El Comercio
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Entre clamores y abucheos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 28-08-2017 | 04:16

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Por la paz, por la libertad, por la vida, por los derechos, por la ciudadanía. Seguro que todo esto lo suscribieron la inmensa mayoría de personas que se manifestaron el sábado en las calles de Barcelona, que además dejaron muy claro que no se dejarán amedrentar por la barbarie.

Sin embargo, lo más llamativo, mediáticamente hablando, fueron los abucheos contra el jefe del Estado y contra el presidente del Gobierno de España, que allí estuvieron cumpliendo con su cometido, a pesar del enorme grado de conflicto que hay entre las fuerzas políticas independentistas y las instituciones estatales.

Resulta inevitable lamentar que, en semejante lance, no quedasen aparcadas y apartadas todas las diferencias y contenciosos y hubiese una voz unánime contra la matanza que se perpetró en las Ramblas.

Con todo, por mucho que esté suscitando discusiones el asunto de los abucheos, sería injusto y erróneo perder de vista que lo esencial es que las gentes que llenaron el Paseo de Gracia estaban allí para hacer frente al terrorismo, con ese instrumento tan digno e imprescindible que es la palabra, que es la libertad de expresión.

Desde luego, en esa manifestación era obligada la presencia de las personas que representan al Estado y al Gobierno, todo ello al margen de que sea cada vez más creciente en Cataluña el clamor del independentismo. Y, del mismo modo, que, tras los atentados, dio la impresión de que los principales dirigentes estatales y catalanes estuvieron en su sitio, aquello se rompió con declaraciones inoportunas de unos y otros y se consumó esa ruptura en la manifestación del sábado 26 de agosto.

Confieso que eché de menos, dadas las circunstancias del delicado momento que atraviesan las relaciones entre las instituciones catalanas y españolas, que no se hubiese planteado que, por encima de otras muchas consideraciones que podrían hacerse, hay, tendría que haber al menos, un mensaje común que es mucho más importante que el idioma en el que se exprese, y ese mensaje es el que aglutinó a los ciudadanos en la manifestación de la que venimos hablando, defendiendo una vida digna y democrática, defendiendo la paz, los derechos y las libertades. Pero, como diría Larra, ni por esas.

Con todo, yo no hablaría ni de fracaso ni de boicot, porque lo esencial no se perdió de vista ni quedó diluido.

Por otra parte, la agenda política marca muy claramente que la relación entre Cataluña y el Estado estará y será omnipresente, al menos, hasta la fecha fijada para el referéndum, lo que no impide que la tragedia de los atentados una más a las personas con independencia de trapos en los mástiles, de indicadores de carretera y de desencuentros que nos llevaron a la actual encrucijada, desencuentros en los que las responsabilidades están amargamente repartidas.

Entre clamores y abucheos, entre las voces y los ecos de la manifestación del 26 de agosto, yo me quedo con la paz y la palabra, que diría Blas de Otero.