El Comercio
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Fecha: abril, 2015
¿NUNCA PASA NADA EN ESPAÑA, SEÑOR RAJOY?
Luis Arias Argüelles-Meres 28-04-2015 | 9:49 | 1

«La frase que en los edificios del Estado español se ha repetido más veces es ésta: ‘¡En España no pasa nada!’. La cosa es repugnante, repugnante como para vomitar entera la historia española de los últimos sesenta años; pero nadie honradamente podrá negar que la frecuencia de esa frase es un hecho» (Ortega y Gasset. ‘El error Berenguer’).

E n un desayuno informativo con periodistas, Rajoy volvió ayer a ejercer de sí mismo, mostrándose totalmente previsible y anunciando su deseo y decisión de repetir como candidato de su partido en las próximas elecciones generales, con independencia de lo que pudiera suceder el 24 de mayo en los comicios municipales y autonómicos.

Está meridianamente claro que para el presidente del Gobierno de todas las Españas aquí nunca pasa nada, o, en todo caso, hay que actuar como si así fuese. Por lo que se ve, no cae en la cuenta de que está incurriendo en uno de los males mayores de nuestra política a juicio de Ortega y Gasset. Por lo que se ve, no se quiere percatar don Mariano de que, a resultas de abusar tanto de semejante tópico, hubo un momento en que se vino abajo, no ya un Gobierno, sino todo un modelo de Estado, desde Alfonso XIII para abajo.

Resulta tan asombroso como indignante ver la aparente tranquilidad de don Mariano compareciendo ante muchos medios de comunicación muy pocos días después de que hubiese estallado el petardazo de los estipendios que Trillo y Pujalte cobran como asesores inmobiliarios. Y aquí, a tenor de lo que venimos diciendo, no pasa nada, nunca pasa nada.

¿Acaso no fue una afrenta a la decencia escuchar al chabacano señor Pujalte decir que no era ilegal ese dinero extra que cobraba? ¿Acaso no constituye toda una invitación al desapego social hacia la política conocer el alto porcentaje de padres de la patria que perciben ingresos extra, aparte de los que cobran como teóricos representantes de la ciudadanía?

En cuanto a lo del señor Trillo, ya costó aceptar en su momento que se le nombrase embajador en Londres, como si su nefasta gestión al frente del Ministerio de Defensa no fuese suficiente para mantenerle apartado de la política. Y, por si ello fuera poco, ahora sale a relucir esta historia.

¿No pasa nada en España, señor Rajoy, a pesar de los continuos escándalos de corrupción? ¿No pasa nada en España, señor Rajoy, a pesar de que la población decrece y de que los jóvenes no encuentran en su propio país posibilidades de forjar proyectos profesionales? No, en España nunca pasa nada, hasta que en un momento dado empiece a ocurrir algo, algo que no tiene vuelta atrás.

¿De verdad es posible que usted no esté enterado de que el ocaso del bipartidismo es irreversible? ¿De verdad es posible que usted no conozca con claridad las causas de que su partido descienda continuamente en las encuestas electorales?

¿Qué tendría que ocurrir, don Mariano, para que usted tomase nota de algo y adoptase una postura que no fuese la de dejar que todo se vaya pudriendo?

¿Qué tendría que ocurrir, don Mariano, para que usted tuviese bien leer a Ortega y tomar nota de algunas lecciones de nuestra historia contemporánea?

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VIGA AZUL: “ABURRICIÓN”
Luis Arias Argüelles-Meres 27-04-2015 | 3:58 | 0

Al Oviedo, lo fácil le suele resultar imposible. Sobre el papel, el partido de hoy podría haber sido no sólo el de haberse asegurado matemáticamente el primer puesto, sino también el del “jorobu”. El Tartiere tendría que haber sido hoy una fiesta. Y fue -¿a qué negarlo?- un desastre. No vale como excusa el pésimo estado del terreno de juego, porque en la primera parte se podría haber jugado mejor al fútbol y, así, el partido podría estar resuelto en la primera media hora, en el que el equipo se dedicó a pases largos intentando ganar la espalda a la defensa del Tropezón. Pero no hubo éxito y el guion no se cambió.

En la segunda parte, se confirmó el gafe de hacer imposible lo fácil. ¡Hasta Esteban falló estrepitosamente en el primer gol visitante! ¡Qué churro, qué ejemplo de imprecisión y de inseguridad por parte del Oviedo!

Y en esto llegó el empate. Pero no se fue el gafe. Otro balón frenado por el barro, que parecía jugar al escondite, terminó en gol. ¿Tenía que perder el Oviedo precisamente este partido, en el que contábamos con todos los boletos para entonar el alirón, en el que Cervero podría haberse llevado la alegría de marcar goles que nos diesen el triunfo  y recibir el más que merecido cariño de una afición que lo adora?

 

Y no es que el equipo se dejase perder, no es que hubiese una falta de motivación manifiesta, es que el Oviedo salió atenazado y no aprovechó el tiempo antes de que el balón se volviese loco dejándose atrapar por el lodazal del campo.

Lo dicho: hicimos, una vez más, imposible lo fácil. Y pasamos de la aburrición al desastre.

El jorobu y el alirón tendrán que esperar y todo parece indicar que no llegarán juntos.

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Recuerdos de Oviedo: La Librería Santa Teresa
Luis Arias Argüelles-Meres 26-04-2015 | 9:15 | 0

«Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua; en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros». (Borges).

La delicia de no dar un solo paso por territorio desconocido y, sin embargo, encontrarme al final de ese corto y familiar recorrido, que iba desde la plaza del Carbayón hasta la librería Santa Teresa, con la aventura, con lo soñado y con lo heroico en los primeros libros que recuerdo haber tenido en mis manos: una edición de Lawrence de Arabia, de Bruguera con inolvidables y numerosas ilustraciones, así como un ejemplar de Pinocho. Del primero, la acción. Del segundo, el reencuentro con un personaje del que me habían contado muchos lances. Un reencuentro que supuso una especie de acta notarial de su existencia. Del relato oral a su consagración por escrito. Por el medio, El Llanero Solitario. Confieso que para mí fue todo un acontecimiento poder permitirme el lujo de paralizar las andanzas del personaje en el momento que quisiese y regodearme en determinados episodios que decidí saborear a mi ritmo, algo que no podía hacer ni en el cine ni en la televisión. Y confieso también que lo más atractivo del personaje era su antifaz. Tiempo dediqué a fijarme en imágenes suyas en las viñetas del libro intentando forjarme una imagen de su verdadero rostro  Aquello me interesaba más que sus acciones.

Hablo de la librería en la que pasaban parte importante de sus días dos hermanos de mi padre: Teresa y Jesús, así como los hijos de la primera que trabajaron en el negocio familiar. Mi padre y su hermano compartían la pasión por el 98 en general y por Baroja en particular.

¿Cómo no recordar los libros de la bendita colección Austral que en casa se iba completando de continuo? ¿Cómo no recordar determinados momentos, por ejemplo, cuando mi padre tuvo por primera vez en sus  manos la primera edición de bolsillo de La Regenta, que publicó Alianza Editorial en su colección de bolsillo, en cierto modo, heredera de Austral? ¿Cómo no recordar momentos en los que tuve en mis manos determinados libros, como Un siglo después de Darwin, nombre controvertido a mis trece años, la misma edad en la que empecé a leer a Unamuno, eso sí, muy despacio? Y estos encuentros con determinados libros en mi adolescencia marcaron para siempre mi rechazo a la creciente frivolización de la lectura que se intenta reducir a un “me gusta” liviano, cuando, en muchos casos, hay libros que conmueven demasiado para ser tomados tan a la ligera. La experiencia lectora va en muchos casos bastante más allá de un mero divertimento.

¿Cómo no recordar lo especial que resultaba para mí no sólo encontrarme allí con libros que ya tenía mi padre, sino también con las cartillas de lectura y manuales escolares escritos por él? ¿Cómo no referir lo que supuso para mí en su día ver los libros que fui publicando en el escaparate de esa misma librería? Aquello significó una especie de regreso a la Ítaca que, habiéndome acogido de niño, me recibió de nuevo en la edad madura certificando el cumplimiento de una parte muy importante de mi proyecto de vida y vocación.

¿Cómo no recordar las noches vísperas de Reyes en las que acompañé a mi padre a la librería en un horario que sólo tenía lugar una vez al año y los libros se convertían en regalos sumando magia a la que ellos mismos contenían?

¿Cómo no recordar aquellas tertulias que se prolongaban en bares cercanos como el Pelayo o la Perla una vez que todos abandonábamos la librería? ¿Cómo no recordar determinadas anécdotas que tantas veces me contaron? Fíjense en ésta que sigue: al poco tiempo de estrenarse la versión cinematográfica de Los Hermanos Karamazov, en la que Yul Brynner formó parte del reparto, llegó un señor y dijo: “Venía a por un libro del que no sé ni  el nombre de su autor, ni el título ni la editorial, que trata de dos hermanos, que uno era cura y el otro era la hostia”. Puedo asegurar que dieron sin demasiadas dificultades con el título que el cliente deseaba.

Insisto, debo insistir, en lo mágico y prodigioso que resultaba dar con la aventura y con lo inesperado sin apartarse nada de un camino conocido y seguro. Se trata quizás del ejemplo más claro de saltar con una red protectora que nos preserva del más mínimo golpe. Ése era el itinerario del que les vengo hablando.

Mi padre se encontraba con los suyos, sus familiares, y con lo suyo, con los libros. Y tuve la inmensa suerte de acompañarlo en ese tránsito, para él y para mí tan próximo y cotidiano.

Librería Santa Teresa, como la casa de los libros, de aquellos mismos libros que me siguen acompañando en el despacho en el que estoy escribiendo. De aquellos mismos libros que mi padre acariciaba en sus últimos días. La práctica totalidad de ellos de allí salieron y aquí siguen, atestiguando sus trabajos y sus días, sus sueños y desvelos. Su olor es tan inconfundible como muchos de los subrayados de sus páginas. Y, entre todos, la legendaria y bendita colección Austral representa lo más esencial de una vida como la suya dedicada a aprender y a enseñar.

Librería Santa Teresa, que también acogió libros que no eran nuevos pero que tardaron décadas en poder comercializarse en España. Sin ir más lejos, las Obras Completas de Azaña publicadas en su día en Méjico. Devoramos juntos aquellas Memorias marcadas por un hondo dramatismo que en ningún momento renunció a una envidiable voluntad de estilo admirablemente lograda.

El libro y la radio. La palabra escrita y la palabra emitida por y para la libertad.

Puedo decir con orgullo que los libros son cosa de familia, gracias  en gran parte a la existencia de Librería Santa Teresa.

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ETERNO GARCÍA LORCA
Luis Arias Argüelles-Meres 25-04-2015 | 11:56 | 1

“Cuando la destrucción, es decir, la muerte, pasa sobre la muerte, redobla su trágico interés. No hay, al menos para mí, espectáculo más conmovedor que el de un cementerio abandonado. Una tumba vacía me dice mucho más que una vacía cuna» (Unamuno).

Ya se habían celebrado los obscenos 25 años de paz, una paz de exilios, cárceles, desapariciones y cementerios. De 1965 data el informe policial, del que tanto se está hablando, sobre el trágico destino de Lorca con la casposa retórica de aquel régimen que moriría matando diez años después. Federico, según el citado informe, además de socialista y masón, era homosexual. Con semejantes etiquetas, se cumplió el guion. El informe de marras, de un lado, no resulta en modo alguno sorprendente, pero, al mismo tiempo, supone todo un acontecimiento mediático. Para empezar, se difunde el mismo día en que Goytisolo pronuncia un discurso marcado por la coherencia. El mismo día, pues, en que se conmemora la muerte de Cervantes. Para seguir, el crimen fue, sí, en Granada, tal como reza el memorable poema de Machado sobre el fusilamiento de García Lorca. Pero fue, ante todo y sobre todo, en España, en la España cainita e inquisitorial, en la España que declaró la guerra al cincel y a la maza, a la rabia y a la idea.

Eterno García Lorca. Por mucho que se quiera sepultar la memoria de lo acontecido, la inmortalidad del talento y de la magia de Federico puede contra todas las amnesias. Por mucho que haya querido asesinar tantas veces la genialidad y el duende, el gran poeta y dramaturgo del 27 siempre seguirá vivo.

Al recorrer con la vista el informe policial, ¿cómo no horrorizarse en indignarse? No, a Federico no lo mataron unos incontrolados. No sólo hubo un general que pidió que se le diese café, no sólo se produjeron implicaciones en las alturas de los sublevados. A Federico lo mató esa España que siempre estuvo en guerra con la inteligencia, que siempre quiso pasar a cuchillo la libertad, que siempre decidió fusilar cualquier asomo de rebeldía.

¿Cómo no estremecerse recordando el poema machadiano a la muerte de Federico? ¿Cómo no pensar en aquel poeta envejecido en sus últimos días en Francia, acompañado por Corpus Barga? ¿Cómo no conmoverse pensando en aquel Machado que abandonaba no sólo la vida, sino también aquella España en llamas, con un dios ibero desatado, donde la muerte se enseñaba contra –conviene insistir en ello– la rabia, la idea, el cincel y la maza?

¿Qué podría haber sentido Federico si, antes de morir, hubiese tenido a mano ese informe que explicaba las causas de su detención y condena? Un carámbano de luna le apuñalaría las entrañas. Una suerte de trágico romance sonámbulo hubiera expresado la más desgarradora de las pesadillas. Una aurora se hubiera ahogado en las aguas podridas del odio. La Roma andaluza se desangraría. Las banderillas de tiniebla lo hubiesen acuchillado.

Y, para mayor baldón, en el informe de marras se dice que Federico se confesó. ¡Madre mía! ¡Qué España más horrenda la de aquellos vencedores, sin paz, sin piedad, sin perdón para sus enemigos! Los mataba, como hizo con Lorca. Los quiso matar como intentaron con Azaña, de haberlo detenido en la Francia ocupada. Pero, eso sí, se complacían al declarar que tan apestados reos confesaron sus graves pecados contra Dios y contra España.

Eterno García Lorca, testigo de un tiempo y un país que pudo abrazar y abrazó la genialidad. De un tiempo y un país en el que una utopía se puso en marcha, la de la II República, criatura a la que no le dieron tiempo siquiera a caminar, pues tan sólo pudo gatear hasta que decidieron exterminarla.

Eterno García Lorca, rojo y masón. Eterno Antonio Machado, con sus últimos versos en un papel arrugado y mortecino. Eterna España de la inteligencia. Eternos poseedores de ese duende llamado inspiración. Eternos legatarios del talento.

Lorca y Machado, Machado y Lorca, Granada y Colliure, Colliure y Granada. La rabia, el cincel y la maza los salvaron para siempre de la amnesia.

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Panorama vetustense: Oviedo, ciudad literaria
Luis Arias Argüelles-Meres 24-04-2015 | 11:39 | 0

“Porque llueve en Vetusta por la calle sin tiempo. / Llueve y llueve sin tiempo. / Muere una lluvia lánguida”. (Aurora de Albornoz).

En fechas como éstas, tan cercano el día del Libro, acaso sea conveniente y hasta higiénico tomarse un respiro literario y dejar momentáneamente de lado la vida política, tan febril en vísperas de campaña electoral, sobre todo si tenemos en cuenta que Oviedo es, además de otras muchas cosas, una ciudad donde la mejor literatura hizo parada y fonda. Bien sabido es que el ejemplo más egregio de esto que digo es La Regenta, no sólo objeto de imitaciones que se quedaron muy lejos del modelo emulado y perseguido, sino que además se sigue dando el paradójico caso de que continúa vigente un regentianismo que pretende ser clariniano.

Oviedo, ciudad literaria, con géneros (y hasta subgéneros) para todos los gustos. El Oviedo regentiano y el Oviedo ayalino, tan cercanos en el tiempo y en el espacio, tan distantes en las técnicas narrativas. El Oviedo que visitó Azorín, al que Ayala le dio la bienvenida en una memorable epístola. El Oviedo que inspiró un extraordinario poema de Unamuno que tiene por título “Oviedo de Asturias”. El Oviedo que conoció Fernando Vela, del que da cuenta en un pequeño ensayo hablando del día a día de Clarín. El Oviedo sesteante y regentiano con el que arranca Pérez de Ayala su novela La Pata de la Raposa. El Oviedo que rememora Cabezas en su biografía sobre Clarín. (Entre paréntesis: Clarín, siempre Clarín).

De vez en cuando, es recomendable hacer turismo literario por nuestra heroica ciudad. De vez en cuando, procede recordar que, más allá de la Vetusta clariniana, a la que Oviedo, según un ingenioso aserto de Juan Cueto, se empeña en imitar, hay un Oviedo que es todo un placer descubrir como itinerario narrativo y poético no sólo para hacer un más que saludable alto en el camino, sino también para disfrutar de una ciudad que, al margen del abigarramiento a la que la sometió la estética gabiniana, forma parte de los escenarios de una excelente literatura.

¿Cómo no recordar lo que Xuan Bello escribió acerca del parque San Francisco?  “Presentí que caminaba más que por un parque por el interior de un poema que había escrito, en un sofoco de amor, el dios del lugar”. ¿Cómo no conmoverse ante los poemas que dedicó a Oviedo José Vela, hermano del discípulo de Ortega?

Más allá de la lluvia que apenas nos da tregua, más allá de ruidos y furias tan altisonantes como efímeras, invito a leer (o a releer) parte de lo mucho que se escribió en y sobre Oviedo, como un alto en el camino oxigenante e imprescindible para no perderse ni la perspectiva ni la tan temida excelencia, ésa que no sabe de frivolidades oportunistas cuyo destino es reservarse y preservarse para quien se decida transitarla y disfrutarla con altura de miras y guiños inteligentes  a la obra bien hecha.

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