El Comercio
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Fecha: marzo 19, 2016
Cátedras de Instituto
Luis Arias Argüelles-Meres 19-03-2016 | 3:53 | 1

Confieso que me sorprendió que el consejero de Educación y Cultura anunciase que, en lo que queda de Legislatura, se convocarán oposiciones para cátedras de Instituto. Pues bien, al margen de que el asunto debe ser tomado con cautela dado que hablamos de un Gobierno que no cuenta ni siquiera con un tercio de los escaños en el Parlamento, lo cierto es que lo manifestado por Genaro Alonso es una buena noticia, quiero creer que puede serlo.
Desde principios de los noventa, los sistemas educativos aparcaron la excelencia en todos los órdenes apostando (pido disculpas por la crudeza de la expresión) por un profesorado chusquero, es decir, por los años de servicio, y no por las publicaciones e investigaciones que los docentes lleven a cabo. En efecto, a poco que se repare en los criterios de puntuación para el concurso de traslados, se verá lo poco que se valoran las publicaciones. Lo cierto es que la cátedra de Instituto fue durante mucho tiempo el paso previo a la docencia universitaria. De hecho, la mayoría de los catedráticos universitarios más prestigiosos en distintas ramas pasaron antes por la cátedra de Instituto. Pero llegó el momento en el que la endogamia se hizo dueña del mundo universitario. Pero llegó el momento en el que la enseñanza media, ahora denominada secundaria, no tenía salida. Pero llegó el momento en que la carrera docente dejó de existir, al menos fuera del ámbito de la enseñanza universitaria.
Y no vendría mal recordar aquel acceso a cátedra de principios de los años 90 que no consistía stricto sensu en una oposición , ni siquiera en un concurso de méritos, sino en la presentación de una “memoria” que se puede considerar una especie de antecedente del “copia y pega”. Quienes conocieron aquello saben muy bien de lo que hablo.
Es decir, a medida que se fue orillando el conocimiento en el sistema educativo, se hizo lo propio con los criterios tradicionales de lo que podía entenderse como carrera docente. Por tanto, no es nada extraño que el llamado “cuerpo de catedráticos” de Instituto se haya venido considerando algo a extinguir.
De ahí que el anuncio hecho por Genaro Alonso me haya sorprendido tanto, porque no sé muy bien cómo pueden encajar nuevas cátedras de Instituto en un sistema educativo que no es fácil que llegue a apostar por la excelencia en el profesorado y por el conocimiento para el alumnado.
Y cuando digo excelencia, más allá de su significado tradicional, me refiero a aquella parte del profesorado que va mucho más allá de los manuales y libros de texto, que profundiza cuanto puede en su materia y que aporta sus creaciones e investigaciones en publicaciones prestigiosas. Y que, a la hora de formarse y ponerse al día, no acude a cursos oficiales que en ocasiones imparten personas de las que no se conoce que atesoren una trayectoria académica deslumbrante.
Siempre está pendiente el debate acerca de que un buen docente no tiene por qué ser necesariamente un conocido investigador y viceversa. Siempre habrá que tener en cuenta que, al lado del conocimiento de la materia que se enseñe, el didactismo (no entendido al modo de la LOGSE) es obligado e imprescindible. Pero, en todo caso, es difícilmente discutible que todo ello debe ser valorado en una carrera docente que, reitero, fuera del ámbito universitario, casi ni existe.
Insisto en que me produjo nostalgia el anuncio del consejero, nostalgia acerca de un modo de concebir la enseñanza que se enterró hace décadas. Y quiero creer que esa convocatoria para cubrir cátedras de Instituto podría ser un primer paso por y para recuperar lo que nunca se tendría que haber perdido. O que, al menos, esa voluntad existe.

Sería fantástico.

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