El Comercio
img
Fecha: julio, 2015
“Reyes caudillos”
Luis Arias Argüelles-Meres 31-07-2015 | 10:44 | 0

No hay problema que resista el ejercicio continuo del pensamiento”. Voltaire.

 

El pasado 26 de julio, Leopoldo Tolivar Alas, publicaba un artículo en EL COMERCIO, tan riguroso en los datos como irónico en gran parte de sus planteamientos, acerca de la curiosa polémica que se está produciendo a resultas de quitar o no la verja del llamado “Jardín de los reyes caudillos”, al tiempo que, gracias a su profundo conocimiento del asunto abordado, daba claves históricas esenciales para entender todo este asunto.

Fíjense bien, se refería Leopoldo Tolivar a “la rinconada del Rey Casto, rebautizada, a partir de un proyecto de 1942, como jardín de los Reyes Caudillos”. El año en que se produjo el cambio de denominación explica claramente la casuística de semejante genialidad. Habría que saber quién se parecía a quién en materia de caudillaje, pero, en este caso, vale más dejarlo estar.

“Reyes caudillos”. Más allá del asunto concreto que aquí nos trae, conviene detenerse  en un asunto que en Oviedo, al menos a mi juicio, está claramente sin resolver. Presten, por favor, atención a esto que digo:

En primer lugar, prevalece la denominación de 1942. En segundo lugar, casi todo el mundo desconoce que, tal y como recuerda Tolivar Alas en su artículo,  fue en tiempos de la República, concretamente en 1935,  cuando el  entonces Alcalde de Oviedo se propuso proteger aquel entorno catedralicio. Sin entrar en otras consideraciones, nadie tiene a bien recordar nada que esté relacionado con la Segunda República, salvo la Revolución del 34, claro está.

En todo caso, la sombra del franquismo sigue siendo muy alargada en nuestra heroica ciudad, no sólo por ausencias, tan clamorosas como injustificables en nuestro callejero, sino también por el desconocimiento, nada inocente, de todo lo que fuese anterior al alzamiento del 36.

“Reyes caudillos”. A estas alturas, resulta divertida la alusión que hizo Tolivar en su artículo al canónigo don Cesáreo Rodríguez y García-Loredo, singular personaje que no sólo escribió un texto en el que “argumentaba” más de veinte “razones” para que Franco fuese nombrado rey de España, sino que además no dejó de manifestar una especial tirria a Unamuno y a Ortega, más al primero, al tiempo que era profesor de religión en la Universidad de Oviedo. Un personaje, don Cesáreo, que daría mucho de sí en una novela, y unas publicaciones, las suyas, la mar de divertidas y rocambolescas, ahora que ya pasaron tantas décadas.

Cabría preguntarse si, en aras del rigor histórico y de la higiene democrática, el enclave del que venimos hablando podría recuperar su denominación anterior a 1942. Desde luego, difícilmente podrían aducirse razones académicas para oponerse a ello.

:: MARIO ROJASEl jardín de los Reyes Caudillos.

 

Y, por otra parte, las relaciones entre el nuevo equipo de gobierno del Ayuntamiento de Oviedo y la Iglesia parecen haber entrado en una dinámica racional en la que los dirigentes del Consistorio son conscientes de su papel, que no es otro que el interés de la ciudad, sin sumisiones medievales del poder temporal al poder espiritual.

Estoy convencido de que incluso la jerarquía eclesiástica es sabedora de que la Patrística y la Escolástica se quedaron muy atrás en el tiempo, incluso en nuestra heroica ciudad.

Ver Post >
Cuando arde el suroccidente asturiano
Luis Arias Argüelles-Meres 30-07-2015 | 5:33 | 0

«Bajo un árbol se refugió la pareja. Era el árbol protector magnífico castaño, de majestuosa y vasta copa, abierta con pompa casi arquitectural sobre el ancha y firme columna del tronco, que parecía lanzarse arrogantemente hacia las desatadas nubes: árbol patriarcal, de esos que ven con indiferencia desdeñosa sucederse generaciones de chinches, pulgones, hormigas y larvas, y les dan cuna y sepulcro en los senos de su rajada corteza». (Emilia Pardo Bazán. “Madre Naturaleza”).

No se trata sólo de ser conscientes de que resulta aterrador pensar que se vuelvan cenizas árboles y bosques centenarios. No se trata sólo de recordar horrorizados lo que sucedió en el Valledor hace unos veranos. No se trata sólo de alzar la voz alertando del peligro añadido ante los incendios que supone el abandono en el que está sumido el suroccidente asturiano. No se trata sólo de indignarse ante conductas desaprensivas de quienes no se dan cuenta del riesgo que supone jugar con fuego en momentos como éstos.

Hay que ir más allá y decir bien claro que llegó ya el momento de plantearse la cruda realidad de unas comarcas cada vez más despobladas que, a su vez, supone poner en riesgo lo que esta tierra atesora también en sus bosques.

Sin duda alguna, si la despoblación no fuese tan alarmante, los peligros de los incendios forestales seguirían estando ahí, pero con muchos menos riesgos. La maleza puede convertirse en yesca. Los cortafuegos, al estar sepultados por el abandono, no cumplen su función. Y, en esas condiciones, el fuego encuentra las circunstancias favorables para arrasar y destruir.

Cuando arde el suroccidente. ¿Cómo no venirse abajo anímicamente al pensar que castaños o carbayos centenarios pueden haber sido destruidos por el fuego? ¿Cómo no tener presente, a pesar de la decadencia que sufre Asturias, sobre todo en el mundo rural, la omnipresencia de los bosques no sólo en nuestro paisaje, sino también en nuestra historia e incluso en nuestra intrahistoria?

No se trata sólo de hacer frente al fuego con los medios técnicos de los que disponen las administraciones. Se trata también de algo mucho más complejo como es evitar que el entorno de nuestros montes y bosques no esté sumido en un abandono que los hace mucho más vulnerables. Y esta última batalla la tenemos perdida desde hace ya décadas.

Cuando vi las imágenes de los incendios en el suroccidente, no sólo pensé en el terrorismo forestal que, sin duda, existe y que es tremendamente dañino, sino también en la indefensión de un entorno que es el nuestro, de un entorno que da cuenta de nosotros mismos, de un entorno que estamos obligados a cuidar como sociedad. Y es esa indefensión la que nos lleva a desgañitarnos contra los desaprensivos, la que nos lleva también a la rabia y a la indignación por la inconsciencia colectiva que empieza en las instancias oficiales y que nos concierne a todos, inconsciencia no sólo de quienes no miden las consecuencias de sus actos, inconsciencia también de quienes no afrontamos la situación tan sumamente delicada en que se encuentran entornos que son lo mejor de nuestro paisaje, lo que atestigua los trabajos y los días de tantas y tantas generaciones.

Cuando arde el occidente, no sólo se disparan las alarmas de los coches de bomberos, no sólo se ponen en movimiento todos los medios técnicos disponibles, sino que además algo muy hondo resuena en todos nosotros zarandeando nuestras conciencias al advertirnos que se está destruyendo aquello que escenifica el hondón colectivo de una sociedad narcotizada por un desinterés injustificable hacia lo más genuinamente nuestro. Y es que, en estos casos, no es metafórico hablar de nuestras raíces, sino tremendamente desgarrador.

Ver Post >
¿El Gobierno del cambio a medias?
Luis Arias Argüelles-Meres 28-07-2015 | 4:07 | 4

“Si te dan un papel pautado, escribe por detrás”. (Juan Ramón Jiménez).

 

Habemus Gobiernín, eso sí, con menos cambios de los que se comentaban en la mayoría de los mentideros. En cuanto a las personas que continúan en el Gobierno autonómico, encuentro tan decepcionante como inexplicable que siga doña Belén Fernández, cuya laxitud con una empresa minera que fue sancionada por Confederación Hidrográfica y que ahora investiga la Fiscalía, resulta, como mínimo, preocupante. Ello por no hablar de que IU planteó a Javier Fernández que cejase en su empeño por la incineradora. Parece, como mínimo, contradictorio que se pacten otras políticas medioambientales y que, al mismo tiempo, se mantenga en el cargo a la persona hasta ahora responsable de ellas. Y, ya puestos, dado que el río Narcea pasa por Lanio, aprovecho para recordarle una vez más a doña Belén que ponga en marcha el saneamiento en los pueblos ribereños de este río en el concejo de Salas.

En este mismo orden de cosas de quienes se mantienen en el gobierno, se contaba con la continuidad de Guillermo Martínez y de la señora Carcedo. Sin embargo, no se daba por seguro que siguiese doña María Jesús Álvarez al frente de la consejería que ocupó en el Gobierno saliente. Así pues, dos sorpresas y dos continuidades previsibles.

Y, en lo que se refiere, a las caras nuevas que entran en el Gobierno, cabe destacar que estará al frente de Educación y Cultura una persona cuya trayectoria muestra claramente que no es un enemigo del asturiano, lo que pone de manifiesto que, al menos en este tema, Javier Fernández, barrunto que muy a su pesar, fue receptivo a los planteamientos de IU en tal sentido.

Doña Pilar Varela no es una cara nueva en la política asturiana, tras su larga etapa como alcaldesa de Avilés, en la que tuvo sombras no pequeñas, acaso por exceso de confianza en determinadas personas, lo que no es del todo eximente, pues la ingenuidad en política no debe ser considerada, en ningún caso, meritoria.

Por su lado, el perfil del nuevo consejero de Economía parece muy distinto al de su antecesor, pues se nombra a un docente que además publicó libros, algo que no cabría pensar del señor Torre. Distinta cosa es que sus postulados teóricos puedan resultar del agrado de quienes esperan un giro a la izquierda en las políticas del Gobierno autonómico.

Por último, estaba cantado que don Faustino Blanco no seguiría al frente de la Consejería de Sanidad tras los enfrentamientos y conflictos en los que se vio inmerso en los últimos tres años. Le sustituye alguien con experiencia en la gestión sanitaria que además tienen en su haber investigaciones y publicaciones.

Lo primero que toca es darle un margen de confianza al nuevo Gobierno, un Ejecutivo que se renueva al 50%. Cabe esperar, pues, continuidad y cambios casi por igual. Y, entre las muchas incógnitas que se plantean, habrá que ver, por un lado, hacia dónde va a girar en conjunto el nuevo Ejecutivo y hasta qué extremo logrará seguir contando con el apoyo de IU.

Parlamentariamente, como se sabe, entre el PSOE e IU no suman lo suficiente para que la estabilidad política pueda garantizarse. Podemos, mientras tanto, estará a la expectativa.

El mejor escenario posible para la susodicha estabilidad sería que la formación morada encontrase motivos de acercamiento. Es la única opción, pues si miran a la derecha demasiado, se arriesgarán a perder el apoyo de IU, y, con ello, se verían frente a más dos tercios de la Cámara. Y, en ese caso, lanzar otro SOS al PP, como ocurrió con los últimos presupuestos, sería poco menos que una partida de defunción para la FSA.

Empieza, pues, una etapa donde la incertidumbre supera, cuantitativa y cualitativamente, a lo previsible.

Ver Post >
Recuerdos de Oviedo: La estación de la RENFE y su reloj: Tiempos y espacios
Luis Arias Argüelles-Meres 26-07-2015 | 4:32 | 1

« El camino es siempre mejor que la posada». (Cervantes).

«Las pasiones son los viajes del corazón». (Paul Morand).

ALEX PIÑAReloj que marcaba espacios, reloj que marcaba tiempos, reloj que confirmaba rutinas. Siempre estaba allí, como el «hoy es siempre todavía» machadiano. Me refiero al reloj de la estación de la Renfe en Oviedo. Durante muchos años, una rutina semanal: ir al cine Aramo a la sesión de las siete y media, y, al salir, el citado reloj marcaba siempre las diez menos cuarto. Durante un curso académico de estancia en Madrid: llegada a Oviedo los sábados a primera hora de la mañana. Viaje a Madrid desde Vetusta los domingos a las once y media de la noche. Debo decir, a este propósito, que el tren expreso fue el más literario que conocí.

Reloj, aunque ajeno a las teorías kantianas, que tenía como misión –reitero– marcar tiempos y espacios. No dejaba de ser paradójico que, si bien la puntualidad precisa no era un rasgo inequívoco de la Renfe, su esférico reloj, que se puede seguir viendo desde cualquier punto de la calle Uría, marcaba la hora exacta.

Reloj de la Renfe como antojana y antesala del camino, del viaje, del camino que, como supo atisbar Cervantes, siempre es preferible a la posada. Reloj de la Renfe, silencioso, frente al de la Caja de Ahorros, también clásico. Él y su esfera, visible a lo lejos.

En alguna ocasión pensé que marcaba el ritmo de nuestra heroica ciudad. Al llegar de Madrid, cuando alcanzaba la esquina entre las calles Uría y Toreno, siempre volvía la vista para mirar la hora en el mencionado reloj. Oviedo me parecía una ciudad pequeña, casi de juguete y, sobre todo, a la medida de un ritmo de vida cómodo y llevadero, sin bullicio, sin distancias inabarcables para la vista y para los paseos a pie. La sensación de estar en casa era total cuando miraba el reloj de la Renfe. Un espacio ‘atopadizo’ y abarcable. Un tiempo de regreso a casa entre el sábado y el domingo, casi lunes.

Permítanme que regrese a aquellos momentos de salida del cine Aramo, a las diez menos cuarto. El reloj de la Renfe era la confirmación de la vuelta a la realidad tras dos horas largas de ficción. Era también la quietud de un instante tras el movimiento de la historia con que se expresa siempre el séptimo arte. La mayor parte de las veces, claro está, era de noche. Mojada la calle Uría frecuentemente. A veces, y era lo más literario de todo, la niebla de la realidad, frente al esplendor coloreado de la ficción en formato cinematográfico.

En la mente bullía la película que acababa de ver, sus voces, sus ecos, determinadas imágenes, impresiones vivas, incorporadas en mis adentros. Pero allí estaba el reloj de la Renfe que marcaba la hora siempre, es decir, las diez menos cuarto; me señalaba, así, el regreso a la realidad, a una realidad de viandantes por las aceras en hora de recogida, a una realidad de coches circulando despacio, de semáforos, por lo común, en ámbar.

Se diría que yo sacaba a pasear la historia que acababa de ver y que me acompañaba también en la cena, e iba esa historia diluyéndose poco a poco, en un proceso paralelo a la digestión. Nutrientes de fantasía que terminaba de engullirme a la salida del cine, salida atestiguada por el reloj de la Renfe.

¿Y cómo no recordar aquellos viajes, de ida a y vuelta, a Madrid a los que hice ya mención? En el recorrido por la calle Uría, el reloj de la Renfe me informaba del tiempo disponible hasta la hora fijada de salida del tren. Ya en el andén, era todo un acontecimiento el momento en que aquel expreso ‘Costa verde’, proveniente de Gijón, se estacionaba. Toda una noche para viajar con continuas paradas, con un ritmo lento, y hasta cansino, por Pajares. Pero, antes, el ritual de las despedidas, al soldado que regresaba a su regimiento, al familiar que se iba de casa, al novio o a la novia, al amigo, al cónyuge… a quien fuese. Toda una escenificación melancólica cuando alguien se subía al tren y continuaba hablando con la persona que lo había acompañado hasta allí, manos que se estiraban, besos en el último instante, gestos que abrazaban.

Cuando arrancaba el expreso, me preguntaba si, las personas que habían ido a despedir a alguien, tras dejar la estación a pie, volvían la vista a mirar el reloj en algún momento de su recorrido, o si no reparaban en eso y continuaban, para sus adentros, el ritual de despedida.

Aquello era pura realidad, ciertamente, pero realidad no menos literaria en muchos casos que las historias que veía proyectadas en el cine Aramo. Las películas, como escribí más arriba, me seguían acompañando, mientras que las gentes que se marchaban de la estación tras haber despedido a alguien llevaban también consigo voces, ecos, imágenes, gestos, momentos compartidos. La persona a la que habían besado minutos antes era, poco después, un espectro saltarín e intenso en sus pensares y sentires.

Arrancaba el tren expreso, recorriendo Oviedo por la noche y se llevaba con él parte de lo sucedido en la ciudad hasta el momento mismo de su partida. Arrancaba el tren expreso, empapado de la atmósfera de Oviedo, de su noche, casi siempre neblinosa y mojada. Arrancaba el tren expreso y los viajeros se convertían en una especie de muñón de quienes los habían despedido, muñón invisible e inasible, pero no por ello bajo en intensidad.

Reloj de la Renfe, marcador y testigo, notario incluso, de momentos de tránsito entre la ficción y la realidad, también entre la realidad y la imaginación de los viajeros y sus acompañantes.

Momentos de transición, a veces, dulces, en ocasiones, inquietantes. La vida se ensanchaba si la película había hecho mella en nosotros. Con su historia a cuestas íbamos camino de la realidad, una realidad que marcaba las diez menos cuarto de la noche.

La vida sentía orfandad cuando la persona que regresaba a casa se dejaba acompañar por los recuerdos de la despedida.

Reloj de la Renfe, referencia personal de tiempos y espacios, de cine y viajes, de caminos preferibles a la posada, de posadas andantes que se desgajaban de las raíces.

El viaje, siempre el viaje. El camino, siempre el camino. El cine, siempre el cine. La despedida y el reencuentro. Holas y adioses. Reloj que marcaba todo aquello a ritmo de melancolías y euforias, de idas y venidas entre lo soñado y lo vivido.

Ver Post >
Puro ensimismamiento (Ante el discurso de Javier Fernández)
Luis Arias Argüelles-Meres 26-07-2015 | 3:48 | 1

“Yo, a ratos, logro convencerme de que soy un Napoleón porque, como él, no tengo más que sesenta pulsaciones por minuto. La confusión en mi caso no es grave, porque soy tan sólo un escritor. (Ortega y Gasset).

 

El hombre que quería ser escritor y, sin embargo, se dedicó a la política. El político que niega ser inverecundo, como decía Ortega acerca de Mirabeau, a quien consideraba el arquetipo de hombre público. El presidente que encarna la antítesis de Areces al no hacer nunca de doctor Pangloss. El hombre de partido que representa todas las luces y sombras de una FSA que, a estas alturas, constituye todo un régimen en Asturias. El dirigente llariego que no siente debilidad alguna por el asturianismo y al que tanto y tanto le afligen los nacionalismos que en España están siendo.

Así se presentó Javier Fernández en su discurso de investidura, fiel a sí mismo, sin ruido, sin furias estridentes, pero dolido y doliente con los populismos, con sus críticos más punzantes, con quien ponga en duda, siquiera por un momento, que él es, por decirlo al valleinclanesco modo, el principal cruzado de la causa contra las corruptelas, el adalid de la regeneración política. No le gusta que se hable de la muy actual dicotomía orteguiana entre vieja y nueva política, para él, la hay buena y mala. Y está claro dónde sitúa la suya y la de los suyos.

Fue un discurso sin el más mínimo atisbo de proyecto para Asturias. Fue un discurso en el que nuestra tierra sólo tuvo presencia como descripción paisajística. Fue un discurso que apenas miró al futuro, en el que el presente se le escapaba y en el que el protagonismo principal recayó sobre su persona. Fue un discurso a la defensiva, lo que no da lugar para grandes esperanzas, cuando no las manifiesta el principal responsable político de nuestra tierra en el arranque de su segundo mandato autonómico.

Fue un discurso en el que se elogió el trabajo en soledad frente a las concesiones circenses, frente a las puestas en escena, frente a escenificaciones mediáticas. Fue un discurso de puertas adentro. Fue un discurso en el que no faltaron las alusiones a sus bondades.

¿Y la calle, y la indignación y el descontento? ¿Y el paro y la decadencia económica? ¿Y los desastres medioambientales? ¿Y la inanidad, también la estulticia, de tantos dirigentes?

Don Javier Fernández el profundo habló de cambios en la Constitución, los que promueve su partido, pero sólo de esos cambios. Es decir, no anunció, ni siquiera voluntad, de cambiar cosas en Asturias. No planteó la necesidad de cambios que acaben con los privilegios de la mal llamada clase política, pues, según él, no existen, aunque el Parlamento autonómico, que cuenta con 45 diputados y diputadas, dispone de 48 asesores que se eligen a dedo, y éste es sólo un ejemplo entre muchos al respecto.

El texto, en sí mismo, no daba patadas al idioma, lo que, en estos tiempos, ya es algo. Pero, si vamos al contenido, no sólo se echó en falta el simple esbozo de un proyecto para Asturias, lo cual es llamativo per se. Se echó en falta también una mayor preocupación por las personas que están sufriendo las consecuencias de la crisis, así como una apuesta, incluso un desafío, contra todas las decadencias que nos asfixian.

El balance es pobre si se piensa que don Javier tiene mayor confianza en sí mismo que en las posibilidades del territorio al que gobernará por segunda vez.

Y, por otro lado, está lo de la falta de pulso y las pulsaciones. Como reza la cita de Ortega con la que encabezo este artículo, no es grave que un escritor se crea todo un Napoleón, por una mera coincidencia en el ritmo de sus latidos. Pero resulta muy inquietante que un dirigente político confíe más en sí mismo que en las potencialidades de su tierra, que en su presente y su futuro, todo lo imperfecto que se quiera, pero inmediato, muy inmediato.

Don Javier y su ensimismamiento. Un discurso en el que tienen mayor énfasis sus desvelos a resultas de la deriva independentista de varios partidos políticos catalanes que todas las carencias que sufre la Asturias de hoy a la que va a gobernar.

No le pido, don Javier, que le tuerza el cuello a ningún cisne, pero me atrevo a implorarle que le tome el pulso a Asturias y que intente reanimarla.

Y gobernarla.

Ver Post >