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Villa y compañía
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-03-2017 | 06:17

Resultado de imagen de Fernández Villa, el comercio

Las informaciones que viene publicando Ana Moriyón en EL COMERCIO sobre las múltiples y variadas compras que, según parece, hizo Villa con cargo a su sindicato dan de sí mucho más de lo que parece, pues, chascarrillos y risas al margen, muestran a las claras no solo los usos y costumbres del personaje de marras, sino también el funcionamiento de un sindicato que no parece que se haya caracterizado por el rigor ni tampoco por el más mínimo atisbo de lo que podríamos llamar democracia interna. ¡Madre mía!

Lo tengo escrito más de una vez: ¿Cómo no tener presente la omnipresencia de lo que fueron las empresas públicas franquistas en nuestra tierra? ¿Cómo no reparar en que personajes como Villa y Gabino de Lorenzo forjaron no pequeña parte de sus trayectorias biográficas en empresas públicas del franquismo y, andando el tiempo, adquirieron un gran protagonismo en nuestra vida política, ya en el periodo democrático? ¡Ay!

Y es muy significativo preguntarse a qué pudo obedecer el caudillismo de Villa en su sindicato. De no ser así, alguien habría pedido cuentas de lo que se gastaba, alguien habría exigido rigor. Pero, por lo que se ve, a Maese Villa no se le discutía en la organización social que lideraba con mano de hierro.

Villa y compañía. No solo la pléyade a la que aludí muchas veces de aduladores, escribidores y demás coristas que lo acompañaron y ensalzaron hasta el sonrojo, sino también todos aquellos que, estando bajo su mando, jamás osaron ni siquiera balbucir la más mínima crítica a sus comportamientos.

Villa y compañía. Por lo que leímos en EL COMERCIO, no solo nos encontramos ante un cinéfilo de pro, también ante un melómano muy refinado, sino también ante un personaje que compraba compulsivamente.

Pero aquí echo me menos algo. ¿Se imaginan ustedes que se hubiera publicado una hagiografía sobre Villa? Seguro que semejante cosa estuvo en la mente de alguien, pero, ¡ay!, no hay ningún libro publicado que se titule ‘Villa, ese hombre’, o algo similar.

Pues bien, en ese caso, al lado de los puros, las rosas y otros presentes, seguro que el mostachudo líder sindical llevaría a cada reunión un lote de ejemplares de esa hagiografía para dedicarlos de su puño y letra. ¡No me negarán que, de haberse producido ese lance, sería algo enternecedor!

¿Cómo olvidar aquella movilización última de Villa, en la que, tras una quema de neumáticos, salía su rostro enrojecido? ¿Quién se enrojece ahora, y no precisamente con tintes políticos, sino con tonalidades de vergüenza propia y ajena?

¿Nadie echó de menos que, entre las compras de Villa, no estuviese un libro que le hubiera entusiasmado, me refiero a la ‘Fenomenología del espíritu’, de Hegel? ¿Acaso no iba en el guion que nuestro personaje bucease en esa obra filosófica tan profunda?