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Fecha: septiembre, 2015
QUE NADIE CANTE VICTORIA
Luis Arias Argüelles-Meres 29-09-2015 | 7:40 | 2

«Siento un desánimo como el que puede sentir una pieza de ajedrez cuando el contrincante dice de ella: esa pieza no se puede mover» (Kierkegaard).

Que nadie cante victoria por los resultados de las elecciones catalanas. En primer término, el señor Mas, que no encabezó la lista, que enmascaró sus fracasos como gobernante bajo un independentismo sobrevenido, que, en fin, acaba de obtener, junto a ERC, menos escaños que en 2012. En segundo término, tampoco deben cantar victoria los partidos de ámbito estatal que, en su conjunto, cosechan menos escaños que sus adversarios independentistas. ¿Qué España ofrecían las formaciones estatales, juntos y por separado, a la sociedad catalana para que pudiera sentirse cómoda formando parte de ella? Ni vencieron, ni convencieron. Y, por otra parte, tampoco debería servirles de consuelo la bajada de las formaciones de Mas y Junqueras, toda vez que la CUP, también manifiestamente independentista, mejoró con claridad sus resultados anteriores.

Hay dos grandes derrotados en estas elecciones. En primer término, Rajoy, y no sólo por la pérdida enorme de escaños con respecto a 2012, sino también, y sobre todo, por haber logrado un crecimiento importante del independentismo con su inveterada tendencia a no hacerse eco de la realidad, a evadirse de cuanto sucede y a soltar perogrulladas antológicas.

El otro gran derrotado, por razones muy distintas, es el señor Mas. Y es que, en toda su deriva independentista, le faltó algo muy importante que no acierto a entender que no haya sido observado por los analistas más sesudos y por los tertulianos más conspicuos de este país. Le faltó épica. Hablamos de un gobernante que no afrontó los problemas de la sociedad a la que representaba, que se limitó a poner en marcha los mecanismos para la independencia ausentándose del día a día no menos que su oponente Rajoy. Sin épica, no hay heroísmo, no hay admiración, no hay asombro. Sólo supo afirmarse firmando decretos con pose histórica y depositando en hornacinas de ocasión la pluma de marras. Y, al final, si la CUP no le da su apoyo, su hoja de ruta corre el riesgo de formar parte de lo que pudo haber sido y no fue.

Y, aparte de esto, creo que la opinión publicada exagera tanto a la hora de proclamar a los cuatro vientos el meteórico ascenso de Ciudadanos, como en lo que se refiere a vaticinar tenebrosos horizontes para Podemos. En cuanto al partido liderado por el señor Rivera, es incuestionable que se consolida en la sociedad catalana y que también tiene mucho que decir en la política española en su conjunto. Dicho esto, sigue a una abismal distancia de los partidos nacionalistas y está muy lejos de alcanzar el techo que en su momento tenía el PSC. Y, en lo que se refiere a Podemos, me parece muy precipitado extrapolar los resultados de las elecciones catalanas a los que pueda obtener en las generales. Digamos que su discurso estaba en tierra de casi nadie, ni en el independentismo ni tampoco en todo lo contrario. Y, por otro lado, había otras candidaturas inequívocamente de izquierdas con las que tuvo que competir. Lo dicho, tanta precipitación a la hora de anunciar catástrofes para el partido de Pablo Iglesias puede ser en muchos casos más un deseo que un análisis casuístico.

Pero, por encima de valoraciones de urgencia, de sesgos que insultan a la inteligencia y de perogrulladas afrentosas, hay algo muy serio y hasta dramático en todo esto, y es el fracaso de España como nación en el momento mismo en que en un territorio como Cataluña existe un sentimiento de rechazo y hartazgo cada vez más crecientes y que roza la mayoría absoluta, también en número de votos. Para que ese fracaso no llegue a consumarse, lo que le toca a España es reconstruirse y reinventarse, a no ser que los grandes partidos se sigan resignando a vivir en una situación límite como la presente.

Tratándose, sin duda, de un problema que tiene un largo recorrido histórico, en el que Cataluña no se sintió ni conocida ni reconocida por el resto de España, lo que vino sucediendo en los últimos años no hizo más que agrandar y agravar el problema. En todo este proceso de desencuentros, todo el mundo fue colaborador necesario.

Pero, sea como sea, toca reconstruir el Estado, también en lo que a su vertebración territorial se refiere. Toca diálogo. Y tocan relevos, empezando por el PP. Porque hay que ser claros: esa diferencia exangüe y exigua de votantes que no están por la independencia no garantiza el modo alguno que se mantenga en el tiempo, si el inmovilismo continúa. Y ese diálogo y esos proyectos encima de la mesa no deben tener como destinatarios únicos a los partidos catalanes, sino también a la ciudadanía de ese territorio.

Toca altura de miras, toca enarbolar discursos mínimamente ilusionantes. En caso contrario, sólo cabe resignarse al fracaso de un país que no supo forjar un proyecto que convenciese a sus ciudadanos.

Toca, una vez más, lo que Ortega anunció en su memorable artículo de 1930: reconstruir España, reconstruir el Estado.

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Aquellos clamores contra la memoria (En torno al libro de Gerardo Iglesias)
Luis Arias Argüelles-Meres 27-09-2015 | 3:59 | 0

Gerardo Iglesias.

«La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido» (Milan Kundera).

«Los libros son la humanidad en tinta» (Arthur Schopenhauer)

 

¿Cómo no recordar aquel clamor de principios de la Transición que invocaba amnistía y libertad? ¿Cómo no asombrarse de la inconsciencia que aquello suponía? ¿Acaso se ignoraba que amnistía y amnesia comparten la raíz etimológica? ¿Cómo no desesperarse ante el hecho de que, en muchos casos, sin saberlo, se estaba pidiendo el olvido para la que acaso fue la mejor España que hemos tenido en nuestra historia contemporánea?

¿Nos podíamos permitir el lujo de olvidar a aquella España que había sido perseguida durante el franquismo, que, en muchos casos, tomó el camino del exilio y, en otros, sufrió aquí una brutal represión? Ni siquiera hace falta hablar de lo sucedido en la Guerra Civil, con las salvajadas que tuvieron lugar en unas y otras trincheras, con las consecuencias de una situación en la que no había ley. Aquí se trata de muy distinta cosa: de un Estado existente, vencedor de la contienda que reprimió, exterminó y expulsó a muchos compatriotas. Aquí se trata de dejar claro que no se puede seguir ocultando la historia.

Aquí se trata de un periodo histórico, el de la Transición, que no reconoció ni el dolor ni el sufrimiento de quienes tuvieron que abandonar su país, de quienes pagaron con la cárcel su disidencia, de quienes perdieron su vida luchando contra una de las dictaduras más largas de la pasada centuria. Aquí se trata de un periodo histórico en el que ni siquiera se respetaron en muchos casos las leyes vigentes a la hora de juzgar a los disidentes.

Y, por favor, no hablen de revanchismos y rencores cuando lo que se pretende es que no se oculten los atropellos y fechorías de aquel régimen político tenebroso y represivo. Y, por favor, hora va siendo ya de que la izquierda de siglas sea mínimamente respetuosa con sus grandes referentes históricamente hablando.

¿Cómo es posible, por ejemplo, que en lo que es hoy la sede del Parlamento autonómico no haya una sola placa que sirva de recordatorio a las víctimas de consejos de guerra que allí tuvieron lugar, entre ellas, al rector Alas? Esto lo sugirió hace más de un año Leopoldo Tolivar en un memorable artículo publicado en EL COMERCIO. Pero nadie quiere dejar constancia de ello. Mientras tanto, el presidente del parlamentín llariego no se da por enterado y prefiere deleitarnos con sus luminosas ocurrencias en materia sociolingüística. ¡Madre mía!

¿Cómo no recordar el momento en que regresó a España Sánchez Albornoz, emocionado al ver de nuevo el cielo de su país? ¿Había que perdonarlo a él por haberse comprometido con el saber y con la libertad a lo largo de toda su vida?

¿Cómo no tener en cuenta el sufrimiento de todas las personas cercanas a las víctimas del franquismo que, en muchos casos, ni siquiera conocen el lugar donde fueron asesinados sus seres queridos? ¿Eso es resentimiento?

No perdamos de vista algo muy grave: el olvido no es el asentamiento ideal de un modelo de país, de un modelo de convivencia. Un olvido, en efecto, cómplice. Siempre tendré presente la indignación que me produjo el entonces presidente del Senado español, el señor Rojo, cuando, en un acto de homenaje en París en 2004 a los republicanos españoles que fueron la vanguardia de la liberación de esa ciudad, ni siquiera tuvo el valor de hacer mención al Estado que ellos seguían defendiendo, es decir, a la Segunda República. Y es que, incluso a estas alturas, la palabra República sigue siendo anatema no sólo para los herederos del franquismo, sino también para muchos dirigentes del PSOE.

«La República no hace felices a los hombres; lo que les hace es, simplemente, hombres», pertenecen estas palabras a un discurso de Azaña pronunciado en Valencia el 4 de abril de 1932. Pues bien, hasta tal extremo hemos llegado que en algún libro de máximas se cita esta frase de Azaña con la particularidad de que no aparece la palabra República. En su lugar figura «libertad».

Olvido cómplice con el que hay que romper, por ética y por estética. Y, sin duda, el libro de Gerardo Iglesias contribuirá a ello.

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¿QUÉ ES ESPAÑA, SEÑOR RAJOY?
Luis Arias Argüelles-Meres 24-09-2015 | 7:40 | 2

«Hallábase una tarde en el banco azul el Presidente del Consejo, fatigado de un largo y enojoso debate, cuando se le acercaron dos señores de la Comisión para preguntarle cómo redactarían el artículo del Código fundamental que dice: son españoles los tales y tales… Don Antonio, quitándose y poniéndose los lentes, con aquel guiño característico que expresaba su mal humor ante toda impertinencia, contestó ceceoso: ‘Pongan ustedes que son españoles… los que no pueden ser otra cosa’» (Galdós. ‘Cánovas’).

Señor Rajoy, perdóneme mi exceso de sinceridad si le digo que es usted un presidente calamitoso también en elocuencia. ¿Es consciente del bochorno que nos hace pasar con sus perogrulladas? La última (o tal vez la penúltima) con que nos obsequió en la entrevista radiofónica en Onda Cero hablándonos acerca de lo que hay legislado en torno a la nacionalidad española fue de campeonato. Cuando tuve noticia de semejante patinazo, recordé ipso facto lo que Galdós dejó escrito en el último de sus ‘Episodios Nacionales’, en el que dedica a Cánovas y que don Benito escribió con tremenda desesperación. Resulta verdaderamente terrible lo que el artífice de la Primera Restauración pensaba de su propio país. De hecho, Azaña llegó a escribir que «nadie ha tenido de los españoles peor opinión que Cánovas».

Nos persigue una maldición tremenda, don Mariano, y es que seguimos sin saber qué es España y, por tanto, continuamos ignorando en qué consiste ser ciudadano español. Mire, un gran pensador español que no fue precisamente un revolucionario, Ortega y Gasset, se preguntaba con dramatismo en su primer libro esto que sigue: «Dios mío, ¿qué es España? En la anchura del orbe, perdida entre el ayer ilimitado y el mañana sin fin, bajo la frialdad inmensa y cósmica del parpadeo astral, ¿qué es esta España, este promontorio espiritual de Europa, esta como proa del alma continental? ¿Dónde está –decidme– una palabra clara, una sola palabra radiante que pueda satisfacer a un corazón honrado y a una mente delicada, una palabra que alumbre el destino de España?».

Sé que la metafísica no es lo suyo, pero tengo para mí que hay algo muy común en el reaccionarismo español al que usted pertenece de lleno, y que consiste en tener una pésima opinión sobre este país y su ciudadanía. De hecho, Cánovas, al que su patrón don Manuel Fraga tanto admiró, fue un caso notable de esto que le digo, lo cual me lleva a preguntarme si en España habrá alguna vez un conservadurismo civilizado que intente integrar a todos los heterodoxos que en este país han sido y siguen siendo.

Ante un problema aún sin resolver como es la vertebración territorial de este país, se puede reaccionar de muchas maneras; sin duda, las más contraproducentes serían la represión y también la inconsciencia. Lo primero espero que no lo haga nunca. En lo segundo, lleva incurriendo desde que Mas apostó por la vía independentista. A usted sólo se le ocurrió amenazar con las consecuencias de la secesión, e, insisto, en ningún momento tuvo a bien dirigirse a la ciudadanía catalana con un discurso convincente con vistas a un marco óptimo en el que Cataluña pudiera sentirse cómoda dentro de España.

Su torpeza con respecto al problema catalán se debe a que usted, siguiendo la tradición más ultraconservadora y carpetovetónica, no es capaz de articular un proyecto de país integrador y abierto. No se puede intentar convencer de las bondades y ventajas de un proyecto de país, cuando el susodicho proyecto no se tiene. He aquí el grave problema del reaccionarismo español que en usted alcanza dimensiones gigantescas. Grave problema que Azaña supo advertir, precisamente hablando de Cánovas: «Cánovas, político de realidades, ha creado el sistema más irreal de la historia española. La restauración proscribe el examen de las realidades del cuerpo español; no podía progresar dentro de sus líneas y se condenaba a la esterilidad; o si progresaba iba derecha a su propia destrucción». Pregúntese si esto es o no aplicable a usted, aquí y ahora.

El dictador Primo de Rivera dejó dicho que todo su saber en política lo había aprendido en el casino de Jerez. ¿La política es para usted aquella tarea que se hace a duras penas, descansando de ellas mediante perogrulladas? ¿La política y España son para usted tan sórdidas como los ripios de Cánovas, según Clarín?

Le dejo con Leopoldo Alas, don Mariano, en muy buena compañía:

«Cánovas ripia la vida como los versos. El ripio es, a su modo, una falsedad. Es lo opaco pasando plaza de transparente; es la piedra haciendo veces de pensamiento, la nada dándose aires de Creador. Ripiar la vida es llenar el alma de cascajo para hacerse hombre de peso… El estilo es el hombre; pero cuando el hombre es un barro cocido, el estilo es terroso».

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De egos y siglas: Carta abierta a Manuel Orviz
Luis Arias Argüelles-Meres 22-09-2015 | 7:42 | 4

«La vida nos acorta la vista y nos alarga la mirada» (Juarroz).

Debo confesarle, señor Orviz, que, me dejaron perplejo sus declaraciones en la entrevista que publicó EL COMERCIO el día 20 de septiembre. Mire, para alguien que desconociese totalmente la realidad política asturiana e ignorase que llevan siendo ustedes la muleta del PSOE en Asturias desde 2003 a esta parte, sus planteamientos serían muy razonables. Lo malo, don Manuel, es que una realidad, avalada por doce años, echa por tierra lo más esencial de lo que usted afirma en la referida entrevista.

¿Acaso, señor mío, se puede soslayar que ustedes, en lugar de haber hecho un frente común con Podemos para forzar a Javier Fernández a que hiciese cambios de calado, lo que protagonizaron fue un apoyo, diría que incondicional, a la FSA? A resultas del susodicho apoyo, ahí está doña Belén Fernández, como diría ella misma, perseverando en las políticas que vino haciendo y que, en mucho casos, los tribunales se encargaron de parar.

¿Le parece a usted, señor Orviz, que alguien puede creerse que su coalición está contra la vieja política del bipartidismo? ¿Necesito recordarle que los consejeros de IU ni siquiera abandonaron sus sillones en el Gobierno de Areces cuando estalló el ‘caso Renedo’? ¿Necesito recordarle que su correligionario don Jesús Iglesias fue nombrado senador gracias a un pacto con el PSOE? ¿Hace también rememorar lo más reciente, es decir, que ustedes no se entendieron con Podemos y que apoyaron la investidura de Javier Fernández?

Mire, cuando hubo las primarias entre Llamazares y usted para elegir al candidato de IU en las elecciones autonómicas, incurrí en el error de creer que don Gaspar iba a ser más exigente con el PSOE a la hora de darle su apoyo. Los hechos demostraron que fue generoso y dócil con la FSA. Los hechos también confirman que usted no se manifestó en momento alguno en contra de ese apoyo.

Así las cosas, ¿qué credibilidad pueden tener ustedes en Asturias como abanderados de la nueva política, como juramentados contra el bipartidismo, como entusiastas portadores y valedores de un discurso antisistema?

Han elegido a la FSA como pareja de baile; de hecho, lo llevan haciendo desde 2003. Muy bien. Esto lo sabe el electorado que será quien decida qué confianza se han ganado. Pero, por favor, no pretendan que ese mismo electorado padezca una amnesia tal que le lleve a olvidarse en diciembre de todas las políticas que han venido siguiendo ustedes.

Mire, señor Orviz, el busilis no está ni en los egos ni en las siglas, sino en la insobornable realidad. ¿Cómo pueden pretender ustedes ir en una sola lista con Podemos y, al mismo tiempo, ser compañeros de viaje del PSOE?

No nos tome el pelo, se lo ruego. No son egos, no son siglas, son políticas, son apoyos, son realidades. Y, si tienen un problema de bipolaridad consistente en rechazar de boquilla el bipartidismo al tiempo que apoyan que el PSOE gobierne Asturias sin una presión de toda la izquierda, la de Podemos incluida, convendría que lo resolviesen cuanto antes si pretenden ganarse la credibilidad del electorado.

¿Por qué se refiere a egos y a siglas cuando de lo que estamos hablando es de conformismo y de entreguismo, cuando de lo que estamos hablando es de ser colaboradores necesarios para que la vieja política continúe en Asturias? ¿De verdad cree que saldrán ustedes ganando con semejante ceremonial de la confusión?

Aún están a tiempo, señor Orviz, de rectificar y de acordar propuestas conjuntas con Podemos en el Parlamento asturiano. Sólo de ese modo la vieja política podrá empezar a tambalearse en Asturias.

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FELIPE GONZÁLEZ: DEL ‘ESTILO ÉTICO’ AL ESPERPENTO
Luis Arias Argüelles-Meres 21-09-2015 | 7:32 | 0

«En el fondo, Felipe González Márquez era entonces, como casi todos nosotros, los de entonces que ya no somos los mismos, un joven con ambiciones, feliz consigo mismo y, como casi todos, indocumentado, lleno de lagunas que se suplían con vehemencia y fe en el futuro. … Felipe González era, en suma, ‘un estilo ético’. Y en esas tres palabras se reconciliaba toda una memoria histórica que hasta ese momento no era más que nostalgia y melancolía, desde los tiempos de la Ilustración hasta la II República, desde la tristeza del 98 a la muerte del general Franco». (J. J Armas Marcelo).

Increíblemente cierto: en 1982, Felipe González parecía un epítome del político que, ante todo, atesoraba algo tan valioso como una carga ética tan convincente como invencible. De hecho, Víctor Márquez Reviriego publicó un libro aquel mismo año, el de la irrepetible victoria de González, que tenía por título: ‘Felipe González. Un estilo ético’. ¡Madre mía! Lo más terrible del caso no es sólo que hayamos sido tan ingenuos muchos de los que vivimos aquello. Lo peor de todo es que, en la trayectoria de este personaje, se observa que pasó de ser todo un referente de lo que venimos diciendo a convertirse en una especie de caricatura de sí mismo, en un esperpento que desfigura la imagen anterior hasta límites aterradores.

Miren, no siento la más mínima admiración por Nicolás Maduro ni tampoco por su demagógico y circense antecesor. Añadiría que se cumple una vez más la regla de que la copia es peor aún que el original. Y, desde luego, no es de recibo bajo ningún concepto encarcelar a un político opositor. Semejantes prácticas dan cuenta de que en Venezuela no hay las más mínimas garantías democráticas.

Dicho esto, no acierto a explicarme el patinazo de Felipe González al haber afirmado que en el régimen de Pinochet se respetaban más los derechos humanos que en la Venezuela actual. ¿A cuento de qué necesita González comparar a Maduro con el tirano chileno para criticar al sucesor de Chávez, que hace méritos por sí mismo para dejar muy patentes tanto su histrionismo como su nula credibilidad democrática? ¿Cómo es posible que al ex presidente del Gobierno español no le abochorne mentar siquiera a un dictador que se impuso por la sangre y que llevó a cabo una represión brutal hasta el momento mismo que abandonó el poder? ¿Cómo puede atreverse González a faltar al respeto de forma tan imperdonable a Salvador Allende, principal víctima del verdugo chileno?

¿Qué le pasa a Felipe González? Porque, si de Venezuela hablamos, insistiendo en lo rechazable que resulta el chavismo tanto en lo ético como en lo estético, no podemos olvidar que el político andaluz fue muy amigo de un dirigente venezolano corrupto como Carlos Andrés Pérez, que, como González, tampoco se arredraba a la hora de declararse de izquierdas.

¿Qué se hizo de aquel Felipe González que, en su irrepetible campaña del 82, tenía como referencia de cabecera a Manuel Azaña y que decía defender el legado moral de un partido que acababa de cumplir su primer centenario? ¿Qué tiene que ver aquel personaje con el actual consejero de grandes empresas, amigo de personajes que atesoran enormes fortunas que jamás hubieran sido admirados por Pablo Iglesias?

¿Cómo es posible haber pasado del estilo ético al esperpento? ¿El estilo ético era el abrazo aristocrático que se produjo en su etapa como presidente del Gobierno? ¿El estilo ético tiene algo que ver con recomendar muy solemnemente que se alargue la edad de jubilación? Claro, lo sugiere alguien que nada en la abundancia económica y que parece que ya no tiene amigos pobres, aunque se siga declarando socialista de pro.

¿Nadie se atreverá a decirle que, salvo excepciones, cada vez que habla en público abochorna a todos, especialmente a su propio partido? ¿Nadie se atreverá a pedirle, al menos, discreción y prudencia?

Caricatura de sí mismo, digo, que, según parece, ha creado una fundación para que su ego se sienta aún más satisfecho. Deriva la suya que pasó, repito, del estilo ético, que aparentaba al esperpento que ahora representa.

Lo tengo escrito muchas veces: lo mejor que se puede decir de González es que no quiso marcharse de la política como Azaña, al que la derechona sigue odiando infinitamente, y, al final de su trayectoria pública, recuerda –mutatis mutandis– a Lerroux, a aquel personaje tan odiado por el PSOE que empezó en el radicalismo ideológico y que terminó su ciclo político enfangado por la corrupción y desprestigiado por una deriva que lo llevó al reaccionarismo.

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