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Fecha: mayo, 2016
La precampaña del desencanto
Luis Arias Argüelles-Meres 30-05-2016 | 7:44 | 0

La nueva política, egocentrismos circenses aparte, no logró asentarse tras el 20-D. La vieja política, por su parte, está muy lejos de regenerarse, pues ni siquiera muestra voluntad de ello. De todos modos, las elecciones de junio no serán exactamente una pugna entre la vieja y la nueva política, entre otras cosas, porque la novedad con respecto a diciembre viene dada porque esta vez hay trasvases, ya formalizados, entre ellas, fundamentalmente por la coalición electoral entre Podemos e IU.

A este respecto, les aseguro que nada me gustaría más que estar equivocado, pero lo cierto es que IU, en lo que toca a la mayoría de sus dirigentes, que no a su militancia, es en gran medida vieja política, y lo es en tanto en cuanto, discursos antisistema aparte, se prestó siempre, salvo excepciones, a ser el apoyo ortopédico del PSOE, allí donde más falta hizo, esto es, en Andalucía y en Asturias, en Asturias y en Andalucía.

Piensen ustedes por un momento en la militancia y la ciudadanía que votó a Podemos en Asturias, y que ahora tiene noticia de la coalición de la fuerza morada con la IU que gobernó en coalición con Areces y que actualmente es el único apoyo parlamentario del Gobierno del señor Fernández en esta tierra. Confluir, ante tal estado de cosas, supone, como mínimo, una contradicción de bulto que generará en no pequeña parte del electorado dudas y desasosiegos que pueden derivar en la abstención o en la búsqueda de otras opciones.

De todos modos, lo que acabamos de citar no es la única causa del desencanto de la actual precampaña. Miren ustedes: nunca el desencanto se desencadenó con tanta rapidez, pues estamos hablando de unos pocos meses, de un desencanto que empezó a aflorar en el momento mismo en que se vio que la nueva política no iba a regenerar la vida pública.

Cierto es que, con los resultados en la mano, no lo tenía muy fácil. Pero no es menos cierto que se pudieron haber hecho mucho mejor las cosas. Por ejemplo, acordando una serie de reformas básicas encaminadas al escenario que llama a la puerta y que no es otro que un periodo pre-constituyente. Por difícil que ello parezca, siendo consciente de que esto que voy a decir generará muchas discrepancias, en este acuerdo que no llegó ni siquiera a intentarse, tendrían que haber estado más próximos Podemos y Ciudadanos.

Y, siguiendo con el periodo preconstituyente que llama a la puerta, aun aceptando que es razonable que el PSOE tenga reservas más que fundadas con respecto a lo que podría suponerle pactar con Podemos, creo que fue un error que no se haya aceptado la fórmula valenciana al Senado, es decir, un pacto que impidiese la mayoría de bloqueo del PP en la Cámara Alta.

Entramos, pues, en la precampaña del desencanto. Repiten los candidatos y los programas, excepción hecha del pacto entre IU y Podemos. Y lo cierto es que todos los partidos han hecho méritos desde diciembre, eso sí, unos mucho más que otros, para que la ciudadanía más crítica se replantee su voto.

Y lo cierto es también que resulta tan desolador como inquietante el inmovilismo del PP. Por su lado, los dardos que se lanzan desde el PSOE y sus corifeos mediáticos contra la coalición entre IU y Podemos, recordando aquella ‘pinza’ que, según González apuntó en su momento, se produjo entre Anguita y el PP, dan cuenta de un innegable miedo a un fracaso electoral, que, por otro lado, provocaría una crisis interna en el PSOE que muchos ya están anticipando.

La precampaña del desencanto, con la corrupción protagonizando cada día la actualidad política, con discursos que cada vez convencen menos y con la certeza de que son muy pocos los líderes políticos que tienen en verdad conciencia del momento histórico que estamos viviendo, donde languidece una forma de hacer política que nos llevó a la actual encrucijada, encrucijada de la que las fuerzas políticas emergentes, que se reclaman como nueva política, tampoco saben salir.

No dan con el mapa borgiano que tiene como escenario los laberintos que se bifurcan.

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Recuerdos de Oviedo: Parada otoñal
Luis Arias Argüelles-Meres 29-05-2016 | 12:10 | 0

“La historia es la ciencia de lo que acontece sólo una vez”. (Charles Seignobos).

¡Qué especiales y, al mismo tiempo, inquietantes se vuelven las cosas que suceden una sola vez! Por un lado, son indelebles. Por otra parte, nunca abandonan su carácter enigmático, es decir, resulta inevitable que nos preguntemos tan pronto las recordamos no sólo por qué aquello no  se repitió nunca, sino también qué hubiera pasado, cómo hubiera sido, en el caso de que hubiera vuelto a producirse la situación.
Lo que voy a contarles es algo que aconteció en mi infancia, cuando me faltaban pocos meses para cumplir los once años. Cursábamos primero de bachillerato. Era un lunes por la tarde poco después de la seis, a la salida del colegio. El mes de octubre tocaba a su fin. La temperatura era muy agradable, y el cielo, aunque poblado de nubes, no amenazaba con lluvia.
Pues bien, aquel lunes de octubre de 1967, poco después de las seis de la tarde, tres colegiales se sentaron en las escaleras que se encuentran bajo la enorme escultura que homenajea a don José Tartiere Lenegre. La conversación que mantuvimos nada tuvo que ver ni con el clima, ni tampoco con el personaje a cuyo nombre está erigido el monumento. La conversación fue un desahogo a tres bandas echando pestes contra un profesor colérico y desconsiderado que intentaba explicar su materia a golpe de insultos y enfados. Imposible no estar de acuerdo. Y, al mismo tiempo, todo un alivio comprobar que aquella percepción era compartida.
Lo extraño de aquella tarde no fue solo que aquella parada, al menos para mí, sería irrepetible, sino que además, rompiendo la rutina, ni jugamos al fútbol, ni compramos cromos, ni tampoco golosinas. Fuimos, vaya usted a saber por qué, directamente a aquellas escaleras que estaban bajo los pies de la figura escultórica del personaje al que hemos aludido. El balón permaneció como un objeto más, al lado de nuestros cartapaces. Parada única y, también, monográfico tema de charla.
Estaba muy lejos entonces de preguntarme quién era José Tartiere. Sólo había reparado en que era un señor de su época, de aquéllos que, en la foto de familia, posaban sentados, mientras que el resto de la prole, así como la abnegada esposa, comparecían de pie a su alrededor. O sea, un patriarca de la generación de mis abuelos.
Andando el tiempo, supe que don José Tartiere se había muerto en 1927, el mismo año que da nombre, creo que desafortunadamente, a una generación irrepetible no sólo en el campo de la poesía, el mismo año en el que se publicó un libro clave en la historia de la filosofía del siglo XX, “Ser y Tiempo”, de Heidegger. Libro que, como el autor, es oscuro. Autor que remite a una filosofía desgarradora y a una trayectoria con etapas peor que polémicas, de imposible justificación, por connivencias y convivencias con el horror.
Pero, volviendo al personaje que nos ocupa, mucho tardaría en saber que es la viva representación, entre otras cosas, de una Asturias que se puso en vanguardia en España, en la industria y en el comercio, de una Asturias que fundó la modernidad. Y de un Oviedo que se incorporaba también a los nuevos tiempos. Venía, como el ferrocarril minero, del País Vasco. Fundador y cofundador de empresas, bancos y cabeceras de prensa, padre del fundador del Real Oviedo. O sea, toda una referencia de primer orden en la Asturias contemporánea.
Y es que estamos hablando de alguien que nació cuatro años antes que Clarín, y que pertenece, por tanto, a su misma generación. Hablamos, insisto, de la Asturias que abría paso a la modernidad: mientras se desarrollaba nuestra industria, mientras el comercio iba a más, mientras se creaban bancos, mientras el ferrocarril nos ponía a la altura de los tiempos, Leopoldo Alas era el primer español en leer a Ibsen y era también el primer intelectual de nuestro país con suficiente altura de miras para acercarse al pensamiento de Nietzsche sin escandalizarse demasiado.
Aquella tarde de octubre de 1967, tres colegiales ponían en común su experiencia negativa ante los modos de un profesor, tres estudiantes que ignoraban por completo el significado de aquello que tenían más cerca, desde el personaje del que venimos hablando hasta el entorno más próximo. Tres escolares que eran aún niños de diez años.
Aquella tarde de octubre de 1967, cuarenta años después de la muerte de la persona homenajeada en aquella escultura, al menos uno de los comparecientes, en lo que se refiere a tomar asiento al pie del personaje, vivía una experiencia estadísticamente irrepetible.
Confieso que son muchas las ocasiones en las que, al pasar por delante del monumento escultórico creado por Víctor Hevia, recuerdo la tarde de la que les vengo hablando, y, sin tratarse de un episodio cuya evocación me lleve a grandes emociones o a agridulces nostalgias, lo provechoso de aquella historia, lo que muestra y enseña, que diría Esopo al final de alguna de sus fábulas, es que, sin embargo, hay algo que en la vida se repite tan infinita como inútilmente, y se trata del poder que ejerce sobre nosotros aquello que nos constriñe, que nos limita, que nos cierra y que nos encierra. Esto es, estábamos, como ya consigné, al aire libre, disfrutando de una temperatura agradable, no teníamos prisa, no había muchos deberes para el día siguiente, no nos apoderaba el cansancio y, sin embargo, nos seguía asfixiando el estilo de aquel profesor, su desagradable voz, su histerismo, sus malos modos. Y todo aquello que había sucedido por la mañana, horas después, nos seguía azotando y cercenando. ¡Qué cosas!
Me despedí de mis compañeros de clase tan pronto nos levantamos de allí. Ellos seguían por el Paseo de los Álamos, mientras que yo tomé el camino hacia mi casa en la plaza del Carbayón.
Y hubo una visión que, con el paso del tiempo, me parece tan hermosa como reveladora. Y es que, tan pronto descendimos de aquel monumento, al mirar hacia el Campo San Francisco, un pavo real desplegaba su cola, ajeno a cuanto sucedía.

Foto de Luis Arias Argüelles-Meres.

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Ciudadana Moriyón
Luis Arias Argüelles-Meres 26-05-2016 | 7:29 | 0

En esta Asturias en la que Cascos sale a la palestra, criticando al PSOE y a Ciudadanos por no haber apoyado la gran coalición que pedía, sin ganas, Rajoy, el mismo Cascos que, hasta haberse pasado con armas y bagajes al PP, consideraba que el Ejecutivo de don Mariano era pernicioso para nuestra tierra, la fotografía publicada por EL COMERCIO en la que la regidora gijonesa denunciaba lo que está pasando con los vertidos arrojados al mar constituye, sin duda, un punto de partida para comprender lo que nos está sucediendo. Es más, me atrevería a decir que es casi un acta notarial del momento, confuso y frustrante, que estamos viviendo.

Y es que, tan pronto se produjo el susodicho SOS de la alcaldesa de la villa de Jovellanos, llega la principal responsable de la política medioambiental de Asturias y tiene el suficiente cuajo para demandar menos postureo a doña Carmen Moriyón. ¡Increíble!

Hablamos de la consejera que tiene sin saneamiento los pueblos del bajo Narcea que discurren por el concejo de Salas. Hablamos de la consejera que viene mostrando una laxitud de criterio llamativa con respecto a los vertidos a ese mismo río que en su momento llevaron a Confederación Hidrográfica a imponer sanciones. Hablamos de la consejera que despliega sin cesar adverbios de modo y palabrería huera. Hablamos de la consejera que no resolvió grandes problemas ni en materia medioambiental ni tampoco en lo que toca a conocidas infraestructuras muy cercanas a Gijón.

Ciudadana Moriyón. Para esa izquierda de siglas que tenemos en Asturias, la alcaldesa de Gijón es la extrema derecha, ello a pesar de haberse desmarcado del último bandazo que dio Cascos. Hablo de la misma izquierda de siglas que, en la ciudad de Jovellanos, tuvo como líder al señor Martínez Argüelles, vicepresidente de Cajastur que apoyó los cambios que se produjeron en la entidad que la encaminaron al momento actual, en el que plantean una traumática reducción del número de trabajadores. Defender aquello era de izquierdas. Plantarse ante un desastre medioambiental es de extrema derecha. ¡Madre mía!

En esta Asturias que vive la resaca de los sobrecostes en El Musel, de las historias del Niemeyer, de las hipotecas de Gabino de Lorenzo, de la fortuna oculta de Villa, de las trapisondas del ‘caso Pokemon’, y así sucesivamente, la ciudadana Moriyón sale a la palestra ante los vertidos al mar, como en su momento lo hizo a resultas de las nubes de carbón. Pero la extrema derecha es ella.

En esta Asturias, que nada pinta en Madrid, hasta el extremo de que fue en el ámbito capitalino donde se dio luz verde al pacto electoral entre Podemos e IU, cuando en nuestra tierra, en nada confluyen ni convergen, pues, mientras la formación morada hace frente al PSOE, el grupo que lidera Llamazares constituye el principal apoyo de una FSA que no alcanza ni siquiera un tercio del Parlamento autonómico. Hecho diferencial astur: mientras son el PSOE e IU lo que confluyen en la política llariega frente a Podemos, resulta que se configura una candidatura donde estas dos formaciones van juntas. Es la bipolaridad, desquiciante, entre Madrid y Asturias.

Ciudadana Moriyón. Al situarse fuera del pacto entre PP y Foro, su gobierno municipal es una isla política. Al no tener que pedir permiso a Madrid para expresar sus inquietudes, lleva camino de convertirse en la excepción dentro de una Asturias orillada en el ámbito estatal y arruinada internamente. Ciudadana Moriyón, la voz y el eco entre tanta y tanta falacia, entre tanto y tanto ninguneo.

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El miedo y el rencor, según Pedro Sánchez
Luis Arias Argüelles-Meres 24-05-2016 | 7:30 | 0

Pedro Sánchez, arropado aparentemente por las principales fuerzas vivas de su partido, habló de que no buscará los votos ni en el miedo ni en el rencor. Semejante declaración de principios, a decir verdad, se las trae. Solo faltaba que persiguiese el voto del miedo. Y, en cuanto al rencor, tengo para mí que se emplea semejante término para soslayar que no pequeña parte de los votos perdidos por este partido se deben a la decepción y al desencanto. Pero las mentes pensantes del PSOE prefieren llamarlo rencor.

Desde luego, la autocrítica no reza para el dirigente socialista, que no solo no se la aplica a sí mismo, sino que tampoco lo hace a la trayectoria de su partido que, desde la muerte de Franco a esta parte, gobernó España durante veintiún años, y alguna responsabilidad tendrá en la situación actual de este país. Pero se ve que no, que el infierno siempre son los demás, y que ningún Gobierno del PSOE causó ni desencanto ni decepción. Todo fue, pues, pluscuamperfecto.

Sin embargo, hay algunas preguntas inevitables. ¿Es rencor recordar que durante el felipismo hubo corrupción y terrorismo de Estado? ¿Es rencor no haberse olvidado de que Zapatero, dejando aparte la inconsistencia de su discurso, agrandó el problema catalán por su manifiesta torpeza? ¿Es rencor tener presente que, tras 21 años en el Gobierno de España, el PSOE no resolvió el asunto del laicismo en la escuela pública, en lo que concierne a la presencia de la religión católica en la enseñanza y en lo que concierne al negocio de eso que llaman centros concertados? ¿Es rencor tener presente que, tras ser el partido hegemónico en Andalucía, no se haya llevado a cabo en esa tierra la reforma agraria, dejando aparte los bochornosos episodios de los ERE? ¿Es rencor ser conscientes de que el PSOE haya venido haciendo –‘mutatis mutandis’– de partido sagastino en esta Segunda Restauración borbónica, y que haya observado y siga observando comportamientos de casta o, si prefiere, de vieja política?

No es rencor, señor Sánchez, que haya cada vez más votantes que abandonan al PSOE, sino, insisto, decepción y desencanto. Y, fíjese usted, don Pedro, el conjunto de votantes que en diciembre se desplazó hacia Podemos, en su mayoría, según me atrevo a interpretar, no es que implorasen un discurso radicalmente de izquierdas, sino simplemente socialdemócrata, sino regeneracionista y comprometido con la honestidad pública. Y todo ello nada tiene que ver con el enriquecimiento rápido del que hizo bandera un exministro del felipismo, ni tampoco con ser un partido dinástico y cortesano, ni tampoco con haber sido tan sumisos a la hora de hacer recortes que sufrieron y sufren los de siempre, al tiempo que las grandes compañías eléctricas y los grandes bancos fueron siempre tratados con el mayor cariño.

Si a todo esto añadimos episodios de corrupción y apuestas por la mediocridad, se podrían encontrar respuestas que nada tienen que ver ni con el miedo ni con el rencor, sino con la coherencia y la ejemplaridad, que son, como sabe, muy distinta cosa.

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Desde la Sala: Teología y Política
Luis Arias Argüelles-Meres 21-05-2016 | 6:57 | 0

«Los hombres, en efecto, no nacen civilizados, sino que se hacen». (Spinoza).

De modo y manera que, según el relato con que nos obsequió ayer el ex jefe de cuatro departamentos de Almacenes Pumarín, los de compras, almacén, marketing y servicio técnico, doña María Jesús Otero venía a tener un poder divino en la Consejería de Educación, un poder divino que, sin embargo, no le impedía ocuparse de los asuntos humanos, que, al decir del testigo, lo hacía de continuo, derramando afabilidad hacia las personas con las que trataba. Así pues, diligencia y poder. Nos espanta tanta grandeza y tanta magnanimidad, merecedoras de épicas glosas poéticas, estrambote incluido.

Pero –miren ustedes por dónde-, tuvimos noticia de que el señor Riopedre, que, sesión a sesión, no parece salir de un ensimismamiento permanente, dispensaba un trato más rudo a las personas de esta empresa; al menos, así lo percibía el declarante.

Claro, al exconsejero le costaba más descender a lo cotidiano y relacionarse con personas que se ocupaban de cosas muy tangibles. Se diría que, sin decirlo explícitamente, tenía muy presente lo consignado por Platón en el Libro VII de ‘La República’. No estaba cómodo descendiendo a la caverna. Lo suyo era ir en busca del Bien Supremo.

Todo por Otero, así pues. Al margen de lo que pueda estar influyendo lo que dictan determinadas estrategias en un juicio como éste, cada vez se está confirmando más que la señora Otero era omnipresente en los trabajos y los días de la Consejería de Educación, y que, según parece, tenía una especial habilidad a la hora de unificar compras, obras, urgencias y toda suerte de imponderables que se suscitaban en todo el entramado que manejaba.

Todo por Otero. Doña María Jesús tenía que hacer frente a averías que se presentaban en cualquier momento en los distintos centros de enseñanza, a reponer el mobiliario que se deterioraba, a atender todas las urgencias. Y, además, obligada estaba a ser resolutiva no sólo en la rapidez a la hora de zanjar los problemas, sino también en lo que se refiere a sortear las trabas burocrático-administrativas que siempre son una lata.

En otro orden de cosas, no solo se habló de Riopedre en lo que tocaba a sus asperezas en el trato, sino que también salió a relucir la venta de una máquina de sondeo a la empresa del hijo del exconsejero. Y, al final, lo inexplicable, aparentemente inexplicable, también cobró protagonismo.

Aquí no solo hay una dialéctica de tejas arriba frente a tejas abajo. Aquí también lo que está bajo tierra tiene su presencia. ¡Hay que ver lo mucho que hay de profundo en todo este relato, de profundidades y hasta de bóvedas celestiales! ¡Todo un universo transcendiendo!

Pero no olvidemos lo importante. Otero era Dios. Y Riopedre, sin embargo, estaba aún más arriba. Rabo de nube. Armonía platónica, entrañas de la tierra, universo pluscuamperfecto.

¡Claro! Todo se explicaría con el título de un libro de Spinoza, filósofo al que, según creo, el señor Riopedre conoce a fondo. El título de marras reza así: ‘Tratado Teológico-Político’, donde se habla de las libertades y de la piedad, donde, en un momento dado, todo se rompe en mil pedazos.

Y es posible que el señor Riopedre esté de acuerdo con Bergson cuando planteaba que en todo filósofo había dos filosofías: la de Spinoza y la suya propia.

Confieso que, en cuanto a esta última, la propia filosofía del exconsejero, profesor de la referida materia, vamos aprendiendo algo más en cada sesión del caso que nos ocupa.

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