El Comercio
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MÁS QUE TABARNIA, CELTIBERIA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-12-2017 | 11:25

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La nación, y la historia con ella, es el capullo que protege la vida del patriotismo en larva, pero si ha de convertirse en mariposa espiritual que se bañe en luz y sea fecunda, tiene que romper y abandonar el capullo”. (Unamuno).

Si hay una herramienta imprescindible para que la inteligencia no se oxide, es, sin duda, la ironía. Ya no entro, en el caso que nos ocupa, si lo de Tabarnia es brocha gorda o es algo más sutil de lo que parece. Sea como fuere, está sirviendo para quitar dramatismo a la situación de Cataluña y, de paso, baja la estridencia.

Con lo de Tabarnia, se plantean, sobre todo, dos cosas. Primero, es un buen ejercicio dialéctico a la hora de combatir el argumentario de los que enarbolan el llamado derecho a decidir, eso sí, sobre el territorio y no sobre otras muchas cosas. Y, en segundo lugar, pone de manifiesto que, les guste más o menos a los independentistas, en todo lo que viene ocurriendo con el llamado movimiento soberanista, está omnipresente lo celtibérico como denominador común sofocando supuestos «hechos diferenciales». Hechos y derechos.

Bien mirado, si se invoca el llamado a decidir de Cataluña con respecto a España, con el mismo planteamiento dialéctico podrían hacerlo determinadas provincias y territorios catalanes con respecto a esa unidad de destino que reclaman los independentistas. Se entraría así en un laberinto retórico y dialéctico bastante hilarante.

Por otra parte, las reacciones que ha despertado este invento llamado Tabarnia son, en su mayor parte, celtibéricas. ¿Acaso no es celtibérico el señor Rufián, con sus intervenciones tan pintorescas? ¿Acaso no son igualmente celtibéricas las reacciones a lo de Tabarnia, tanto las que lo celebran con sentido del humor, como quienes montan en cólera?

Lo cierto es que, en un escenario alarmante tanto para España como para Cataluña, lo de Tabarnia –insisto– está contribuyendo a rebajar la tensión dramática no sólo por todo lo que vengo apuntando, sino también porque se pueden intuir respuestas a ello que pretenden ser contundentes y sesudas pero que no pueden evitar que, en algún momento, se asome cierta retranca, incluso por parte de quienes se sienten ofendidos ante este engendro tan celtibérico.

¿Saben? Lo de Tabarnia no está lejos de ser una especie de sainete que se podría haber inventado Boadella. Y, desde luego, Rufián parece responder a un personaje imprescindible en esta obra.

Más que Tabarnia, Celtiberia. A ritmo de fandango. Todo ello, como contrapunto celtibérico a una crisis inquietante, a una encrucijada de muy difícil solución.