El Comercio
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Fecha: diciembre 26, 2016
Desde la Zarzuela
Luis Arias Argüelles-Meres 26-12-2016 | 12:20 | 0

No cabe esperar del discurso navideño del Jefe del Estado más que buenos deseos, palabras amables y generalidades. Y, en esta última salutación, no hubo sorpresa en tal sentido. Empezó su alocución hablando de la solidaridad que hay entre nosotros y que tantos dramas evitó. Algo tan cierto como obvio.

Tras ello, invocaciones continuas al optimismo, que también van en el guion. Distinta cosa es que se puedan ver claramente motivos para ello.

No hubo en la salutación navideña regia, salvo que me haya pasado desapercibido, alusiones a la corrupción ni al despilfarro, tampoco a la necesaria regeneración de nuestra vida pública. Inquietante ausencia que abre interrogantes.

Por otro lado, estuvo muy claro en el discurso del Rey su rechazo al soberanismo en Cataluña. Muy claro, aunque no lo concretó. Muy claro y muy esperable. Se espera que tenga y mantenga esa postura, aunque el problema no se resolverá con generalidades, sino con negociaciones, y está por ver que todos los actores implicados en semejante función observen un comportamiento a la altura de las circunstancias.

Habló el actual monarca de nuevos tiempos. Sin embargo, como correlato a ello, no hizo alusiones a los cambios que los tales nuevos tiempos demandan. Da la impresión de que confía en que el actual marco político siga siendo válido para el presente y futuro cuadro, algo que está por ver.

Desde la Zarzuela, discurso de un rey que tiene ante sí el reto de mostrase útil en una España que deje atrás la corrupción, la desafección y el desencanto. No lo tiene ciertamente fácil. Aun así, cabe preguntarse si puede confiar en que todo se vaya solucionando sin esos cambios que los tiempos demandan, sin las exigencias que reclaman los nuevos tiempos.

También me llamó la atención que se hubiese referido en su discurso a las viejas heridas, que, según parece, alguien quiere reabrir. Se puede barruntar a qué se refería, pero, en todo caso, la concreción no hubiese estado de más.

Nuevos tiempos, insisto, sí. ¿Pero compaginan los tales con el cuadro y con el marco de una decadencia y de una desafección continuas, con una vieja política que, dígase lo que se quiera, tiene los días contados?

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