El Comercio
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Fecha: septiembre 2, 2017
En torno a Francisco Umbral
Luis Arias Argüelles-Meres 02-09-2017 | 2:48 | 0

“Lo que el padre silenció, en el hijo habla: muchas veces comprobé que el hijo era el desvelado secreto del padre”. (Nietzsche).

Según Ana Caballé, la obra de Umbral es “el autorretrato más largo de la literatura española”. Autor de 110 libros y de135.000 artículos. En tan abultada obra, el mayor protagonismo lo tiene el propio Umbral. Se inventó a sí mismo, y, sin embargo, datos esenciales de su verdadera vida, no menos literaria que su obra, permaneció oculta, o, más bien, fue inventada. Hasta después de su muerte, no se supo que su padre fue Alejandro Urrutia, abogado, republicano, intelectual y poeta modernista, padre también del poeta Leopoldo de Luis. Umbral supo quién era su padre, pero lo ocultó, y en sus libros más autobiográficos, el verdadero padre estuvo ausente.

Ausencia del padre, que nunca reconoció a su hijo, y, llegado el momento, muerte del  propio hijo, acontecimiento que trajo consigo la que es acaso mejor novela de Francisco Umbral: “Mortal y Rosa”.

Por tanto, doble ausencia, dimensión trágica de un autor que ocultó también su verdadero nombre, Francisco Alejandro Pérez Martínez, así como su año de nacimiento, que fue 1932, y no 1935.

Umbral podría haber hecho suyas estas palabras de Ortega: “El hombre es novelista de sí mismo, original o plagiario».  Un Ortega al que el autor que nos ocupa admiró mucho.

Escritor en estado puro, con su máquina de escribir, con las estrecheces inevitables de los comienzos. Escritor en estado puro que tuvo una presencia continua en la prensa, en la que escribió artículos memorables, con su prosa magistral y única.

Con ocasión del décimo aniversario de su muerte, se han escrito muchas cosas en no pocos casos exageradas, que hablan del mejor prosista del siglo XX, sin tener en cuenta la calidad alcanzada por los grandes escritores de las tres primeras décadas de la pasada centuria.

Pero, sin duda alguna, Umbral fue el columnista de referencia en la transición, un columnista que continuó una tradición que se está perdiendo: la del escritor de periódicos, la del columnismo literario. En sus artículos, lo que estaba por encima de todo era la calidad literaria, más que el análisis puntual de los acontecimientos.

Por otra parte, a la hora de pronunciarse sobre los grandes escritores contemporáneos españoles, Umbral, al mismo tiempo que dio claves esenciales sobre algunos literatos y pensadores, también incurrió en arbitrariedades e injusticias manifiestas. Por ejemplo, con la prosa de Azorín. Por ejemplo, en lo más cercano a nosotros, con Pérez de Ayala, a quien vapuleó como columnista y escritor.

Pero, con sus arbitrariedades que no fueron pocas, con su falta de rigor inevitable de quien escribe más de lo que investiga, Umbral fue, ante todo, un género literario, que, por otro lado, tuvo sus imitadores que no alcanzaron, como siempre sucede, grandes alturas.

El siglo XX fue novelado por Umbral, y no sólo en sus libros, también en muchos de sus artículos.

¿Cómo no recordar aquel retrato que hizo de Franco? “En un Burgos salmantino de tedio y plateresco, en una Salamanca burgalesa de plata fría, Francisco Franco Bahamonde, dictador de mesa camilla, merienda chocolate con soconusco y firma sentencias de muerte”.

¿Cómo no recordar el artículo que publicó tras la matanza de Atocha, instando a Alberti a que no regresase aún del exilio?

¿Cómo no perder de vista su relación con Cela, con quien compartía su debilidad por lo carpetovetónico y celtibérico, pero que, al final, le dedicó un libro donde no faltaba la acidez?

¿Cómo no tener en cuenta su desencanto con el felipismo, que lo llevó a escribir un libro excelente en el que puso sobre el tapete las contradicciones y renuncias de aquella época?

La suyas fueron, en las novelas y en los artículos, verdades literarias, “verdades” no siempre rigurosas, pero sí con un poderío estético envidiable.

No fue el Larra del siglo XX, como se dijo en su momento. No alcanzó la genialidad de Valle- Inclán, al que abordó también en un libro que, más allá de los logros en la prosa, apenas aportó claves sobre el autor de “Luces de Bohemia”. No tuvo nunca como articulista la influencia que alcanzó Ortega en su momento. Su “yo” no atesoró la profundidad de otro gran cultivador de sí mismo como Unamuno.

Pero, sin duda alguna, hablamos del columnista español más brillante de la segunda mitad del siglo XX y hablamos también de un novelista atípico que se contó a sí mismo en la práctica totalidad de su obra narrativa y que alcanzó la excelencia literaria en “Mortal y Rosa”.

Columnista de referencia de la segunda mitad del siglo XX que, por otro lado, es en no pequeña parte la consecuencia de aquella España que en los años 30 se asomó a la modernidad con trágicos resultados.

De aquella España vino a la España más contemporánea, con heridas y ocultaciones, con secretos literales y literarios que, a poco que buceemos en ellos, nos estremecen.

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Ante la sentencia
Luis Arias Argüelles-Meres 02-09-2017 | 5:40 | 0

Resultado de imagen de Caso Renedo

Aquella mañana de 2011 fue un mazazo encontrarme con la noticia del ingreso en prisión del exconsejero Riopedre, de María Jesús Otero y de la alta funcionaria Marta Renedo, así como de los empresarios de Igrafo y Almacenes Pumarín. Las imágenes no eran menos heladoras que los textos.

En el verano de 2010, José Luis Iglesias Riopedre había dejado la Consejería de Educación, según declaraciones propias, por motivos de salud. También se jubiló entonces la señora Otero.

Pero antes de que Riopedre dejase su cargo, fue inolvidable la batalla que se libró contra el cierre de un colegio rural en Tineo, en los Semellones, alegando que no había alumnos suficientes para mantenerlo abierto. A los niños les tocaba madrugar más para desplazarse a otro centro docente. Aquel Gobierno y aquel consejero decían, para mayor baldón, ser defensores a ultranza de la enseñanza pública. Aquella noticia supuso el mayor mazazo que nos dio la vida pública asturiana, mayor aún que el bochorno que nos produjo el ‘Petromocho’.

Según fue trascendiendo, lo relacionado con Riopedre y con su número dos se conoció a través de escuchas telefónicas que se pusieron en marcha en las investigaciones judiciales a doña Marta Renedo.

De un lado, la implicación de Riopedre y Otero, personajes que parecían ser la sobriedad personificada. De otra parte, la señora Renedo, con sus presuntos manejos que llevaron a que alguien se encontrase, sin saber su origen, con una suma muy abultada de dinero en su cuenta. Lo de Riopedre consistió en operaciones encaminadas supuestamente a favorecer una empresa de su hijo. Lo de doña María Jesús, presuntamente, tuvo que ver con operaciones para sus negocios particulares. Lo de doña Marta, parece ser, se urdió para afrontar unos gastos personales disparatadamente disparados.

En abril de 2016 comienza el juicio. En los interrogatorios, lo más llamativo fue todo lo que salió a relucir en torno a doña María Jesús Otero. Por ejemplo, cómo se fraguó el pago del regalo de cumpleaños a Riopedre, así como las idas y venidas de materiales teóricamente destinados a centros docentes. Tintes dramáticos en las declaraciones del acusado de Almacenes Pumarín. Serenidad pasmosa la de la señora Otero. Parquedad en lo que contestó a su abogado el señor Riopedre. Desparpajo en doña Marta Renedo.

Y ahora, en el inicio del curso académico y político, se hace pública la sentencia. Ahí está el mazazo sufrido por la ciudadanía. Y ahí está también la trayectoria del señor Riopedre: del hábito frailuno, a la filosofía, a Spinoza y Hobbes. De ahí a la política. Y, al final, a este proceso en el que es condenado judicialmente.

¿Queda lugar en Asturias, tras esta sentencia, para la autocrítica y para la asunción de responsabilidades políticas?

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