El Comercio
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Urdangarín y el sistema
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-02-2017 | 10:06

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Habrá quien diga que, con la sentencia que acaba de hacerse pública y que condena al yerno del anterior jefe del Estado, se demuestra que, en efecto, en nuestro país existe la igualdad ante la ley. Habrá quien plantee que se trata de un episodio aislado, siempre inevitable. Habrá quien se frote las manos dando cauce a su afán de linchamiento, por lo común, muy selectivo.

Lo cierto es que, ante todo y sobre todo, no hay que perder de vista que en la inmensa mayoría de los casos de corrupción suele haber vasos comunicantes, y, desde luego, no estamos ante una excepción. En el que nos ocupa, en los presuntos fraudes que se llevaron a cabo hubo, entre otros, colaboradores necesarios que desempeñaban cargos en instituciones autonómicas. Es decir, había un campo abonado o, en todo caso, personas dispuestas a ser secuaces y beneficiarios de fraudes.

Miren, lo que se pone de manifiesto con el caso que nos ocupa es la podredumbre de un sistema con –insisto– sus vasos comunicantes.

Por otra parte, esta sentencia está siendo comentada hasta el hartazgo en la opinión publicada, y, salvo excepciones, nos encontramos, sobre todo, con topicazos que no solo no van al fondo de las cosas, sino que además descuidan también algo no menos importante: las formas.

Sí, las formas. Por ejemplo, el culebrón que supusieron los correos electrónicos filtrados del señor Torres. Por ejemplo, lo que vino diciendo el señor Matas.

Miren, si las formas cumplen los ingredientes del culebrón, estamos ante un sistema marcado estéticamente por la ramplonería, y esta sociedad es cada vez más zafia.

Y es que, desde hace mucho tiempo, nuestra vida pública no es un gran relato, sino un culebrón gazmoño a más no poder. Y, ante semejante panorama, las conclusiones que se pueden extraer no resultan ciertamente nada alentadoras.

Un culebrón, digo. El juez Castro con su moto y su afán de esclarecer y hacer justicia. La puesta en escena en el juicio en la que las cercanías físicas de varias personas imputadas plasmaban lejanías anímicas tremebundas. La acusación particular y todo lo que se supo después.

Y, en fin, por mucho que se esté cumpliendo el guion a la hora de declarar el respeto absoluto por las decisiones judiciales, el busilis del asunto está en preguntarse acerca de las salpicaduras que el llamado ‘caso Nóos’, es decir, hasta qué punto es un mazazo para la Monarquía en particular o para todo el sistema político en general.

La podredumbre está ahí, por mucho que se quieran aislar las responsabilidades, por muchos topicazos que se suelten, por grande que sea el afán de focalizar toda la crítica en personas individuales.

Y la asignatura pendiente por excelencia, esto es, la regeneración de nuestra vida pública, no llega ni de momento se le espera al menos en el horizonte más inmediato.

Mientras tanto, continúa (y continuará) el espectáculo.