El Comercio
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Félix Millet: Realidad y ficción
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Luis Arias Argüelles-Meres | 09-03-2017 | 06:20

«Los pueblos, amigo mío, tienen los gobiernos que toleran, aunque no se los merezcan». (Unamuno)

Lo sé, no es nada novedoso plantear que, en muchas ocasiones, es la realidad la que se empeña en imitar a la ficción; es la realidad la que, a veces, se muestra menos creíble que la inventiva más delirante. Recordemos aquel episodio en el que, compareciendo Jesús Gil en un juzgado, detuvieron a su letrado. Estoy por asegurar ni a Dostoievski ni a Kafka se les habría ocurrido una lance tan grotesco y disparatado. Pero vayamos a nuestra sublime actualidad, al caso Palau, a lo que declaró hasta el momento el señor Millet.

De entrada, el asunto está muy claro. Se supone que hay alguien que se presta a la sublime tarea de hacer de recaudador para el partido político de turno y, claro, como no podría ser de otro modo, en maletas con cierres tan defectuosos, algo se pierde por el camino, volanderos billetes, escurridizas monedas.

De entrada, el asunto está muy claro: este excelso ciudadano tendría cabida –mutatis mutandis– en nuestra literatura picaresca más clásica, también en algunas novelas de Mendoza. ¡Lástima que no lo haya investigado su conocido y descacharrante detective!

Realidad y ficción, digo, de un tiempo y un país (o varios países, tal y como están las cosas) en el que la ciudadanía no castiga con severidad electoral determinados comportamientos que inciden en el saqueo de las arcas públicas.

Realidad y ficción de un tiempo y un país en el que los hechos diferenciales, en lo que toca a la honestidad en el manejo del dinero de todos, por mucho que se quiera negar, no existe.

¡Lo sublime! ¡La música que nos eleva, que nos hace soñar! ¡La armonía de acordes geniales! ¡Las voces que nos transportan a esferas celestiales! Todo eso en el Palau, sí, pero también todo aquello: lo que huele a podrido, los presuntos fraudes, las supuestas comisiones, las sospechadas y sospechosas corruptelas.

Pero no pasa nada: estamos en la sociedad del espectáculo. No habrá ningún terremoto político, vendrán otras escandaleras que taparán ésta, y el señor Millet será uno más dentro de una larga lista de personajes que tienen no sólo sus deudas con lo público, sino también con lo más granado de nuestra literatura picaresca, que, en tales lides, tampoco hace distingos diferenciales.

En un país en el que los casos de corrupción se juzgan varios años después de que estallen, no es posible, aunque lo acabe de sugerir don Mariano Rajoy en el Congreso, no mirar hacia atrás: la propia agenda mediática nos conduce a ese pasado que muchos quisieran borrar.

Al final, tantos por ciento en comisiones. Al final tontos por ciento que lo pagamos y que encima, mayoritariamente hablando, no nos indignamos.

Al final, en lo que toca a decencia y ejemplaridad, no hay hecho diferencial que valga.