El Comercio
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Fecha: noviembre, 2016
Con Fidel se fue el siglo XX
Luis Arias Argüelles-Meres 28-11-2016 | 7:42 | 0

Hay quienes afirman que la historia no lo absolverá. Aun así, es innegable que en la trayectoria de Fidel Castro la gloria se dio cita. No fue un muñeco en manos de la multinacional de turno para defender intereses bastardos. Su revolución lo glorificó. Su negación de las libertades y sus persecuciones a cualquier tipo de disidencia constituyen sombras tan innegables e imborrables como sus grandes, a veces gigantescas, luces.

Fidel Castro. Con él, la guerra fría alcanzó la mayor intensidad y las temperaturas más tórridas. Fue el triunfo de David contra Goliat. De un David que, en su momento, por la dialéctica de su tiempo, encontró la protección de uno de los grandes bloques que en el siglo XX han sido.

Fidel Castro sobrevivió al comunismo internacional, incluso a sí mismo. Con su muerte, se va el último personaje del siglo XX. Precisamente ahora, cuando casi todo lleva el prefijo ‘pos’, comienza el poscastrismo, toda una incógnita para quienes no conocemos las claves de lo que en esa amada isla bulle y se cuece.

Fidel Castro, con su revolución mandando parar, con su estética tan siglo XX, con el poder de fascinación que tuvo con personajes como García Márquez, Hemingway y otros muchos.

De la revolución que asombró al mundo a la dictadura. De las luces a las sombras, de la gloria a las miserias.

¡Cuánto cinismo por parte de quienes repudiaban a Castro sus políticas dictatoriales al tiempo que silenciaban las injusticias y las miserias en muchos países de Hispanoamérica! ¡Cuánta ceguera la de quienes reivindicaban las libertades en todo el mundo menos en Cuba!

Pero, ante todo y sobre todo, más allá de los panegíricos y de los obituarios más severos, falta lo esencial en la mayoría de las necrológicas que se están escribiendo sobre Fidel Castro. Y lo esencial es que estamos hablando de un personaje que sobrevivió al siglo XX. Su muerte simboliza lo mismo que aquel cisne al que le retorcieron el cuello y puso fin a la literatura modernista, dando paso a las vanguardias del siglo XX.

Su muerte es el adiós definitivo al siglo XX.

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Unamuno desterrado
Luis Arias Argüelles-Meres 23-11-2016 | 7:24 | 0

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“¡Ésta es mi Atlántida! ¡Ésta es mi Ínsula Barataria! Aquí me vistan en larga estantigua, en procesión de almas doloridas, todos los que  en los largos siglos sufrieron la pasión trágica de mi España; aquí vienen, aves consoladoras a la par que agoreras, las almas de todos aquellos que sufren persecución por su Justicia, por su espíritu de Justicia y verdad, las almas de todos aquellos que sucumbieron al poder infernal del Santo Oficio de la inquisición, y esas almas me orean con su aleteo la frente enardecida de mi alma, esas almas me orean la inteligencia”. (Palabras de Unamuno en su destierro en Fuerteventura).


Acaba de estrenarse una película que da cuenta del destierro de Unamuno en Fuerteventura, ‘La Isla del viento’. Don Miguel fue uno de los ciudadanos más incómodos para el dictador Primo de Rivera y también para Alfonso XIII. Por ello, el 20 de febrero de 1924, cuando la dictadura no había cumplido aún su primer año, se le comunica al rector Salmantino su destierro, suspendiéndolo de empleo y sueldo en la Universidad. Se cuenta que en el día anterior a su obligada partida les dijo a los alumnos: «Para el próximo día, la lección siguiente». O sea, como fray Luis, pero al revés.

No fue la primera medida represiva que sufrió don Miguel. De hecho, en 1914, pretextando una anomalía administrativa a resultas de la convalidación del título de bachillerato a un estudiante colombiano, Unamuno fue destituido como rector el 24 de agosto de aquel año, destitución que contó con la rúbrica de Alfonso XIII. Aquello levantó una enorme indignación. Giner de los Ríos le remitió una carta a Unamuno donde manifestaba su malestar, explicando que Unamuno «para todos era consustancial con su Universidad sobre la cual vibraba su penetrable espíritu con tan intensas llamaradas de energía». Por su parte, Ortega, a pesar de que había tenido fuertes polémicas con él, se puso al frente de las protestas ante aquel atropello. Pero volvamos al destierro. Unamuno, desde el principio, arremetió contra la dictadura de Primo de Rivera, frente al silencio de muchos intelectuales de entonces. De hecho, Azaña escribió que don Miguel había sido el único intelectual español de su tiempo que no miró hacia otro lado tras el golpe de Estado que contó –y mucho– con la aquiescencia de Alfonso XIII.

Unamuno en Fuerteventura, Unamuno en las islas Canarias. Hay un libro suyo, “Paisajes del Alma”, que recoge los principales escritos de ese episodio de su destierro. En este sentido, el fragmento que encabeza este artículo, aparte de la belleza del texto, pone de manifiesto que, de algún modo, relacionando ese territorio con la Atlántida y con la quijotesca Ínsula Barataria, don Miguel sienta las bases de una suerte de utopía española asentada en el proceso que Azorín llamó “la reinvención del Quijote”, proceso que Unamuno había iniciado en 1905 con su ensayo “Vida de don Quijote y Sancho”, genuina guía espiritual según acertó a decir María Zambrano con envidiable intuición poética.

Cada vez que pienso en este destierro que sufrió Unamuno, que le llevaría de Fuerteventura a París, donde escribió uno de sus ensayos más conocidos, ‘La agonía del Cristianismo’, no puedo dejar de relacionarlo con la estancia, no deseada, de Jovellanos en Bellver. Es decir, en esa maldición de este país que condenó a la inteligencia al exilio, al destierro, a las cárceles y al silencio obligado. La diáspora de la inteligencia, omnipresente en nuestra triste historia.

Pero, ante todo y sobre todo, soy consciente de la importancia de este episodio, decisivo en la utopía española, así como de la accidentada, tortuosa y contradictoria biografía de don Miguel, que regresó a España en 1930, y que, en su momento, se pensó en él para presidir una República a cuya proclamación había contribuido tanto, de la que, sin embargo, no tardó en distanciarse.

Y, en el año de su muerte, en 1936, apoyó en su momento la sublevación militar contra la República, hasta que se enfrentó a Millán Astray en aquel memorable y dramático acto en el Rectorado de la Universidad salmantina.

Unamuno en Fuerteventura. Unamuno en su Atlántida. Unamuno en su Ínsula Barataria. Unamuno y su utopía española, utopía más quijotesca que Cervantina.

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¿TIENE FELIPE VI UN RELATO?
Luis Arias Argüelles-Meres 19-11-2016 | 11:59 | 0

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«La monarquía es una institución y no puede pedirnos que adscribamos a ella el fondo inalienable, el eje moral de nuestra conciencia política. Sobre la monarquía hay, por lo menos, dos cosas: la justicia y España» (Ortega y Gasset).

Solemne inauguración de la legislatura. Discurso regio, besamanos y desfile. Sin embargo, se escenificó más que nunca la disconformidad con la Monarquía. Y es que, dejando al margen muchas consideraciones que podrían hacerse, el actual monarca se encuentra con un problema nada fácil. Y es que le va a resultar muy dificultoso encontrar un relato que pueda esgrimir para avalar su papel.

Me explico: su padre tuvo un relato que le favoreció mucho, el de erigirse en «motor del cambio». Dejemos aparte que sin una solución democrática no hubiera tenido futuro. Dejemos aparte también que se pueden esgrimir argumentos que sustenten que la Transición no fue tan idílica y modélica como se vino sosteniendo. El hecho es que el nieto de Alfonso XIII contó con un relato que lo favoreció, y que además subió enteros tras el 23-F, por mucho que haya versiones muy distintas a las oficiales. Así las cosas, tuvo un relato que le sirvió de asidero para sostenerse en su papel.

Sin embargo, el actual Monarca lo tiene mucho más difícil, porque, ante los principales desafíos que tiene este país, entre ellos, la necesidad de una regeneración de la vida pública, problema al que aludió en su discurso en las Cortes, así como la vertebración territorial, esto es, el auge del independentismo en Cataluña, Felipe VI carece de poder para hacerles frente.

Ya no se trata sólo de que la actual Monarquía fue restaurada por Franco, es decir, de un problema de origen, sino también de problemas del presente más acuciante, que, dentro del marco constitucional, no está llamado a resolver.

Así pues, desde mi punto de vista, el problema regio no reside en que haya grupos parlamentarios que no le aplaudan, entre otras cosas, porque no todos los partidos son cortesanos y dinásticos. Distinta cosa es que –y esto lo dice un republicano convencido– haya sido más o menos afortunada la forma en la que expresaron los descontentos con la Monarquía en la sesión inaugural de la Legislatura.

Ya ven: en una inauguración de legislatura en las Cortes, el joven Sagasta no aplaudió a Su Majestad, y, andando el tiempo, sería el dirigente de un partido dinástico. Y, en términos históricos mucho más recientes, algo similar hizo Alfonso Guerra en su momento, el mismo que últimamente estaba a favor de que su partido se abstuviese para permitir a Rajoy que gobernase.

Es decir, hay puestas en escena que acaso no vayan más allá de lo anecdótico. Sin embargo, la ausencia de relato del actual Monarca es una carencia inquietante para el interesado y para los monárquicos.

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LA GESTORA DEL PSOE Y EL PSC
Luis Arias Argüelles-Meres 16-11-2016 | 7:19 | 0

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«El convivir de los individuos y las colectividades se basó en Occidente en un almohadillo de cultura moral, científica y práctica, pues en otro caso hay opresión y no convivencia. Castilla no supo inundar de cultura de ideas y cosas castellanas a Cataluña, como hizo Francia con Provenza y luego con Borgoña» (Américo Castro).

¡ Ay, aquel Estatuto que se aprobó en tiempos de Maragall, y que Zapatero pactó, sin embargo, fundamentalmente con Mas! ¡Ay, aquel Estatuto que, según Alfonso Guerra, «no lo reconocería ni madre que lo parió», tras su paso por la correspondiente Comisión de las Cortes, marcó un punto de inflexión en las siempre complejas relaciones entre España y Cataluña, entre Cataluña y España!

Si el independentismo en Cataluña no hizo más que aumentar tras aquella sentencia del Constitucional, la falta de entendimiento entre Rajoy y Mas puso la guinda.

Conviene, entre otras cosas, no perder de vista que, si el PP es casi residual en Cataluña, el PSC corre un riesgo similar si las cosas no son llevadas en la forma debida, si falta mano izquierda y flexibilidad. Y, en este sentido, está muy claro que tanto don Javier Fernández como doña Susana Díaz no parecen estar muy dispuestos a mostrarse generosos con el PSC tras persistir en su ‘no’ a Rajoy.

De un lado, si los diputados del PSC hubiesen seguido las consignas de la gestora absteniéndose en la investidura de don Mariano, el camino de este partido hacia lo residual en su tierra estaría expedito. Por otra parte, de consumarse una ruptura entre el PSC y el PSOE, este partido tendría un grupo parlamentario aún más reducido.

Así las cosas, el presidente de la gestora del PSOE sabe que pisa un terreno muy vidrioso y que además se encuentra con una de sus obsesiones, que casi nunca son buenas fuera del ámbito estético, del ámbito de la creación literaria o artística, que es muy distinta cosa a la que don Javier pertenece.

Nuestro presidente llariego se enfrenta, pues, a sus propios demonios, en tanto cabeza visible de la gestora socialista. Esperemos que no nos haga abandonar toda esperanza, esperemos que aún sea posible el entendimiento entre Cataluña y España, entre España y Cataluña, que no se malogre todo.

A este respecto, me atrevo a recordarle a don Javier unas declaraciones que hizo Ossorio y Gallardo a una revista portuguesa en 1933: «Si España vive una política de pequeñeces insinceras, falta de ideales, el separatismo catalán cobrará auge y dará muchas pesadumbres. Si España alcanza a encontrar, nobles propósitos, grandes empresas, todos los españoles, sin excluir a los catalanes, estarán cada vez más unidos».

Sólo cabe desear que a don Javier no le jueguen una mala pasada sus propios demonios. Sería algo nocivo para el país sacar del mapa político español al socialismo catalán.

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¿Debate de orientación o liturgias de desencuentros anunciados?
Luis Arias Argüelles-Meres 09-11-2016 | 4:06 | 0

“Nadie tiene el derecho de monopolizar el patriotismo, y que nadie tiene el derecho, en una polémica, de decir que su solución es la mejor porque es la más patriótica; se necesita que, además de patriótica, sea acertada”. (Azaña).

Los desencuentros estaban cantados. Si en su discurso del lunes, Javier Fernández arremetió contra Podemos por pedir un pacto político en España que la aritmética no permite, al tiempo que en Asturias lo rehúye, la réplica de Emilio León fue la esperada, recordándole que aquí solicita un pacto de izquierdas, mientras que en Madrid facilitó a Rajoy la investidura sin exigir nada a cambio.

Casuístico don Javier, en lo que toca a España y Asturias. Sin embargo, -¡ay!-, no lo fue en Oviedo donde estaba dispuesto a que continuase gobernando el gabinismo a resultas de que en Gijón el partido morado no le dio la Alcaldía al candidato socialista.

Desencantado Llamazares no sólo como consecuencia de lo que sucedió en el Parlamento español, sino también con la gestión de determinadas consejerías. Don Gaspar, aunque no retiró todos sus apoyos, está inevitablemente más escéptico y distante. Puso el dedo en la llaga el dirigente de IU al vaticinar una Legislatura sin grandes acuerdos y sin presupuestos.

O sea, que en lo que respecta a la izquierda, la falta de entendimiento entre Podemos y el PSOE, en el mejor de los casos, se mantiene. Y, por su lado, a IU cada vez le resulta más difícil seguir apoyando al Gobierno de Javier Fernández.

Y, en lo tocante, a la derecha, lo más sainetesco del debate estuvo en las réplicas de ida y vuelta ente don Javier y doña Mercedes. En esto, no hubo novedad alguna digna de resaltar.

Más dura fue la intervención de Cristina Coto. Sin embargo, vengo constatando que a don Javier la nueva lideresa de Foro no le saca de quicio como lo hacía Cascos, aunque no sea menos contundente en muchas de sus intervenciones la dirigente forista.

Si en la primera sesión del debate, las arremetidas más punzantes fueron dirigidas contra Podemos, en la segunda, la historia se repitió, al hablar nuestro Presidente de quienes buscan basura.

Javier Fernández está incómodo cuando discute con los parlamentarios de Podemos, y no hay motivos para creer que tal cosa pueda reconducirse. Se diría que, por una parte, no dejará de pedir a la formación morada que apoye sus presupuestos, mientras que, por otro lado, la descalificación, diría que apriorística, va en su discurso cuando se dirige a la formación morada. Conjugar ambas cosas puede ser no menos dificultoso que dar con la cuadratura del círculo.

En el conjunto del debate, hemos visto a un Javier Fernández a la defensiva, que tiene como horizonte unos presupuestos muy difíciles de pactar entre las fuerzas de la izquierda a las que las siglas, que no las políticas, de su partido pertenecen.

A todos los marasmos que sufre Asturias, cabe vaticinar el presupuestario un año más, salvo sorpresas.

Y, como coda, para entender un poco más lo que sucede en la política llariega, no vendría mal analizar la cuestión desde planteamientos generacionales, que también ayudarían a atisbar mejor lo que diferencia, más allá de las etiquetas, a unos y a otros, a la vieja y a la nueva política.

 

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