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Pilares astures
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-08-2016 | 09:59

«Mi nombre será entregado al juicio de la historia, pero es justo que yo pueda comparecer ante su tribunal con este escrito en la mano» (Fouché).

En pleno agosto, el culebrón acerca de Fernández Villa vuelve a acaparar la actualidad. En este caso, no es un capítulo más sobre su fortuna, sino que se habla de que, presuntamente, hubo ciertos chanchullos en el proceso en que se gestó su jubilación. Se hace eco de ello una revista de tirada nacional, y, por estos lares, todo son preguntas.

Como se da por hecho que el propio interesado no parece estar en condiciones de explicarse, todo son cábalas, cuando no silencios. Y, en este momento, no tengo constancia de que se hayan pronunciado al respecto las personas que, en aquellos momentos, estaban al frente de Hunosa. Porque se supone que alguien tendría que haber leído esos partes y, a resultas de ello, plantearse que algo no encajaba. Tengo para mí que nos tocará a asistir al espectáculo de las medias verdades, de algunos silencios y de sospechas más o menos fundadas.

Pero, más allá de todo esto, voy al relato propiamente dicho, a esa caja de sidra, a Rodiezmo, esto es, al escenario en el que, año tras año, Maese Villa disfrutaba de su día de gloria, bien acompañado y deleitando a los presentes con su florido verbo. Cierto es que hubo una excepción, en la que recibió pitidos, con Zapatero a su lado aguantando el tipo. Aquello tuvo que ver con las peleas internas dentro del PSOE, pero no hay que perder de vista que se trató de una excepción.

Todopoderoso Villa, respetado incluso por los líderes conservadores llariegos. Todopoderoso Villa, que tanto y tanto decidía en su propio partido. Todopoderoso Villa, que recibió elogios sonrojantes en determinados ámbitos mediáticos. ¿Cómo olvidar un editorial de un diario madrileño ya desaparecido en el que se le definía como un ‘Hamlet’ de nuestro tiempo, toda vez que se trataba de un dirigente que estaba entonces en la Ejecutiva federal del PSOE y que, a pesar de ello, había organizado una huelga general en Asturias como respuesta a las políticas de reconversión de Solchaga?

Pilares astures. No olvidemos que estamos hablando de un dirigente sindical sobre el que recayeron sospechas escalofriantes acerca de su pasado en el tardofranquismo. Aquellas sospechas fueron tomadas como calumnias o libelos y no supusieron ningún lastre en su carrera política.

Pilares astures. Su pasado político, su fortuna presuntamente irregular y, ahora, la manera en que se gestó su jubilación.

¿Tan hábil era este hombre para que nadie barruntase el más mínimo recelo? ¿Cómo pueden sentirse, en este momento, todas aquellas personas que hicieron una ‘brillante’ carrera política gracias a Maese Villa? ¿Y qué decir de quienes lo adularon hasta el sonrojo considerándolo un hombre irrepetible y benefactor de Asturias y de las cuencas? ¿Y qué decir de quienes, supuestamente, hicieron de amanuenses suyos?

Incómodas son las bayonetas para asentarse, bien se sabe. Pero vidrioso a más no poder resulta sospechar que la vida pública asturiana se asentó en no pequeña parte en personajes y comportamientos que tuvieron su punto de partida en la empresa pública franquista. ¡Ay!