El Comercio
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Fecha: octubre, 2015
¿Desconexión catalana?
Luis Arias Argüelles-Meres 28-10-2015 | 7:27 | 0

Un Parlamento que, en su mayoría, respalda que se lleve a efecto con toda solemnidad una inequívoca declaración de intenciones que tiene como objetivo irrenunciable e innegociable la independencia de Cataluña. Frente a ello, el presidente del Gobierno español reacciona manifestando que la ley está de su parte y que la hará cumplir no permitiendo que llegue a tener alcance alguno lo manifestado en el Parlamento catalán. Lo cierto es que estamos ante el momento más delicado y problemático desde la Transición a esta parte. Y lo peor de todo es que la situación exige que haya personajes públicos con hechuras de estadistas, pero, hasta el presente instante, los principales actores de esta representación están muy lejos de poseer la talla que el aquí y ahora demandan. Ante ello, sólo cabe una doble lamentación, tanto por el problema en sí, como también por la falta de grandeza de sus protagonistas principales.

En efecto, es en momentos como este donde se puede demostrar la grandeza de una nación y de unos dirigentes. En cuanto a lo primero, cabe albergar (o abrigar) esperanzas. En cuanto a lo segundo, sólo nos queda esperar que se obre el milagro de que ambos ‘líderes’ desaparezcan pronto de la primera línea política por el imperativo de la ciudadanía en las ya cercanas elecciones españolas y también en las previsibles elecciones adelantadas que tendrán que celebrarse sin tardar mucho en Cataluña.

El escenario es muy claro. La ciudadanía catalana decidió con sus votos la actual composición del Parlamento que acaba de hacer la susodicha declaración. Ante ello, más allá de lo que serían asuntos legales, lo que todo el mundo debería tener claro es que no estamos ante un capricho de unas mentes más o menos torticeras que plantean la secesión de Cataluña, sino que, detrás de esto, hay una ciudadanía que respalda esa voluntad. Seamos claros y honestos: a ningún demócrata debería resultarle baladí que un Parlamento democráticamente elegido haga tan solemne declaración de intenciones. No se trata de descalificar un discurso político que, desde luego, es desmontable, sino de respetar la voluntad de un electorado. ¿Alguien, de verdad, puede pensar que el problema se resolverá aplicando la legalidad vigente? ¿Alguien, de verdad, se cree que, ante la actual situación, no se impone establecer diálogo y negociaciones con la voluntad firme de alcanzar acuerdos?

Las cosas no serán nada fáciles. No podrán arreglarse como en la República donde el problema se recondujo tras unas conversaciones que echaron para atrás la declaración de un Estado independiente en Cataluña.

Sea como sea, me permito insistir en algo obvio que, inexplicablemente, se viene soslayando: aceptando que en el discurso independentista de Mas y compañía hay demagogia y oportunismo, aceptando que el entendimiento entre CDC y la CUP no puede tener largo alcance, aceptando que tendrían que negociarse unas condiciones muy claras para un referéndum acerca del llamado derecho a decidir, lo cierto es que hay un malestar creciente en la ciudadanía catalana con respecto al Estado y, por tanto, lo que urge es un diálogo democrático que intente reconducir la situación. No sólo leyes, no sólo trifulcas entre políticos, no sólo indolencia. Es diálogo lo que la situación demanda, y no atrincheramientos.

Cataluña y la política, parafraseando a Gil de Biedma, van en serio. Esto requiere rigor, altura de miras, grandeza de los máximos responsables; grandeza que, insisto, tiene que demostrarse en momentos como este, tras tantos bandazos, tras tantas trapacerías, tras tantos desencuentros.

¿Desconexión catalana? ¿Ante ello, sólo la legalidad, soslayando el sentir y el pensar de la ciudadanía de ese territorio? Ante ello, ¿qué?

Situación límite es lo que tenemos. Situación límite que no se puede superar con una comparecencia pública respondiendo a una sola pregunta. Situación límite que requiere cintura y amplitud de miras.

¿Se va a seguir obviando que estamos en vísperas de un nuevo momento político que llama a la puerta? ¿No cabe ni siquiera negociar una especie de tregua hasta el momento en el que se inaugure una nueva legislatura en la que tocará rehacer y desandar? ¿No cabe ni siquiera intentarlo con clamor democrático?

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¿DE QUÉ ORGULLO NOS HABLA, SEÑOR RAJOY?
Luis Arias Argüelles-Meres 27-10-2015 | 7:26 | 0

Ya no sé en su caso lo que es peor, señor presidente, si sus silencios indolentes dejando que los problemas se pudran, que es una manera de acrecentarlos como hizo con la situación de Cataluña. O si aún resulta más bochornoso cuando habla con un triunfalismo irritante, tal y como acaba de suceder en su rueda de prensa tras convocar oficialmente las próximas elecciones del 20 de diciembre.

¿Le parece honesto y digerible su triunfalismo, don Mariano? Suponiendo que este país esté remontando la crisis, algo muy discutible, ¿se preguntó usted en alguna ocasión el precio que la sociedad en su conjunto tuvo y tiene que pagar por ello? ¿Se preguntó usted, asimismo, si fue aceptable, por parte de los gobernantes, la ausencia de empatía con las personas que más sufrieron la crisis? Y se permite afirmar, para mayor baldón, no sólo que se ha superado lo peor, sino que además nadie se quedó en el camino a lo largo de todos estos años. ¿Acaso, señor mío, las personas que fueron desahuciadas de sus viviendas no se quedaron en el camino? ¿Y qué nos dice de los casos trágicos que hubo que terminaron en suicidio? De verdad, don Mariano, hay que ser muy inconsciente para poner de manifiesto semejantes cosas.

Sigamos con esa crisis, según usted, felizmente superada gracias a la gestión del Gobierno que preside. ¿Quién pagó el saqueo que se produjo en las cajas de ahorro? ¿Quién pagó y sigue pagando las privatizaciones y privilegios de las grandes empresas eléctricas, donde sigue habiendo un largo listado de antiguos responsables políticos que cobran salarios de lujo, mientras a cada ciudadano le toca abonar un recibo mensual en el que hay más impuestos que costes reales? ¿Quién pagó y sigue pagando todos los despilfarros que en este país han venido siendo en las últimas décadas?

Mire usted, aquí el único orgullo legítimo es el de la sociedad española en su conjunto, que, hasta donde pudo y puede, amparó a sus familiares más necesitados, no pocas veces con el dinero de las pensiones. Mire usted, aquí el orgullo le toca también al funcionariado que desde 2010 a esta parte cobra menos y trabaja más mientas que ustedes, los de la mal llamada clase política, no se terminan de apear de sus sinecuras y privilegios. Mire usted, aquí el orgullo les toca a quienes padecen una situación cercana al umbral de la pobreza y siguen luchando para salir adelante con un heroísmo admirable. Mire usted, aquí el orgullo le toca a la ciudadanía que decidió en su momento manifestar su indignación ante la corrupción generalizada y ante la inutilidad de unos dirigentes que no son capaces de poner en marcha un modelo productivo y un proyecto de país que nos ayude a levantar cabeza.

De verdad, señor Rajoy, resulta intolerable e inaceptable verlo a usted sacando pecho en medio de tanto sufrimiento, de tanta carencia, y de tanta corrupción.

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Donde habita la angustia (En la muerte de Carlos Bousoño)
Luis Arias Argüelles-Meres 26-10-2015 | 7:28 | 0

Hice de la angustia mi casa y, desde esa mansión cenagosa, clamé». En efecto, toda una declaración de principios puramente existencialista. Carlos Bousoño, asturiano del occidente, poeta, profesor universitario, crítico y teórico de la literatura, un caso excepcional como poeta, si se tiene en cuenta que, a diferencia de sus compañeros de generación, no es fácil etiquetarlo como poeta social, salvo en algún texto muy concreto y aislado. Pero no es sólo una excepción como poeta, puesto que en todo momento compartió la crítica y la teoría literaria con la creación; he aquí una de las muchas e importantes coincidencias con Dámaso Alonso, con quien además compartió también la autoría de libros de referencia en lo que la crítica literaria se refiere.

Bien mirado, a poco que se conozca lo esencial de la estilística como crítica literaria, no es extraño que haya compartido la creación poética con el estudio y el análisis de la mejor poesía que se escribió en nuestro idioma. A este propósito, sabido es que la estilística considera que la creación literaria la completa de manera decisiva e ineludible el propio lector, el lector de calidad.

Hablamos de un crítico imprescindible. Hablamos de un teórico de referencia. Hablamos de un estudioso de la poesía que, además, se ocupó, con brillantez y éxito, de analizar la obra de muchos de nuestros grandes poetas contemporáneos, entre ellos, la de Claudio Rodríguez y la de Gimferrer. Y sus análisis de la poesía española más cercana llegaron a la llamada «poesía de la experiencia», donde tuvo el feliz hallazgo expresivo de poner de manifiesto la omnipresencia de lo que llamó, con admirable acierto, «el yo testaferro».

Hablamos también del mejor conocedor de una de las obras cumbres de la poesía del siglo XX español, la de Vicente Aleixandre, poeta que recibió el Nobel, poeta que, junto a Dámaso, protagonizó la renovación de la poesía española en un año tan duro como 1944.

Donde habita la angustia, digo. Si para Dámaso Alonso, Madrid era una ciudad en la que había un millón de cadáveres, el existencialismo tiene continua presencia en la inmensa mayoría de los poeta de Bousoño.

¿Cómo no admirar a uno de los críticos que mejor supo explicarnos una parte muy importante de la poesía más lograda que se escribió en el siglo XX? ¿Cómo no reparar en la elegancia de su prosa en todos sus textos de teoría y crítica literaria? ¿Cómo no reconocer su envidiable talento a la hora de captar y explicar lo más esencial de la obra de los poetas que estudió Bousoño?

Tengo para mí que, andando el tiempo, Bousoño será más reconocido por su obra crítica que por su creación como poeta, sin que ello signifique, ni mucho menos, que esta última sea desdeñable, sin que ello signifique tampoco que desde la crítica y teoría literarias no s epoda aportar menos a la poesía.

Y, por último, en cuanto su carácter asturiano, hay que decir también que, en medio de la angustia que puebla su obra poética y en medio del rigor y la precisión de su obra como crítico y teórico de la literatura, no siempre se ausenta la ironía, la retranca, la coña asturiana, ese tono del que habló Alarcos a la hora de analizar la obra de otro gran poeta asturiano, de Ángel González: «Quizás es el que mejor representa en la lírica lo que puede llamarse tono asturiano: una mezcla de humor irónico, de melancolía, de sobriedad expresiva, de natural profundidad y poco colorido». Esto también puede encontrarse, insisto, en la obra de Bousoño.

Carlos Bousoño, un gigante de la crítica, un poeta destacado. Asturias pierde a uno de los grandes referentes de las letras. Pero –perdón por el tópico– su obra está ahí para iluminar los tránsitos por nuestra mejor poesía y para conocer el sentir y el pensar de un existencialismo que, contra viento y marea, penetró en una España oficialmente cerril y cerrada a todo influjo externo.

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Sobre el discurso del Rey
Luis Arias Argüelles-Meres 25-10-2015 | 2:41 | 0

“Que nadie construya muros con los sentimientos”, toda una declaración de principios y de intenciones, contundente y clara, mensaje inequívoco también en cuanto al destinatario, por parte del Jefe del Estado. Eso es, muros, hablemos de muros, de aquéllos tan desmoronados a los que en su momento se refirió Quevedo en uno de sus muchos poemas memorables. Pero, en este caso, no se trata del aspecto que los susodichos muros puedan presentar, sino de aquellos que parecen erigirse en un territorio cuya población va manifestando de manera creciente su incomodidad y desapego. Y es que el problema no radica sólo en  los discursos que ambicionan la secesión, sino también –y sobre todo- en que calan en la sociedad con éxito. Acaso no sería inadecuado pensar que no se trata tanto de ocuparse de la fiebre, sino de aquello que la provoca.

“Muros con los sentimientos”, en efecto. Va en el guion que un Jefe de Estado no pueda ver con buenos ojos que el territorio  que está a su cargo se desvertebre y se rompa. Lo que toca preguntarse es si resulta suficiente la confrontación dialéctica contra sus predicadores, o si hay que ir más allá planteando un discurso convincente que frene y derrote lo que se pretende combatir.

El discurso regio en el Campoamor fue más allá de los lugares comunes esperables propios de una situación complacida y complaciente. Tuvo que ir más allá haciéndose eco de la alarma que supone que el actual modelo político está haciendo aguas en muchos ámbitos, entre ellos, el territorial.

Y no deja de ser llamativo que tales planteamientos se hayan hecho en nuestra tierra, en un momento en que en las calles había presencia de gentes monárquicas y republicanas, de dos Españas, de dos Oviedos. Y es que, semántica y simbólicamente, los muros dan mucho de sí. Y es que estamos hablando de un Oviedo que, en lo oficial, ya no es tan cortesano como en años anteriores. Y es que estamos hablando de una España que vive vísperas de grandes cambios, que tendrán que ser abordados tras la Legislatura que vendrá después de las elecciones navideñas. Cambios que el tiempo dirá si serán o no lampedusianos, pero que llegarán porque tendrán que llegar.

Lo que tenemos ante nosotros no sólo son los muros que, en efecto, se están intentando construir, sino también los de la ruina, los de la decadencia, los de una crisis en todos los órdenes que está sacando a este país de un letargo de décadas. Y también están aquellos otros que separan lo real de lo oficial, que vinieron provocando una distancia cada vez mayor entre los supuestos representantes políticos y los teóricos representados. Lo que tenemos ante nosotros es también la muralla de la que habló Guillén en un magistral  poema, la que hay que cerrar o abrir según quién llame desde el otro lado.

Muros, todos los muros, desde Quevedo a Pink Floyd pasando por Guillén. Muros, todos los muros, incluso el que no se les cayó a quienes estuvieron ciegos ante el totalitarismo que se sufrió en aquel “socialismo realmente existente”. Muros, todos los muros, no sólo el que se está erigiendo, sino también el que tiene enfrente tan a punto de derruirse como el descrito por Quevedo. Muros, todos los muros, también el que se construyó para parar la memoria, para  preservar la amnesia contra lo que significó la mejor España, también la mejor Asturias.

Los muros son, en efecto, sobre todo emocionales, constituyen toda una metáfora del repertorio sentimental colectivo e individual. Los muros que cercamos y que nos cercan. Los muros, siempre los muros.

Si el pasado año, el Rey citó a un republicano incómodo para todos incluso para los que se sentían sus secuaces, esto es, a Unamuno, en este último discurso se hizo eco de un problema de vertebración territorial que cada vez acucia más. Y lo cierto es que hablamos de un aquí y un ahora donde lo conflictivo es protagonista, donde reconducir es tan urgente como dificultoso, donde piden paso problemas que nunca se resolvieron y que ahora apremian, donde, como dejó escrito Azaña, toca una vez reinventar el fuego, esto es, reinventar España. Y, quiérase o no, guste o no, en tal tesitura todas las voces y todos los ecos tienen que dejarse oír, pues los clamores traspasan los muros. No hay barrera del sonido que los enmudezca.

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Todas las aguas
Luis Arias Argüelles-Meres 20-10-2015 | 7:23 | 0

El Musel, con la rocambolesca historia de los transportes falsificados, según considera la Olaf. La juez del ‘caso Pokemon’, que sigue reclamando documentación del asunto en Asturias. O sea, aguas saladas de la mar y aguas de los manantiales. O sea, en torno a las aguas, hay asuntos que hieden y abochornan. La historia es tan melodramática que resistiría tener como himno la canción de un almibarado artista español residente en los Estados Unidos. Eso sí, habría que hacer algunas modificaciones en la letra.

Todas las aguas, o casi. Todos los partidos que vinieron teniendo mando en las plazas municipales, o casi. Pero aquí no pasa nada. Aquí, la cúpula de los partidos no iba a afear comportamiento alguno a su alcalde o alcaldesa de turno mientras siguieran ganando elecciones. Si algo no olía bien, o no tenía muy buenas trazas, se miraba para otro lado. Y, así las cosas, los servicios de aguas de muchos municipios se privatizaron. Y, así las cosas, tenía que haber intermediarios de la altura ética y estética del señor Fernández (don Joaquín), gran comunicador en su momento, a juicio de los mandamases llariegos del PP.

¿Y qué decir con todo lo que se está publicando acerca de las irregularidades que se produjeron en las obras de EL Musel, tal y como manifiesta la Olaf? Claro, nadie sabía nada. Claro, todo el mundo actuó en aras del interés general.

Así pues, todas las aguas. Así pues, cuanto más se va conociendo sobre los citados casos, mayor es la indignación. Aun así, los hay que se siguen ofendiendo cuando se habla de «vieja política». Aun así, los hay que sacan pecho erigiéndose en abanderados contra la corrupción. Aun así, hay quien pretende elevarse –es un decir– al mundo de las ideas obviando lo que tiene dentro de su partido.

Todas las aguas. La campaña electoral promete ser bronca y airada, pero, con asuntos como éstos, todos los añadidos que se deriven, lejos de mejorar el aire que se respira en la vida pública, lo carga aún más.

¿Quién nos iba a decir que llegaríamos a conocer las consecuencias de una fiebre privatizadora en el ámbito municipal que no sólo favoreció los negocios privados, sino que además trajo como consecuencia estomagantes casos de corrupción?

¿Quién nos iba a decir que algunas legendarias y oscuras leyendas de determinadas empresas públicas en el franquismo iban a ser resucitadas por episodios que nos las hacen recordar?

Todas las aguas, digo. Y ahí está la cloaca de las corruptelas, de los sobornos, del sonrojo generalizado. Pero, mientras tanto, la Asturias oficial sigue mostrándote encantada de haberse conocido. Pero, mientras tanto, continúa vigente el viejo lema que dice que aquí nunca pasa nada.

¿Están seguros?

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