El Comercio
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Fecha: marzo 28, 2016
Tecnología y barbarie
Luis Arias Argüelles-Meres 28-03-2016 | 3:52 | 0

“Los persas de Heródoto pensaban que todo el mundo se equivocaba menos ellos; nosotros, occidentales modernos, no estamos lejos de pensar que todo el mundo tiene razón, salvo nosotros. Esto no es un desarrollo del espíritu crítico, siempre deseable; esto es su abandono total”. (Jean-François Revel).

Una máquina de matar, impulsada por el odio, el fanatismo y la ignorancia, que además sabe utilizar tecnologías de ocasión para convertir sus acciones en auténticas masacres, es quien protagoniza los episodios de horror que acaban de tener lugar en Bélgica, que ocurrieron antes en París, Londres, Madrid y Nueva York. La cosa está muy clara: aprovechar la tecnología de ese mundo infiel al que hay que exterminar para que el terror y la impotencia afloren en nosotros, en todos nosotros.

Tecnología y barbarie, digo. El asunto, a poco que se piense, es tremendamente paradójico. Desde luego, sin ella, sin esa tecnología, no podrían conseguir sus objetivos de matar masivamente, de ensangrentar aeropuertos y estaciones de metro, de asesinar a personas que acuden a un concierto. Y así sucesivamente.

Pero, más allá de eso, si se tiene en cuenta el conocido tópico de que lo malo y lo terrible de los adelantos científicos y tecnológicos no son ellos en sí mismos, sino el uso que se haga, habría que preguntarse hasta qué punto tenemos perdida la batalla para que prevalezcan esas conquistas que nos hacen mejores y que dignifican nuestras vidas. Hablo, claro está, de los derechos y libertades, del valor supremo de la vida humana, de la condena, sin fisuras, de cualquier barbarie.

Fíjense: es éste un mundo en el que las llamadas tecnologías (entre paréntesis, una impertinencia filológica: ¿por qué no ‘técnicas’, si ‘tecnología’ es, sensu stricto, estudio de la técnica?) tienen mucha mayor importancia que las ciencias, que el conocimiento. O sea, en términos clásicos, la tecné por delante de la episteme. Tengo para mí que a Platón y a Aristóteles, sobre todo al primero, le horrorizaría esto no menos que poner por delante la opinión que el saber.

Estamos, en tal sentido, en un mundo al revés, o, en todo caso, en un mundo que trastoca las jerarquías del saber y el pensar de nuestra civilización. Convendría no perder de vista semejante anomalía, que quizás podría explicar ciertas miserias de nuestro tiempo.

Tecnología y barbarie. Da respingo tener que asistir en el espectáculo mediático a tibiezas cuando se trata de pronunciarse acerca de los horribles atentados que venimos sufriendo. Es de Perogrullo condenarlos sin matices, y molesta que haya puestas en escena en la vida pública solemnizando lo obvio. Pero es mucho más irritante que se quiera aprovechar el horror para sacarle partido, políticamente hablando. Ahora bien, lo más indignante de todo es tener noticia de pronunciamientos que, en lugar de intentar explicarse lo sucedido, lo que buscan es justificarlo con una frivolidad inaceptable.

Es una perogrullada reconocer que el odio y el fanatismo tienen su casuística. Dicho lo cual, el hecho de intentar siquiera mostrarse comprensivos con iluminados sanguinarios es propio de cretinos y de frívolos, de inconscientes y demagogos.

No olviden lo obvio, por favor: lo que se pretende es destruir lo mejor que esta civilización occidental, con todas sus contradicciones y cinismos, supo atesorar, y lo hizo con sangre, sudor y lágrimas. No es mucho pedir que sepamos ser dignos herederos de esos derechos y libertades que nos permiten tener conciencia histórica y dignidad.

Hay cosas que no se debe permitir que se cuestionen con discursos desaprensivos que nos ofenden hasta la indignación.

Nos queda el coraje de defendernos a nosotros mismos, tal y como planteó Tucídides: «Recordad que el secreto de la felicidad está en la libertad, y el secreto de la libertad, en el coraje».

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