El Comercio
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Trillo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 05-01-2017 | 03:14

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Uno de los grandes males de nuestra vida pública consiste en que no sólo no se premia el talento, tal y como sentenció el personaje valleinclanesco de “Luces de Bohemia”, sino que además se ensalza, con grandes canonjías, a personas cuyas actuaciones tendrían que haberlos apartado de cualquier consideración o cargo de confianza. Es el caso de Trillo, al que un reciente informe del  Consejo de Estado, no lo deja precisamente en buen lugar a la hora de establecer determinadas casuísticas del trágico accidente del Yak 42.

De todos modos, antes de este informe,ya estaba claro que todo lo que rodeó al trágico accidente fue lo suficientemente grave para haber apartado al señor Trillo de la vida política. Pero Rajoy, al poco de llegar al Gobierno, lo nombró embajador en Londres. Y recuerdo haber leído, pocos días después del citado nombramiento, que don Federico quería darle un sesgo muy político a su cargo. El mismo don Federico que nos llevó al bochorno a la hora de gestionar las consecuencias de aquel fatídico lance, el mismo don Federico al que se le atribuían sonetos ripiosos siendo Presidente del Congreso. El mismo don Federico que se había confundido de país en un episodio también muy recordado.

O sea, al principal responsable político del Ministerio de Defensa cuando se produjo el accidente del Yak 42 se le premió con una de la embajadas más importantes del mundo. Ninguna duda cabe albergar de que estamos hablando de un destacado miembro del PP al que, claro, llegado el momento, don Mariano se vio en la  necesidad de premiar.

Esto es España, señores, ante todo, los nuestros, ante todo, tener contentos a aquellos que se consideran fieles y leales al partido y al líder de turno. Y, a pesar de todo, todavía hay quienes ofenden cuando se habla de comportamientos de casta privilegiada. ¡Pues ustedes me dirán!

¿Alguien puede poner en duda que, en la carrera diplomática, hay personas cualificadas y con méritos profesionales suficientemente probados que se merecerían infinitamente más que Trillo el cargo de embajador en Londres? Pero al señor Rajoy, a quien tanto se le llena la boca, hablando de sus afanes y desvelos por el bien de España, parece importarle más premiar lealtades, por mucho que las tales lealtades estén acompañadas de, seamos benévolos, gestiones deficientes.

 

 

Tan pronto se tuvo noticia del mencionado informe, hay quien pide el cese fulminante del actual embajador en Londres, así como las comparecencias parlamentarias de la ministra de defensa y del ministro de Exteriores. Y, por su lado, don Mariano dijo que esta historia ya es muy antigua. Todo lo antigua que se quiera, pero, ante todo y sobre todo, bochornosa e indignante.

Y, miren ustedes por dónde, si la memoria no me falla, el señor Trillo, según parece, ha investigado y publicado sobre las lecciones (grandes lecciones) políticas que se pueden extraer de muchos dramas de Shakespeare. Desde luego, a la hora de la práctica, no parece que le hayan aprovechado mucho sus sesudos estudios sobre el genial dramaturgo. Por decirlo al cervantino modo, no me encaja esta grandeza, más bien me espanta.

Trillo representa lo que nuestra vida pública premia. Urgen, metafóricamente hablando, santos remedios contra las náuseas.