El Comercio
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Fecha: enero, 2016
¿Qué se espera del PSOE?
Luis Arias Argüelles-Meres 30-01-2016 | 3:29 | 0

Resultado de imagen de Pedro Sánchez, el comercio

Es mucho lo que tiene sobre sí don Pedro Sánchez. Sabe –o, al menos,debería intuir– que le toca ahora marcar una clara discontinuidad política con lo que vino haciendo su partido en todos sus gobiernos que formó desde 1982 a esta parte. Sabe que la madre de todos sus peligros sería entregarse al PP, aunque fuese por pasiva, porque con ello no haría más que reforzar el descrédito que viene sufriendo desde que no pequeña parte de la ciudadanía sospecha, no sin cierta amargura, que todos los políticos son iguales, sobre todo que entre el PP y el PSOE las diferencias llevan décadas de mengua. Pero sabe también –o tendría que saberlo– que gobernar en coalición con Podemos comporta no pocos riesgos, riesgos de ida y vuelta, porque no todos los votantes de la formación morada lo aplaudirían.

Por otro lado, también tiene que constarle al líder socialista que los pactos con los nacionalismos tienen sus rémoras y que, sobre todo, eso ya está ensayado en Cataluña, en Galicia y en España, y que además cosechó sus decepciones y chascos.

Lo que tiene ante sí el señor Sánchez no es sólo acertar en la decisión que tome en cuanto a presentar su candidatura a presidir el Gobierno, sino que, ante todo y sobre todo, le toca algo tan difícil como recuperar una credibilidad política que el PSOE vino perdiendo desde las corruptelas del felipismo, desde los bandazos de Zapatero, también desde las corruptelas en gobiernos autonómicos y ayuntamientos. No sería del caso culpar al PP de ser el único partido salpicado por la corrupción en España, por mucho que sus escandaleras sean tan continuas como nauseabundas.

¿Qué se espera del PSOE? Ante todo, tener un proyecto de país y concretarlo, un proyecto de país que intente dar respuesta no sólo a una crisis económica terrorífica, sino también a los desafíos territoriales, así como a un rechazo creciente por parte de la ciudadanía a determinadas formas de hacer política, en las que el PSOE viene incurriendo desde hace tiempo. Toca esbozar un discurso regeneracionista e inequívocamente combativo contra la desigualdad. Toca, al menos, ser socialdemócratas.

Toca recuperar la credibilidad merecidamente perdida de un partido que se reclama de izquierdas y que se cargó las cajas de ahorro, privatizándolas. De un partido que se declara laico y que, sin embargo, no parece dispuesto a reconsiderar el negocio de eso que llaman enseñanza concertada. De un partido que no puede seguir teniendo como reina madre a un ciudadano tan poco ejemplar como Felipe González. De un partido que en algún momento tendrá que plantearse su ADN republicano.

Toca la discontinuidad con lo que fue el PSOE desde 1982. Y esto no es nada fácil, aun suponiéndole las mejores intenciones al respecto al candidato socialista. Toca romper con la vieja política de la que viene formando parte desde que se constituyó el primer Gobierno socialista. Toca ser conscientes de que a este partido apenas lo votan las gentes más jóvenes y que se llevó batacazos de órdago en territorios como Madrid que vienen marcando la pauta electoral desde hace décadas.

Se espera del PSOE que rompa con Suresnes. ¿Querrá, sabrá y, en su caso, podrá hacerlo don Pedro Sánchez? Muy largo el desafío que tiene ante sí.

Es lo que toca. Es lo que le toca.

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¿REINVENTAR LA TRANSICIÓN?
Luis Arias Argüelles-Meres 26-01-2016 | 2:29 | 0

Felipe VI, durante el encuentro que mantuvo ayer con Patxi López.

“Para definir una época no basta con saber lo que en ella se ha hecho; es menester, además, que sepamos lo que no se ha hecho, lo que en ella es imposible» (Ortega y Gasset).

En su particular ceremonial del pasado viernes, Pablo Iglesias habló de «un ministerio de la plurinacionalidad», o sea, un nuevo café para todos sin Clavero Arévalo, en el que, según cabe suponer, se elegirá si es solo, con leche, cortado, o vaya usted a saber cómo. Por su lado, la señora de Cospedal, no repuesta aún de su fracaso como mandataria autonómica, vino a referirse a una especie de segunda transición en la que estuviesen juntos los partidos que ella llama constitucionalistas. Frágil memoria la de doña Dolores si se piensa que, en su momento, fue el PP (entonces AP) quien más reparos puso a la llamada Carta Magna.

¿Es que aquí nadie recuerda lo que dejó consignado Marx acerca del modo en que se suele repetir aquello que empieza con toda la liturgia escénica, es decir, que termina como comedia bufa? ¿Es que todo el mundo perdió aquí de vista que hay modelos que están agotados?

Y, miren, más allá de las incógnitas sobre la formación del próximo Gobierno, lo verdaderamente inquietante es que, dejando de lado consignas, maniqueísmos y topicazos, nadie puso sobre la mesa un proyecto de país aglutinador y con ambición de futuro.

¿De verdad se quiere hablar claro? ¿Cómo se puede atrever el PP a mentar siquiera la igualdad ante la ley en políticas territoriales, cuando los sueldos públicos y los impuestos varían según la autonomía donde se resida? ¿Cómo se pueden atrever algunos partidos políticos a sacar pecho por la regeneración política cuando son los primeros en no renunciar a sus privilegios? ¿Cómo tienen la desfachatez algunos otros de obviar que tenemos una ley electoral injusta donde la igualdad no se plasma en el alcance del número de votos?

¿Reinventar la Transición para repetir errores? No, gracias. ¿No llegó el momento en el que hay que poner sobre la mesa una reforma a fondo de la Constitución para poner freno a muchos de los errores que nos han llevado a la situación actual? ¿No llegó el momento de dejar bien claro quiénes son los que de verdad se suman a un proyecto común que, por una vez, posponga los particularismos? ¿O es que nadie tiene madurado ese proyecto en común? Y, si nadie lo tiene madurado, ¿no pueden, al menos, reconocer que los deberes no fueron hechos y que toca ponerse manos a la obra con espíritu de acuerdo, esto es, con el compromiso de entrar un periodo constituyente?

¿Qué pinta Rajoy declinando? ¿Qué pinta Pedro Sánchez sacudiéndose el entusiasmo no disimulado con que recibió el regalo explosivo de Podemos? ¿Qué pinta Pablo Iglesias desdiciéndose ya tan pronto de lo que afirmó en campaña acerca de su negativa a gobernar con el PSOE? Y, en cuanto a las formaciones nacionalistas, ¿no podrían presentar un proyecto de España, todo lo plurinacional que se les antojase con cabida para todos? ¿O acaso sólo hay una España posible? ¿O acaso la historia no enseña que hubo y hay otras Españas, integradoras y respetuosas?

¿Reinventar la Transición? Mejor sería reinventar España, pero el lastre es enorme y dificultoso, sobre todo, porque se supone que la solución les toca a los que son el problema.

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Estratega Pablo Iglesias
Luis Arias Argüelles-Meres 25-01-2016 | 1:02 | 1

Pablo Iglesias consiguió, por un lado, atenazar aún más a Rajoy que cada vez tiene más difícil prolongar su agonía política, y, de otra parte, el órdago lanzado a Pedro Sánchez no deja de tener su no sé qué de ensañamiento y prepotencia. Sigue ganando batallas mediáticas el líder de Podemos y la cosa promete tener largo recorrido.

A día de hoy, la madre de todos los consensos políticos en España estriba en que hay una mayoría absoluta más que holgada a la hora de rechazar a Rajoy. Todo lo demás son incógnitas. Y es en este campo donde el líder de Podemos se está comportando como todo un virtuoso a la hora no sólo de erigirse continuamente en noticia, sino también en ser el que mejor sabe manejar el tablero político que tenemos ante nosotros.

Lo voy a decir muy claro. No me parece que Pedro Sánchez sea un líder político con la talla de estadista que los tiempos demandan. Por si ello fuera poco, su partido no se encuentra en condiciones de erigirse en ejemplo de honestidad y coherencia. Dicho lo cual, resulta excesivo que Iglesias haya protagonizado una puesta en escena en la que perdona la vida al candidato socialista y en la que se siente con autoridad para hacer nombramientos en un hipotético gobierno de coalición entre PSOE y Podemos.

Desde luego, Iglesias tiene mucha más formación que la mayor parte de los profesionales de la política que estamos padeciendo. Ahora bien, no le conviene perder de vista que está a años luz de tener una capacidad intelectual como Azaña. No es para sacar pecho no haber leído a Kant ni tampoco citar mal a Azaña como hizo en un artículo publicado en la prensa nacional durante la pasada campaña. Y, en todo caso, Sánchez, con todas sus grandes limitaciones, consiguió más votos que Podemos, y no se puede ofrecer un pacto político desde una actitud que avasalla y que parece pretender el vasallaje.

Estratega Pablo Iglesias que, de entrada, aparta a Rajoy y pone nervioso al PSOE azuzando su división interna. Estratega Pablo Iglesias que deja pocas dudas acerca de su intención de fagocitar y engullir al PSOE en un hipotético Gobierno de coalición.

Quiere decirse con ello que no sólo consiguió paralizar aún más a Rajoy, algo de suyo muy difícil, sino que además encendió la mecha en el seno del PSOE. Así, cuando Sánchez habla de la necesidad de un «gobierno de progreso en España» parece desconocer que su partido fue el que comenzó con los recortes, que su partido privatizó las Cajas de Ahorro, que su partido, desde los tiempos del felipismo, protagonizó escándalos de corrupción gigantescos, que su partido también participó en la ola privatizadora de servicios públicos en todas las Administraciones, que su partido forma parte de esa casta a la que, con razón, fustiga Podemos. ¿No son casta gentes como Pajín o Maleni? ¿No son sonrojantes los intentos privatizadores que llegaron a negociar la venta de las loterías, siendo la señora Salgado la responsable de economía de Zapatero?

Estratega Pablo Iglesias que, insisto, azuza las disensiones internas de un PSOE que se sigue reclamando progresista y que, en sus políticas, sólo fue de izquierdas en las siglas.

¿No es una enorme contradicción mostrarse dispuestos a gobernar con esa casta a la que se vino combatiendo? ¿Hay que descartar que detrás de todas estas escenificaciones mediáticas exista una clara intención de que convoquen nuevas elecciones?

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Carta abierta a Fátima Báñez
Luis Arias Argüelles-Meres 18-01-2016 | 12:59 | 0

El escritor leonés, Antonio Gamoneda

«Entre todas las calamidades de la vida humana, la más portentosa es estar el engaño en la entrada del mundo y el desengaño a la salida». (Gracián).

Convencido estoy, señora ministra, de que usted desconoce la obra de Kierkegaard. Su fervor rociero no le viene de la desesperación resultante del desempleo inasumible que padece este país, siendo usted la titular de Empleo. Resumiendo, doña Fátima, a usted no le suena de nada el libro del filósofo danés que tiene por título ‘Tratado de la desesperación’. Así pues, su devoción mariana, según puede deducirse, es puro folclorismo.

Pero resulta que ese folclorismo suyo, que esa inutilidad a la hora de luchar contra el paro, por mucho que hagan cosméticas de última hora, va acompañado de medidas tan inaceptables como lesivas e indignantes, entre ellas, la que establece que cualquier persona que se dedique a la creación y cobre su correspondiente retiro laboral no podrá percibir más de 9.000 euros de ingresos anuales so pena de tener que renunciar a su pensión.

¡Bravo, doña Fátima! ¡Bravísimo, señora ministra todavía en funciones! Ustedes, que permitieron que muchas personas que arruinaron las Cajas de Ahorro con su nefasta gestión, cuando no con sus corruptelas, se blindasen para cobrar jubilaciones de lujo, se atreven a legislar contra la literatura y la creación en general. ¿Se cree usted que algo así puede resultar tolerable?

Imagínese usted, por un momento, señora ministra aún en funciones, que Gamoneda, Caballero Bonald o cualquier autor aún vivo pueda percibir una cantidad considerable por los derechos de una obra publicada hace años. En ese caso, debería renunciar a su pensión. Fastuoso. Imagínese usted por un momento, doña Fátima, que un autor o autora en edad de jubilación escriba una obra de éxito y tenga que renunciar a su pensión sin saber por cuánto tiempo se seguirán vendiendo ejemplares. Está cometiendo usted un tremendo atropello no sólo contra personas de talento que aún pueden escribir, pintar o componer música, sino también contra la inteligencia.

Lamento decírselo con tanta crudeza, señora Báñez, pero lo cierto es que se sigue demostrando que ustedes llevan en sus genes el rechazo hacia la inteligencia, el talento y la creación.

¿Acaso no es un sarcasmo, señora ministra, que en el país en el que la SGAE se convirtió en una suerte de sórdido y pestilente Patio de Monipodio se legisle ahora en contra de la creación artística y literaria? ¿Es de recibo que poetas como Gamoneda tengan que renunciar a su pensión, mientras que los principales dirigentes de la mencionada SGAE cometieron estafas escandalosas?

Sería todo un detalle, señora ministra aún en funciones, que retirasen antes de irse semejante disposición legal. Sería todo un detalle que nos regalasen como despedida una sola rectificación.

Fíjese usted, señora Báñez, las coincidencias las suele cargar el maligno. Resulta que la escandalera y la indignación ante el asunto que venimos abordando coincide en su estallido mediático con la afirmación que se hizo en el juicio del caso Nóos en el sentido de que eso de que ‘Hacienda somos todos’ no es más que un eslogan propagandístico.

En este país de nunca jamás, de privilegios rechazables e injustificados, ustedes dejan el Gobierno arremetiendo contra la inteligencia, el talento y la creación.

Ustedes, doña Fátima, que representan al más rancio reaccionarismo carpetovetónico, a la machadiana España de charanga y pandereta, ustedes, digo, son incorregibles.

Me permito, por último, doña Fátima, recordarle las palabras que siguen que escribió Unamuno en su destierro en Fuerteventura:

«¡Ésta es mi Atlántida! ¡Ésta es mi Ínsula Barataria! Aquí me vistan en larga estantigua, en procesión de almas doloridas, todos los que en los largos siglos sufrieron la pasión trágica de mi España; aquí vienen, aves consoladoras a la par que agoreras, las almas de todos aquellos que sufren persecución por su Justicia, por su espíritu de Justicia y verdad, las almas de todos aquellos que sucumbieron al poder infernal del Santo Oficio de la inquisición, y esas almas me orean con su aleteo la frente enardecida de mi alma, esas almas me orean la inteligencia».

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Sobre el conflicto generacional y otras menudencias
Luis Arias Argüelles-Meres 17-01-2016 | 3:38 | 1

El diputado de Podemos Alberto Rodríguez pasa ante Mariano Rajoy.

“Podemos imaginar a cada generación bajo la especie de un proyectil biológico lanzado al espacio en un instante preciso, con una violencia y una dirección determinadas. De una y otra participan tanto sus elementos más valiosos como los más vulgares”. (Ortega y Gasset).

 

Una diputada amamantando a su bebé. Un parlamentario con rastas que, al desfilar delante de Rajoy, suscita en don Mariano una respuesta gestual de inequívoco rechazo, que viene a decir muy claramente que el mundo está perdido con esta juventud. Fue el caso que los referidos episodios acapararon la atención mediática el día inaugural de una Legislatura, que se prevé corta, aunque quién sabe. Fue el caso que lo que se escenificó, más allá de cualquier otra consideración, fue un conflicto generacional, algo tan antiguo como el mundo, pero que muchas gentes no quieren ver.

Así pues, más allá de la dicotomía izquierda/ derecha, más allá incluso de la contraposición entre vieja y nueva política, lo que, en apariencia se manifiesta más claramente es un choque generacional que, a su vez, dio lugar a respuestas tan pintorescas como casposas por parte de doña Celia Villalobos y compañía.

Digo en apariencia, porque a la formación política que lidera Pablo Iglesias hay que reconocerle que maneja con envidiable habilidad las claves necesarias para erigirse en noticia y, con ello, para poner de su parte el mayor de los protagonismos en la vida pública. Estaba en el guion que su puesta en escena daría más que hablar que ninguna otra cosa. Y en ello no tuvieron rival.

Hubo quien les reprochó que hacen de la política un plató de televisión. Muy bien, ¿Pero es ello sorprendente? ¿Cuánto tiempo hace que los actos políticos se conciben sobre todo por y para la pequeña pantalla? ¿Acaso es nuevo, por otro lado, el convencimiento de la importancia que tienen las redes sociales en la política? ¿Es que alguien va a descubrir ahora que estamos en la era de la imagen? ¿Es que ningún virtuoso de la opinión publicada leyó a Barthes y desconoce las claves de la semiología?

Prestemos, por favor, atención es estas palabras de Ortega en su libro “El Tema de nuestro tiempo”: “Ha habido generaciones que sintieron una suficiente homogeneidad entre lo recibido y lo propio. Entonces se vive en épocas cumulativas. Otras veces han sentido una profunda heterogeneidad entre ambos elementos, y sobrevinieron épocas eliminatorias y polémicas, generaciones de combate”.

En este sentido, hay pocas dudas acerca del significado de lo que ocurrió en el Congreso el día en que se inauguró la Legislatura. Distinta cosa es que cabe preguntarse cuánto hay de pose y cuánto hay de autenticidad en la puesta en escena que tuvo lugar, puesta en escena que fue, ante todo, una batalla mediática.

Y esa batalla mediática la ganó Podemos. Y la guerra entre nueva y vieja política no ha hecho más que empezar. Guerra en la que el conflicto generacional es operativo como pretexto. Casi todo lo demás es mitología, mitología entendida al modo en que Barthes la concibió. Acudan a él, al semiólogo que se reivindicó como un “descifrador de los mitos”, más aún como un “desburrador de cráneos”. Todo lo demás es telebasura. O política basura.

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