remedios contra la corrupción no van más allá, en el mejor de los casos, de las cataplasmas.

Tras tres años de Gobierno, sin pulso ante la corrupción. La musculatura de Rajoy y su Gobierno sólo actúan para darle a España la mayor pasada por la derecha más rancia desde la transición a esta parte.

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La resaca del aznarismo (Ante la dimisión de Ana Mato)
Luis Arias Argüelles-Meres 28-11-2014 | 9:12 | 0

Nos encontramos ante una dimisión anunciada no sólo por la incompetencia política de doña Ana Mato, sino también porque no había ninguna duda de que el fantasma de la llamada trama Gürtel la perseguía. Seguro que el caso que instruye el juez Ruz tendrá muchos más estallidos, pero el de la hasta ahora ministra de Sanidad estaba cantado. Y, entre otras muchas claves que se deben manejar para analizar este caso, la resaca de aquella segunda legislatura de Aznar es de obligada referencia. Añádase a ello otro factor nada baladí para el caso que aquí nos trae: doña Ana era de las pocas supervivientes con Rajoy que había tenido protagonismo en la etapa de Az–

nar presidiendo el Gobierno de las Españas.

De todos modos, dejando de lado los desencuentros, las guerras intestinas y demás miserias internas entre las gentes del PP, hay que reconocer que Bárcenas, con sus papeles, les une mucho, les condena, si no a entenderse, sí a coincidir en la misma estrategia declarativa en la medida que les hace copartícipes de determinadas escandaleras que los salpican por igual. Desde luego, no podrá decirse que aquello que les une sea muy sublime, sea un vínculo glorioso, pero ahí está.

La resaca del aznarismo sigue cobrándose víctimas. Es la resaca de un tiempo de grandonismo y despilfarro. Es la resaca de una soberbia y prepotencia propias de quienes no son capaces de digerir con dignidad un triunfo. Regalos, lujos, obscenidad crematística propia de advenedizos, y no sólo eso, sino también aires imperiales con ceremoniales pantomímicos de bodas de Estado en enclaves imperiales. Todo era dinero, todo eran dádivas. Se creían tocados por un Rey Midas que en realidad no era otra cosa que el pago a quienes les concediesen contratos para obras en las que los representantes del poder político no ponían freno ni control.

El dinero, que no el poder y la gloria. O, mejor dicho, la falsa gloria que da el vil metal, el maldito parné que no tarda en maniatar a quienes cayeron en su trampa de enriquecimiento rápido. Como bien puede comprobarse, al final, esos delirios se pagan, los escándalos estallan y se llevan por delante a esos personajes que no sólo demostraron no saber estar a la altura de un triunfo, sino que además se van por la puerta falsa con la indiferencia del respetable, o sea, que nos hacen recordar aquellas viejas y sabias palabras de Cervantes: «Miró al soslayo, fuese y no hubo nada».

Sin la trama Gürtel, Ana Mato pasaría a la historia por su nefasta gestión con el ébola, así como por la pobreza expresiva impropia de un personaje con altas responsabilidades en la vida pública. Con la susodicha trama, ya está incluida en el elenco de personajes que forman y conforman la resaca del aznarismo.

Y ojo a esta trama y al juez que la instruye: se puede dar por seguro que con Ana Mato no concluye la mentada resaca. Habrá otros desfiles. No lo duden.

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La Caja de los milagros
Luis Arias Argüelles-Meres 25-11-2014 | 9:26 | 1

Caja Madrid no fue sólo la entidad bancaria que puso a disposición de sus principales mandamases las ya célebres tarjetas opacas que tanto dan de sí en la función circense de nuestra vida pública. También fue, entre otras muchas historias ejemplares que no podrían ser abordadas en la extensión de un artículo periodístico, por decirlo al modo valleinclanesco, la caja de los milagros.

Verán ustedes: por lo que parece, doña Carmen Cafranga, que llegó a presidir la Fundación Caja Madrid, logró hace diez años un crédito de cuatro millones y medio de euros para la ONG que también presidía, cuyo nombre era ‘Asociación Patronato del Niño Jesús del Remedio’. Pero el asunto fue tan creativo que los dineros del crédito fueron dedicados a la construcción de un bloque de viviendas. El susodicho bloque se emplazó en un barrio de la capital de las Españas que tiene por nombre Montecarmelo.

Miren ustedes: la cosa no puede ser más española. Un niño Jesús del Remedio en el nombre de la Fundación. Un negocio que se asienta en un barrio llamado Montecarmelo. O sea, todo el catolicismo trascendiendo. Lo mejor de nuestra poesía mística. Y, según se informa, el negocio fue tan fructífero que Caja Madrid alquiló un local en los bajos de ese edificio. O sea, que todo se quedó en casa.

Por otro lado, según se dice, quien avaló la entrada de doña Carmen en la milagrera entidad bancaria madrileña fue doña Esperanza Aguirre. Claro, por algo, cuando esta buena señora dimitió como presidenta de todos los madrileños, dijo que había sido contratada por una empresa especializada en la captación de jóvenes y nuevos talentos. Desde luego, los hechos confirman que, para tales cometidos, la lideresa conservadora tiene una vista de lince.

¡Madre mía! Creo recordar que en ‘El Buscón’, de Quevedo, el pícaro protagonista nos cuenta en un episodio que le tocó comer un caldo muy católico a resultas de que a la cocinera de la caritativa institución a la que fue a combatir su hambre se le cayeron en el recipiente donde preparaba la comida cuentas de un rosario, o algo similar.

La Caja de los Milagros. Desde Quevedo a Valle- Inclán, pasando por Galdós, Arniches y Baroja. No sólo estamos hablando de una historia marcada por la corrupción, sino que además nos encontramos también con un modelo literario que va desde el sainete hasta la españolada más esperpéntica .

Reparen en todo ello: desde el nombre de un Niño Jesús del Remedio hasta el negocio en el Montecarmelo. Caridad de caridades. Toda la picaresca trascendiendo. Como música de fondo, la ‘Verbena de la Paloma’. Como envoltorio, la poesía mística. Lo sucedido en la entidad bancaria de la que venimos hablando daría, insisto, para una serie valleinclanesca. De la Corte a la Caja de los Milagros.

¡Qué españolada más casposa, Dios mío!

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¿Reforma frente a Ruptura?
Luis Arias Argüelles-Meres 24-11-2014 | 8:29 | 1

«El pasado es una especie de lámpara puesta a la entrada del porvenir para disipar una parte de las tinieblas que lo envuelven». Lamennais.

 

Pedro Sánchez, el flamante y descafeinado líder del PSOE, apuesta por salvar «el pacto del 78» reformándolo. La emergente fuerza política encabezada por Pablo Iglesias ambiciona construir un nuevo marco que deje atrás el edificio político de la transición, que vive, por méritos propios, sus horas más bajas. O sea, que vuelve aquella dicotomía que con tantas esperanzas y miedos se vivió tras la muerte de Franco: la reforma frente a la ruptura. Como bien se sabe, triunfó la primera. Y, al final, la llamada oposición democrática pactó con Suárez.

Se diría que –mutatis mutandis– volvemos a los principios de la transición. Se diría también que, entre otros e importantes cambios con respecto a aquel momento, no sólo no somos los mismos, sino que además los de entonces no estamos ya por cambios lampedusianos.

En el año en curso, no sólo abdicó la persona que heredó a Franco en la Jefatura del Estado, sino que además se confirmó el rechazo al bipartidismo que fue acaso el principal pilar de lo que ahora se conoce como «el régimen del 78», y, de otro lado, los escándalos de corrupción están haciendo la vida pública de este país cada vez más irrespirable.

Sobran los motivos para hablar del fracaso de lo que en su momento se cimentó en la transición. Para empezar, está lo de una Cataluña que cada vez se siente más incómoda en el llamado marco constitucional. Para seguir, están la desconfianza y el desapego crecientes en la ciudadanía hacia la política oficial.

Más que un problema de partido, en este caso del gobernante, es un problema de un sistema cuya relación con la ciudadanía es difícilmente sostenible. Y, si los grandes partidos son en no pequeña parte causantes y responsables del problema, difícilmente van a ser la solución.

Y, por otra parte, el problema añadido consiste en que quienes desean conservar el actual sistema político tendrán muy difícil hacer creer a la ciudadanía que sus afanes están más en el interés público que en salvaguardar unos privilegios a todas luces inaceptables.

El problema de quienes abogan por la reforma está más en su falta de credibilidad que en su discurso, y algo así, la credibilidad, no es fácil de recuperar en poco tiempo.

Desde luego, ni el actual Gobierno con sus incumplimientos ni tampoco el PSOE con sus continuas escandaleras están en condiciones de ganarse la confianza de una sociedad que cada vez es menos ciega, menos sorda y menos muda ante los continuos desmanes de los que vamos teniendo noticia.

Reforma, esto es, segunda transición. Ruptura, es decir, replanteárselo todo, desde la forma de Gobierno hasta la política territorial, pasando por el inaceptable estatus del que a día de hoy sigue disfrutando la mal llamada clase política.

Nosotros, los de entonces, dicho una vez más en términos de Neruda, ni somos ni podemos ser los mismos. Nosotros, los de entonces, no podemos conformarnos con cosméticas lampedusianas. Nosotros, los de entonces, demandamos ser tenidos en cuenta y ser protagonistas de un tiempo que reivindicamos que sea nuestro, sin apaños ni falacias, sin salvadores populistas, sin patrañas.

Y en esta nueva reinvención de España que llama a la puerta, sería deseable que, por una vez, aprendiésemos de nuestro pasado, al menos para evitar que la repetición de una vieja dicotomía no se escenifique como ópera bufa.

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